sábado, 4 de junio de 2011

Reflexión: La fidelidad a la conciencia




“La intuición como acto ético, no como prejuicio.”


Hay momentos en la vida en los que algo, sin nombre ni forma precisa, perturba el equilibrio interior. No es un hecho extraordinario ni una escena memorable, sino una sensación: una incongruencia percibida, un desajuste entre palabras, gestos o actitudes, que despierta la intuición antes de que la razón intervenga.

Entonces aparece el conflicto. La intuición advierte, con una claridad silenciosa, que algo no es auténtico. No se trata aún de un juicio moral ni de una condena, sino de la percepción de una falta de coherencia. Pero la moral cristiana —aprendida, interiorizada, honrada— responde de inmediato: no juzgues, no condenes, ama al prójimo, guarda silencio. Entre ambas voces surge la culpa. ¿Es lícito percibir incoherencia en el otro? ¿Es pecado reconocer lo que aún no se ha formulado como juicio?

La conciencia se debate entre dos fidelidades: la fidelidad a la fe, que invita a la misericordia, y la fidelidad a la intuición, que exige honestidad. En ese punto se revela una verdad incómoda: discernir no es condenar. Percibir una falta de coherencia no es un acto de soberbia, sino de lucidez. La intuición no nace del desprecio, sino de una sensibilidad entrenada para reconocer armonía o desajuste en la conducta humana.

La fe auténtica no exige ceguera moral. No pide ignorar la falsedad ni silenciar la conciencia. Por el contrario, exige coherencia: entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se cree y lo que se vive. La intuición, lejos de oponerse a la fe, es uno de sus instrumentos más sutiles: una forma de discernimiento que protege la integridad interior.

Comprender esto libera de la culpa innecesaria. No todo juicio es condena; no toda percepción es pecado. La verdadera falta no está en reconocer la incoherencia ajena, sino en traicionar la claridad interior por miedo a parecer severos o poco piadosos.

Así, la intuición se revela como un don: una brújula ética que orienta sin gritar, que advierte sin humillar, que permite habitar la fe sin autoengaño. Escucharla no endurece el corazón; lo vuelve honesto. Y solo desde esa honestidad es posible vivir una moral que no sea fachada, sino verdad encarnada.

La intuición no nos separa del otro; nos acerca a la verdad de nosotros mismos.


Discernir sin condenar es una de las formas más difíciles de la honestidad.”

 


sábado, 7 de mayo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (53) EL FINAL

















Nota de la autora: La imagen que ilustra este capítulo no identifica el número, ni el título, ni el autor —no sé, en realidad, si es el capítulo final o el inicial contado al final—. No sé si la autora es Anita, o soy yo… ¡es la vida de Lola, y con ella todo es un enredo! Que el reloj esté desarmado refuerza la sensación de que el tiempo se detiene, se dilata o incluso pierde relevancia frente a los ciclos humanos de vida, muerte, memoria y legado —mientras la historia continúa, incesante, en cada recuerdo que la mantiene viva.

 

“Cuando la vida se despide, la historia continúa en manos de quienes aman.”

El día estaba maravilloso. Salía el sol después de haber estado toda la mañana lloviendo; una lluvia suave y fría como la seda. Era esa época del año en que coincidían las estaciones. Todo húmedo, verde y floreado, por la lluvia y el sol. Tiempos de romances y nostalgias, de siembras y cosechas. El tiempo todo lo puede y todo lo invade, dejando su infalible huella; pero, en fin, ese es el destino inexorable de la naturaleza y de la humanidad: cambiar, para bien o para mal.

—¡Por Dios! La misa de difuntos de esta mañana… se me hizo eterna. José debería retirarse ya, se ha puesto chocho. Alarga mucho sus sermones y, sin darse cuenta, empieza a hablar en latín. No, no, no… ¡Es insoportable estar casi dos horas de pie o sentada, no aguanto mis caderas ni mi espalda! —se quejaba Doña Ana, al referirse a la precoz senilidad de su amigo, el cura Don José.

—¡Abuela Ana, han pasado los años… y los años no pasan como si nada! Fíjate, tú estás también chocha; vives quejándote de todo y por todo. —le acotó Anita, muerta de la risa, mientras acomodaba una silla para que su abuela se sentara y descansara los pies.

Antonio sonreía, porque ellas dos siempre se enganchaban en un tema. Todo lo que dijera su abuela, Anita lo remedaba y viceversa. Eran, como dicen por ahí, ¡uña y sucio!

—Ninguno de ustedes se atreva a pasar con los zapatos llenos de barro, con esta lluvia el camposanto estaba hecho un pantano. ¡Lávense las caras y manos, todos directos a la cocina, que vamos a almorzar! —les advertía Antonio a los muchachos.

Temprano habían asistido a la misa de difuntos y luego pasaron por el cementerio para llevarle flores a sus muertos. Antonio se sentó en la mesa, en silencio. Siempre, en esta fecha, la melancolía era su mejor compañía. Aunque les repetía a los muchachos, una y otra vez, que recordasen con alegría a su madre… era él quien obviaba este consejo. No importaba lo que hiciese, siempre terminaba con los ojos llenos de lágrimas. No solo la recordaba, sino que la extrañaba en demasía.

Los muchachos se sentaron en la mesa con desorden y algarabía. El almuerzo sería especial ese día, pues Luis Antonio, el cuatro de ocho, cumplía diez años. Sus hermanos lo llamaban “cuatro” porque, de ocho, fue el cuarto varón y el cuarto rubio. Él, ante este sobrenombre, no tardaba en manifestar su enojo, recalcándoles que se llamaba Luis Antonio. Entre risas y protestas, los siete reclamaban la comida; pero esta no se servía porque no estaban presentes todos: faltaba Anita.

—No se vale, papá, es mi cumpleaños y quiero comer ya. ¡No es justo que Anita se haga esperar! —se quejó el cumpleañero.

Antonio, soltando un suspiro, ordenó a los chicos tener paciencia y guardar compostura. Se levantó y fue directo a la escalera, se paró al pie de esta.

—Anita, Anita… te estamos esperando para almorzar, ¡se están amotinando! —le gritó Antonio, desde lo bajo, a su consentida.

Ella bajó las escaleras lentamente, con su amplia sonrisa; una de esas que ablandan el más duro corazón. Mientras bajaba, uno a uno los escalones, lo miraba con esos grandes ojos azules y llenos de amor, como los de Lola. Tenía sus brazos a la espalda, escondiendo algo en sus manos. Al llegar donde estaba él, se sentó en un escalón y lo invitó a sentarse, haciéndole señas con una de las manos. Él se sentó con una risa contenida, siguiéndole el juego. Anita puso frente a él una gran caja blanca con un moño azul brillante.

—¿Qué es esto, cariño? —le preguntó intrigado, agarrándolo con sus manos y apoyándolo sobre sus muslos.

—Es un regalo para Luis Antonio. ¡Ábrelo! —le dijo Anita con dulzura.

Antonio lo abrió. Dentro se encontraba una especie de libro, con cartulina como portada. Lo hojeó, encontrándose con muchas hojas mecanografiadas y fotografías insertas; lo había titulado: LOLA Y SUS ENREDOS. Los ojos se le llenaron de lágrimas y apretó sus mandíbulas para ahogar el llanto.

—¿Es lo que yo creo… la historia de tu mamá, de mi Lola? —le preguntó con la voz entrecortada, gimoteando.

—Sí, papá, por lo menos lo que yo recuerdo… y otras cosas que mi abuela Ana, mis tías, Matilde, las nanas, Teresa y, bueno, casi todos algo me han dicho… hasta tú, ¡quien has sido quien más me ha contado! ¿Te gusta? —le preguntó por preguntar, pues era evidente que sí.

Lo abrazó fuertemente y le dijo al oído:

—Saqué muchas copias, a todos les he dejado la suya sobre sus camas… en especial a ti, que fuiste su adoración. Te amo, papá, ¡no lo olvides nunca! —Guardó el obsequio dentro de la caja, se levantó y se fue directo a la cocina.

Antonio la miraba mientras se iba, al tiempo que su corazón se comprimía; Anita ya era toda una mujer, bien criada, igualita a su Lola y había cumplido su palabra: ¡haría lo que fuera para que a su madre nadie la olvidara! Sentado en la escalera, se quedó con su melancolía y con su alegría; con su frustración y su satisfacción. Desde ahí escuchaba las exclamaciones de los muchachos al ver el regalo de Anita. Ella les contaba cosas, cosas que ellos preguntaban. De vez en cuando lloraban y otras veces reían. Antonio sonrió; la risa de ellos era bálsamo para su alma acongojada.

Lola se fue… pero no lo dejó solo, ¡le dejó el más grande de los tesoros, sus hijos!

FIN

“Este final no cierra —despierta—. El regalo que Anita entregó hoy es la semilla de la historia que comenzó ayer —la que les narré—, que seguirá viviendo mañana y siempre, entre sus descendientes, mientras haya quien recuerde.”


AGRADECIMIENTO

Todos, en mayor o menor medida, en algún momento o durante toda la vida, de una forma u otra, sentimos el impulso de rayar una hoja en blanco. Es parte de nuestra naturaleza: expresar libremente aquello que nos habita, sean ideas sencillas o pensamientos profundos, emociones o sentimientos, realidades o ficciones. Al final, poco importa el contenido; lo esencial es el acto de expresarse.

Ustedes me han acompañado en esta maravillosa aventura de llenar páginas. Gracias por estar ahí: por escuchar, por apoyar, por animar. A ustedes les dedico este capítulo.


NOTA: La foto que ilustra el presente relato fue bajada de Imágenes de Google; se desconoce autor o propietario, a ellos los méritos y derechos que puedan corresponderle.

viernes, 6 de mayo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (52) SANTÍSIMO CRISTO DE LA VERA-CRUZ



“La fe, el amor y la justicia se entrelazan en un abrazo eterno.”

Una mañana gris plata, como el acero de una daga. Una lluvia tenue y pertinaz, como el llanto de aquel al que se le ha robado, de su alma, la paz. La lluvia mecía las ramas de los árboles, como debió mecer los brazos de la madre al recién nacido… el que no logró colocar su rostro en el pecho de ella para alimentarse de su cálido fluido, ni arrullarse con sus rítmicos latidos.

Doña Ana estaba afligida, pero no desesperada; sabía que, tarde o temprano, esta desgracia sucedería. Había ido a casa con el penoso deber de buscar los trajes con los que sepultarían a su marido e hija. Márgara y Ana Isabel se encargaron de Luis Antonio, el “cuatro de ocho” … mientras que Antonio cuidaba de los cuerpos insepultos de su suegro y de su mujer.

Doña Ana, en su triste resignación, miraba por la ventana, al fondo de los jardines. Era inmenso el dolor de saber que jamás volvería a ver a Lola cruzando la verja para venir a verla. Tampoco la vería recorriendo el jardín, jugando con sus hijos, ni recogiendo flores ni frutos. En su agonía, hurgó en los cajones de la cómoda buscando fotografías de ella; quería grabar sus facciones, no quería que se le borrasen de la memoria ni recordarla como un fantasma.

En su búsqueda encontró una que creía olvidada. Esa foto la tomó el cura Don José, cuando Lola nació: estaban Don Luis, Doña Rosaura cargando a su hija y ella. Cuando Don Luis dejó a Rosaura para casarse con Doña Ana, la dejó embarazada, sin saberlo. Lola nació el día que ellos se casaron y, Doña Rosaura, en un acto de gran amor y desprendimiento, se las entregó para que la criaran como suya; para que le dieran una vida con amor de familia y decoro… no quería que la llamasen “la hija de la bruja”.

A cambio, les prometió jamás interferir ni acercarse a ella. Doña Ana desarrolló un amor extraordinario por la niña, la quería más que a sus propias hijas. Siempre temió que Doña Rosaura se arrepintiera y en cualquier momento se la quitara. Doña Rosaura siempre cumplió su palabra en vida, pero muerta, eso fue otra vaina. No solo se llevó a Lola, sino a Luis, el único hombre que ella amó… por fin, ¡estaba con su familia reunida!

—Anita, Anita… despierta, cariño. Ya tendrás tiempo de llorar y dormir. Acompáñame a la iglesia, te lo pido de corazón, ¡no puedo sola con esto! —le dijo a su nieta mientras le retiraba el cabello del rostro.

—Sí, abuela Ana, ¡yo voy contigo! —le contestó al tiempo que se colocaba los zapatos y el abrigo.

Bajaron por las escaleras y salieron por la puerta, juntitas, tomadas de la mano. Cruzaron la calle sin ningún cuidado, mojándose los pies y llenando sus zapatos de barro. Cuando iban justo por el centro de la plaza, Anita dejó de andar.

—Abuela Ana, ellos me dieron un mensaje para ti… —mientras hablaba buscaba algo en sus bolsillos.

Doña Ana no le contestó nada en principio; se quedó parada, prácticamente paralizada.

—¿Es necesario esto? ¿En realidad debo escucharlo? —le hablaba sin bajar la cabeza para mirarla.

Tenía miedo Doña Ana de lo que Anita le diría; bien sabía que había heredado el don de su abuela Rosaura.

—¡Mira, abuelita, mira! —le expuso, en la palma abierta de su mano, dos objetos por ella apreciados.

Uno era su anillo de matrimonio y, el otro, el Cristo de la Vera-Cruz. Doña Ana, gratamente sorprendida, se puso de cuclillas ante su nieta. Tomó los objetos entre sus manos y los besaba con vehemencia y… ¡lloraba y lloraba! Los había perdido muchísimo tiempo atrás, no esperaba, ni en sueños, recuperarlos.

—El anillo te lo manda el abuelo y dice que casarse contigo fue lo más hermoso que haya hecho; que te ama y que jamás dejará de hacerlo. El Cristo te lo da mi madre; ella dice que fue afortunada de tenerte y, ahora, de tenerlas a las dos. También dijo que tu dolor no te aparte de Dios, que la historia de Jesús no es un cuento bien contado, ni es cuestión de fe… es real, ¡y todos lo llegaremos a ver en su tiempo justo! ¡Ah! Mi abuela Rosaura te mandó las gracias por haber cuidado de su hija y nietos, que ella mejor no lo podría haber hecho, y te mandó esto… —Anita le mostraba una dulce y pícara sonrisa, mientras metía su mano otra vez en el bolsillo.

La sacó con el puño y así lo colocó frente a la cara de su abuela. La fue abriendo lentamente, hasta que quedó completamente abierta. Pero allí no había nada, o nada se veía. Ante la cara intrigada de Doña Ana, Anita soltó una carcajada.

—Abuelita, no lo ves, pero allí está; lo sentirás. Ella te envía un aliento de consuelo y de profunda paz. Cierra los ojos…

Doña Ana los cerró y Anita sopló su mano. ¡Doña Ana sintió… lo que le habían regalado! Se abrazó a su nieta y le sonrió. Se puso de pie y reflexionó.

Se dirigía a la iglesia a advertirle al cura Don José que, por ningún motivo, permitiría que enterraran a su marido y a su hija junto a Doña Rosaura. Ahora, todo cambiaba: veía las cosas desde otra perspectiva; su dolor no la cegaba. Anita no dejaba de asombrarla; siempre era pertinente y oportuna. A Dios le daba las gracias porque con ella contaba. Continuaron su marcha, pero con otro semblante.

—¡Buenos días, José, contigo quiero hablar! —le dijo al cura al tiempo que se enganchaba de su brazo—. Debo ir al hospital, así que te suplico mandes al curita Don Francisco a mi casa y que él, junto a Doña Teresa, recojan todas, pero todas las flores del jardín; que no quede ni una a la planta atada. Quiero que la iglesia esté llena de luz, colores y gratas fragancias… que no parezca una misa de difuntos, sino que luzca como una misa en Sábado de Gloria. También te pido que reacomodes los bancos, para que las tres urnas puedan estar una junto a las otras, como corresponde a unos padres con su hija.

Las palabras de Doña Ana sonaron como cánticos celestiales a Don José, pues temía que ella se pusiera necia con el asunto. Contento como estaba por la justicia que se hacía con Doña Rosaura, su amiga de toda la vida, con gritos apremiaba al curita Don Francisco para que hiciese lo que tenía que hacerse.

Esa tarde, el centro de la ciudad colapsó. El cura Don José, a solas en el campanario, lloraba la muerte de sus amigos. En ese momento estaba disgustado con Dios por el duro golpe que le había asestado directo al corazón; se desquitaba con el campanario, se colgaba de él y lo hacía retumbar sin cesar por cada rincón de la ciudad, como gritos desesperados… ¡llenos de dolor!

La iglesia se desbordó… ¡la gente no cabía en ella! Ocuparon la plaza y las calles aledañas. Unos pocos iban por curiosidad; otros tantos, por compromiso social; pero la mayoría asistió porque amaba y respetaba a esos muertos.

Los tres féretros fueron llevados a hombros hasta el cementerio. En el camino, la gente se fue disgregando poco a poco, paso a paso; solo quedaron los dolientes. Nunca se sabrá cuánto lloraron sobre las sepulturas; la lluvia lavaba sus rostros y sofocaba sus gemidos, como diciéndoles que estaba mal tanto llanto, o… ¿les estaba diciendo que el cielo los acompañaba en su dolor? No lo sé, ¡quién sabe cómo se manejan los asuntos de Dios!

“Y así, bajo la lluvia y los cánticos del cielo, los corazones encontraron consuelo; lo perdido fue sentido, lo eterno abrazado, y la justicia del amor se hizo presente en cada lágrima, en cada gesto, en cada flor que perfumó la memoria.”


“La fe, el amor y la justicia se entrelazan en un abrazo eterno.”

Una mañana gris plata, como el acero de una daga. Una lluvia tenue y pertinaz, como el llanto de aquel al que se le ha robado, de su alma, la paz. La lluvia mecía las ramas de los árboles, como debió mecer los brazos de la madre al recién nacido… el que no logró colocar su rostro en el pecho de ella para alimentarse de su cálido fluido, ni arrullarse con sus rítmicos latidos.

Doña Ana estaba afligida, pero no desesperada; sabía que, tarde o temprano, esta desgracia sucedería. Había ido a casa con el penoso deber de buscar los trajes con los que sepultarían a su marido e hija. Márgara y Ana Isabel se encargaron de Luis Antonio, el “cuatro de ocho” … mientras que Antonio cuidaba de los cuerpos insepultos de su suegro y de su mujer.

Doña Ana, en su triste resignación, miraba por la ventana, al fondo de los jardines. Era inmenso el dolor de saber que jamás volvería a ver a Lola cruzando la verja para venir a verla. Tampoco la vería recorriendo el jardín, jugando con sus hijos, ni recogiendo flores ni frutos. En su agonía, hurgó en los cajones de la cómoda buscando fotografías de ella; quería grabar sus facciones, no quería que se le borrasen de la memoria ni recordarla como un fantasma.

En su búsqueda encontró una que creía olvidada. Esa foto la tomó el cura Don José, cuando Lola nació: estaban Don Luis, Doña Rosaura cargando a su hija y ella. Cuando Don Luis dejó a Rosaura para casarse con Doña Ana, la dejó embarazada, sin saberlo. Lola nació el día que ellos se casaron y, Doña Rosaura, en un acto de gran amor y desprendimiento, se las entregó para que la criaran como suya; para que le dieran una vida con amor de familia y decoro… no quería que la llamasen “la hija de la bruja”.

A cambio, les prometió jamás interferir ni acercarse a ella. Doña Ana desarrolló un amor extraordinario por la niña, la quería más que a sus propias hijas. Siempre temió que Doña Rosaura se arrepintiera y en cualquier momento se la quitara. Doña Rosaura siempre cumplió su palabra en vida, pero muerta, eso fue otra vaina. No solo se llevó a Lola, sino a Luis, el único hombre que ella amó… por fin, ¡estaba con su familia reunida!

—Anita, Anita… despierta, cariño. Ya tendrás tiempo de llorar y dormir. Acompáñame a la iglesia, te lo pido de corazón, ¡no puedo sola con esto! —le dijo a su nieta mientras le retiraba el cabello del rostro.

—Sí, abuela Ana, ¡yo voy contigo! —le contestó al tiempo que se colocaba los zapatos y el abrigo.

Bajaron por las escaleras y salieron por la puerta, juntitas, tomadas de la mano. Cruzaron la calle sin ningún cuidado, mojándose los pies y llenando sus zapatos de barro. Cuando iban justo por el centro de la plaza, Anita dejó de andar.

—Abuela Ana, ellos me dieron un mensaje para ti… —mientras hablaba buscaba algo en sus bolsillos.

Doña Ana no le contestó nada en principio; se quedó parada, prácticamente paralizada.

—¿Es necesario esto? ¿En realidad debo escucharlo? —le hablaba sin bajar la cabeza para mirarla.

Tenía miedo Doña Ana de lo que Anita le diría; bien sabía que había heredado el don de su abuela Rosaura.

—¡Mira, abuelita, mira! —le expuso, en la palma abierta de su mano, dos objetos por ella apreciados.

Uno era su anillo de matrimonio y, el otro, el Cristo de la Vera-Cruz. Doña Ana, gratamente sorprendida, se puso de cuclillas ante su nieta. Tomó los objetos entre sus manos y los besaba con vehemencia y… ¡lloraba y lloraba! Los había perdido muchísimo tiempo atrás, no esperaba, ni en sueños, recuperarlos.

—El anillo te lo manda el abuelo y dice que casarse contigo fue lo más hermoso que haya hecho; que te ama y que jamás dejará de hacerlo. El Cristo te lo da mi madre; ella dice que fue afortunada de tenerte y, ahora, de tenerlas a las dos. También dijo que tu dolor no te aparte de Dios, que la historia de Jesús no es un cuento bien contado, ni es cuestión de fe… es real, ¡y todos lo llegaremos a ver en su tiempo justo! ¡Ah! Mi abuela Rosaura te mandó las gracias por haber cuidado de su hija y nietos, que ella mejor no lo podría haber hecho, y te mandó esto… —Anita le mostraba una dulce y pícara sonrisa, mientras metía su mano otra vez en el bolsillo.

La sacó con el puño y así lo colocó frente a la cara de su abuela. La fue abriendo lentamente, hasta que quedó completamente abierta. Pero allí no había nada, o nada se veía. Ante la cara intrigada de Doña Ana, Anita soltó una carcajada.

—Abuelita, no lo ves, pero allí está; lo sentirás. Ella te envía un aliento de consuelo y de profunda paz. Cierra los ojos…

Doña Ana los cerró y Anita sopló su mano. ¡Doña Ana sintió… lo que le habían regalado! Se abrazó a su nieta y le sonrió. Se puso de pie y reflexionó.

Se dirigía a la iglesia a advertirle al cura Don José que, por ningún motivo, permitiría que enterraran a su marido y a su hija junto a Doña Rosaura. Ahora, todo cambiaba: veía las cosas desde otra perspectiva; su dolor no la cegaba. Anita no dejaba de asombrarla; siempre era pertinente y oportuna. A Dios le daba las gracias porque con ella contaba. Continuaron su marcha, pero con otro semblante.

—¡Buenos días, José, contigo quiero hablar! —le dijo al cura al tiempo que se enganchaba de su brazo—. Debo ir al hospital, así que te suplico mandes al curita Don Francisco a mi casa y que él, junto a Doña Teresa, recojan todas, pero todas las flores del jardín; que no quede ni una a la planta atada. Quiero que la iglesia esté llena de luz, colores y gratas fragancias… que no parezca una misa de difuntos, sino que luzca como una misa en Sábado de Gloria. También te pido que reacomodes los bancos, para que las tres urnas puedan estar una junto a las otras, como corresponde a unos padres con su hija.

Las palabras de Doña Ana sonaron como cánticos celestiales a Don José, pues temía que ella se pusiera necia con el asunto. Contento como estaba por la justicia que se hacía con Doña Rosaura, su amiga de toda la vida, con gritos apremiaba al curita Don Francisco para que hiciese lo que tenía que hacerse.

Esa tarde, el centro de la ciudad colapsó. El cura Don José, a solas en el campanario, lloraba la muerte de sus amigos. En ese momento estaba disgustado con Dios por el duro golpe que le había asestado directo al corazón; se desquitaba con el campanario, se colgaba de él y lo hacía retumbar sin cesar por cada rincón de la ciudad, como gritos desesperados… ¡llenos de dolor!

La iglesia se desbordó… ¡la gente no cabía en ella! Ocuparon la plaza y las calles aledañas. Unos pocos iban por curiosidad; otros tantos, por compromiso social; pero la mayoría asistió porque amaba y respetaba a esos muertos.

Los tres féretros fueron llevados a hombros hasta el cementerio. En el camino, la gente se fue disgregando poco a poco, paso a paso; solo quedaron los dolientes. Nunca se sabrá cuánto lloraron sobre las sepulturas; la lluvia lavaba sus rostros y sofocaba sus gemidos, como diciéndoles que estaba mal tanto llanto, o… ¿les estaba diciendo que el cielo los acompañaba en su dolor? No lo sé, ¡quién sabe cómo se manejan los asuntos de Dios!

“Y así, bajo la lluvia y los cánticos del cielo, los corazones encontraron consuelo; lo perdido fue sentido, lo eterno abrazado, y la justicia del amor se hizo presente en cada lágrima, en cada gesto, en cada flor que perfumó la memoria.”


Este capítulo se lo dedico a todos aquellos que aman a Cristo Jesús; que creen en su palabra: en la eternidad de las almas, en la promesa de una vida después de esta.
Nota: La foto que ilustra este relato fue bajada de Imágenes de Google; se desconoce autor y propietario.

sábado, 30 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (51) LA BIZARRÍA



“Entre la muerte y la vida, siempre hay un hilo que nos sostiene.”

¿De qué sirve un reloj inventado por el hombre cuando el destino otro tiempo te impone? Ese día se definía como eterno; las manecillas del reloj daban vueltas, pero ni un segundo transcurría. Una mañana brillante y llena de vida se transformó en una tarde lluviosa y llena de llanto… para terminar en una noche oscura donde la muerte dio rienda suelta a su locura, llevándose consigo no solo vidas, sino sueños, amores y alegrías, dejando a su paso la más profunda desolación.

Lola sudaba profusamente, jadeaba al respirar y tenía taquicardia; estaba blanca como el papel. Se agitaba y dificultosamente pronunciaba palabras: solo quería ver al niño, su “cuatro” de ocho, y a su padre. Anita estaba contra ella, acurrucada como un pollito bajo las alas de su mamá gallina. No lloraba; en sus ojos solo se pintaban la resignación y la piedad… por Antonio. Este estaba sentado en la cama frente a Lola; le agarraba las manos y, con desesperación, se las besaba.

—Cálmate, amor, nuestro hijo está lleno de vida y muy sano; en cuestión de horas nos lo podremos llevar para la casa. Y tu padre está estable, dentro de poco lo veremos cargándolo —le decía él, tratando de serenarla, pero no lo lograba; por el contrario, ella lo impacientaba, lo llenaba de angustia.

Anita lo miraba serena, con los ojos llenos de lágrimas; por él estaba sintiendo lástima… pedía a Dios que de él se apiadara. Antonio temía por Lola; soltó las manos de su mujer y salió por el pasillo pegando gritos, pidiendo auxilio. A su encuentro salieron dos enfermeras y un médico de guardia. Entraron con él a la habitación, separando bruscamente a Anita de Lola. El doctor le tomó el pulso y la auscultó, mientras las enfermeras lo observaban.

—¿Es esta la paciente que dio a luz de emergencia y tiene a su padre en terapia intensiva? —preguntó el muy pendejo a las enfermeras, quienes asintieron sin aportar ninguna referencia—. Hagan que se calme y duerma toda la noche… lo que tiene es un agudo ataque de ansiedad, propio del posparto y de la situación de salud de su padre.

—Disculpe, doctor, pero yo la veo muy mal… ¡pareciera que se muere! —le dijo Antonio en tono grave, como un reclamo.

El médico se le quedó viendo con indiferencia y autorizó a las enfermeras a suministrar a ella algún calmante, si este así lo solicitaba. Así como vino, así se fue aquel jovenzuelo recién graduado. No revisó la historia médica. No se enteró de que el alumbramiento de Lola había sido consecuencia de los traumatismos por la caída. Tampoco se enteró de que el médico que la atendió se ocupó de salvar al bebé practicándole la cesárea de emergencia sin realizarle ningún tipo de examen para ver cómo se encontraba ella.

Lola, por dentro, se desangraba; sus órganos colapsaban, entraba en shock. El inexperto, sin saberlo, la puso a dormir… como en una eutanasia. Lola entró en un profundo letargo. Antonio la miraba desconsolado, impotente, con el corazón desgarrado. Anita volvió a acurrucarse a su madre, casi incrustada en ella. Mantenía los ojos abiertos, empañados por las lágrimas; serena estaba, montándole guardia.

Antonio, con el alma en pena, salió de la habitación y fue a la guardería. Observó cómo a su hijo le habían quitado el respirador; su salud se reponía. La comisura de sus labios se levantó milímetros, haciendo un gran esfuerzo por sonreír ante aquel milagro. Siguió su camino, todo el tiempo cabizbajo. Saludó a su suegra y a Doña Matilde, que, junto a Márgara y Ana Isabel, aguardaban noticias de Don Luis, allí en terapia intensiva. Les informó que Lola dormía, solo eso les dijo… cualquier otra cosa hubiese carecido de sentido. Salió de allí más desesperanzado.

Se dirigió a la calle, necesitaba salir. El silencio, las caras tristes, el olor a medicamentos y desinfectantes lo desesperaban, le causaban náuseas. Caía la noche, tiñendo de negro el rojo crepuscular, como el alma de él sobre la sangre de ella.

—Vamos, Luis, ¡no seas holgazán… despierta! —le decía Doña Rosaura a Don Luis, dándole palmaditas en la cara.

Él abrió los ojos, encontrando su dulce sonrisa. Se alegró mucho al verla. Todos los males se le quitaron; sintió cómo la vida volvía a él con mucha fuerza. El bienestar lo invadió.

—Mujer, ¿qué haces aquí? Creí que no te volvería a ver… —le dijo acariciándole el rostro.

—¿Creías que te abandonaría, dejándote solo en tu miseria? —le decía esto mientras lo ayudaba a levantarse.

Salieron de cuidados intensivos, sin despertar a su esposa, quien, con sus hijas y hermana, dormía en las butacas de la sala de espera. Siguieron por el pasillo y bajaron las escaleras hasta llegar a la habitación de Lola. Abrieron la puerta muy lentamente. Antonio estaba dormido, el agotamiento lo había vencido. Allí estaba Lola, dormida, junto a Anita, quien estaba bien despierta y, con la mirada bien atenta, los observaba. Apenas vio a su abuelo, salió a su encuentro y se abrazó fuertemente a él, casi con desespero.

—Te extrañé mucho, abuelo. Creí que no te volvería a ver; tardaste mucho en venir —le decía mientras lo besaba.

—Anita, Anita… ¿a mí no me saludas? —le dijo Doña Rosaura, alzándola en brazos y besándola.

Anita, a pesar de ser una niña grande, se recostó de su hombro y se puso a llorar.

—Abuela Rosaura, ¿no puedes venir por ella otro día? —levantó su cabeza y la miró fija, con esos grandes ojos azules, profundos como el mar.

—Cariño, yo no soy Dios. Él dice cuándo… ¡su tiempo es el justo! —le contestó ella con mucha solemnidad.

Anita se bajó de sus brazos y fue a la cama donde estaba su mamá.

—Despiértenla, abuelos, que quiero despedirme de ella, la quiero abrazar… —les dijo Anita, triste pero muy serena.

Así lo hicieron. Lola se despidió con un beso y con un “hasta luego” de Antonio, que seguía dormido; juntos y acompañados de Anita, se fueron a despedir del “cuatro de ocho” …

Una enfermera que pasaba por el pasillo le llamó la atención a Anita por andar sola, a esas horas, sin compañía de un adulto. Ella no le hizo ningún caso, continuó su camino, acompañada del destino.

—¡Niña malcriada e insolente, mañana reporto este incidente para que no te permitan quedar! —la regañó la enfermera, evidentemente disgustada.

Los cuatro sonrieron y siguieron su camino. De repente, tuvieron que detenerse. Los gritos desesperados de Antonio, llamando a Lola, se escuchaban por todos los pasillos. Era desgarrador; rompían el silencio de la noche, quebraban la paz de toda alma. Lola se arrodilló frente a su hija y la abrazó fuertemente.

—Anda, hija, regresa con él… ya se enteró de que me fui; necesita de tu fortaleza y consuelo.

Le dio un beso y le dijo un “hasta luego”. Anita se despidió de ellos sin pronunciar una sola palabra. Dio media vuelta y salió corriendo de regreso a la habitación donde yacía el cuerpo de su madre.

Otros llantos y gemidos se escuchaban del otro lado: a Doña Ana y a sus hijas ya les habían notificado que Don Luis, hacia el otro mundo, se había marchado.

Cuando Anita llegó, Antonio estaba sentado en el suelo, con ella… ¡y a ella aferrado! Lloraba como un niño sin consuelo. Gritaba de intenso dolor, de ira y frustración. Amenazaba y pateaba como un loco a todo aquel que se le acercara. No permitió que nadie se la arrebatara de los brazos.

Al amanecer, cuando despuntaban los primeros rayos del sol, él se quedó profundamente dormido —por el cansancio y el dolor— abrazado a ella; fue entonces cuando lograron separarla de él.

“Y así, entre lágrimas, abrazos y susurros, comprendieron que el destino no se mide en relojes, sino en amor y coraje.”

Nota: la foto que ilustra el presente relato fue obtenida de Imágenes de Google. Se desconoce autor y propietario

miércoles, 27 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (50) EL DESENLACE




“A veces la fragilidad revela la fortaleza del amor: padres, hijos y milagros compartiendo un instante eterno.”

Lola se quedó atónita al ver cómo su padre salió del despacho y la dejó hablando sola. No entendía su conducta. El cura Don José estaba que se desmayaba de la impresión; sabía que su amigo Luis estaría pasando por un mal trance, afectando su salud, ya de por sí delicada. Tomó a Lola por los hombros y, como pudo, le dijo que se aquietara y lo dejara tranquilo; que tenía graves asuntos que resolver y, lo menos que necesitaba, era que ella también lo inquietara.

No esperó respuesta alguna y salió para tratar de alcanzar y calmar a su amigo. En el camino volteaba y le pedía a Lola, repetidamente, que llamara urgente a su marido. Eso no fue necesario: Antonio, con su prudencia de siempre, estaba cerca de ellos, en absoluto silencio. Apresuró el paso y atajó a Don José. Este le dijo algo al oído… algo que provocó que Antonio se llevara las manos al rostro, un gesto muy típico de él cuando algo lo sorprendía para mal. Ambos hombres salieron corriendo.

Lola aún no salía de su asombro, pero de una cosa estaba segura: su padre le ocultaba algo… ¡algo muy grave! Ella también fue tras ellos, pero sin prisa, pues la barriga se lo impedía. Pudo ver, desde la entrada, cómo Antonio cargaba a su padre y lo colocaba en el asiento trasero con Don José, mientras él mismo se ponía al volante para conducir como un loco. Iba a tal velocidad que lo perdió de vista en segundos, en una calle de cuadras de distancia.

Lola entró en crisis. Era evidente que su padre había sufrido alguna especie de desmayo, quizás un infarto. Giró sobre sus pies y entró a la casa hecha un manojo de nervios. En su mente solo existía un pensamiento: ¡su padre! Se olvidó de su preñez. Corrió por la casa hasta encontrar a su madre y hermanas, les informó lo ocurrido y les pidió que se encargaran de sus hijos… ¡ella iría al hospital!

Salió por la cocina, corriendo, y atravesó los jardines de la casa paterna hasta llegar a la suya. Subió a su habitación y agarró las llaves del carro. Cuando bajaba por las escaleras, en un descuido, pisó mal y rodó por ellas. El peso de su cuerpo la presionó contra el piso una y otra vez… sobre su vientre. Cuando se detuvo, el dolor era insoportable, pero, aun así, con la visión de su padre en mente, sacó fuerzas y continuó su marcha acelerada: en unos minutos entraba por la puerta de emergencias.

Desesperada buscaba a su marido y al cura, hasta que los localizó con la mirada. Se dirigió a ellos y se sentó en una butaca.

—Mi amor, tranquilízate, tu padre ya está siendo atendido… parece que fue un infarto —le dijo Antonio, con tanta pena por su suegro como preocupación por ella.

Le pidió a Don José que trajera agua para Lola; estaba pálida y sofocada. Ella estaba sentada con las piernas semiabiertas, las manos entre ellas y la cabeza gacha. Solo se oía cómo respiraba con dificultad. Cuando el cura le acercó el vaso con agua, Lola estiró la mano para alcanzarlo: estaba mojada y llena de sangre.

Antonio sintió un vértigo que casi lo desmaya. Pensó que era demasiado para un solo día: el quiebre de su suegro, Lola y el bebé… lo ponían en agonía. Apartó, lentamente, las manos de su esposa, descubriendo su falda toda mojada y ensangrentada. Se detuvo el tiempo. Antonio miraba a aquella delicada mujer, su mujer. No daba crédito a lo que veía.

Unos minutos atrás estaba llena de vida, bailando con alegría con ese traje blanco estampado con pequeñas mariposas azules sobre rosas amarillas y, ahora, la tenía enfrente… como un retrato de la muerte. Su rostro se apagó por un terrible presentimiento; sus ojos se llenaron de lágrimas y, sin decir palabra, alzó a Lola en brazos y la llevó a la enfermería. En el trayecto ella le contaba lo sucedido y le pedía perdón por su imprudencia; él no la escuchaba… solo rezaba y rezaba.

En menos de una hora ya todos se encontraban allí, incluyendo a Doña Matilde, su marido e hijos, así como la familia de Antonio y, por supuesto, Anita. Todos estaban callados, esperando noticias y con miedo de recibirlas. Doña Matilde consolaba a Doña Ana; Antonio y Anita, apartados, hablaban y hablaban.

Después de muchas horas, por un largo pasillo emergió un hombre vestido de azul y bata blanca; su semblante era sombrío. Se paró frente a Antonio y lo miró con piedad.

—Su suegro sigue en terapia intensiva. Lo estamos observando, veremos cómo responde al tratamiento… ya no depende de nosotros. En cuanto a su esposa, aún no recobra el conocimiento. El bebé bajó al canal de parto con el cordón al cuello, así que tuvimos que practicarle una cesárea de emergencia. Nació vivo, es un niño sano, pero prematuro… Están recibiendo todos los cuidados que requieren, pero nada le garantizo —dijo esto último poniéndole la mano en el hombro y soltando un gran suspiro—. Le sugiero que tenga paciencia y rece, rece mucho… ¡por la madre y el niño!

Tan pronto terminó de hablar, se fue tan presuroso como vino. Lo dejó allí de pie, confundido; no sabía si alegrarse por la noticia o llorar por ella. Todos compartieron el mismo sentimiento y guardaron silencio.

Los ánimos subieron con el despertar de Lola. Fue entonces cuando todos se apostaron delante del gran ventanal que los separaba de la guardería de recién nacidos. Antonio estaba pegado como una mosca, miraba a su hijo agitado e indefenso, lleno de cables y tubos por todo su diminuto cuerpo… ¡parecía un colibrí encerrado en una jaula de cristal! La impotencia, la frustración y el dolor se reflejaban en su rostro, mojado por el llanto.

Una enfermera, que lo observaba desde lo lejos, se apiadó de él.

—A ver, ¿Quién es el padre del hombrecito que está en la incubadora? —preguntó la piadosa, aun sabiendo la respuesta.

—Soy yo… ¿algo sucede? —contestó Antonio, alarmado.

—¿Usted? ¡No puede ser! Si el niño que está allí es hermoso y un luchador, un triunfador… ¡y usted es muy feo y un llorón! —le dijo, guiñándole el ojo—. Le aseguro que ese niño saldrá de allí sano y salvo. ¡Así que cambie esa cara, para que no vea que su padre es un cobarde lloricón! ¡Qué vergüenza, el niño más valiente que el padre! —se echó a reír despreocupadamente y todos con ella.

Antonio entendió el mensaje de la buena mujer… ¡no debía perder la fe, debía aferrarse a ella, tanto como Anita lo estaba a su pierna!

Cuando todo parece perdido, un llanto diminuto rompe la sombra y enciende la luz de un nuevo comienzo.”


NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajada de Imágenes de Google; se desconoce autor y propietario.

lunes, 25 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (49) EL QUIEBRE



"Amor, familia y secretos guardados: el corazón late, la vida vibra, y nada volverá a ser igual.”

El día anterior, Lola y Doña Ana se la pasaron metidas en la cocina preparando cualquier cantidad de alimentos que pudieran conservarse dentro o fuera de la nevera. Hicieron pasteles, conservas, mermeladas, encurtidos y antipastos; guisos, salsas y carnes asadas. Todo lo metían en canastos de mimbre, adornados con lazos. Márgara y Ana Isabel colaboraban preparando grandes cestas con frutas y hierbas del huerto, así como ramos de flores multicolores.

Las muchachas observaban, intrigadas, cómo su madre preparaba otros obsequios para Doña Rosaura: en un canasto más fino guardó botellas de vino tinto, manteles bordados y algún perfume de aquellos que le trajeran sus yernos del extranjero. Lo hacía con amor, con mucho esmero y desprendimiento… como si quisiera pagar una penitencia para acallar sus remordimientos. Ellas la observaban, se miraban entre sí, pero guardaban silencio… su madre sabría el porqué de su aspaviento.

Quienes no repararon en el extraño comportamiento de Doña Ana fueron su marido y su yerno. Don Luis y Antonio, así como Anita y Juancito, solo prestaban atención a las ollas: a todas les metían el dedo y los cubiertos; las raspaban… ¡las dejaban relucientes!

Desde que amaneció, la casa tenía un encanto especial, un ambiente de alegría y serenidad. Lola se encargaba de vestir a las niñas. Hoy era el día de visita a Doña Rosaura; quería que lucieran hermosas y frescas como esa mañana. Ella las acicalaba mientras, de reojo, observaba a su marido y a su hija, quienes habían estrechado su relación más de lo que jamás hubiera imaginado. Anita parecía hija de Antonio, como si él mismo la hubiera procreado: tenía su espíritu libre y aventurero, y su mente amplia, siempre abierta a los cambios de la modernidad y a los acontecimientos.

—Muchachos, ya dejen el relajo… ¿hasta cuándo vas a poner ese sencillo de Chubby Checker? ¡Por Dios, Antonio, ya lo tienes rayado! El twist ya pasó de moda, ahora me gusta el rock and roll… ¡pon uno de Elvis Presley! —le dijo Lola a su marido con cara seria y meneando la cabeza, mareada de tanto escuchar lo mismo.

—Lo que está pasado de moda es el largo de tus faldas. Cuando des a luz, las cortaremos todas para que luzcas las rodillas… ¡además de las pantorrillas! A Elvis le queda poco tiempo de vida, te lo he dicho, amor. Cuando esos chicos de Liverpool graben su primer disco, no se hablará de nadie más que de los Beatles. Te juro, Lola, fui a todas sus presentaciones privadas en el tiempo que estuve en Gran Bretaña, son geniales. Las chicas gritan como locas al verlos, ¡es que son demasiado buenos! —decía Antonio una y otra vez cada vez que se tocaba el tema de la música, con un fanatismo inexplicable por esos desconocidos que ni un disco tenían grabado.

Ella lo ignoraba por completo. Antonio era un muchacho conservador para los asuntos del trabajo y la familia, pero para lo demás era muy actual. Se había hecho partidario de los movimientos ambientalistas y antibelicistas, así como de aquellos que criticaban la cómoda postura de los burgueses, no porque tuvieran dinero, sino porque no participaban de los intereses colectivos y carecían de conciencia. Apoyaba las protestas lideradas por mujeres y por negros en sus luchas por la liberación femenina y contra la discriminación étnica. Justificaba, en todos esos casos, la anarquía no violenta. También estaba pendiente de los adelantos científicos y de las innovaciones tecnológicas. A Anita le fascinaba ese pensamiento contracultural de Antonio: se identificaba con él… ¡era un vanguardista!

Antonio le hizo caso a su mujer y colocó un disco de Elvis. De repente, las niñitas de De Sousa empezaron a reír, tapándose la boca. Miraban a su madre y le señalaban con el dedo a Antonio. Lola casi muere de la risa: él imitaba a Elvis, no solo en el baile, sino también en los gestos de la cara, como si fuera él quien cantaba. Contorneaba sus caderas y hacía movimientos sensuales con la pelvis. Antonio la miraba e invitaba a bailar con él.

—Vamos, nena, no te resistas, sé que estos movimientos sensuales son lo que te gusta de Elvis. ¡Ven, acércate, para que pruebes de lo bueno! —le decía a Lola sin dejar de moverse.

Anita lo miraba —no, lo admiraba— destornillada de la risa. Lola, con barriga y todo, le siguió el juego. En cuestión de segundos, los varones se sumaron al grupo y, con ellos, las tías y los abuelos. ¡Se armó la algarabía de inmediato!

Cuando estaban de lo más entusiasmados, Doña Teresa, el ama de llaves, interrumpió el bochinche para avisar que el cura Don José buscaba a Don Luis. El grupo se desintegró y, con él, la alegría. Quedaron en la habitación, solos de nuevo, Antonio, Lola y las niñas. Cansado de hacer tantas payasadas, Antonio se recostó en la cama con los brazos cruzados detrás de la cabeza. En silencio, las observaba.

Se había percatado de la maña que había desarrollado Anita. Desde que su madre quedó embarazada, la imitaba en todo: en la forma de caminar, hablar, peinarse… incluso en el vestir. Los vestidos prenatales de Lola se los hacía Doña Cándida por duplicado: uno para ella, otro —igualito— para Anita. La copiaba tan fielmente que parecía su reflejo en el espejo, ¡en miniatura, claro! Los abuelos y las tías decían que era por celos del nuevo bebé. Lola defendía a su hija alegando que se estaba haciendo mujercita y que imitaba su coquetería. Antonio, por su parte, pensaba diferente: creía que la niña actuaba como su madre porque se sentía igualita a ella, así de simple. Cada uno pensaba lo suyo. Pero, si le hubiesen preguntado a Anita —cosa que nunca ocurrió—, ella lo habría explicado sin reservas: sentía la obligación de copiarla para suplantarla cuando llegara la ocasión… ¡así nadie la olvidaría!

Lola y Anita, de repente, dejaron de hacer lo que estaban haciendo y, como si estuvieran de acuerdo, se levantaron al mismo tiempo, con los mismos gestos y movimientos. Se fueron directo a la ventana. Sonrieron y agitaron sus manos, saludando vigorosamente a alguien que se encontraba en la planta baja.

—¿Cómo está, Doña Rosaura? ¡Justamente nos estábamos preparando para irla a visitar a su casa! —la saludó Lola con efusividad y afecto.

—No estaré en casa, pero luego vendré por ti y charlaremos, con tu padre, ¡todo el tiempo que quieras! —respondió ella, serena, devolviendo el saludo con la mano antes de marcharse.

Lola le comentó a Antonio lo bien que se veía Doña Rosaura, que estaba muy hermosa y lucía muy sana. Antonio la escuchó y no dijo nada, pero no le gustó. Él sabía que Doña Rosaura estaba muy enferma y guardaba cama.

Lola bajó apresurada para ver si la alcanzaba y entregarle los obsequios que para ella guardaban. La buscó sin encontrarla. Fue al despacho de su padre, quien escuchaba con atención lo que estaba escrito en un papel y que el cura Don José leía en voz muy baja.

Cuando les comentó que había conversado con Doña Rosaura, hacía unos instantes y allí mismo en casa, Don José apretó el papel; lo arrugó de tal manera que quedó escondido dentro de la palma de su mano, guardándolo presuroso en el bolsillo de su sotana.

Don Luis, al escuchar a su hija, se puso pálido, llevó su mano al pecho y luego la bajó por su brazo. Sintió tanta angustia y ansiedad que decidió salir a respirar aire fresco, pero seguía sintiéndose mal. Sin pérdida de tiempo, se montó en su coche para dirigirse al hospital. ¡No tuvo oportunidad de encenderlo, cayó inconsciente… se moría de un infarto!

“Entre cestas de mimbre y vestidos prenatales, Anita ya apunta a ser la doble oficial de mamá.”


NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

sábado, 23 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (48) LAS HERMANAS




“Familia unida, niños revoltosos y mamá en modo diosa: ¡perfecta combinación!”

Era una de esas mañanas que visten la vida de gala. Una de esas mañanas que brillan con el mismo esplendor del alma. El sol irradiaba una luz clara, mas no enceguecía ni sofocaba. Todo tenía su justo color, abigarrando el panorama. El trinar de las aves y las exquisitas fragancias del campo y de la montaña, todo, absolutamente todo, se colaba por la ventana.

Cuando Lola despertó tenía a Antonio y a sus siete hijos, todos montados sobre la cama. Quietecitos le sobaban la panza, mientras Antonio los veía, muy feliz, admirando la gracia. Lola volvió a cerrar los ojos para disfrutar, a plenitud, de aquella bendición que Dios le daba.

Aquella escena de gozo fue interrumpida por las hermanas.

—Vaya, si parecen Cleopatra y Marco Antonio. Mejor no pueden estar… ¡ni que les dé la gana! —exclamó Márgara, medio en reclamo, medio en guasa.

Ana Isabel se reía y a sus sobrinos abrazaba, mientras la bendición les echaba.

—¡Doña Blancaaaa, Doña Maríaaaa… vengan a hacerse cargo de los niños! —gritaba Márgara a las nanas.

Al escuchar esto, todos los niños salieron corriendo de la habitación, con gran alboroto y risas, escondiéndose de sus cuidadoras.

—¡Vamos, párate, zángano! Mis padres y tus hermanos están listos y esperándolos —Márgara halaba por los brazos a su cuñado, levantándolo de la cama y empujándolo hacia el baño.

Antonio ponía resistencia, muerto de la risa, solo para fastidiarla.

—Y tú, es hora de que empieces a arreglarte… ¿o es que no quieres ir? —le preguntó a Lola.

Ella, agarrándose el vientre, se echó hacia atrás, sentándose en la cama. Sonrió e hizo señas con las manos, indicándoles a las hermanas que se sentaran a su lado, cada una por un lado de la cama.

—Hoy es un día muy especial para mí. Como hermana mayor las he visto crecer. Aprovecho la oportunidad para agradecerles, de todo corazón, el amor y cuidado que han prodigado a mis hijos, sin abandonar sus quehaceres ni sus estudios. Hoy tendré el orgullo de verlas recibir sus títulos: agrónomo y veterinario… ¿Quién lo diría? —les dijo Lola abrazándolas y besándolas.

Ellas se dejaron consentir por unos segundos. Luego la levantaron de la cama, de igual manera que hicieron con Antonio.

En dos carros se fueron para Caracas, se dirigían a la Universidad Central de Venezuela. Al llegar a la Ciudad Universitaria, quedaron anonadados. Era inmensa y hermosa. Rodeada de jardines y obras de arte, con estudiantes venidos de todas partes del mundo. Todo lo miraban con la boca abierta; cuando entraron al Aula Magna, la sensación fue de grandeza: la modernidad y el lujo ubicaban a Caracas como una gran metrópolis. Todo se desarrolló en perfecto orden, según el protocolo… ¡fue un acto grandioso!

Después de celebrar en la capital, emprendieron el retorno. Lola y Antonio iban con sus padres, mientras que las graduadas iban con sus novios.

—Madre, no te molestes por lo que voy a decir… ni tú tampoco, papá. Debo decirles que últimamente he pensado mucho en Doña Rosaura. No sé por qué, a mí también me resulta extraño… pero tengo la sensación de que me llama, de que me necesita. Padres, quiero ir a verla, si eso no les molesta —les dijo Lola con la ansiedad que esas sensaciones le provocaban.

Al principio, ellos no dijeron nada. Don Luis extendió su mano derecha hacia su mujer, quien la tomó apretándola fuertemente. Desde que Doña Rosaura le envió la carta a Don Luis, entre ellos emergió un sentimiento de culpabilidad: cómplices eran. Habían reflexionado, concluyendo lo injustos que con ella fueron. De todo le participaban, más a nada la invitaban; hasta fotos y cartas le habían enviado, solo eso. Conscientes estaban de su mal proceder, pero tarde era para enmendarlo. Se habían protegido del qué dirán… no actuaron, con “ellas”, como buenos cristianos.

Doña Ana tragó saliva y, sacando fuerzas de donde no las tenía, calmó a su hija.

—Lola, si tu padre está de acuerdo, te prometo que iremos a verla… mañana o en un par de días. Prepararemos postres y comidas, también le llevaremos un gran obsequio… le llevaremos a los niños, para que llenen su casa de luz y alegría —le dijo de manera solemne, convencida de sus palabras.

Don Luis no dijo nada, solo asintió con la cabeza. Tenía el llanto atragantado en la garganta y, otra vez, el corazón le dolía.

Lola quedó muy extrañada de la respuesta de su madre y del consentimiento de su padre. Esperaba que la regañaran o que algún reclamo le hicieran, pero nada de eso pasó. Cuando intentó expresar su sorpresa por la buena actitud de ellos, Antonio la atajó, tapándole la boca. Con la mirada le advirtió que guardara silencio, que no pidiera aclarar nada… que las cosas estaban bien, así como estaban.

Él sabía el porqué, pero el secreto atesoraba. Lola se quedó quieta, en su marido confiaba; era inteligente y prudente… ¡de él estaba enamorada!

 “Entre abrazos, títulos y risas… todo puede pasar.”



NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; . En letras aparece el nombre de ARTELISTA, se presume autor o propietario, a ella los méritos o derechos que correspondan.

miércoles, 20 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (47) SANTA MARÍA




“Del puerto de La Guaira a Brasil… ¡y a mil anécdotas!”

El calor era insoportable en el puerto de La Guaira, solo la brisa del mar aliviaba el sofoco de Lola. Había mucha gente y todos con agitación. Unos lloraban y otros reían, abrazos y besos venían e iban. Los corazones se estremecían al escuchar el bucólico sonido de la sirena del trasatlántico, advirtiendo que lo inevitable estaba por suceder: zarparía, y con él se llevaría a la tía Isabel.

Ella se despedía de su hermano y cuñada, luego de Antonio y, por último, de su sobrina mayor.

—Lamento no poder quedarme más y no acompañarte para el nacimiento de tu “cuatro de ocho” —le decía a Lola mientras le acariciaba el rostro y la barriga, ya bien notoria—, pero te aseguro que estaré muy pendiente de ese gran acontecimiento. Cuídate mucho, mi amor siempre estará con ustedes.

La abrazó con mucho sentimiento y se alejó de todos ellos con una gran sonrisa, que contradecía sus tristes ojos. La vieron perderse por el muelle, entre la multitud de viajeros. No regresaría a España: iría a Miami y de ahí a Nueva York, a visitar a su hija Candelaria.

La noche caía, el Santa María tenía encendidas sus luces semejando una constelación al ras del mar, lucía imponente; haciendo que ellos parecieran hormigas, más insignificantes de lo que ya se sentían por la impotencia de no haber podido retener, por más tiempo, a la tía. Se oían gritos de despedidas y pañuelos blancos ondeaban desde tierra, despidiendo a sus seres queridos… a aquellos que no sabían cuándo volverían a ver. Se quedaron allí, observando cómo se alejaba, hasta que solo divisaron en la lejanía un gran punto luminoso, perdiéndose en alta mar.

Lola esa noche durmió profundo, descansando del ajetreo del día anterior. Al despertar no encontró a Antonio a su lado, ni a él ni a los niños en casa. Se asomó por la ventana de su habitación, logrando ver que, en los jardines de la casa de su madre, estaban jugando sus hijos, como abejas alrededor de las flores.

La verja que dividía los jardines de ambas casas estaba abierta de par en par… ya era permanente esta situación. Desde que se casó con Antonio, las dos casas se habían convertido en una.

En la medida que avanzaba hacia la casa paterna, Lola se relajaba. Las flores se hallaban por doquier, igual que los frutos de los árboles, que se encontraban esparcidos por el suelo. La carga de este año había sido generosa. Las fragancias dulces y ácidas se entremezclaban.

Se sentía bien esa mañana, a pesar de que el bebé en el vientre se le encajaba. Paso a paso se acercaba; y a cada paso que daba, las voces se escuchaban más alteradas. Todos estaban reunidos en la terraza de la cocina. Hablaban y hablaban, todos al mismo tiempo. Los niños se encontraban ahora sentados en los escalones, mirando atentos a todos los que allí se hallaban.

Al ver a Lola, Antonio pidió a todos que guardaran silencio, y así lo hicieron. Ella se quedó viéndolos intrigada.

—Padre, ¿qué te pasa? —le preguntó Lola, sujetando su vientre con las manos, mientras corría hacia él.

Don Luis estaba pálido y mantenía su mano en el lado izquierdo del pecho, bajándola de vez en cuando por el brazo.

—¿Qué pasa, padre? —volvió a preguntarle, esta vez de rodillas ante él y abrazada a su regazo.

Antonio acercó un asiento al lado de su suegro y, cargando a su amada, la sentó allí.

Todos guardaban el más estricto silencio, esperando quién y cómo le contarían a Lola el acontecimiento.

—Amor, deja tranquilo a tu padre, está algo sofocado. Yo te informaré lo que sucede —le dijo Antonio, sentándose frente a ella—. Bueno, sucede que el trasatlántico que abordó tu tía Isabel fue desviado de su curso; en vez de seguir su ruta hacia Norteamérica, se dirige a África. Durante tres días no se supo de él, pero ya se sabe que ha sido secuestrado, manteniendo como rehenes a los pasajeros y tripulantes. Llevan doce días de cautiverio. Se está negociando y creo que los liberarán hoy en Brasil. Es lo que se sabe; está en los noticieros y periódicos de todo el mundo, The New York Times y Paris Match, entre otros.

Al parecer, la causa es política, no de simple piratería. Hoy mismo se sabrá si las autoridades de Brasil les conceden el asilo político solicitado. Si lo dan, todo termina y no pasa más nada. Todos se encuentran en perfectas condiciones. Eso es, amor, eso es lo que pasa…

Cuando terminó de hablar, todas las miradas se posaron en Lola, esperando su reacción. Ella quedó callada. Sus ojos se movían de un lado para otro, pensaba. Bajó la cabeza hasta el pecho, abrazando fuertemente su vientre.

De repente, empezó a temblar, todo su cuerpo se agitaba. Era evidente que contenía sus emociones.

—Perdona, padre mío, mi insolencia; sé que es tu hermana y debes, por ella, estar preocupado… ¡pero qué suerte tiene la tía! —dijo esto al tiempo que echaba la cabeza para atrás y soltaba una carcajada tan contagiosa, que todos empezaron a reír con ella, sin saber por qué.

—¿Por qué nos estamos riendo, hija, si no es nada gracioso? —le preguntó Don Luis, evidentemente más relajado.

—¡Ah, padre! Mi tía lleva tiempo a bordo. ¿Te imaginas la cantidad de gente de la que se habrá hecho amiga? ¿La cantidad de historias de las que se habrá enterado, las cuales magnificará para contarlas a sus conocidos al llegar a España? Además, ¿no estamos en febrero? Se celebra en Brasil uno de los más grandes carnavales del mundo… ¡por Dios, padre, la tía lo está pasando de lo lindo!

Cogió entre sus manos el rostro de su padre y lo besó tiernamente; con la mirada serena de ella, él se tranquilizó.

Ese mismo día recibieron un telegrama: ¡la tía Isabel estaba en el puerto de Recife, Brasil, rumbo a Río de Janeiro, y aprovecharía el evento para disfrutar de los Carnavales!

Todos empezaron a echar chistes a costa de la tía Isabel, menos Doña Matilde, quien estaba arrepentida de no haber aceptado la invitación de ella para que la acompañara en el viaje… ¡moría de la envidia por haberse perdido tales aventuras!

“Tía Isabel: secuestrada en alta mar, ¡pero con samba en el corazón!”










NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

domingo, 17 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (46) LA BODA


 “Cuando la perfección aburre, una caída siempre salva la fiesta.” 

El tiempo transcurrió en un abrir y cerrar de ojos. Sin darse cuenta, ya estaban casados. Antonio y Lola habían hecho su sueño realidad. Todos los familiares estaban a su derredor mientras el fotógrafo hacía malabares para tomar esa gran foto… una donde salieran los contrayentes y sus invitados especiales: los empleados y peones de la hacienda.

Lola estaba muy orgullosa de ellos, eran como de la familia, los conocía desde niña… algunos la vieron nacer. Todos estaban impecablemente trajeados con sus vestimentas típicas llaneras, como los novios. Todo era un relajo: que si los altos atrás, que si las mujeres sentadas y los niños en sus faldas. Después de un buen tiempo y mucho ajetreo, lo lograron: quedó perfecta… a decir del fotógrafo.

Luego vino la familiar, con el resto de los invitados; la misma vaina: que si pónganse aquí o pónganse allá. Total, después de muchas risas y alboroto, también la tomaron. Todos estaban contentos, todo se desarrollaba según lo planeado.

Abundancia de comida y bebida… y música con arpa, maracas y cuatro. No había espacio que no se impregnara del olor de la carne en vara. Oscurecía y se veía la candela y se oía el chasquido de la leña arder. Flores en abundancia, como la bebida que los embriagaba. Poco a poco se fue yendo la gente, bien porque lejos vivían o porque eran prudentes. Se fueron quedando los que allí pernoctarían.

Fue una boda generosa, espléndida… pero nada pretenciosa. Al final, solo quedaron tres mesas ocupadas. La de los nuevos esposos, con sus cuñados y cuñadas; cuchicheaban y reían a carcajadas. Hablaban de todo; se contaban chistes, algunos groseros, otros tontos… pero igual se reían como bobos. Estaban embriagados por el alcohol y por el amor… como dijo el poeta Rubén Darío: ¡juventud, divino tesoro!

En otra mesa estaban los hombres: entre ellos Don Luis, el cura Don José, el comunista Don Carlos, Emilio —esposo de Matilde— y el padre de los Santamaría. De lejos, pareciera que hablaban cosas serias, como asuntos de negocios; pero, qué va, estaban igual que los muchachos: jodiendo y pasando un buen rato. Se contaban esas cosas que no se pueden charlar delante de las esposas, pues los molerían a palos.

Una tercera mesa, donde las mujeres, ya descalzas, suspiraban de alivio por tener los pies hinchados.

—Los muchachos lograron sorprenderme, se encargaron de todo y todo lo hicieron bien —comentaba Doña Ana, llena de satisfacción y orgullo—. Fíjense qué bonita quedó la ceremonia. La capilla estaba muy iluminada por la suave luz de la mañana y fragante a jazmines y rosas, todas las flores blancas… ¡Ah! Y cuando entró Lola del brazo de mi Luis, tan guapo él, tan bella ella… y empezaron los niños del coro a cantar el Ave María… —Doña Ana dejó de hablar, las lágrimas le cortaron las palabras.

—Carajo, Ana, ya has visto a Lola entrar por la iglesia varias veces, ¿y todavía te emocionas? —le dijo la buscapleitos de Matilde, muerta de la risa.

—Hermana, te juro que nunca vi a Lola tan esplendorosa; su mirada era otra. Estoy segura de que, para ella, este es su primer matrimonio. ¡Esta vez se casó de mente, cuerpo y alma… se casó con Antonio, con su amor de toda la vida! —le contestó ella con una sonrisa de satisfacción.

—¿Se dieron cuenta de que Lola, en más de una ocasión, se ha llevado la mano al vientre volteando a mirar a Antonio y que este le devuelve una sonrisa cómplice? —preguntó la madre de Antonio, al tiempo que miraba a Doña Ana, como esperando respuesta de ella.

—¡Claro que me di cuenta!, ¿cómo no hacerlo?… si cuando ella se tocaba el vientre el semblante le cambiaba, se le llenaba de luz. Estoy segura de que ya mi octavo nieto viene en camino… ¡apuesto lo que sea! Además, no soy tonta, aunque me haga la pendeja, eso de que la modista tuviera que “ajustarle” el vestido tres veces… ¡no es pura coincidencia! —le respondió de lo más tranquila a su consuegra. Total, Lola no era ninguna doncella y, Don Luis y ella, ya se lo temían.

—¡Gracias a Dios! —exclamó la tía Isabel persignándose. Como todas se voltearon a verla muy intrigadas, ella se apresuró a aclarar—: Esta ha sido una boda perfecta. Nada faltó, vinieron todos los que tenían que venir, todo fue espléndido, cálido y hermoso. Reinó la alegría y la armonía. No hubo ni una discordia, ni un plato roto. Nadie se llevó nada… no falta ni una de las cucharillas de plata. Díganme ustedes: si no hubo pleitos, fallas ni alborotos… ¿qué puedo yo contar a los otros? ¡Nada, nada que chismear! Dios, te pido que la novia esté preñada… así, por lo menos, ¡no parecerá un cuento de hadas!

A Doña Matilde esto le pareció lo más sensato que alguna haya dicho; a ella tanta perfección le parecía aburrimiento y, por primera vez, tal impertinencia no había salido de su boca, sino de la tía Isabel.

De inmediato, se dirigió a la mesa de los hombres para chismosearles lo de la sospecha de embarazo de Lola, olvidándose de que estaba descalza. Pisó algo que le hirió el pie, haciéndole perder el equilibrio. Trató de sostenerse de la mesa, pero no lo logró. Cayó bruscamente al piso, de rodillas.

Del impacto, la falda y las enaguas fueron a parar a su espalda, dejando al descubierto sus blancas bragas, tan blancas como sus gordas nalgas. Todos lo vieron, para su desgracia. Aunque el curita Don José se apresuró a auxiliarla, ya de la burla no la salvaba ni la más fervorosa plegaria. Todos se reían de ella a carcajadas, aunque los caballeros trataban de ocultarlo tapando sus bocas con sus finos pochette, ¡igual de blancos!

—Gracias, Matilde, ahora sí puedo decir que yo me aseguraré… ¡de que esta boda no sea olvidada! —le gritó sarcásticamente la tía Isabel, mientras se levantaba de su asiento para hacerle creer que intentaba ayudarla, aunque en realidad grababa en su mente la escena… ¡para después contarla!

“Ni la bendición del cura ni el aroma de jazmines salvaron a Matilde del ridículo.”

 “Cuando la perfección aburre, una caída siempre salva la fiesta.” 

El tiempo transcurrió en un abrir y cerrar de ojos. Sin darse cuenta, ya estaban casados. Antonio y Lola habían hecho su sueño realidad. Todos los familiares estaban a su derredor mientras el fotógrafo hacía malabares para tomar esa gran foto… una donde salieran los contrayentes y sus invitados especiales: los empleados y peones de la hacienda.

Lola estaba muy orgullosa de ellos, eran como de la familia, los conocía desde niña… algunos la vieron nacer. Todos estaban impecablemente trajeados con sus vestimentas típicas llaneras, como los novios. Todo era un relajo: que si los altos atrás, que si las mujeres sentadas y los niños en sus faldas. Después de un buen tiempo y mucho ajetreo, lo lograron: quedó perfecta… a decir del fotógrafo.

Luego vino la familiar, con el resto de los invitados; la misma vaina: que si pónganse aquí o pónganse allá. Total, después de muchas risas y alboroto, también la tomaron. Todos estaban contentos, todo se desarrollaba según lo planeado.

Abundancia de comida y bebida… y música con arpa, maracas y cuatro. No había espacio que no se impregnara del olor de la carne en vara. Oscurecía y se veía la candela y se oía el chasquido de la leña arder. Flores en abundancia, como la bebida que los embriagaba. Poco a poco se fue yendo la gente, bien porque lejos vivían o porque eran prudentes. Se fueron quedando los que allí pernoctarían.

Fue una boda generosa, espléndida… pero nada pretenciosa. Al final, solo quedaron tres mesas ocupadas. La de los nuevos esposos, con sus cuñados y cuñadas; cuchicheaban y reían a carcajadas. Hablaban de todo; se contaban chistes, algunos groseros, otros tontos… pero igual se reían como bobos. Estaban embriagados por el alcohol y por el amor… como dijo el poeta Rubén Darío: ¡juventud, divino tesoro!

En otra mesa estaban los hombres: entre ellos Don Luis, el cura Don José, el comunista Don Carlos, Emilio —esposo de Matilde— y el padre de los Santamaría. De lejos, pareciera que hablaban cosas serias, como asuntos de negocios; pero, qué va, estaban igual que los muchachos: jodiendo y pasando un buen rato. Se contaban esas cosas que no se pueden charlar delante de las esposas, pues los molerían a palos.

Una tercera mesa, donde las mujeres, ya descalzas, suspiraban de alivio por tener los pies hinchados.

—Los muchachos lograron sorprenderme, se encargaron de todo y todo lo hicieron bien —comentaba Doña Ana, llena de satisfacción y orgullo—. Fíjense qué bonita quedó la ceremonia. La capilla estaba muy iluminada por la suave luz de la mañana y fragante a jazmines y rosas, todas las flores blancas… ¡Ah! Y cuando entró Lola del brazo de mi Luis, tan guapo él, tan bella ella… y empezaron los niños del coro a cantar el Ave María… —Doña Ana dejó de hablar, las lágrimas le cortaron las palabras.

—Carajo, Ana, ya has visto a Lola entrar por la iglesia varias veces, ¿y todavía te emocionas? —le dijo la buscapleitos de Matilde, muerta de la risa.

—Hermana, te juro que nunca vi a Lola tan esplendorosa; su mirada era otra. Estoy segura de que, para ella, este es su primer matrimonio. ¡Esta vez se casó de mente, cuerpo y alma… se casó con Antonio, con su amor de toda la vida! —le contestó ella con una sonrisa de satisfacción.

—¿Se dieron cuenta de que Lola, en más de una ocasión, se ha llevado la mano al vientre volteando a mirar a Antonio y que este le devuelve una sonrisa cómplice? —preguntó la madre de Antonio, al tiempo que miraba a Doña Ana, como esperando respuesta de ella.

—¡Claro que me di cuenta!, ¿cómo no hacerlo?… si cuando ella se tocaba el vientre el semblante le cambiaba, se le llenaba de luz. Estoy segura de que ya mi octavo nieto viene en camino… ¡apuesto lo que sea! Además, no soy tonta, aunque me haga la pendeja, eso de que la modista tuviera que “ajustarle” el vestido tres veces… ¡no es pura coincidencia! —le respondió de lo más tranquila a su consuegra. Total, Lola no era ninguna doncella y, Don Luis y ella, ya se lo temían.

—¡Gracias a Dios! —exclamó la tía Isabel persignándose. Como todas se voltearon a verla muy intrigadas, ella se apresuró a aclarar—: Esta ha sido una boda perfecta. Nada faltó, vinieron todos los que tenían que venir, todo fue espléndido, cálido y hermoso. Reinó la alegría y la armonía. No hubo ni una discordia, ni un plato roto. Nadie se llevó nada… no falta ni una de las cucharillas de plata. Díganme ustedes: si no hubo pleitos, fallas ni alborotos… ¿qué puedo yo contar a los otros? ¡Nada, nada que chismear! Dios, te pido que la novia esté preñada… así, por lo menos, ¡no parecerá un cuento de hadas!

A Doña Matilde esto le pareció lo más sensato que alguna haya dicho; a ella tanta perfección le parecía aburrimiento y, por primera vez, tal impertinencia no había salido de su boca, sino de la tía Isabel.

De inmediato, se dirigió a la mesa de los hombres para chismosearles lo de la sospecha de embarazo de Lola, olvidándose de que estaba descalza. Pisó algo que le hirió el pie, haciéndole perder el equilibrio. Trató de sostenerse de la mesa, pero no lo logró. Cayó bruscamente al piso, de rodillas.

Del impacto, la falda y las enaguas fueron a parar a su espalda, dejando al descubierto sus blancas bragas, tan blancas como sus gordas nalgas. Todos lo vieron, para su desgracia. Aunque el curita Don José se apresuró a auxiliarla, ya de la burla no la salvaba ni la más fervorosa plegaria. Todos se reían de ella a carcajadas, aunque los caballeros trataban de ocultarlo tapando sus bocas con sus finos pochette, ¡igual de blancos!

—Gracias, Matilde, ahora sí puedo decir que yo me aseguraré… ¡de que esta boda no sea olvidada! —le gritó sarcásticamente la tía Isabel, mientras se levantaba de su asiento para hacerle creer que intentaba ayudarla, aunque en realidad grababa en su mente la escena… ¡para después contarla!

“Ni la bendición del cura ni el aroma de jazmines salvaron a Matilde del ridículo.”


NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; aparece en ella un nombre en manuscrito, se desconoce si es su autor o propietario: a ella los méritos y derechos que correspondan.