viernes, 2 de julio de 2010

"El pez de agua turbia": Un relato poético donde una madre y su hijo enfrentan la imprudencia y sus consecuencias, a través de un pez que flota boca arriba en un mundo silencioso.


“Hay palabras que no causan la desgracia, solo la ven venir.”


A veces la vida avanza sin pedir permiso, como una corriente subterránea que un día emerge y arrastra lo que encuentra a su paso. Otras veces, en cambio, todo ocurre a plena luz, con la torpeza de quien cree saberlo todo.

—Mami… uno de mis pececitos se muere.

La frase cayó en la mañana como una piedra en un vaso de agua. Mi hija estaba de pie, aún en pijama, descalza, mirándome con esos ojos de azul profundo, atravesados por verdes, como un cielo visto a través del follaje. Sostenía el llanto como quien sostiene un hilo a punto de romperse. Me tomó de la mano y me condujo al patio.

En la piscina, el agua de lluvia reposaba inmóvil, con ese silencio espeso que deja lo abandonado. Allí flotaba el pez. Pequeño. Inerte. Vestido de fuego: rojo, amarillo y naranja, como si hubiera robado colores al atardecer. Estaba rígido, panza arriba, convertido en un trozo de rama quebrada.

Mi hija lo miró como se mira lo irreparable. Yo la miré a ella.

No hubo palabras. Solo el aire detenido entre nosotras.

Salimos de casa poco después. El camino a la escuela fue largo y mudo. Al despedirse, mi hija se aferró a mí, como si quisiera asegurarse de que lo vivo no se le escapara también de las manos.

De regreso, la imagen del pez no flotaba en el agua; crecía y nadaba entre mis pensamientos. Entonces recordé.

La tarde anterior.

—Hijo, ¿qué haces ahí?
—Nada… busco algo.

Estaba en mi taller. Mi espacio. El lugar donde las cosas tienen un orden que solo yo entiendo. Él revolvía como siempre, con esa curiosidad inquieta que desde niño lo había llevado a meter las manos donde no debía, convencido de que el mundo escondía tesoros para quien se atreviera a hurgar.

Sus ojos se detuvieron en el jardín zen.

—¿Y esto?
—Déjalo.
—¿Para qué sirve?
—Eso no es para jugar —le dije.
—Solo estoy viendo.

Le expliqué lo mínimo. No escuchaba. Sus dedos ya habían empezado a mover la arena, a dibujar surcos, a desordenar la calma. De pronto, su mirada saltó hacia la pecera. Fue un cambio sutil, pero lo reconocí: el gesto del cazador, el momento exacto en que la atención se convierte en impulso.

—Déjalo así —advertí—. Hay seres que no saben defenderse.

No me respondió.
No alcancé a detenerlo.

La arena cayó en el agua como una neblina. El cristal se volvió turbio. Los peces comenzaron a nadar sin rumbo. El más grande abrió y cerró la boca con avidez, tragándose lo que descendía lento, como si el cielo se deshiciera sobre él.

—Eso no es alimento —dije—. A veces lo que parece bonito es lo que mata primero.

Mi hijo sonrió. Habló de instinto, de naturaleza, de adornar. Restó importancia. Siempre hay quien cree que la advertencia es exageración hasta que la realidad se vuelve exacta. Yo vi otra cosa: el agua enturbiándose, la vida respirando dificultad.

Esa noche cambié los peces a la piscina. Pensé que el agua amplia diluiría el error. Que el volumen salvaría lo que la imprudencia había puesto en riesgo.

Pero el agua guarda memoria.

Ahora, ya en casa, desperté a mi hijo. Lo llevé de la mano hasta el borde, de pie frente a la escena. El pez seguía allí, inmóvil, como una acusación sin palabras.

Se agachó. Lo miró. El silencio se le subió al rostro. Sus ojos se humedecieron y, por un instante, creí que el agua también había llegado a él.

Entonces se irguió de golpe.

—Siempre igual —dijo—. Siempre anuncias desgracias. Traes mala suerte.

Me lanzó una mirada rápida, incómoda, como si la culpa quemara demasiado para sostenerla. Se dio la vuelta y se fue, murmurando algo que se perdió entre pasos apresurados.

Me quedé sola.

El agua volvió a quedarse quieta. El pez flotaba, ligero ya, como si la muerte también tuviera su propia forma de descanso.

Pensé que crecer es aprender a detenerse. A no meter las manos en todo. A entender que no todo lo que se toca sobrevive.

Pero no dije nada.

El agua, al final, siempre guarda silencio


“La responsabilidad rara vez flota; suele hundirse.”




2 comentarios:

  1. Jejejeje pobre pecesito, cayo en las manos equivocadas :)

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  2. ajajaja si, y según carlos, fue por lengua profética del desastre... así llaman los jóvenes de hoy en día a la experiencia!

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