“Amar siempre es un riesgo… pero no amar es quedarse sin historia.”
A veces la vida no nos niega el amor; solo nos enseña
a reconocerlo cuando llega. Este texto nace de esa espera silenciosa, de ese
tiempo suspendido en el que el corazón aprende a no cerrarse. Es una invitación
a amar sin miedo al error, porque incluso las heridas, cuando cicatrizan,
señalan el camino hacia lo verdadero.
Para quienes alguna vez sintieron que el amor llegaba
tarde. El amor nunca llega tarde: llega cuando por fin estamos dispuestos a
vivirlo.
A veces despierto con la sensación de haber regresado de un
lugar sin nombre, como si la noche me hubiera dejado flotando entre un sueño y
la vida. La primera luz entra despacio por la ventana y se posa sobre la
habitación, pero tarda en convencerme de que estoy aquí, de que respiro, de que
el corazón sigue latiendo, aunque no recuerde cuándo aprendió a hacerlo en
compañía.
Me siento al borde de la cama y escucho el silencio. Tiene
peso. Tiene frío. Es el rumor de los años vividos sin manos que buscaran las
mías, sin un abrazo capaz de detener el mundo por un instante. El alma reconoce
la ausencia como la tierra reconoce la lluvia antes de que caiga. Por eso mi
cuerpo extraña lo que nunca tuvo: porque el alma lo sabe y, en silencio,
insiste.
Imagino unos dedos entrelazándose con los míos, no para
sujetar, sino para acompañar; una mano que no arrastra ni empuja, solo camina
al lado, recordándome sin palabras que no estoy sola. Pienso en el abrazo
sencillo, ese refugio donde el tiempo baja la voz y el pecho ajeno marca un
ritmo que calma y sostiene. En esos gestos pequeños habita el amor verdadero:
el que cuida sin ruido, el que protege sin encerrar, el que dice “aquí estoy,
descansa en mí” sin necesidad de hablar.
Comprendo entonces que vivir sin amar es atravesar el mundo
sin tocarlo realmente. Amar es arriesgarse a la herida, sí, pero también abrir
los brazos para recibir la vida entera. Incluso el error, incluso el desengaño,
dejan huellas necesarias; cicatrices que enseñan dónde volver a poner las manos
y a quién abrazar cuando llega el momento justo. Nada de lo amado se pierde:
todo se transforma, todo encuentra otra forma de quedarse.
Me levanto. El miedo sigue ahí, pero ya no dirige mis pasos.
Decido vivir con el corazón despierto, amar sin medida y sin garantías, porque
sentir profundamente es la única forma de estar verdaderamente vivo. El amor no
promete ausencia de dolor, pero sí sentido; una dirección cuando todo parece
incierto.
Tal vez el mundo avance gracias a quienes aún creen en la
ternura de una mano ofrecida y en la verdad de un abrazo espontáneo y
persistente. Porque del amor nacen las manos que acarician, levantan y
sostienen; las palabras que curan; la alegría que vuelve a florecer después del
tiempo oscuro.
No dejaré más páginas en blanco. Amaré, aunque tiemble el
pulso. Amaré, porque incluso los trazos torcidos terminan dibujando el mapa que
nos conduce a casa.
Y ya, solo con este firme propósito, el silencio se vuelve
melodía y mis pies sienten, por fin, ganas de bailar la vida.
“Las manos que se atreven a amar nunca regresan vacías.”
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