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martes, 12 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (40) LOS ABUELOS



“Doña Ana y Don Luis: ¡quien dijo que la pasión se apaga con los años, miente!”

Los niños seguían gritando a todo pulmón, entre risitas burlonas y risotadas, cómo los abuelos jugaban. Márgara trataba de atajarlos para que callaran; mientras, Ana Isabel no sabía qué hacer, estaba horrorizada. Las tías Matilde e Isabel, con gran desfachatez, también se reían a carcajadas, aunque hacían lo suyo intentando silenciarlos, pero no lo lograban. Lola y Antonio escucharon el escándalo desde la ventana. Se apresuraron en bajar las escaleras para ver lo que pasaba. Los Gallardo, al ver a su madre, de inmediato guardaron compostura y pusieron caras de afligidos; sabían que la sanción no se haría esperar.

—¿Qué relajo es este? —preguntó Lola a sus hijos con verdadero enfado. Los niños bajaron la cabeza y guardaron silencio, todos preocupados. Márgara le informó a su hermana el descaro de los niños y le exigió, para ellos, un duro castigo: ¡tal falta de respeto no debía permitirse! Lola, al escuchar lo sucedido, quedó atónita. Tenía ganas de reírse al imaginar a sus padres pasando tal bochorno, pero Antonio la miraba muy serio; no le permitiría ninguna ligereza. Las tías también cambiaron su actitud, el asunto lo ameritaba y ya habían reído bastante. Lola subió a los niños a sus habitaciones. Ordenó que se bañaran y pusieran sus pijamas: se acostarían sin cenar y en absoluto silencio entre ellos. Debían reflexionar sobre los hechos y luego ella hablaría con cada uno. Todos obedecieron sin protesta alguna. Subieron las escaleras despacio, pero apuraron el paso al pasar frente a la habitación de los abuelos… ¡por si acaso!

—¡Ay! Luis, ¡qué vergüenza! —no dejaba de exclamar Doña Ana, cubriendo su cuerpo con la sábana, toda apenada.

—¡Esos niños se las verán conmigo mañana, sí señor! —decía Don Luis muy molesto por lo importuno de los chiquillos.

—¿Mañana? No, yo enseguida me visto y bajo; trataré de desmentir lo dicho por los niños… ¡para que la vergüenza no sea tan grande! —dijo Doña Ana, bajándose de la cama.

—Qué vergüenza ni que nada… ¿hasta cuándo pospondremos nuestros asuntos por los demás? Usted vuélvase a meter en la cama, ¡abra esas piernas… que hoy no se me escapa! —le dijo su marido, muy firme y con una sonrisa picarona. No había terminado de hablar, cuando ya estaba encaramado en la cama, enamorando a su mujer, quien hizo resistencia:

—Luiiiiiis… —eso fue todo lo que hizo para oponerse a los deseos de su marido y a los de ella, mucho tiempo contenidos: balbucear su nombre. Se quisieron bien, a su antojo. De vez en cuando a Doña Ana le venía a la mente la cara de los niños: sorprendidos y divertidos a cuenta de ellos. También se imaginaba las risas de su hermana y de su cuñada; tendría que aguantarse el chalequeo por una larga temporada. Pero su marido bien la trabajaba y de sus pensamientos y angustias la sacaba.

—¡Luuiiiiiis! —de rato en rato exclamaba Doña Ana, y el marido, callado, se afanaba.

—¡Luuuiiiiiiiiiis! —volvía a exclamar Doña Ana, toda extasiada.

—¿Qué amor? —le preguntaba Don Luis.

—¡Nada, no me hagas caso… sigue! —ella le suplicaba.

Y así se la pasaron, un buen rato, ahí en la cama. Hasta que él, dando todo de sí, exclamó:

—¡Aaaanaaaaa! —los dos quedaron exhaustos, con la respiración agitada. En el rostro, con extrema ternura, se besaban mientras se decían al oído cuánto se amaban. Al cabo de un rato, cuando la actividad se calmaba, el peso de su cuerpo la aplastaba. Lo echó a un lado y, de frente, quedaron acurrucados, como quedan los enamorados. No se quedaron dormidos, ni se hablaban; solo jugaban con sus manos, se las besaban… Tanto el uno como el otro, en silencio y sin saberlo, agradecían a Dios por tenerse. Eran distintos, se complementaban. Felices eran, tal como lo deseaban.

“Después de tanto escándalo, la lección quedó clara: ¡los abuelos mandan… y mandan con amor!”

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

viernes, 2 de julio de 2010

"El pez de agua turbia": Un relato poético donde una madre y su hijo enfrentan la imprudencia y sus consecuencias, a través de un pez que flota boca arriba en un mundo silencioso.




“Hay palabras que no causan la desgracia, solo la ven venir.”


A veces la vida avanza sin pedir permiso, como una corriente subterránea que un día emerge y arrastra lo que encuentra a su paso. Otras veces, en cambio, todo ocurre a plena luz, con la torpeza de quien cree saberlo todo.

—Mami… uno de mis pececitos se muere.

La frase cayó en la mañana como una piedra en un vaso de agua. Mi hija estaba de pie, aún en pijama, descalza, mirándome con esos ojos de azul profundo, atravesados por verdes, como un cielo visto a través del follaje. Sostenía el llanto como quien sostiene un hilo a punto de romperse. Me tomó de la mano y me condujo al patio.

En la piscina, el agua de lluvia reposaba inmóvil, con ese silencio espeso que deja lo abandonado. Allí flotaba el pez. Pequeño. Inerte. Vestido de fuego: rojo, amarillo y naranja, como si hubiera robado colores al atardecer. Estaba rígido, panza arriba, convertido en un trozo de rama quebrada.

Mi hija lo miró como se mira lo irreparable. Yo la miré a ella.

No hubo palabras. Solo el aire detenido entre nosotras.

Salimos de casa poco después. El camino a la escuela fue largo y mudo. Al despedirse, mi hija se aferró a mí, como si quisiera asegurarse de que lo vivo no se le escapara también de las manos.

De regreso, la imagen del pez no flotaba en el agua; crecía y nadaba entre mis pensamientos. Entonces recordé.

La tarde anterior.

—Hijo, ¿Qué haces ahí?
—Nada… busco algo.

Estaba en mi taller. Mi espacio. El lugar donde las cosas tienen un orden que solo yo entiendo. Él revolvía como siempre, con esa curiosidad inquieta que desde niño lo había llevado a meter las manos donde no debía, convencido de que el mundo escondía tesoros para quien se atreviera a hurgar.

Sus ojos se detuvieron en el jardín zen.

—¿Y esto?
—Déjalo.
—¿Para qué sirve?
—Eso no es para jugar —le dije.
—Solo estoy viendo.

Le expliqué lo mínimo. No escuchaba. Sus dedos ya habían empezado a mover la arena, a dibujar surcos, a desordenar la calma. De pronto, su mirada saltó hacia la pecera. Fue un cambio sutil, pero lo reconocí: el gesto del cazador, el momento exacto en que la atención se convierte en impulso.

—Déjalo así —advertí—. Hay seres que no saben defenderse.

No me respondió.
No alcancé a detenerlo.

La arena cayó en el agua como una neblina. El cristal se volvió turbio. Los peces comenzaron a nadar sin rumbo. El más grande abrió y cerró la boca con avidez, tragándose lo que descendía lento, como si el cielo se deshiciera sobre él.

—Eso no es alimento —dije—. A veces lo que parece bonito es lo que mata primero.

Mi hijo sonrió. Habló de instinto, de naturaleza, de adornar. Restó importancia. Siempre hay quien cree que la advertencia es exageración hasta que la realidad se vuelve exacta. Yo vi otra cosa: el agua enturbiándose, la vida respirando dificultad.

Esa noche cambié los peces a la piscina. Pensé que el agua amplia diluiría el error. Que el volumen salvaría lo que la imprudencia había puesto en riesgo.

Pero el agua guarda memoria.

Ahora, ya en casa, desperté a mi hijo. Lo llevé de la mano hasta el borde, de pie frente a la escena. El pez seguía allí, inmóvil, como una acusación sin palabras.

Se agachó. Lo miró. El silencio se le subió al rostro. Sus ojos se humedecieron y, por un instante, creí que el agua también había llegado a él.

Entonces se irguió de golpe.

—Siempre igual —dijo—. Siempre anuncias desgracias. Traes mala suerte.

Me lanzó una mirada rápida, incómoda, como si la culpa quemara demasiado para sostenerla. Se dio la vuelta y se fue, murmurando algo que se perdió entre pasos apresurados.

Me quedé sola.

El agua volvió a quedarse quieta. El pez flotaba, ligero ya, como si la muerte también tuviera su propia forma de descanso.

Pensé que crecer es aprender a detenerse. A no meter las manos en todo. A entender que no todo lo que se toca sobrevive.

Pero no dije nada.

El agua, al final, siempre guarda silencio


“La responsabilidad rara vez flota; suele hundirse.”


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel