“A veces, una mirada equivocada necesita muy poco para convertirse en una lección.”
Prólogo
Hay encuentros que parecen insignificantes mientras
suceden. Un rostro que vemos de paso, una presencia que apenas registramos, una
persona a la que colocamos, sin darnos cuenta, dentro de una categoría
construida por nuestra propia imaginación.
Y, sin embargo, basta un instante de cercanía para que
esa imagen se desmorone.
Esta es una de esas historias.
Hay días en que pienso que mis esfuerzos son en vano.
Me pregunto qué condiciones se necesitan para ser
considerados “santos”.
Nunca he soñado, mucho menos pretendido ser una santa.
Cierto es que mi propósito es ser cada día mejor de lo que fui ayer. Pero…
¿Cómo se logra eso?
Por instinto escojo el lado del bien, y a conciencia ¡mucho
más! Pero hay una capa intermedia —el subconsciente— que me traiciona y deja
salir ese lado oscuro, en mí, que aborrezco cuando lo observo en otras
personas:
¡el prejuzgar!
Esta vez a Domingo le tocó el turno de meter el dedo en la
llaga… ¡mi llaga!
Les confieso que no conocía el nombre de ese hombre, hasta
hoy, ni nada de su historia… nada más allá de lo que me contaba mi prejuicio.
¡Toca joderse!
—¡Buenos días! —me saluda con cordialidad y respeto al pasar
frente a él.
—¡Buenos días! —le contestaba yo con la misma amabilidad,
pero sin mirarle a los ojos.
La impresión que me había dado al mirarlo, de lejos, me
bastaba para hacerme un juicio sobre quién era él. Y sabía, además, que si lo
miraba a los ojos cometería una imprudencia que nos daría —a él y a mí— una
idea equivocada del otro, posiblemente.
Siempre estaba parado en la entrada del supermercado. No
pedía limosna alguna. Solo ofrecía su ayuda para cargar las bolsas de la compra
hasta el domicilio.
Y eso… ¡eso era lo que me retorcía por dentro!
¿Cómo puedo permitir que un extraño, alcohólico, supiera
dónde yo vivía?
Si se lo permitía, se enteraría, en algún momento, de que
vivo sola. No trabajaba, pensé. ¿Y si algún día se ve sin dinero para
satisfacer su adicción y siente la necesidad de hacerse con él? Eso me hacía
sentirme vulnerable ante él.
Cargaba yo mis bolsas, sin importar cuánto pesaran.
Acallaba mi conciencia ofreciéndole algún bocadillo comprado
en el mercado.
Tampoco le daba dinero, lo usaría para comprar alcohol, me
decía —repetidamente— para convencerme de que así hacía el bien.
Pero hoy las cosas fueron diferentes.
Un olvido, y un deber sagrado, me condujeron a aceptar lo
inimaginable.
Olvidé comprarle su bocadillo, y me sentí necesitada de
ofrecerle algo a ese ser que, para mí, se encontraba en desgracia.
Sin darme cuenta ya estábamos parados en la puerta —abierta—
de mi casa, muerta de la risa con él por sus ocurrencias. Mientras reía no
dejaba de mirar a sus ojos verdes, profundos y vivos como el musgo que crece en
las piedras del cauce de un río manso.
—¡Domingo! —me respondió al preguntarle su nombre.
—¡Gracias, Domingo! Has sido de gran ayuda, y un placer
conocerte —le contesté al poner en su mano una cantidad de dinero por su
trabajo.
Su trabajo… ¡Sí trabajaba!
Trabajaba cargando la mercancía que otras personas no podían
cargar. Además, lo hacía acompañando a esas personas, haciéndoles más livianos
sus días.
Desde ese día, ese hombre dejó de ser —para mí— un extraño,
un alcohólico al que temer o por el que tuviera que sentir compasión: Domingo
era un autónomo que prestaba un excelente servicio…
¡Sin ironía alguna!
Epílogo
Quizás crecer por dentro no consista en alcanzar una
perfección imposible, sino en reconocer con honestidad aquellas partes de
nosotros que todavía necesitan aprender.
Porque también se aprende cuando alguien, sin
proponérselo, nos obliga a mirar hacia adentro.
Y algunas veces, la persona que creíamos conocer de
lejos termina enseñándonos algo que nosotros mismos ignorábamos.
“La verdadera transformación comienza cuando dejamos
de confiar ciegamente en la primera versión que fabricamos de los demás.”
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel