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viernes, 15 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (44) LA SOLEDAD


“Cuando el ‘bla, bla, bla’ se vuelve música de fondo, el corazón aprende a escuchar lo importante.” 

Doña Ana estaba acostada en su cama, nada le dolía… ¡solo el alma! Había estado llorando toda la tarde. No se había dado cuenta de que sus hijas ya eran unas señoritas casaderas… hasta esa mañana, ¡las creía aún niñas! Estaban enamoradas de los Santamaría, precisamente de ellos; no podían ser otros, sino ellos… que eran una familia de viajeros. Se la pasaban viaja que viaja, por los negocios poco compartían en familia; estaban más tiempo separados que juntos. Se robarían a sus niñas, las separarían de ellos… ¡desmembrarían a la familia! ¿Y sus nietos? ¡Se los llevarían también, qué desgracia!

Al pensar en todo esto, recorría en su mente su casa. Imaginaba los cuartos vacíos y en silencio; la cocina quieta, sin que se oyera un cubierto o una taza. Y los jardines… ¿quiénes jugarían en ellos? ¿Quiénes recogerían las flores y los frutos? ¿Y la hacienda… quiénes ayudarían a Luis a administrarla, a sacar las cuentas? ¡Nadie, porque todas ellas, con los niños, se irían!

Ya lágrimas no le quedaban y la resignación se le encimaba, cuando a la habitación entraron su hermana y cuñada.

—Vamos, Ana, esto es lo más egoísta que he visto en mi vida… ¡y tú no eres así! ¿Qué pasa contigo? —le reclamó Matilde a su hermana, sentándose también a su lado, por el otro lado de la cama.

—¿Qué pasa, Ana? ¡Estás pasada de pendeja! —le dijo su cuñada Isabel, sentándose a su lado y poniendo en sus manos una taza de café con leche caliente y cremoso, como a ella le gustaba—. Presta atención, estás ahogándote en un vaso de agua; la mayoría de las veces las cosas no suceden como las pensamos, sino todo lo contrario. No te anticipes, deja que las cosas sucedan para que puedas hacerles real frente. Además, no es justo: las muchachas querían sorprenderte con algo que ellas pensaban iba a ser maravilloso y, estúpidamente, se ha vuelto una tragedia. Apóyalas, disfruta con ellas el presente… ¡ya se verá qué pasa mañana!

Doña Ana dejó que siguieran hablando, pero ella seguía absorta en sus pensamientos, en el sentimiento de abandono que la embargaba. Solo escuchaba un bla, bla, bla… pero no oía nada.

Los monólogos de la hermana y la cuñada fueron interrumpidos por Doña Blanca, que vino a avisarle que abajo se encontraban Don Antonio y sus padres, que a ella querían hablarle. Doña Ana cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra la cabecera de la cama, sin disimular el fastidio que ello le daba.

—Lo que me faltaba, más bla, bla, bla… y, a mí, ¡no me interesa oírlos para nada! —exclamó evidentemente molesta.

Doña Matilde dio instrucciones a Doña Blanca de que les informara que, en un momento, ella bajaría y los atendería. De inmediato, y con la ayuda de Doña Isabel, se dio a la tarea de animarla para que se arreglara y reuniera con ellos. Así se hizo.

Cuando Doña Ana bajaba las escaleras, Antonio la alcanzó y le dijo algo al oído. Ella dibujó una amplia sonrisa, iluminándosele el rostro. Se asió de su brazo y bajaron los dos juntitos. Olvidó por un momento su amargura y saludó amable y cariñosamente a los visitantes: eran sus amigos de toda la vida, debía mantener eso presente en su mente.

—Espero nos disculpen por venir sin avisar, pero Antonio nos comentó de lo aquí sucedido… y sentimos que estamos obligados a aclarar ciertos asuntos; de esta manera pensamos que las cosas serán apreciadas desde otro punto de vista —inició la conversación la madre de Antonio, de manera amable y prudente.

Guardó silencio cuando hizo acto de presencia Don Luis, quien saludó y se sentó junto a su mujer, tomándose de las manos. Los dos presentaban signos de cansancio… y de haber llorado, mucho; estaban con los hombros caídos, encorvados, deprimidos.

Inmediatamente tomó la palabra el padre, quien intentó enaltecer a sus hijos para presentarlos como buenos candidatos para las muchachas: que si eran trabajadores; que si eran graduados de la prestigiosa y antigua Universidad Central, ahora Complutense, ubicada en la Moncloa, Madrid; que si los muchachos residían en una villa decente frente al campus; que si esto, que si aquello y que si patatín o patatán, puro bla, bla, bla, bla…

Don Luis y Doña Ana los miraban, los escuchaban… pero ninguno de los dos prestaba atención. Sus mentes se concentraban en una sola cosa: se enfrentaban a algo para lo cual no estaban preparados… ¡la soledad!

Ambos echaron un largo suspiro, se miraron apretándose las manos. Sin mediar entre ellos palabra alguna, se dijeron todo, llegaron a un acuerdo… ¡la resignación era la salida!

“Entre suspiros y cafés, aprendemos que la resignación puede ser muy entretenida.”


Dedicatoria: Este capítulo se lo dedico a mi hijo Francisco José, porque sé el significado que tiene la Universidad Complutense, Madrid, para él, para mi querida nuera —y fiel lectora—, y mis nietos.

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

jueves, 14 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (43) EL SECRETO



“Si quieres mantener un secreto en esta familia, ¡prepárate para Doña Cándida!”

Márgara subió las escaleras refunfuñando y, tras ella, Ana Isabel. Doña Cándida tapaba su rostro con sus manos, estaba apenada; si no fuera obesa, de seguro se hubiese escondido bajo la mesa. Antonio se acercó a Lola y en el oído le dijo unas palabras, lo mismo hizo Don Luis con Doña Ana. Ambas salieron, con pasos apresurados, detrás de las muchachas. Doña Matilde y la tía Isabel fueron rápido a la cocina a advertirle a Doña Teresa que se olvidara de lo del brindis. Antonio se puso de pie y dio unas palmadas a su suegro en la espalda, tratando de apaciguar su ánimo.

—Tómeselo con calma, Don Luis, que no ha pasado ninguna desgracia; si Márgara y Gabriel en realidad se aman, lo peor que pueda pasar es que la familia crezca y se una más. Roguemos a Dios que así sea —dijo esto tomando suavemente la mano de Doña Cándida, haciéndole una seña de que, con él, se marchara.

—¿A dónde vas, Antonio? ¿Me vas a dejar solo con este zaperoco armado? —le dijo Don Luis, con tono preocupado, a su yerno.

—Voy a mi casa, debo sostener una charla con mis padres. Luego regreso… —le explicó con una sonrisa y, con la mirada, le hizo un ruego de que mantuviera la calma.

Así lo hizo. Prendió un habano y se fue a caminar por los jardines… cavilando sobre el asunto de los nuevos tórtolos, pensando él ¡que eso sería todo!

En el cuarto de Márgara, era otra vaina; ella estaba recostada sobre su cama, llorando como una Magdalena. A su lado estaba sentada Ana Isabel, en silencio y cabizbaja; no la consolaba ni decía ninguna palabra. Estaba pálida, muy asustada, pensando en lo que diría su madre cuando lo de ella se enterara… Dos noticias al mismo tiempo eran como mucho para Doña Ana, quien entró alterada, dando un portazo que se escuchó hasta la otra cuadra.

—No entiendo en qué les he fallado para que en mí no tengan confianza; aquí estoy yo, dispuesta a escucharlas. ¡Díganmelo, pues… díganmelo en mi cara! —dijo encolerizada y vuelta un mar de lágrimas.

Doña Ana se sentó en la cama, al lado de Márgara, dándole palmadas en la nalga para que se volteara y con ella se franqueara. Miró a Ana Isabel con extrañeza por la actitud tan absorta que guardaba.

—¿Y a ti qué te pasa, por qué tienes esa cara? ¡No me vayas a salir con que tú también te traes una vaina! —le dijo su madre, más furiosa que soldado en batalla.

Aquí Lola intervino. Se arrodilló frente a su madre; tomándola por los hombros, la arrimó a ella, abrazándola.

—¡Cálmate, madre, no nos has fallado en nada… eres la mejor de todas! Baja la guardia para que puedas comprender lo que aquí pasa. Yo te lo contaré, por ellas hablaré —le dijo al tiempo que acariciaba su rostro con dulzura, para que se tranquilizara.

—¡El colmo de los colmos, tú sabías todo y también me lo ocultaste… qué desgracia! —se tapó el rostro con sus manos y lloraba y lloraba, desconsoladamente, la pobre Doña Ana.

—Madre, guarda silencio, ¡no sentencies antes de juzgar! Si no te conté antes, es porque a mí no me correspondía ese derecho. No se te ha ocultado nada de lo que debas avergonzarte, nada malo aquí pasa. Tú sabes que los Santamaría son amigos de nosotros desde la infancia; así fue como Antonio y yo nos enamoramos. Pues bien, Ana Isabel y Márgara… también, ¡pero de Alejandro y Gabriel! Claro, como ellas eran más chicas, no habían definido nada, pero la amistad continuó por cartas… hasta que determinaron que sí, que sí estaban enamorados.

Ellas no te anticiparon nada, querían hacer algo bonito cuando ellos llegaran; pero vino Doña Cándida y zuaaas… ¡soltó la lengua!, no pudo quedarse callada. Claro, como el marido trabaja en la Oficina de Correos, ¡de todo está enterada! Ves, madre, no es ninguna tragedia; hasta bonito sería que ellos matrimonio contrajeran. Así los Santamaría-Díaz serían una familia grande y unida… ¡nadie nos vencería! —esto último lo dijo Lola en broma, a ver si a su madre una sonrisa le sacaba.

Pero Doña Ana, ya calmada, para nada la escuchaba. Estaba ensimismada en sus pensamientos. No podía quitarse la idea de lo desolada que quedaría su gran casa si todas sus hijas se casaran y marcharan… ¡al mismo tiempo! ¿Y la algarabía de los nietos? ¿También los perderían?… eso, a su marido y a ella, ¡el alma desgarraría!

La pobre Doña Ana estaba abatida, un duro golpe le habían asestado en el corazón sus niñas. Tonta ella que pensaba en eso, en el futuro inminente… ¡cuando Dios tenía, para ellos, otra cosa en mente!

 “Amor joven, secretos viejos y un portazo que retumba hasta la cuadra de al lado.”

 

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.