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jueves, 12 de febrero de 2026

“Amar es vivir”: El amor como sentido de la vida, reflexión íntima.

“Amar siempre es un riesgo… pero no amar es quedarse sin historia.”


A veces la vida no nos niega el amor; solo nos enseña a reconocerlo cuando llega. Este texto nace de esa espera silenciosa, de ese tiempo suspendido en el que el corazón aprende a no cerrarse. Es una invitación a amar sin miedo al error, porque incluso las heridas, cuando cicatrizan, señalan el camino hacia lo verdadero.

Para quienes alguna vez sintieron que el amor llegaba tarde. El amor nunca llega tarde: llega cuando por fin estamos dispuestos a vivirlo.


A veces despierto con la sensación de haber regresado de un lugar sin nombre, como si la noche me hubiera dejado flotando entre un sueño y la vida. La primera luz entra despacio por la ventana y se posa sobre la habitación, pero tarda en convencerme de que estoy aquí, de que respiro, de que el corazón sigue latiendo, aunque no recuerde cuándo aprendió a hacerlo en compañía.

Me siento al borde de la cama y escucho el silencio. Tiene peso. Tiene frío. Es el rumor de los años vividos sin manos que buscaran las mías, sin un abrazo capaz de detener el mundo por un instante. El alma reconoce la ausencia como la tierra reconoce la lluvia antes de que caiga. Por eso mi cuerpo extraña lo que nunca tuvo: porque el alma lo sabe y, en silencio, insiste.

Imagino unos dedos entrelazándose con los míos, no para sujetar, sino para acompañar; una mano que no arrastra ni empuja, solo camina al lado, recordándome sin palabras que no estoy sola. Pienso en el abrazo sencillo, ese refugio donde el tiempo baja la voz y el pecho ajeno marca un ritmo que calma y sostiene. En esos gestos pequeños habita el amor verdadero: el que cuida sin ruido, el que protege sin encerrar, el que dice “aquí estoy, descansa en mí” sin necesidad de hablar.

Comprendo entonces que vivir sin amar es atravesar el mundo sin tocarlo realmente. Amar es arriesgarse a la herida, sí, pero también abrir los brazos para recibir la vida entera. Incluso el error, incluso el desengaño, dejan huellas necesarias; cicatrices que enseñan dónde volver a poner las manos y a quién abrazar cuando llega el momento justo. Nada de lo amado se pierde: todo se transforma, todo encuentra otra forma de quedarse.

Me levanto. El miedo sigue ahí, pero ya no dirige mis pasos. Decido vivir con el corazón despierto, amar sin medida y sin garantías, porque sentir profundamente es la única forma de estar verdaderamente vivo. El amor no promete ausencia de dolor, pero sí sentido; una dirección cuando todo parece incierto.

Tal vez el mundo avance gracias a quienes aún creen en la ternura de una mano ofrecida y en la verdad de un abrazo espontáneo y persistente. Porque del amor nacen las manos que acarician, levantan y sostienen; las palabras que curan; la alegría que vuelve a florecer después del tiempo oscuro.

No dejaré más páginas en blanco. Amaré, aunque tiemble el pulso. Amaré, porque incluso los trazos torcidos terminan dibujando el mapa que nos conduce a casa.

Y ya, solo con este firme propósito, el silencio se vuelve melodía y mis pies sienten, por fin, ganas de bailar la vida.


“Las manos que se atreven a amar nunca regresan vacías.”

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

domingo, 1 de junio de 2025

"Hasta que la muerte nos separe": Un relato reflexivo sobre la fragilidad de la vida, la presencia de los seres queridos y cómo nada material puede compararse con el valor de lo esencial


Prólogo

A veces comprendemos con claridad lo que siempre estuvo delante de nosotros: la vida es la única riqueza que realmente importa. Todo lo demás —lujo, comodidad, apariencia— se vuelve irrelevante cuando la existencia de quienes amamos pende de un hilo. Este es un relato sobre la presencia, el tiempo compartido y la intensidad silenciosa de los vínculos que sostienen el alma.


Aun en medio de aquel espacio cuidado y silencioso, donde cada objeto parecía susurrar orden y confort, la habitación parecía conjurada para el desconsuelo.

Ella comprendió con una claridad dolorosa que nada de eso importaba. Todo lo material se volvía vano frente al hilo frágil de la vida que se sostenía en un cuerpo amado. La verdadera riqueza estaba en la respiración compartida, en la cercanía que no podía comprarse, en la calma que se quiebra ante la certeza de lo inevitable.

El olor neutro del desinfectante hospitalario no lograba disimular la sensación pesada de la espera, y cada pitido del monitor, aunque casi imperceptible para otro oído, le golpeaba como un tambor de funeral. La luz, pensada para calmar, ahora parecía un foco que revelaba, sin piedad, la fragilidad absoluta de su ser querido. La pulcritud impecable de la estancia no podía sostener la desesperación que crecía con cada respiración irregular que ella vigilaba.

Incluso las voces suaves del personal, entrenadas para transmitir calma, se filtraban como un rumor distante, incapaces de tocar el miedo que la llenaba.

Sentada estaba —paralizada de miedo— frente a la cama donde yacía él.

Fijaba la mirada en su cabello, enmarañado de tanto cabecear, una lucha inútil contra un destino ya sellado. Le sorprendía el brillo de aquellas hebras: hilos de plata y acero retorcidos, resplandeciendo como bajo una luna cruel. La cama, deshecha por su cuerpo contorsionado, mostraba las huellas de sus manos crispadas que habían arrancado hebras de la manta blanca.

Él respiraba con dificultad; cada exhalación era un suspiro de despedida. El rostro, contraído en dolor, parecía rezar en silencio mientras sus párpados cerrados guardaban la sombra de un llanto contenido.

Ella lo observaba, y con él, repasaba toda una vida.
Su amor había sido callado, austero en palabras, casi invisible en los gestos que suelen sostener a una pareja. Y, sin embargo, había estado ahí, presente en otra forma: en el calor compartido de las noches, en la fuerza de un deseo que no admitía discursos, en los hijos que nacieron como testigos silenciosos de esa unión. Fue un amor distinto, hecho de silencios y presencias corporales, de huidas hacia dentro y de encuentros donde el cuerpo decía lo que la voz callaba.

De repente, él se aquietó. Abrió los ojos y los dejó vagar en la nada. Su rostro se suavizó, rejuvenecido por un instante imposible; una sonrisa se dibujó en sus labios, como si acabara de sellar un pacto secreto con Dios. La luz cesó de titilar. Él dejó de estremecerse. El tiempo se suspendió, y la paz se hizo.

Él partió ligero, como quien se entrega al descanso. Ella sintió entonces cómo empezaba a morir de a poco, atrapada en una soledad helada. Se levantó con torpeza, el cuerpo tan pesado como su alma, y salió de aquella habitación fría de la misma manera en que había entrado:
sin el abrazo que nunca llegó,
sin la mano entrelazada que señalara un camino compartido,
sin el “te amo” que pudiera sostenerla más allá de la muerte.


Epílogo

La habitación quedó vacía, y con ella, el calor de una vida que se fue. Pero la memoria de ese amor callado, de cada instante compartido, permanece más allá de lo material, recordándonos que la verdadera riqueza nunca se puede comprar: está en la presencia, en la respiración compartida, en la calma que nos sostiene mientras aún estamos juntos.

 



martes, 12 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (40) LOS ABUELOS



“Doña Ana y Don Luis: ¡quien dijo que la pasión se apaga con los años, miente!”

Los niños seguían gritando a todo pulmón, entre risitas burlonas y risotadas, cómo los abuelos jugaban. Márgara trataba de atajarlos para que callaran; mientras, Ana Isabel no sabía qué hacer, estaba horrorizada. Las tías Matilde e Isabel, con gran desfachatez, también se reían a carcajadas, aunque hacían lo suyo intentando silenciarlos, pero no lo lograban. Lola y Antonio escucharon el escándalo desde la ventana. Se apresuraron en bajar las escaleras para ver lo que pasaba. Los Gallardo, al ver a su madre, de inmediato guardaron compostura y pusieron caras de afligidos; sabían que la sanción no se haría esperar.

—¿Qué relajo es este? —preguntó Lola a sus hijos con verdadero enfado. Los niños bajaron la cabeza y guardaron silencio, todos preocupados. Márgara le informó a su hermana el descaro de los niños y le exigió, para ellos, un duro castigo: ¡tal falta de respeto no debía permitirse! Lola, al escuchar lo sucedido, quedó atónita. Tenía ganas de reírse al imaginar a sus padres pasando tal bochorno, pero Antonio la miraba muy serio; no le permitiría ninguna ligereza. Las tías también cambiaron su actitud, el asunto lo ameritaba y ya habían reído bastante. Lola subió a los niños a sus habitaciones. Ordenó que se bañaran y pusieran sus pijamas: se acostarían sin cenar y en absoluto silencio entre ellos. Debían reflexionar sobre los hechos y luego ella hablaría con cada uno. Todos obedecieron sin protesta alguna. Subieron las escaleras despacio, pero apuraron el paso al pasar frente a la habitación de los abuelos… ¡por si acaso!

—¡Ay! Luis, ¡qué vergüenza! —no dejaba de exclamar Doña Ana, cubriendo su cuerpo con la sábana, toda apenada.

—¡Esos niños se las verán conmigo mañana, sí señor! —decía Don Luis muy molesto por lo importuno de los chiquillos.

—¿Mañana? No, yo enseguida me visto y bajo; trataré de desmentir lo dicho por los niños… ¡para que la vergüenza no sea tan grande! —dijo Doña Ana, bajándose de la cama.

—Qué vergüenza ni que nada… ¿hasta cuándo pospondremos nuestros asuntos por los demás? Usted vuélvase a meter en la cama, ¡abra esas piernas… que hoy no se me escapa! —le dijo su marido, muy firme y con una sonrisa picarona. No había terminado de hablar, cuando ya estaba encaramado en la cama, enamorando a su mujer, quien hizo resistencia:

—Luiiiiiis… —eso fue todo lo que hizo para oponerse a los deseos de su marido y a los de ella, mucho tiempo contenidos: balbucear su nombre. Se quisieron bien, a su antojo. De vez en cuando a Doña Ana le venía a la mente la cara de los niños: sorprendidos y divertidos a cuenta de ellos. También se imaginaba las risas de su hermana y de su cuñada; tendría que aguantarse el chalequeo por una larga temporada. Pero su marido bien la trabajaba y de sus pensamientos y angustias la sacaba.

—¡Luuiiiiiis! —de rato en rato exclamaba Doña Ana, y el marido, callado, se afanaba.

—¡Luuuiiiiiiiiiis! —volvía a exclamar Doña Ana, toda extasiada.

—¿Qué amor? —le preguntaba Don Luis.

—¡Nada, no me hagas caso… sigue! —ella le suplicaba.

Y así se la pasaron, un buen rato, ahí en la cama. Hasta que él, dando todo de sí, exclamó:

—¡Aaaanaaaaa! —los dos quedaron exhaustos, con la respiración agitada. En el rostro, con extrema ternura, se besaban mientras se decían al oído cuánto se amaban. Al cabo de un rato, cuando la actividad se calmaba, el peso de su cuerpo la aplastaba. Lo echó a un lado y, de frente, quedaron acurrucados, como quedan los enamorados. No se quedaron dormidos, ni se hablaban; solo jugaban con sus manos, se las besaban… Tanto el uno como el otro, en silencio y sin saberlo, agradecían a Dios por tenerse. Eran distintos, se complementaban. Felices eran, tal como lo deseaban.

“Después de tanto escándalo, la lección quedó clara: ¡los abuelos mandan… y mandan con amor!”

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.