“A veces alguien nos lee… y por un instante deja de sentirse solo.”
Prólogo
Hay lectores que no solo leen: reconocen.
Y a veces basta una mirada invisible, al otro lado de las palabras, para
encender un fuego nuevo. Este texto nace de ese instante en el que alguien se
detiene, cierra el ruido del mundo y encuentra algo propio en lo que otro
escribió.
En el calor de la hoguera de mi alma escribo. El fuego
crepita despacio, y mientras las llamas se alargan y se repliegan como si
respiraran, pienso y me pregunto si estos trazos, enviados casi al azar,
encontrarán en su recorrido algún rumbo. Si llegarán a tener sentido —y a ser
sentidos— por alguien, o si terminarán disolviéndose como el humo de las
ilusiones, elevándose apenas un instante antes de perderse en la oscuridad de la noche.
Escribir es un acto de entrega profunda, pero también
serena. Es dejar palabras suspendidas en el aire, como quien suelta algo
valioso sin saber quién lo recogerá. Sin certezas. Sin destino. Con la única
esperanza de que, en algún lugar, alguien las lea y, al hacerlo, reconozca algo
propio latiendo entre las líneas.
Porque hay algo profundamente misterioso en el acto de leer.
No en el gesto simple de pasar los ojos por una pantalla,
sino en ese instante invisible en el que una palabra deja de entenderse y
comienza a sentirse. Cuando el significado se disuelve y queda solo la emoción.
Cuando el texto deja de ser ajeno y algo, sin pedir permiso, se mueve por
dentro, como un recuerdo que despierta sin haber sido llamado.
A veces imagino los textos como pequeñas hogueras encendidas
en mitad de la noche. No sé quién camina cerca. No sé quién llega cansado o
quién tiene frío. Solo sé que el fuego existe, que su luz tiembla, y que
siempre hay alguien que, aunque sea por un momento, se detiene a acercar las
manos y a dejarse alcanzar por el calor.
Leer, quizá, sea eso: reconocer sin necesidad de ver.
Encontrar una emoción conocida en la voz de alguien desconocido. Sentir que una
frase llega justo cuando hacía falta, como si hubiera estado esperando en
silencio el instante exacto para tocar.
Porque hay frases que no se leen con los ojos, sino con la
piel. Frases que tienen el aroma suave de la memoria, que suenan a algo vivido
hace tiempo, que se apoyan en el pecho y permanecen ahí un segundo más de lo
necesario. Es reconocer algo propio en palabras que nunca fueron nuestras, y
aun así sentirlas como si siempre nos hubieran pertenecido.
Yo no escribo para ser mirada. Escribo para que alguien se
sienta acompañado en lo que siente. Para que, en mitad del ruido —o del
silencio que a veces ensordece más que cualquier ruido—, una emoción despierte
sin miedo. Y si alguien hace suyas mis palabras, no es un robo: es la prueba
silenciosa de que llegaron a destino, de que encontraron un lugar donde
quedarse.
Las palabras son un tesoro, y los tesoros no están hechos
para esconderse. Están hechos para mostrarse sin temor, para compartirse con
quien desee habitarlos. Porque cuando una palabra encuentra otro corazón, otra
piel donde continuar latiendo, deja de pertenecer a quien la escribió y empieza
a cobrar vida más allá de las manos que la trazaron.
Y entonces escribir deja de ser un acto solitario.
Se convierte en un fuego compartido.
En una luz pequeña que, sin saber cómo, alcanza a alguien al otro lado de la
noche.
Epílogo
Quizá escribir y leer sean, al final, la misma cosa:
dos silencios que se encuentran sin haberse buscado. Si alguna de estas
palabras te acompañó un instante, entonces la hoguera sigue viva. Y mientras
alguien lea y alguien sienta, el vuelo continúa.
“Escribir deja de ser soledad cuando alguien siente lo mismo al otro lado.”
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