“Un grito donde el alma desafía a la razón y convierte la ilusión en la forma más pura y calma de existir.”
Prólogo
“Hay voces que no buscan convencer, sino sobrevivir.
Esta nace del pulso inquieto entre la razón que aquieta y el alma que flamea.
No pretende demostrar verdades ni desmentir fantasías; apenas reclama el
derecho a sentir a medida. Aquí la emoción no pide permiso, la pasión no se
disculpa y la ilusión no se avergüenza. Cada palabra es un latido que insiste
en recordar que la vida no se explica: se experimenta. Y que, a veces, el mayor
acto de cordura es atreverse a desbordarse.”
Un grito a la consciencia
¿Qué quieres de mí?, me preguntas con la severidad de un
juez desfasado, con la voz fría de quien mide la vida en líneas rectas. Y yo,
que soy incendio y marea, te respondo con el temblor de lo que quema: no me
lleves a la razón, no me arrastres al territorio seco donde todo debe
explicarse. No me reduzcas al cálculo ni a la prudencia; sería como pedirle al
relámpago que se disculpe por iluminar la noche.
Si lo que te inquieta es mi inquietud, entonces corta las
tablas de esta barca frágil y húndeme tres metros bajo tierra. Pero no me pidas
que camine sin latido, que respire sin asombro, que mire sin imaginar. Déjame
vivir como único puedo hacerlo: hilando universos con los hilos invisibles de
mis pensamientos, creando imágenes que perfuman el aire, sensaciones que se
deslizan por la piel como seda tibia.
¿Que no es real?, dices. ¿Y qué es lo real sino aquello que
nos estremece? Si mi mente acorta las distancias y convierte la ausencia en
presencia, si logra que un nombre susurrado tenga el peso de un cuerpo cercano,
¿no es acaso esa una forma de verdad? Permíteme habitar esos puentes invisibles
donde la memoria se vuelve tacto y la imaginación, abrazo.
Deja que mi enloquecido corazón golpee mi pecho con su premura.
Deja que mi respiración, agitada como viento de tormenta, sea capaz de rizar la
superficie del mar y robarle la calma. No le temas a ese oleaje: es la prueba
de que estoy viva, de que algo en mí se niega a ser mármol.
Permite que mi cuerpo se estremezca bajo la temperatura abrasadora
de la pasión, como tierra que recibe la primera lluvia después de la sequía. Si
destila miel o hiel, si sabe a dulzura o a herida, ¿qué importa? Toda emoción
es un fruto maduro que reclama ser mordido. Incluso la ilusión tiene su
perfume, su textura, su fulgor secreto. ¿Acaso no es también un modo de tocar
el cielo con las manos abiertas?
Consiente que mi alma, aunque sea por breves instantes,
repose en el abrazo del amor, como ave que encuentra refugio entre las ramas
después del vuelo interminable. Déjala beber de esa luz, aunque sea efímera;
deja que se embriague de esa caricia invisible que la reconcilia con el mundo.
No me exijas sobriedad cuando lo que me sostiene es el bendito
delirio de sentir. No me pidas que apague el incendio para que todo sea ceniza
ordenada y segura. Yo soy llama, soy marea, soy latido.
Y vivir sin sentir —sin temblar, sin desbordarme— no es
existir: es apenas ocupar un espacio donde el alma guarda silencio mientras
apaga su luz.
Déjame estar. Déjame sentir. Porque en cada estremecimiento
me nombro, y en cada emoción, aunque sea fugaz, me reconozco viva.
Epílogo
Y cuando la razón vuelva a tocar la puerta con sus
argumentos impecables, tal vez el alma ya no necesite defenderse. Porque habrá
comprendido que no se trata de ganar la disputa, sino de sostener el fuego. Si
fue sueño, ardió; si fue ilusión, estremeció; si fue amor, transformó. Y todo
lo que tiene temperatura y vibra, transforma, de algún modo, es real. Así,
entre la luz y la sombra, quedará pulsando una certeza: sentir también es una
forma de sabiduría.
“Prefiero una ilusión que me incendie por dentro a una verdad que me convierta en ceniza.”
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