Mostrando entradas con la etiqueta compromiso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta compromiso. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de octubre de 2026

"El amanecer": un cuento sobre el amor y la intimidad.

"Amar no es aquello, no, es otra cosa"


PRÓLOGO

La intimidad entre dos personas que se aman es profundamente hermosa y necesaria. Es el espacio sagrado donde el amor y el deseo dejan de ser ideas para convertirse en experiencia; donde lo sentido atraviesa la piel y alcanza el alma. Celebrarla es honrar el vínculo, el cuidado y la entrega mutua.


Su cuerpo desnudo yacía a un lado de ella, abandonado como un secreto recién revelado.

Estaba despierto.

Inmóvil, con los ojos fijos en la ventana.

Observaba cómo la brisa fresca de la primavera se filtraba entre las cortinas, inflándolas y soltándolas una y otra vez, como un pecho que aprende a respirar. La habitación se iba llenando lentamente de aromas: el dulzor del jazmín, la promesa madura de los manzanos, el pulso agreste del orégano y el romero… y, por encima de todo, la fragancia de ella, esa que no tenía nombre y que, aun así, lo nombraba por completo.

Estaba a su lado.

Y eso bastaba.

Vivía para ese instante suspendido entre la noche y el día.

Para despertar y presenciar el nacimiento del amanecer.

Miraba la ventana como quien mira un altar, suplicándole a Dios que los primeros rayos de sol rompieran la penumbra y obraran, una vez más, el milagro.

¡Ocurrió!

Como una aparición sagrada, la luz comenzó a derramarse en la habitación. Avanzó despacio, sin prisa, tocándolo todo con dedos de oro pálido, como si mirara el mundo a través del velo de una novia. El espejo frente a la cama se transformó en un lago de plata quieta, donde se reflejaban las siluetas más hermosas que conocía:

¡las de ellos, fundidas en una sola imagen!

Como cada mañana, todo estaba por comenzar… y esa certeza lo agitaba por dentro. Sin embargo, permanecía quieto, fingiendo dormir. De pronto, sintió el leve movimiento del pie de ella, buscándolo, reconociéndolo en la oscuridad tibia de las sábanas.

Contuvo el aliento.

Cerró los ojos.

No quería que supiera que estaba despierto ni que todas las mañanas —con una devoción casi infantil— aguardaba ese despertar como quien espera una revelación.

Cuando los brazos de ella lo rodearon, su cuerpo entero se estremeció.

¡El milagro había comenzado!

Sus manos lo recorrieron con una lentitud deliberada, como el vaivén hipnótico de las olas al besar la orilla de un lago. Se acercaba tanto que podía sentir su aliento rozándole la piel, esa misma piel que se erizaba como hierba bajo la brisa del alba.

Ella ascendía sobre él.

Lentamente, con delicadeza.

Con ternura.

Su rostro tibio se apoyó en su mejilla mientras lo besaba, como quien recorre una geografía que conoce y en la que no teme perderse.

Cómo amaba ese peso sobre él.

Ese calor.

Esas caricias lentas, esos besos que parecían promesas.

¡Solo Dios sabía cuánto la amaba!

Ya no pudo contenerse.

Se dio vuelta y la sostuvo con firmeza, acomodándola para que quedara arriba y poder contemplar ese rostro iluminado por la mañana…

¡Y esa luz la volvía casi irreal!

La tomó con las manos y la atrajo hacia sí para besarla una y otra vez, perdiéndose en su boca, mientras avanzaba con suavidad, con devoción, buscando grabar en su memoria esa sensación de gloria que lo elevaba más allá de sí mismo, como si el firmamento descendiera a encontrarlos.

Él la miraba fijo, con la respiración rota, como si el aire ya no alcanzara.

Deseaba detener el tiempo, suspenderlo ahí, que esa mañana no terminara jamás. El placer que lo atravesaba era tan vasto como el miedo que, en silencio, lo acechaba:

¿Qué sería de su vida, de sus días, si alguna mañana despertara y ella no estuviera a su lado?

En ese instante suspendido, comprendió que la respuesta no se hallaba en el futuro.

El milagro ya había ocurrido.

Vivía en cada amanecer compartido.

En cada caricia entregada sin reservas.

¡En esa luz que ahora los envolvía como una bendición!

Supo que el amor que los unía no dependía de la piel ni del tiempo, sino de esa llama encendida para siempre en su interior.

Y aunque algún día ella no estuviera allí al despertar…

Seguiría encontrándola en cada amanecer, ¡hasta su último aliento!

Quizá porque nada podría arrebatarle esa verdad: había sido amado así…

O, quizá, porque ya había creado un espacio dentro de sí donde ella viviría, con él, por la eternidad.


EPÍLOGO

El amor es bendito.

Y expresarlo a través del roce de la piel es, quizá, la forma más honesta y profunda de decir te amo sin pronunciar palabra. Porque cuando los cuerpos se encuentran desde el amor, no se tocan solo entre sí: se guardan en lo sagrado.


"Ama bonito. Serás amado con el alma"

Nota de autora: Este texto fue escrito, originalmente, en el 2011. Se reescribió para adaptarlo a la lectura de todo público.

Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

viernes, 15 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (45) LOS ZALAMEROS


“Doña Ana bajó la guardia… ¡y los Santamaría la tenían bailando en la palma de su mano!”

Los preparativos de la boda de Lola y Antonio marchaban bien. Doña Cándida, la modista, entraba y salía a cada rato haciendo pruebas y ajustando. Lola había tomado la responsabilidad de los preparativos junto con su prometido, que se había tomado a pecho la ceremonia y participaba con gran entusiasmo. Esto le vino como anillo al dedo a Doña Ana, pues el asunto de los enamoramientos de Márgara y Ana Isabel la tenían muy apagada, completamente apática. También delegó en las muchachas lo de la cena de bienvenida a los Santamaría, pues si ellas eran suficientemente mujeres para tener “novios”, también lo serían para encargarse de esos asuntos domésticos.

¡Que fueran practicando!, les había dicho, como si se tratase de un castigo. Pensó que se molestarían, pero, qué va, ellas encantadas, lo hacían con mucha alegría. ¡Otro tiro por la culata que le salía a Doña Ana!

Abatida como estaba, se recluyó en su habitación, no la necesitaban. Acostada en la cama cavilaba sobre el asunto; sabía que no tenía ni derechos ni motivos para sentirse así, pero así se sentía: traicionada y abandonada… ¡como un trapo viejo apartada! De esta manera, golpeada en su ego y sin hacer absolutamente nada, fue como se le metió en la cabeza un plan para sabotear la cena.

Haría todo lo posible para deslucir a los muchachos ante sus hijas, a ver si estas se decepcionaban y volvían a sus andadas. Una cosa que no les permitiría por nada era que abandonasen sus estudios en la universidad: de la preparación de ellas dependía, ahora, el negocio familiar y, a futuro, su estabilidad personal. No quería que siguiesen los pasos de ella y su hermana Lola: solo parir y criar. No, ahora las mujeres tenían muchas puertas abiertas; los tiempos habían cambiado y ellas se hacían de profesiones y entraban al campo laboral y, con las pastillas anticonceptivas… ¡ni hablar, completa libertad!

Cómo le hubiera gustado a ella tener esa oportunidad. Se arreglaba, quería quedar muy hermosa para impresionar a los rufianes que venían a robarles a sus hijas y, encima, les tenía que dar de comer y beber. Doña Ana pensaba y pensaba… y no pensaba bien; solo pensaba en cómo fastidiar a los muchachos, guiada por sus celos de madre.

—Amor, ¡estás muy hermosa! Los Santamaría deberán fijarse bien, pues pareces otra de las muchachas. Jamás pensarán que eres la suegra —le dijo Don Luis acariciando el rostro de su mujer y mirándola como él solo podía hacerlo—. Pero algo te digo: no has pronunciado una sola palabra en todo el día y, por tu mirada, sé que traes algo en mente… ¡yo no daría ni un centavo por esos pensamientos!

Listos como estaban, Don Luis puso galantemente su brazo para que su amada de él se asiera; bajaron juntos las escaleras. Apenas los vieron, los tres Santamaría se acercaron a ellos. Doña Ana los miró muy seria, estaba dispuesta a dar la batalla y, ¡con una mirada acérrima les anunciaba el inicio de la guerra! Pero ellos, a eso, no le hicieron ningún caso, estaban prevenidos, ya esperaban esa reacción y tenían sus propios planes: conquistar a la suegra… ¡a como diera lugar!

Antonio sonreía, bien la conocía y le constaba su bondad; esa máscara de mujer dura y despiadada caería sin dificultad. Cedió a sus hermanos el protagonismo de la noche; nada diría a su suegra de lo hermosa que la observaba.

Gabriel y Alejandro Santamaría, en franca conspiración con Márgara y Ana Isabel, no se despegaron de Doña Ana. No hubo palabras de halago que no pronunciaran… y muy dulcemente. Con humildad y respeto, prodigaron a su suegra todo tipo de atenciones, como la reina que era, la madre de sus princesas.

La llenaron de obsequios: perfumes de Francia, mantillas de España, manteles bordados de Portugal, perlas negras de Tailandia y finas sedas de Marruecos. A Don Luis le trajeron tabaco rubio inglés y vinos italianos y franceses… y el más fino güisqui escocés.

Márgara y Ana Isabel sonreían, el plan estaba dando resultado: sus padres estaban animados, abrumados con las atenciones, muy contentos y relajados. Doña Ana bajaba la guardia, era imposible no hacerlo. Los Santamaría se los habían metido en los bolsillos, ¡los tenían comiendo en las palmas de sus manos!

Eran hábiles en el arte de la conversación, muy gentiles y dulces… y tan guapos como Antonio. Doña Ana y Don Luis no eran pendejos, estaban conscientes de que esa zalamería tenía un claro objetivo: conquistarlos a ellos para quedarse con las hijas. ¡Y lo habían logrado!

Hubo un momento en que se quedaron solos. Se miraron el uno al otro:

—Ahora, ¿Qué piensas, amor? ¿Aún sigues con ellos disgustada? —le preguntó Don Luis a Doña Ana, mientras le besaba las manos.

—A ti no te puedo mentir. Sabes que lograron conquistarme, son encantadores. Y si eso fue conmigo, que soy su suegra, ¡imagínate cómo las habrán enamorado a ellas! —le contestó a su marido con serenidad y dulzura—. Serán muy buenos esposos, no me queda la menor duda de ello.

Antonio y Lola los observaban de lejos, vieron sus caras aliviadas e iluminadas. La tormenta había pasado y ellos podrían continuar sus planes de boda sin ninguna sombra que la opacara… ¡su felicidad continuaba!

“Doña Ana: vencida pero feliz; los Santamaría: genios de la diplomacia familiar.”


NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

jueves, 14 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (43) EL SECRETO



“Si quieres mantener un secreto en esta familia, ¡prepárate para Doña Cándida!”

Márgara subió las escaleras refunfuñando y, tras ella, Ana Isabel. Doña Cándida tapaba su rostro con sus manos, estaba apenada; si no fuera obesa, de seguro se hubiese escondido bajo la mesa. Antonio se acercó a Lola y en el oído le dijo unas palabras, lo mismo hizo Don Luis con Doña Ana. Ambas salieron, con pasos apresurados, detrás de las muchachas. Doña Matilde y la tía Isabel fueron rápido a la cocina a advertirle a Doña Teresa que se olvidara de lo del brindis. Antonio se puso de pie y dio unas palmadas a su suegro en la espalda, tratando de apaciguar su ánimo.

—Tómeselo con calma, Don Luis, que no ha pasado ninguna desgracia; si Márgara y Gabriel en realidad se aman, lo peor que pueda pasar es que la familia crezca y se una más. Roguemos a Dios que así sea —dijo esto tomando suavemente la mano de Doña Cándida, haciéndole una seña de que, con él, se marchara.

—¿A dónde vas, Antonio? ¿Me vas a dejar solo con este zaperoco armado? —le dijo Don Luis, con tono preocupado, a su yerno.

—Voy a mi casa, debo sostener una charla con mis padres. Luego regreso… —le explicó con una sonrisa y, con la mirada, le hizo un ruego de que mantuviera la calma.

Así lo hizo. Prendió un habano y se fue a caminar por los jardines… cavilando sobre el asunto de los nuevos tórtolos, pensando él ¡que eso sería todo!

En el cuarto de Márgara, era otra vaina; ella estaba recostada sobre su cama, llorando como una Magdalena. A su lado estaba sentada Ana Isabel, en silencio y cabizbaja; no la consolaba ni decía ninguna palabra. Estaba pálida, muy asustada, pensando en lo que diría su madre cuando lo de ella se enterara… Dos noticias al mismo tiempo eran como mucho para Doña Ana, quien entró alterada, dando un portazo que se escuchó hasta la otra cuadra.

—No entiendo en qué les he fallado para que en mí no tengan confianza; aquí estoy yo, dispuesta a escucharlas. ¡Díganmelo, pues… díganmelo en mi cara! —dijo encolerizada y vuelta un mar de lágrimas.

Doña Ana se sentó en la cama, al lado de Márgara, dándole palmadas en la nalga para que se volteara y con ella se franqueara. Miró a Ana Isabel con extrañeza por la actitud tan absorta que guardaba.

—¿Y a ti qué te pasa, por qué tienes esa cara? ¡No me vayas a salir con que tú también te traes una vaina! —le dijo su madre, más furiosa que soldado en batalla.

Aquí Lola intervino. Se arrodilló frente a su madre; tomándola por los hombros, la arrimó a ella, abrazándola.

—¡Cálmate, madre, no nos has fallado en nada… eres la mejor de todas! Baja la guardia para que puedas comprender lo que aquí pasa. Yo te lo contaré, por ellas hablaré —le dijo al tiempo que acariciaba su rostro con dulzura, para que se tranquilizara.

—¡El colmo de los colmos, tú sabías todo y también me lo ocultaste… qué desgracia! —se tapó el rostro con sus manos y lloraba y lloraba, desconsoladamente, la pobre Doña Ana.

—Madre, guarda silencio, ¡no sentencies antes de juzgar! Si no te conté antes, es porque a mí no me correspondía ese derecho. No se te ha ocultado nada de lo que debas avergonzarte, nada malo aquí pasa. Tú sabes que los Santamaría son amigos de nosotros desde la infancia; así fue como Antonio y yo nos enamoramos. Pues bien, Ana Isabel y Márgara… también, ¡pero de Alejandro y Gabriel! Claro, como ellas eran más chicas, no habían definido nada, pero la amistad continuó por cartas… hasta que determinaron que sí, que sí estaban enamorados.

Ellas no te anticiparon nada, querían hacer algo bonito cuando ellos llegaran; pero vino Doña Cándida y zuaaas… ¡soltó la lengua!, no pudo quedarse callada. Claro, como el marido trabaja en la Oficina de Correos, ¡de todo está enterada! Ves, madre, no es ninguna tragedia; hasta bonito sería que ellos matrimonio contrajeran. Así los Santamaría-Díaz serían una familia grande y unida… ¡nadie nos vencería! —esto último lo dijo Lola en broma, a ver si a su madre una sonrisa le sacaba.

Pero Doña Ana, ya calmada, para nada la escuchaba. Estaba ensimismada en sus pensamientos. No podía quitarse la idea de lo desolada que quedaría su gran casa si todas sus hijas se casaran y marcharan… ¡al mismo tiempo! ¿Y la algarabía de los nietos? ¿También los perderían?… eso, a su marido y a ella, ¡el alma desgarraría!

La pobre Doña Ana estaba abatida, un duro golpe le habían asestado en el corazón sus niñas. Tonta ella que pensaba en eso, en el futuro inminente… ¡cuando Dios tenía, para ellos, otra cosa en mente!

 “Amor joven, secretos viejos y un portazo que retumba hasta la cuadra de al lado.”

 

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

LOLA Y SUS ENREDOS: (42) LA IMPRUDENCIA



"En esta familia, planificar es un arte… y meter la pata, un deporte olímpico.”

Desde que Antonio anunció la fecha de la boda y la llegada de sus hermanos, Doña Ana y Lola no se daban abasto con el sinfín de tareas por cumplir para que todo saliera como ellos querían. Don Luis observaba que su mujer mostraba signos de gran agobio, más que de cansancio, igual que él. Y Lola los observaba a ellos, con gran preocupación. Un mes era un tiempo muy ajustado para arreglar todo, incluyendo las invitaciones y el alojamiento de los invitados. Todos se reunían, cada día y cada rato, en la mesa de la terraza, con papel y lápiz en mano, para anotar cada detalle que fuera necesario. Ese día estaba presente Doña Cándida, la modista, para tomar medidas y decidir los diseños de los trajes, tanto de la novia y su cortejo, como del resto de los miembros de la familia y, lo más importante, estimar la fecha de entrega de estos.

—Padre, los he observado y he notado, con mucha alarma, que tú y mi madre están muy ansiosos. Estamos conscientes de que la fecha fijada es muy próxima y eso dificulta las tareas planificadas. Yo propongo algo —dijo esto, mirando y tomando de la mano a Antonio, quien estaba junto a ella—: que depende de lo que diga Doña Cándida, aquí y hoy, estableceremos la fecha definitiva, bien en la previamente acordada o postergándola unos días más, los que estimemos necesarios; pues quiero que, en mi boda, en esta, todos estemos contentos y saludables… ¡la presión nos está matando! ¿Están de acuerdo conmigo?

Todos guardaron silencio, se miraron unos a otros e hicieron muecas y señas con las manos, dejando en claro que no solo estaban de acuerdo, sino que era lo razonable. En fracciones de segundo se relajaron, fijando —finalmente— la mirada en Doña Cándida, a quien se le trasladó la responsabilidad de determinar el tiempo necesario para realizar la ceremonia. Ella, con la jocosidad que la caracterizaba, echó un gran suspiro y manoseó su cuaderno, pasando las hojas de adelante hacia atrás y viceversa, repetidamente. Luego, poniendo una expresión muy seria, como quien va a dictar una sentencia de muerte, lo cerró bruscamente con ambas manos, tan fuerte que se estremeció la mesa… ¡haciendo sonar todo lo que en ella se encontraba!

—Telas tengo en cantidad suficiente para elaborar los trajes, según los diseños acordados y medidas tomadas… salvo el de la novia. Pero, por ello, no debemos preocuparnos; mi proveedor resolverá esta situación. El problema radica en la confección; no estamos hablando de cualquier traje, estamos hablando de muchos trajes de finas telas y acabados, con bordados y pedrería, ¡no es cualquier tontería! —enfatizó Doña Cándida, adoptando un gesto de que a ella no le echaran la culpa. Todos rieron al ver el semblante de la modista, toda ella regordeta y pintorreteada como acostumbraba; parecía una graciosa cerdita salida de un cuento de hadas.

—Bien, ¿y cuánto tiempo estima usted necesario para realizarlos, sin premura y con calidad en los detalles y remates? —le inquirió Lola sin signo de preocupación.

—Un cálculo prudente… ¡mínimo, tres meses! —dijo ella muy ceremoniosa.

Todos pusieron cara de asombro y, de inmediato, miraron a Lola, esperando su reacción. Lola, con el rostro completamente relajado y la mirada extraviada en algún lugar del jardín, sacaba cuentas mentalmente con toda la calma del mundo. Apretó la mano de Antonio y lo miró con entusiasmo.

—Cariño, ¿qué te parece si nos casamos en diciembre, para poder hacer las cosas bien y con calma… y en la hacienda? Así resolvemos el problema de alojar a los invitados; entre la de ustedes y la nuestra hay espacio suficiente para ello. ¿Qué te parece? —Lola no había terminado de hablar cuando Antonio estaba pegando gritos de alegría, como niño chiquito. Estaba muy contento; allí se habían conocido y enamorado… ¡sería la mejor Navidad de su vida!

Todos se relajaron; harían las cosas con calma, sería la boda perfecta. Cuando la alegría reinaba, a Doña Cándida se le ocurrió abrir la boca, solo para meter la pata.

—Estarás muy contenta, Márgara, por fin tu galán te vendrá a visitar, ¿quién lo diría…? ¡Dos de las Díaz Robaina, con dos de los Santamaría! —El silencio se hizo y, como ventiladores a toda potencia, los allí presentes miraban de un lado a otro, viendo las caras de las dos mujeres, quienes se miraban fijamente entre ellas. Doña Cándida mostraba una expresión que denotaba conciencia de su imprudencia y Márgara, furiosa, por haberle quitado el privilegio de dar la noticia oportunamente, como correspondía.

Doña Ana quedó desconcertada, pues las muchachas no le habían contado nada. Don Luis se puso rojo como un tomate; detestaba que los extraños se enteraran primero que él de lo que sucedía en su casa y se lo restregaran en la cara. Márgara, entre furiosa y frustrada, se levantó de la mesa y se fue llorando directo a su cama.

“Cuando el cálculo de telas se convierte en drama familiar, solo queda reírse… y aplastar algunas mesas.”

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.