PRÓLOGO
Hay encuentros que no obedecen al calendario ni a la
lógica.
Suceden cuando el alma está lista y el amor insiste.
No se anuncian con señales visibles, pero algo dentro se acomoda,
como si el corazón recordara un camino que nunca olvidó del todo.
A veces basta una canción, una mañana quieta,
un giro inesperado del volante,
para que el pasado deje de ser recuerdo
y se vuelva presencia.
Este no es un texto sobre la muerte.
Es un texto sobre el amor que no se interrumpe.
Sobre los vínculos que aprenden a vivir
en otra forma del tiempo.
RELATO
La mañana se abre como un umbral.
La radio suena baja, respetuosa, y la música venezolana se derrama en el aire
como una ofrenda. No entra por los oídos solamente: se desliza por la piel,
baja al pecho, se asienta en el alma. La siento viva dentro de mí, palpitando.
A veces me arranca una sonrisa, ligera, cómplice; otras veces convoca las
lágrimas, no por tristeza, sino por la intensidad del recuerdo. Porque hay
amores que no se recuerdan sin temblar.
La voz que anuncia el festejo repetido insiste desde hace
días. Sé que es comercio, calendario, costumbre; pero el espíritu no distingue
entre lo programado y lo verdadero. El espíritu escucha lo que resuena. Y en
mí, todo resuena con él.
Giro el volante. Cambio de dirección. El camino hacia el
camposanto se vuelve tránsito interior. No conduzco solo un vehículo: conduzco
la memoria, la herencia, el amor intacto. Cada metro recorrido es una
invocación silenciosa. Al llegar, permanezco dentro del carro, inmóvil. El aire
parece distinto aquí, más denso, más consciente. Callo. Escucho. Dudo si debo
ir hacia él o permitir que sea él quien cruce los velos y venga a mí.
Desciendo.
Me siento en el banco, ese lugar humilde que se convierte en
altar. Él no está aún. Como hombre de honor, de principios claros, de espíritu
libre, siempre estuvo ocupado en asuntos grandes, incluso cuando parecían
pequeños. Aprendí de él la paciencia, y ahora la ejerzo. Espero. Sé que
llegará.
Mientras tanto, contemplo. El camposanto no es ausencia: es
reposo. La mañana es magnífica. El sol cae como bendición, acaricia la tierra,
despierta los verdes, hace brillar el rocío como diminutas almas que aún no se
desprenden del mundo. Todo respira. Todo parece estar de acuerdo.
Me pongo de pie. No lo veo, pero algo se ordena dentro de
mí. El aire se vuelve más tibio, más íntimo. Siento su cercanía como se siente
una oración antes de pronunciarla. Se acerca.
Y allí está.
No como sombra, no como recuerdo: como presencia. Erguido,
sereno, con ese porte suyo de guerrero del bien, de hombre íntegro que caminó
siempre del lado de la verdad, de lo honesto. Su sonrisa —esa que alcanzaba a
todos los que amaba— vuelve a tocarme. Es una sonrisa que no pertenece al
tiempo.
El amor que siento por él despierta todo mi cuerpo. Es un
temblor suave y poderoso a la vez. Las piernas se rinden. El corazón golpea
fuerte, como si reconociera a su origen. No deseo hablar. No deseo preguntar.
Abrazarlo es lo único que existe.
Abro los brazos. Él abre los suyos. Y nos encontramos. El
abrazo es total, sin bordes, sin antes ni después. Nos fundimos como dos fuegos
que se reconocen. No hay palabras. Nunca las hubo entre nosotros cuando el amor
hablaba primero.
Permanecemos así, respirándonos, habitándonos, hasta que el
silencio se vuelve mensaje.
—Ten paciencia, hija —dice, y su voz no viene del aire, sino
de adentro—. Todo volverá a su cauce. La paz volverá a morar en ti.
Mientras habla, aparta de mi rostro el cabello que la brisa
insiste en mover. Ese gesto suyo, tan humano, tan eterno, me atraviesa. Siempre
cuidando, siempre presente.
—Lo sé, padre —respondo—, pero duele… ¿Cuándo vendrás a
buscarme? Ya quiero estar contigo. Ya quiero irme de aquí.
No hay miedo en mis palabras. Hay anhelo. Hay cansancio del
mundo.
Me mira con infinita ternura. En sus ojos no hay prisa, solo
verdad.
—No es aún el tiempo. Cuida a tu madre. Cuida a los que
vienen de ti. Hay amor que aún debes sembrar. Cuando sea permitido, vendré.
Asiento. Comprendo. Su enseñanza continúa incluso ahora:
amar también es quedarse.
—Así será…
Nada más necesita ser dicho. Nos sabemos completamente. Sin
secretos, sin ruido, sin gestos innecesarios. Las manos unidas sellan el pacto
silencioso. Un último abrazo, más profundo aún, como una bendición.
Luego, la separación.
Yo regreso al carro. Él se aleja caminando, cada paso más
ligero. Antes de partir, miro atrás. Ya no está. En su lugar, una luz viva,
amplia, serena, lo ocupa todo. No enceguece: abraza.
Seco mis lágrimas. Ya no pesan. En su lugar florece una
sonrisa que no me pertenece del todo: es la suya, dejada en mí como herencia
sagrada.
Te amo, padre,
porque fuiste raíz y horizonte;
porque tu palabra me enseñó a caminar recta cuando el mundo se inclinaba,
porque tu silencio supo cuidarme más que mil consejos.
Te amo por la paciencia heredada, por la fuerza que no gritaba,
por la ternura firme con que me mostraste que el bien también sabe luchar.
Te amo por haberme mirado siempre como promesa cumplida,
por haberme amado sin condiciones, sin apuros, sin medida.
Te amo porque sigues siendo casa aun en la distancia,
guía aun cuando no te nombro,
protector aun cuando no te veo.
Te amo por lo que fui contigo y por lo que soy gracias a ti.
Y te llevo conmigo —no como ausencia—
sino como luz aprendida que me acompaña cada vez que elijo amar.
EPÍLOGO
Hay despedidas que no cierran puertas,
las abren hacia adentro.
Desde entonces, cada vez que la vida pesa,
sé dónde encontrar reposo.
No camino sola.
Nunca lo hice.
Hay amores que, una vez sembrados,
aprenden a florecer en todas las dimensiones.
Y así sigo:
viviendo, cuidando, amando,
hasta que el tiempo vuelva a plegarse
y el abrazo sea nuevamente eterno.
“El amor paterno verdadero no protege del mundo:
prepara para él.”
Excelente amiga y bienvenida al mundo de los blogest. Un abrazo.
ResponderEliminarExcelente relato, a veces sentir a los que amamos esta a solo un cerrar de ojos de distancia....
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