“El asombro es la forma más pura de la gratitud.”
Prólogo
Hay una forma de vivir que no depende de la cantidad
de años, de lugares recorridos ni de certezas acumuladas, sino de la manera en
que los ojos se abren ante lo cotidiano. Existir, en su sentido más profundo,
no es simplemente permanecer en el mundo, sino advertirlo: descubrir que cada
instante contiene algo irrepetible, algo que no volverá a suceder del mismo
modo jamás.
Sin embargo, el hábito nos vuelve ciegos. Nombramos
las cosas y creemos conocerlas; repetimos los caminos y pensamos haberlos
agotado. Olvidamos que la vida no se revela a quien la domina, sino a quien la
contempla. El asombro —esa disposición casi infantil de detenerse ante lo
pequeño— es una forma de humildad: reconocer que el mundo siempre es más vasto
que nuestra comprensión.
Cuando la existencia se mira con gratitud, incluso lo
sencillo adquiere densidad de milagro. Respirar deja de ser un acto automático
y se convierte en un regalo; el tiempo deja de ser un enemigo que huye y pasa a
ser un espacio donde algo puede ser amado. La gratitud no nace de tenerlo todo,
sino de comprender que ya hay algo, y que ese algo —la conciencia misma de
estar vivos— es extraordinario.
Este relato nace de ese lugar: del instante en que la
prisa se detiene, la mente calla y el ser humano vuelve a recordar que vivir no
es sólo avanzar, sino también maravillarse.
Decimos que conocemos una ciudad como quien presume una
conquista. Yo misma, en Madrid, he dicho: la conozco bastante bien. Y,
sin embargo, apenas he rozado la piel de sus avenidas. Conozco la luz dorada
que se derrama sobre las fachadas al caer la tarde, el murmullo obstinado de la
Gran Vía, el aroma a café que se enrosca en las esquinas donde suelo detenerme.
Pero ¿qué sé yo de las callejuelas que respiran en silencio, de las ventanas
entreabiertas que guardan historias, de las baldosas gastadas por pasos que
nunca serán los míos?
Cada calle transversal es una vena secreta por donde late un
mundo entero. Y no se trata sólo de arquitectura o de nombres ilustres; se
trata de lo invisible: la vida minúscula que ocurre mientras creemos saber.
En esos instantes raros en que mi mente se aquieta como un
lago al amanecer, todo se vuelve revelación. Una paloma picoteando el suelo
parece descifrar un misterio antiguo; un perro me mira con ojos tan hondos que
sospecho que escucha mis pensamientos mudos. Entonces la ciudad se disuelve y
el universo se abre como una herida luminosa.
Me pregunto cuántas catedrales de coral arden en las
profundidades del océano, qué colores imposibles visten los peces que jamás
veré. Imagino la Tierra suspendida en el cielo, azul y frágil como una lágrima
sostenida por la nada. Pienso en los mundos que giran en la oscuridad, en las
vidas que quizá respiran bajo otros soles. Y el corazón, pequeño y obstinado,
insiste en su pregunta: ¿es suficiente una sola vida para tanto prodigio?
Es entonces cuando todo lo exterior se retira, como si
alguien cerrara suavemente una puerta. Entro en mi mundo interior y, allí, en
la cámara más íntima de la consciencia, sucede.
Aparece Él.
No con estruendo, sino con la naturalidad con que entra la
luz por la ventana. Siempre que estoy verdaderamente presente, Él está. La
consciencia es la invitación; su presencia, la respuesta.
Le confieso que quisiera ser siempre niña: curiosa, intacta,
con la capacidad de asombrarme hasta por el vuelo torpe de una hoja. Le reclamo
que el tiempo es breve, que la vida parece un sorbo cuando el universo es un
océano interminable. “No es justo”, le digo, con la terquedad de quien ama
demasiado la existencia.
Él me mira con una mezcla de ternura y asombro. No es
reproche lo que hay en sus ojos, sino una alegría callada ante mi hambre de
vida. Me abraza —y su abrazo es una vastedad donde caben todas las galaxias—.
Guarda silencio, un silencio fértil, como tierra antes de la lluvia.
—Hay otra vida después de esta —susurra al fin—. Si aquí te
maravillas, espera a conocer aquella.
Las preguntas brotan en mí como pájaros inquietos: ¿podré
recorrer todos los caminos sin cansarme? ¿Sumergirme en el mar sin ahogarme?
¿Volar sin temor a la caída?
Sonríe.
—Podrás hacer eso y más. Conocerás el origen y el sentido. Y
amarás sin herir ni ser herida.
Su risa estalla entonces, no como burla, sino como trueno
jubiloso que atraviesa el firmamento. Siento que el universo entero vibra con
esa carcajada que es promesa. Yo río con Él, pequeña y desbordada, con los ojos
abiertos como puertas recién descubiertas.
Comprendo, entre risas y lágrimas, que el pacto no es para
después, sino para ahora: vivir esta vida con la intensidad de quien sabe que
cada instante es irrepetible; mirar como si todo estuviera siendo creado en ese
preciso segundo; caminar Madrid —o cualquier rincón del mundo— como quien pisa
tierra sagrada.
Porque el asombro no es ignorancia: es reverencia. Y vivir
atentos, con deseo de más, es ya una forma secreta de eternidad.
Epílogo
Quizá el sentido de la existencia no consista en
comprenderlo todo, sino en aprender a habitar el misterio sin miedo. El asombro
no responde a las preguntas; las vuelve luminosas. Nos recuerda que la vida no
es un problema que deba resolverse, sino una experiencia que debe sentirse con
plenitud.
Quien vive agradecido descubre que incluso la
fragilidad tiene belleza. La finitud, lejos de restar valor, lo intensifica
todo: cada encuentro, cada mirada, cada despedida. Saber que el tiempo es
limitado vuelve sagrado lo cotidiano. Nada es pequeño cuando se mira con
atención.
Tal vez por eso el asombro y la gratitud caminan
juntos. El primero abre los ojos; la segunda abre el corazón. Y entre ambos
transforman la existencia en algo más que una sucesión de días: la convierten
en una oportunidad constante de descubrir, amar y comprender un poco más.
Al final, vivir con asombro es aceptar que nunca
terminaremos de conocer el mundo, ni a los otros, ni a nosotros mismos. Y lejos
de ser una carencia, esa infinita posibilidad es precisamente el regalo. Porque
mientras algo nos siga maravillando, la vida continúa hablándonos —y nosotros
seguimos verdaderamente vivos.
“Quien se asombra, ya ha comenzado a comprender.”
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