domingo, 4 de octubre de 2026

"Domingo... ¡Ay! Domingo": Una reflexión personal sobre los prejuicios, las apariencias y la necesidad de mirar más allá de nuestras primeras impresiones. Una historia real.

 

“A veces, una mirada equivocada necesita muy poco para convertirse en una lección.”


Prólogo

Hay encuentros que parecen insignificantes mientras suceden. Un rostro que vemos de paso, una presencia que apenas registramos, una persona a la que colocamos, sin darnos cuenta, dentro de una categoría construida por nuestra propia imaginación.

Y, sin embargo, basta un instante de cercanía para que esa imagen se desmorone.

Esta es una de esas historias.


Hay días en que pienso que mis esfuerzos son en vano.

Me pregunto qué condiciones se necesitan para ser considerados “santos”.

Nunca he soñado, mucho menos pretendido ser una santa.
Cierto es que mi propósito es ser cada día mejor de lo que fui ayer. Pero…

¿Cómo se logra eso?

Por instinto escojo el lado del bien, y a conciencia ¡mucho más! Pero hay una capa intermedia —el subconsciente— que me traiciona y deja salir ese lado oscuro, en mí, que aborrezco cuando lo observo en otras personas:

¡el prejuzgar!

Esta vez a Domingo le tocó el turno de meter el dedo en la llaga… ¡mi llaga!

Les confieso que no conocía el nombre de ese hombre, hasta hoy, ni nada de su historia… nada más allá de lo que me contaba mi prejuicio.

¡Toca joderse!

 —¡Buenos días! —me saluda con cordialidad y respeto al pasar frente a él.

 —¡Buenos días! —le contestaba yo con la misma amabilidad, pero sin mirarle a los ojos.

La impresión que me había dado al mirarlo, de lejos, me bastaba para hacerme un juicio sobre quién era él. Y sabía, además, que si lo miraba a los ojos cometería una imprudencia que nos daría —a él y a mí— una idea equivocada del otro, posiblemente.

Siempre estaba parado en la entrada del supermercado. No pedía limosna alguna. Solo ofrecía su ayuda para cargar las bolsas de la compra hasta el domicilio.

Y eso… ¡eso era lo que me retorcía por dentro!

¿Cómo puedo permitir que un extraño, alcohólico, supiera dónde yo vivía?

Si se lo permitía, se enteraría, en algún momento, de que vivo sola. No trabajaba, pensé. ¿Y si algún día se ve sin dinero para satisfacer su adicción y siente la necesidad de hacerse con él? Eso me hacía sentirme vulnerable ante él.

Cargaba yo mis bolsas, sin importar cuánto pesaran.

Acallaba mi conciencia ofreciéndole algún bocadillo comprado en el mercado.

Tampoco le daba dinero, lo usaría para comprar alcohol, me decía —repetidamente— para convencerme de que así hacía el bien.

Pero hoy las cosas fueron diferentes.

Un olvido, y un deber sagrado, me condujeron a aceptar lo inimaginable.

Olvidé comprarle su bocadillo, y me sentí necesitada de ofrecerle algo a ese ser que, para mí, se encontraba en desgracia.

Sin darme cuenta ya estábamos parados en la puerta —abierta— de mi casa, muerta de la risa con él por sus ocurrencias. Mientras reía no dejaba de mirar a sus ojos verdes, profundos y vivos como el musgo que crece en las piedras del cauce de un río manso.

—¡Domingo! —me respondió al preguntarle su nombre.

—¡Gracias, Domingo! Has sido de gran ayuda, y un placer conocerte —le contesté al poner en su mano una cantidad de dinero por su trabajo.

Su trabajo… ¡Sí trabajaba!

Trabajaba cargando la mercancía que otras personas no podían cargar. Además, lo hacía acompañando a esas personas, haciéndoles más livianos sus días.

Desde ese día, ese hombre dejó de ser —para mí— un extraño, un alcohólico al que temer o por el que tuviera que sentir compasión: Domingo era un autónomo que prestaba un excelente servicio…

¡Sin ironía alguna!


Epílogo

Quizás crecer por dentro no consista en alcanzar una perfección imposible, sino en reconocer con honestidad aquellas partes de nosotros que todavía necesitan aprender.

Porque también se aprende cuando alguien, sin proponérselo, nos obliga a mirar hacia adentro.

Y algunas veces, la persona que creíamos conocer de lejos termina enseñándonos algo que nosotros mismos ignorábamos.


“La verdadera transformación comienza cuando dejamos de confiar ciegamente en la primera versión que fabricamos de los demás.”


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel