jueves, 12 de febrero de 2026

" EL ASOMBRO" : Una reflexión profunda sobre el valor de la existencia, el asombro y la gratitud como caminos para vivir con conciencia y plenitud.


“El asombro es la forma más pura de la gratitud.”


Prólogo

Hay una forma de vivir que no depende de la cantidad de años, de lugares recorridos ni de certezas acumuladas, sino de la manera en que los ojos se abren ante lo cotidiano. Existir, en su sentido más profundo, no es simplemente permanecer en el mundo, sino advertirlo: descubrir que cada instante contiene algo irrepetible, algo que no volverá a suceder del mismo modo jamás.

Sin embargo, el hábito nos vuelve ciegos. Nombramos las cosas y creemos conocerlas; repetimos los caminos y pensamos haberlos agotado. Olvidamos que la vida no se revela a quien la domina, sino a quien la contempla. El asombro —esa disposición casi infantil de detenerse ante lo pequeño— es una forma de humildad: reconocer que el mundo siempre es más vasto que nuestra comprensión.

Cuando la existencia se mira con gratitud, incluso lo sencillo adquiere densidad de milagro. Respirar deja de ser un acto automático y se convierte en un regalo; el tiempo deja de ser un enemigo que huye y pasa a ser un espacio donde algo puede ser amado. La gratitud no nace de tenerlo todo, sino de comprender que ya hay algo, y que ese algo —la conciencia misma de estar vivos— es extraordinario.

Este relato nace de ese lugar: del instante en que la prisa se detiene, la mente calla y el ser humano vuelve a recordar que vivir no es sólo avanzar, sino también maravillarse.


Decimos que conocemos una ciudad como quien presume una conquista. Yo misma, en Madrid, he dicho: la conozco bastante bien. Y, sin embargo, apenas he rozado la piel de sus avenidas. Conozco la luz dorada que se derrama sobre las fachadas al caer la tarde, el murmullo obstinado de la Gran Vía, el aroma a café que se enrosca en las esquinas donde suelo detenerme. Pero ¿qué sé yo de las callejuelas que respiran en silencio, de las ventanas entreabiertas que guardan historias, de las baldosas gastadas por pasos que nunca serán los míos?

Cada calle transversal es una vena secreta por donde late un mundo entero. Y no se trata sólo de arquitectura o de nombres ilustres; se trata de lo invisible: la vida minúscula que ocurre mientras creemos saber.

En esos instantes raros en que mi mente se aquieta como un lago al amanecer, todo se vuelve revelación. Una paloma picoteando el suelo parece descifrar un misterio antiguo; un perro me mira con ojos tan hondos que sospecho que escucha mis pensamientos mudos. Entonces la ciudad se disuelve y el universo se abre como una herida luminosa.

Me pregunto cuántas catedrales de coral arden en las profundidades del océano, qué colores imposibles visten los peces que jamás veré. Imagino la Tierra suspendida en el cielo, azul y frágil como una lágrima sostenida por la nada. Pienso en los mundos que giran en la oscuridad, en las vidas que quizá respiran bajo otros soles. Y el corazón, pequeño y obstinado, insiste en su pregunta: ¿es suficiente una sola vida para tanto prodigio?

Es entonces cuando todo lo exterior se retira, como si alguien cerrara suavemente una puerta. Entro en mi mundo interior y, allí, en la cámara más íntima de la consciencia, sucede.

Aparece Él.

No con estruendo, sino con la naturalidad con que entra la luz por la ventana. Siempre que estoy verdaderamente presente, Él está. La consciencia es la invitación; su presencia, la respuesta.

Le confieso que quisiera ser siempre niña: curiosa, intacta, con la capacidad de asombrarme hasta por el vuelo torpe de una hoja. Le reclamo que el tiempo es breve, que la vida parece un sorbo cuando el universo es un océano interminable. “No es justo”, le digo, con la terquedad de quien ama demasiado la existencia.

Él me mira con una mezcla de ternura y asombro. No es reproche lo que hay en sus ojos, sino una alegría callada ante mi hambre de vida. Me abraza —y su abrazo es una vastedad donde caben todas las galaxias—. Guarda silencio, un silencio fértil, como tierra antes de la lluvia.

—Hay otra vida después de esta —susurra al fin—. Si aquí te maravillas, espera a conocer aquella.

Las preguntas brotan en mí como pájaros inquietos: ¿podré recorrer todos los caminos sin cansarme? ¿Sumergirme en el mar sin ahogarme? ¿Volar sin temor a la caída?

Sonríe.

—Podrás hacer eso y más. Conocerás el origen y el sentido. Y amarás sin herir ni ser herida.

Su risa estalla entonces, no como burla, sino como trueno jubiloso que atraviesa el firmamento. Siento que el universo entero vibra con esa carcajada que es promesa. Yo río con Él, pequeña y desbordada, con los ojos abiertos como puertas recién descubiertas.

Comprendo, entre risas y lágrimas, que el pacto no es para después, sino para ahora: vivir esta vida con la intensidad de quien sabe que cada instante es irrepetible; mirar como si todo estuviera siendo creado en ese preciso segundo; caminar Madrid —o cualquier rincón del mundo— como quien pisa tierra sagrada.

Porque el asombro no es ignorancia: es reverencia. Y vivir atentos, con deseo de más, es ya una forma secreta de eternidad.


Epílogo

Quizá el sentido de la existencia no consista en comprenderlo todo, sino en aprender a habitar el misterio sin miedo. El asombro no responde a las preguntas; las vuelve luminosas. Nos recuerda que la vida no es un problema que deba resolverse, sino una experiencia que debe sentirse con plenitud.

Quien vive agradecido descubre que incluso la fragilidad tiene belleza. La finitud, lejos de restar valor, lo intensifica todo: cada encuentro, cada mirada, cada despedida. Saber que el tiempo es limitado vuelve sagrado lo cotidiano. Nada es pequeño cuando se mira con atención.

Tal vez por eso el asombro y la gratitud caminan juntos. El primero abre los ojos; la segunda abre el corazón. Y entre ambos transforman la existencia en algo más que una sucesión de días: la convierten en una oportunidad constante de descubrir, amar y comprender un poco más.

Al final, vivir con asombro es aceptar que nunca terminaremos de conocer el mundo, ni a los otros, ni a nosotros mismos. Y lejos de ser una carencia, esa infinita posibilidad es precisamente el regalo. Porque mientras algo nos siga maravillando, la vida continúa hablándonos —y nosotros seguimos verdaderamente vivos.


“Quien se asombra, ya ha comenzado a comprender.”

No hay comentarios:

Publicar un comentario