viernes, 26 de septiembre de 2025

"EXISTIR": Reflexión poética sobre la libertad de existir sin exigir sentido a la vida. Fluir, soltar el control y vivir con ligereza, como hojas al viento.

Una captura de pantalla de un celular con texto e imagen

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 "La libertad no se encuentra buscando sentido, sino entregándose al fluir de la vida."


Dedicatoria: Para quienes olvidan que la vida también puede ser ligera, y la complican sin razón.


Introducción

A veces siento que la vida se me escapa entre los dedos como hojas arrastradas por el viento. Y en esos momentos descubro que buscar sentido puede ser un peso innecesario. Esta es mi invitación a existir con ligereza, a dejar que el flujo del mundo me atraviese, a sentir cada instante sin exigirle más de lo que puede dar.


Acaba el viento de arrebatar hojas a las ramas del árbol que me acobija con su sombra. Allá van ellas, como locas de alegría: ¡saltan, bailan, planean… qué sé yo! Caen con un susurro…, un crac-crac…, un flap-flap… que agita la tierra húmeda y el aire. Giran, rebotan, se rozan entre sí con un pof…, un shhh…, un clic…, formando un pequeño concierto que nadie dirige, solo fluye, como la vida misma. Cada sonido se prolonga en el aire, se enreda con el murmullo del viento, y siento cómo su ritmo invita a la calma y a la entrega.

Saben que van en picada, directo a su muerte, y aun así se entregan —sin resistencia, sin queja, sin exigencia— a la caída. Así de simple quisiera ser yo: no buscar, no intentar encontrar —ni en filosofías existencialistas ni en creencias religiosas— un sentido o propósito que me obligue. Tampoco quiero adornarla con eufemismos que la tornen más aceptable, más bonita.

Existir sin cuestionamientos; ¡simplemente existir, eso nada más! Y mientras el viento sigue su danza, escucho primero el susurro…, luego el crac-crac…, que se hace más vivo con el flap-flap…, se multiplica con el pof…, se suaviza con el shhh… y remata con un tenue clic…, formando un crescendo y decrescendo que envuelve todo el aire. Siento que, tal vez, así debería ser la vida: un caer ligero, un coro de hojas que suena a libertad, sin miedo, sin relojes que marquen ni presiones que obliguen con acostumbrados tic-tac. Cada sonido sigue su propio ritmo, cada pausa me recuerda que existir puede ser tan simple y pleno como dejarse llevar por el viento, fluyendo con él hasta el final, sin exigir ni adornar nada más.


Epílogo

Al final, comprendo que existir no requiere explicaciones ni adornos: basta entregarse al movimiento natural de las cosas, acompañar su ritmo, y dejar que la vida se despliegue como un concierto que nadie dirige. Cada caída, cada vuelo, cada susurro del viento me recuerda que la plenitud reside en la entrega, en la sencillez de estar aquí y ahora, sin resistencia y sin culpa. Existir, simplemente, es suficiente.


“Fluir es existir; existir es suficiente… ¡es un milagro!”




viernes, 12 de septiembre de 2025

"EL VUELO DEL AVE": Un ensayo poético sobre la escritura como acto de libertad absoluta, donde el alma se desnuda sin censura y encuentra su verdad en la palabra escrita.


“El alma desnuda se refleja en el papel.”


Introducción

Siempre he sentido que escribir es un acto de libertad absoluta, un espacio donde el alma puede desplegarse sin miedo ni ataduras. Cada palabra que nace en mí es como un ala que se abre al viento, un gesto de valentía y de verdad que me permite mirarme sin máscaras. Este texto es un homenaje a esa experiencia: a la escritura que me sostiene, me revela y me transforma, y que, como ave en pleno vuelo, me enseña a ser fiel a mí misma en cada trazo.


Cuando la mano agarra la pluma y se posa sobre el papel, es como ave que libremente surca los cielos, dándose el lujo de tomar descanso —planeando entre el susurro del viento—, porque hasta en el reposo sigue siendo vuelo, y hasta en la quietud late la libertad.

No hay quien la intimide, no hay quien la haga presa del miedo.

El conocimiento, los pensares y sentires fluyen suavemente, sin prisas, interrupciones ni censuras, fluyen como río secreto, fluyen como viento tibio, tal como se acaricia el cuerpo amado, ése por el que te desbordas en pasión, ése que arde, ése que enciende, ése que atrapa.

Amo la palabra escrita: es mirarse en el espejo sin maquillaje,
es mirarse y no huir, es mirarse y reconocerse,
exponiendo el alma desnuda a la luz que ilumina y a la oscuridad que desafía.

Se peca de pensamiento y verbo, mas no por acción u omisión.
Se peca, sí, de pensamiento; se peca, sí, de verbo.
No hay remordimientos ni arrepentimientos:
íntima confesión, absolución sin penitencia.

Sin par, poderosa, instintiva; despiadada a veces, clemente otras veces,
sea poesía, ciencia o ficción,
sea poesía que arde, ciencia que explica, ficción que redime,
pero siempre sin falsos pudores ni hipocresía,
por demás, hermosa… hermosa como ala abierta, hermosa como viento que canta.

¡Así es la palabra escrita!
¡Así, desnuda!
¡Así, invencible!
¡Así, libre, sin censura!


Epílogo

Al terminar de escribir, comprendo que la palabra escrita no es solo un registro de lo que pienso o siento: es un espejo del alma, un cielo que se abre dentro de mí y que nunca se agota. Cada letra, cada verso, cada línea me recuerda que la libertad se encuentra en la entrega plena, sin censuras ni expectativas, y que, mientras haya pluma y papel, siempre habrá un espacio donde mi espíritu pueda volar, desnudo, verdadero e invencible en su honestidad.


"En la escritura, el alma encuentra su cielo."


viernes, 5 de septiembre de 2025

"El agua más allá del barro": Relato filosófico ambientado en Fez sobre la pérdida, el desapego y la sabiduría espiritual. Una historia íntima sobre aprender a soltar y vivir con gratitud.


“Un eco existencial en los laberintos de Fez”


Introducción

He aprendido que la vida tiene maneras sutiles de enseñarnos lo que realmente importa. A veces creemos que lo valioso reside en lo que poseemos, en los objetos, en las costumbres o en los recuerdos, y nos aferramos a ellos con fuerza. Pero hay momentos en que todo eso se rompe o se escapa, y nos enfrentamos a la elección de hundirnos en la pérdida o descubrir que lo esencial siempre ha estado más allá de las formas. Este relato es una historia que me recuerda, con claridad y ternura, que aprender a soltar es también aprender a vivir.


En el Mellah de Fez vivía un hombre que había heredado de su padre una vasija de barro. Sencilla, sin adornos, pero para él era única: preciosa. En ella conservaba el agua que lo sostenía en los días de sol inclemente. Cada amanecer, antes de salir al campo, la observaba como si al mirarla ya bebiera su frescor.

Una mañana cualquiera, por los laberintos de la medina, tropezó. Junto con él cayó la vasija. De rodillas en la tierra polvorienta, recogió los fragmentos con manos temblorosas. Uno a uno, con la urgencia de quien recoge diamantes esparcidos al viento, como si temiera perder alguno. Sintió en el pecho un desgarrón: no solo había roto un objeto, sino su costumbre, su legado, la memoria viva de su padre.

Ambos se hicieron añicos: la vasija y él. Como el viento que quiebra las espigas de trigo, la culpa lo doblegaba hasta quebrarlo. Por un instante, la amargura lo cubrió y alzó la voz al cielo:

—¿Por qué me quitas lo que amo?

Apenas formuló su protesta, recordó las palabras de Job que había escuchado en la sinagoga: “El Señor da, el Señor quita; bendito sea el nombre del Señor”. Ahora su dolor era aún mayor: no solo había hecho pedazos la vasija paterna, sino que también ponía en entredicho su fe, defraudaba al otro Padre. Tragó su pena, se tragó los gemidos... y guardó silencio. Dejó que aquellas palabras cayeran en su alma como gotas en tierra reseca, como una sentencia inapelable. Humildad y aceptación no eran condena, sino camino de absolución.

También le resonaron enseñanzas estoicas: nada de lo exterior es realmente nuestro; solo podemos poseer la actitud con que enfrentamos la pérdida. Epicteto susurró en su memoria: “No son las cosas las que nos hieren, sino la opinión que tenemos sobre ellas”.

Respiró hondo, resignado. Guardó un fragmento de la vasija rota en su manto, como remanente de lo amado. Se incorporó y continuó, cabizbajo, pero en pie.

El sol estaba alto, el camino polvoriento y el calor lo agobiaba. Entonces, a lo lejos, divisó agua: no en una vasija, sino fluida, libre. Caminó hacia ella. Era el Oued Fes, río antiguo que desde siglos abastecía con sus corrientes los jardines y palacios de la ciudad, y cuyo rumor aún acompañaba al Mellah. Bebió directamente de esa corriente clara y abundante, y en ese acto descubrió que lo que había perdido era solo un contenedor; lo esencial era inherente a la vida.

Recordó las fuentes de la medina —como la de Nejjarine, tallada en madera y piedra, donde los viajeros bebían al pie de la historia— y comprendió que el agua nunca dejó de estar allí, generosa, más allá de su quebrada vasija.

Lo que al principio supo a amarga pérdida se transformó en aprendizaje: la humildad de aceptar que lo que poseemos puede partirse, que lo que nos sostiene hoy puede esfumarse mañana y, aun así, la vida sigue fluyendo.

Secó el sudor de su frente, y con voz serena murmuró:

—Señor, enséñame a no aferrarme, a recibir con gratitud lo que me das y a soltar con paz lo que me quitas.

Esta vez no fue una protesta, sino una plegaria. De rodillas, sí, pero no por haber caído, sino por haber comprendido.

Con paso sereno, caminó hacia adelante, más ligero que antes, pues había dejado tras de sí no solo los restos de la vasija, sino el peso de su resistencia.

Al internarse de nuevo entre los pasillos vivos del Mellah, el brillo del sol en las rejas de hierro, el murmullo lejano del río y el eco de las fuentes lo envolvieron en una enseñanza silenciosa: la vasija había perecido, pero no el agua. Comprendió que la vida, como los canales ocultos que recorren Fez, se abre paso incluso cuando no la vemos. Y así, con el corazón más libre y atento a cada gota del presente, prosiguió su andanza, sabiendo que el valor verdadero reside en beber —y dejar ir— con humildad y gratitud.


Epílogo

Al reflexionar sobre esta historia, comprendo que la verdadera enseñanza no está en lo que se pierde, sino en la manera en que respondemos a la pérdida. Las formas pueden romperse, los objetos pueden desaparecer, pero la esencia de lo que nos sostiene sigue fluyendo, como un río que nunca cesa. Aprender a soltar, a recibir con gratitud y a aceptar con humildad, es descubrir que la vida siempre encuentra un cauce, y que nuestra libertad reside en beber del presente con atención y serenidad.


“Nada es nuestro salvo la actitud con que aceptamos la pérdida.”

domingo, 31 de agosto de 2025

"EL Ojo de la Aguja": Trascender el Ego. Camino Espiritual hacia la Libertad Interior.

 

“Lo imposible se vuelve camino cuando soltamos lo que creemos poseer.”


Prólogo

Hay momentos en que el alma se arrodilla antes que el cuerpo. No por cansancio, sino por rendición.
Así la encontró aquel amanecer: quieta, inmóvil, entre flores que no sabían de culpas ni de ausencias. Sentía que tenía tanto… y sin embargo, nada. Le pesaban las certezas, los logros, los afectos. Todo lo que creyó poseer comenzó a volverse lastre, y comprendió —no sin dolor— que para avanzar debía aprender a soltar.

Fue entonces cuando lo escuchó. No afuera, no en el cielo, sino dentro de sí. Una voz primigenia, dulce y firme, que le pedía vaciar las manos para poder recibir lo eterno.


Allí estaba ella, sentada en medio de las flores, en medio del jardín, como estatua de blanco mármol que adorna la entrada de una casa. Polvorienta. Enmohecida. Con la mirada gacha. Veía a su derredor, pensaba en voz baja:

—Tengo de tanto, que hasta de nada tengo —musitaba. No quería que Dios la escuchara, lo lastimaría.

Las lágrimas corrían sin quererlo. Sin tener derecho a ello, lo sabía. Era una malagradecida.

Volvió a retraerse de su entorno. Escarbó en la tierra queriendo simular que plantaba alguna flor. ¡Otra mentira más! Una de tantas que fabrican las máscaras de sus representaciones diarias. Sí, de esa obra —una farsa completa— llamada “vida”. Escarbaba y escarbaba, como queriendo que la tierra la tragara; eso sí, con su sonrisa perfecta, esa, la esculpida en el blanco mármol, en una cara de piedra. Fría. Inmutable. Impenetrable. Como si nada pasara.

—¿Qué pasa, mujer?, ¿Cuál es tu agobio? —le preguntó Dios, por preguntar; bien sabía Él qué mal la aquejaba.

Ella lo escuchó claramente. Miró al cielo en su búsqueda, como un girasol va tras la luz. No lo vio, allí no estaba. No estaba afuera. Estaba adentro. Habitaba en ella. Era su voz. Firme como una vara de hierro, pero suave y dulce como gota de miel. Una voz reconocible. Única. Una voz que no se escucha con los oídos, que no habla nuestra lengua, pero que se entiende porque es un código cifrado en cada célula, en cada intersticio del ser. Una vibración que se expande como música en el aire. Un regocijo inexplicable, pero audible. Un misterio, uno de tantos.

—Perdóname, mi Señor, ¡perdona mi ingratitud! Me lo has dado todo y me siento como si no tuviera nada. Vacía. Tristeza profunda en el alma. No le hallo sentido a la vida, no encuentro un propósito. Siento vergüenza ante ti, pero estoy hastiada de ella… —lo dijo con los ojos cerrados, virándolos hacia dentro. Intentaba verlo como si lo tuviera tatuado en los huesos. Solo luz encontró en la inmensa oscuridad de su interior.

—Si buscas un sentido, un propósito de vida, yo te pondré en el camino que te lleva a él. No preguntes cómo sabrás cuál es. Solo camina hacia adelante, no te detengas. No esquives los obstáculos ni los enfrentes: fluye. Sin protestas. Sin medir el tiempo ni los espacios. Encontrarás puertas indicativas del cambio de rumbo que te conduce a tu destino: atraviésalas, sí o sí. No hay opciones. ¿Aún quieres hallar tu propósito?

Como siempre, fue una pregunta retórica. Él sabía la respuesta. Ella había hecho un pacto con lo Divino, y Él con su humanidad.

Y sí, se puso de pie.
Y sí, el camino se abrió ante ella.
Y sí, lo ha estado transitando, y aún lo transita.

Ha sido obediente. No lleva cuenta del tiempo ni de la distancia recorrida. Tampoco de los nombres de los lugares por los que ha pasado. Al iniciar el recorrido —de esos caminos de Dios— embaló todas sus pertenencias. Todas sus posesiones. Se llevó consigo todo lo que pudo, por si le hacía falta en algún momento de su travesía en búsqueda de sentido. Poco a poco, “puerta a puerta”, se ha ido deshaciendo de ellas. Pesaban. Impedían atravesarlas.

Se ha ido quitando cargas. Aligerando el paso. Nada de lo que ha abandonado le ha hecho falta. Ahora que no tiene nada, siente la satisfacción de tenerlo todo. Sonríe desde el alma, sin necesidad de máscaras.

Aún le falta atravesar algunas puertas, lo sabe; puede verlas, cada una más pequeña que la otra. Sabe que podrá, está dada a ello. La última, que se vislumbra al final del camino, es tan pequeña, tan diminuta como el ojo de una aguja.

¿El ojo de una aguja? Razón tenía Jesús al referirse a lo imposible de alcanzar el Reino de Dios cuando el corazón del hombre está puesto en las posesiones, en las riquezas, en su ego.

Y ahora que no tiene nada, que su corazón está en total desapego a lo material y que está —absolutamente— rendida a Él… ¿podrá pasar por tan diminuta puerta? ¿Es eso posible? ¿Tendrá que desollarse y quebrar sus huesos para atravesarla? ¿Tendrá que desgarrarse el alma del cuerpo para que solo ella alcance el otro lado? ¿Está siempre trenzado el amor al dolor? Y si es así, ¿verá Dios alguna belleza en ella, o sentirá vergüenza de su desnudez ante Él?

Esa última pregunta vislumbra su propósito.
Crea su conciencia, le da sentido.

Él la llevó al despojo de sus riquezas, sus méritos, sus afectos.
Le dijo que no protestara, pero no le prohibió que pidiera.

Ella no ha protestado. Ha aceptado.
Ahora le pide el tiempo —justo y necesario— para embellecerse para Él. Solo eso le pide. ¡Solo para Él!


Epílogo

Comprendió que el camino hacia Dios no se mide por pasos, sino por desprendimientos.
Cada puerta que cruzó la fue despojando de algo: del orgullo, del miedo, del apego, del control. Y en ese despojo, descubrió la plenitud.

Ya no teme a la diminuta puerta que aguarda al final del sendero. Sabe que no se atraviesa con fuerza, sino con entrega; no con méritos, sino con amor.
Si debe romperse para cruzarla, lo hará con dulzura. Si debe despojarse hasta quedar alma desnuda, lo hará con gratitud.

Porque ahora entiende: el ojo de la aguja no es un castigo, es el punto exacto donde todo lo superfluo muere para que lo esencial nazca.


“Lo que creyó vacío era el espacio que Él necesitaba para habitarla”.





viernes, 29 de agosto de 2025

"PSIQUIS": Reflexión espiritual sobre la lucha entre mente y conciencia. Una mirada profunda a la introspección, la compasión y la claridad en la vida cotidiana.

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Dedicatoria:

“A quien se atreva a mirar y sentir.
Que mi palabra sea semilla y espejo,
que la mente nunca silencie tu voz,
y la conciencia te regale siempre el océano
donde cada ola pueda nacer, romperse y renacer.
Que tu lectura y mi escritura iluminen corazones
y suavicen juicios”.


Introducción

Hay amaneceres que no comienzan afuera, sino dentro de ella.

Despierta antes que el día, cuando la ciudad aún no hace ruido, y percibe que el verdadero estruendo no viene de las calles, sino de su mente: incesante, analítica, siempre midiendo. A veces desea callarla; otras, escucharla con atención. En ese espacio mínimo entre el pensamiento y el silencio se abre un abismo, y allí empieza a reconocerse, no como cuerpo ni como nombre, sino como algo que observa —desde más lejos y más hondo— todo lo que ocurre.

Vive buscando ese punto en el que la mente se rinde y la conciencia toma forma. Donde el juicio se disuelve en comprensión y lo humano se reconcilia con lo divino que lo habita.


5:00 a. m. Suena la alarma. Abrir los ojos y levantarse es un solo acto, automático. Prepararse también. Todo está previsto; nada queda al azar. El tiempo, incansable, fluye como un río que arrastra sus minutos sin pedir permiso.

Camina hacia la calle. Su rutina es precisa, casi mecánica, pero algo en ella observa, analiza, siente. La ciudad duerme todavía, envuelta en un murmullo de sombras y luces que parecen respirar. Avanza entre figuras que son reflejos de otras vidas, sombras que no le pertenecen, pero que rozan su alma.

Es la hora en que la noche se resiste a morir y el alba titubea, dibujando un contorno tenue sobre edificios y árboles. Allí coinciden, sin tocarse, quienes buscan reconstruirse y quienes arrastran ruinas de destrucción. Almas paralelas, opuestas. No se atraen; se repelen, desafiando leyes invisibles, y aun así coexisten en un mismo espacio suspendido entre el sueño y la vigilia.

Avanza y observa a los demás: sus miradas, sus gestos, la energía de su andar, las imperfecciones visibles, el desorden del aspecto o de la actitud, la forma en que se muestran al mundo. Brota en ella un juicio inmediato, un prejuicio instintivo. La mente la empuja a separarlos, a rechazarlos, olvidando que cada vida carga su historia, cada cuerpo su dolor, cada alma su razón. Son libros abiertos que nunca se le prestaron, secretos que caminan en paralelo a su juicio, y que solo la conciencia puede develar.

Dentro de ella, la mente y la conciencia libran su batalla. Una es crítica, exigente, temerosa de la vulnerabilidad; un látigo invisible que azota su serenidad. La otra es comprensiva, abierta, dispuesta a mirar más allá de lo visible, como un río que desgasta lentamente las piedras del juicio.

Entonces lo intuye: la mente es impulso, forma, movimiento; una ola que se eleva y se quiebra en la superficie de su ser. La conciencia, en cambio, es el océano silencioso donde esa ola nace y muere; inmenso, inabarcable, capaz de contenerlo todo sin perderse en nada. La primera la ata con cadenas invisibles; la segunda abre ventanas hacia un horizonte infinito, donde todo puede ser mirado sin condena.

El conflicto es intenso y silencioso. Por un instante quiere huir; al siguiente, abrazar. Una voz condena; otra perdona. Cada paso la acerca a una decisión: actuar desde la dureza o desde la compasión. La lucha no es con ellos, sino consigo misma, con su reflejo multiplicado en cada rostro que cruza.

El mundo sigue, indiferente. Ella descubre, en un mismo latido, su fragilidad y su fuerza. Hay vergüenza y compasión; rechazo y ternura. La experiencia se vuelve mística en su quietud: comprende que no hay verdades absolutas, que cada juicio refleja algo propio, y que la conciencia puede elevarse si permite que el amor y la comprensión guíen sus actos.

Finalmente, pasa de largo. Sigue observando. Ya no critica. No necesita castigar ni ser castigada. La mente se aquieta, la conciencia respira, y en ese instante sencillo y cotidiano la asalta una certeza: la vida no se mide en juicios ni en certidumbres, sino en la claridad con que se aprende a mirar, en la capacidad de hallar luz donde antes solo había sombras.


Epílogo

Cuando vuelve a sí después del tránsito de cada pensamiento, descubre que la batalla nunca fue entre el bien y el mal, ni entre lo correcto y lo incorrecto. Fue entre la mente que teme y la conciencia que comprende. Ahora lo sabe: no necesita apagar su mente, solo enseñarle a escuchar. No necesita eliminar el juicio, sino volverlo espejo.

Cada rostro que cruza le devuelve una lección; cada sombra que observa le revela una luz que antes no veía. La ola que es continúa moviéndose, pero ya no teme romperse, porque sabe que el océano la sostiene. Y así camina, consciente y serena, siendo a la vez ola y profundidad, pensamiento y silencio, mente y alma.


“Muchas olas la empujan a la orilla; un océano la sostiene en la profundidad.”




sábado, 23 de agosto de 2025

"La caja nunca queda vacía": la magia de un cumpleaños sin edad, donde los recuerdos, la complicidad y la ternura se celebran más allá del tiempo. Un homenaje a miradas, sonrisas y memorias que nunca se apagan.


“Un cumpleaños sin edad, celebrado en la memoria.”


Introducción

Hoy desperté con esa sensación extraña de que el tiempo me guiñaba un ojo. No sé si es nostalgia o ternura, pero hay días —como este— en que la memoria tiene sabor a chocolate y a despedida suave. Me miro al espejo y reconozco las huellas que el amor y los años han dejado en mí: no me duelen; me pertenecen.
Quizá por eso, más que celebrar el paso del tiempo, celebro la persistencia de ciertos recuerdos, esas llamas pequeñas que no se apagan aunque el cuerpo cambie. Hay rostros que no se olvidan, miradas que siguen cumpliendo años dentro de uno. Y hoy, mientras acomodo palabras como si fueran bombones, te pienso… y sonrío.


¿Estás de cumpleaños?

¿Cuántos son?

No, no necesitas decirlo… tu cabello entrecano habla por ti.

También te delatan esas líneas finas en tus ojos y en tu boca, que han guardado la picardía de tus miradas, la chispa traviesa de tus sonrisas.

¿Cuántos serán? Los suficientes, seguro, como para haber aprendido a amar sin prisa y, aun así, con la locura intacta; con la calma sabia de quien entiende que el deseo también sabe esperar.

Hoy te ofrezco una caja de bombones: uno por cada instante de aquellas miradas fugaces que nos incendiaban antes de conocernos, de esas que ardían como brasas y dejaban su huella secreta en la piel del pensamiento.

Y aunque el fuego se haya aquietado con el tiempo, la caja nunca quedará vacía: guardará —siempre— la exquisitez de lo que no fue y la dulzura serena de lo que ahora es:

una complicidad de piel invisible, donde las miradas ya no queman, pero siguen rozando el aire como cenizas tibias, entrelazadas en un humo secreto que nunca se disipa… como un cumpleaños sin edad, celebrado siempre en la memoria.


Epílogo

No hay regalo más valioso que la complicidad que sobrevive al tiempo. Esa que no necesita gestos grandilocuentes, porque se reconoce en un silencio compartido, en una sonrisa que llega sin aviso.

Hoy guardo esta caja —llena de memorias, de deseo quieto, de cariño maduro— como quien guarda un secreto que ya no pesa, sino que acompaña.
La caja nunca queda vacía porque en ella vive todo lo que fuimos, lo que seguimos siendo, y esa ternura serena que ya no quema… pero todavía ilumina.
Y mientras soplo las velas invisibles de este cumpleaños sin edad, me descubro agradecida: por el amor, por el tiempo, y por ti, que aún habitas en la dulzura de mi recuerdo.


“Las miradas envejecen; la complicidad, jamás.”




viernes, 22 de agosto de 2025

"Ahora y siempre, por los siglos de los siglos": Reflexión literaria sobre la vida, la ciencia y la espiritualidad.

 
"Un viaje eterno entre ciencia y fe, donde cada palabra es un susurro del alma que trasciende los siglos."

  Prólogo

No todos escuchan el murmullo.
No porque no exista, sino porque no siempre se manifiesta como una voz. A veces llega como un estremecimiento leve, un ajuste imperceptible en el pulso. Otras, como una certeza sin palabras que no encuentra dónde asentarse.

Hay quienes lo llaman intuición, fe, curiosidad persistente. El murmullo no discute nombres. Solo aparece cuando alguien se detiene lo suficiente para percibirse vivo.

Esta es la historia de una noche.
De un hombre.
Y de aquello que lo acompaña desde antes de que supiera escucharse.


Cuento

La noche había caído sobre el observatorio con un silencio compacto, casi denso. Cada paso resonaba más de lo esperado, como si la bóveda amplificara cualquier intento de discreción.

Él caminó despacio. Aun así, el sonido de sus botas se propagó hacia arriba, golpeando la cúpula y devolviéndose desde lo alto, como una respuesta tardía. Sonrió apenas. Siempre le ocurría lo mismo allí: creía moverse con ligereza y el lugar le recordaba que tenía peso, huesos, respiración.

Se llamaba Galileo.

No por casualidad.

Su padre había sido físico; su madre, profesora de matemáticas. Nunca hablaron de destinos, pero eligieron ese nombre como quien deja una semilla en la tierra adecuada. Galileo creció entre libros subrayados, cuadernos llenos de fórmulas y conversaciones donde el asombro era cotidiano. La ciencia no fue una elección consciente: fue el idioma de su casa.

A veces se preguntaba si realmente había decidido algo en su vida.

Se detuvo frente a la baranda metálica. El frío se le pegó a las manos de inmediato y comenzó a ascender lentamente, como una corriente helada que buscara abrirse paso hasta los pensamientos. Las mejillas se le enrojecieron. Inspiró hondo.

—Siempre igual —pensó—. El cuerpo primero.

Y entonces, sin aviso, apareció el murmullo.

No entró por los oídos.
Entró por la piel.

Los vellos de sus brazos se erizaron de golpe. No fue miedo. Fue reconocimiento. Una sensación íntima y profunda, como si algo lo hubiese llamado por dentro y él hubiese respondido sin saber cómo.

Cerró los ojos.

El murmullo se acomodó en el pecho, acompasándose con la respiración. No decía nada, pero estaba lleno de sentido. Como el rumor del agua cuando corre bajo tierra, invisible y persistente.

—Claro… —se dijo en silencio—. Tenías que venir ahora.

Se apoyó con más peso sobre la baranda. El metal vibró apenas. No provenía de la estructura. Provenía de él.

El aire olía a polvo envejecido y a electricidad. Al exhalar, su aliento se volvió visible por un segundo y luego se disipó.

—Así desaparecemos —pensó—. Así de simple.

Pero el murmullo no hablaba de desapariciones. Hablaba de continuidad.

A veces surgía en noches como esa, cuando el silencio parecía tener densidad propia. Otras, en medio de una lectura científica que, sin razón aparente, lo dejaba con un nudo en la garganta. Nunca entendió por qué algunos insistían en separar ciencia y fe. Para él, siempre habían sido dos formas de asombro, dos maneras de inclinarse ante lo real.

Abrió los ojos.

—¿Creíste que elegiste este camino? —se preguntó—. ¿O solo seguiste lo que ya estaba trazado?

La pregunta no le incomodó. Le resultó familiar.

Mientras permanecía allí, algo comenzó a desplazarse dentro de él. El metal bajo sus dedos dejó de ser solo metal. Se volvió piedra pulida por generaciones de manos. El vidrio del telescopio ya no fue solo vidrio: era superficie de lectura, umbral, invitación.

El tiempo dejó de sentirse lineal.

Un estremecimiento le recorrió la espalda. No vio imágenes nítidas, pero reconoció presencias.

El asombro meticuloso de Galileo —el otro— al contar estrellas sin perder la reverencia. El rigor sereno de Hipatia, convencida de que pensar también era un acto de amor. La curiosidad incansable de Leonardo, trazando conexiones donde otros solo veían fragmentos dispersos.

No eran visiones.
Eran resonancias.

El murmullo se volvió más intenso, como si encontrara mejor acomodo.

Pensó entonces en Francis Collins.

Recordó la primera vez que leyó sobre el genoma humano descrito como un lenguaje. No como una metáfora poética, sino como una afirmación científica cargada de respeto. Cuatro letras. Combinaciones casi infinitas. La vida escribiéndose a sí misma con paciencia.

Las cadenas de ADN aparecieron en su mente no como esquemas, sino como danzas diminutas. Cada célula portando una historia completa. Cada cuerpo, una biblioteca silenciosa.

—Si esto es azar —murmuró—, es el azar más hermoso que existe.

Sintió que algo se le humedecía detrás de los ojos. No lloró. Solo respiró más lento.

Comprendió que sin ciencia, la fe se empobrece, se vuelve frágil ante el miedo. Y que sin fe —no como dogma, sino como capacidad de asombro— la ciencia pierde belleza, se vuelve incapaz de reconocer su propia hondura.

No eran contrarias. Se necesitaban.

El murmullo no lo afirmó. No hacía falta.

No necesitaba templos ni fórmulas inmutables. Dios estaba allí: en el frío que le ardía en las manos, en el peso exacto de su cuerpo, en el latido constante que no pedía permiso.

Había visto cómo el temor había endurecido creencias. Cómo, en nombre de la fe, se había apagado demasiada luz. Él ya no temía.

Cada instante de conciencia era una puerta entreabierta.
Cada vida, una oportunidad de aprender algo que no cabía solo en la mente.

La idea de la reencarnación no llegó como revelación grandiosa. Llegó como comprensión serena: continuidad. Como cambiar de escenario en una obra extensa. La sabiduría no se acumulaba; se encarnaba.

Bajo la cúpula, con el sonido amortiguado de sus propios pasos, supo que no estaba solo. Nunca lo había estado.

Mientras el corazón siguiera latiendo, seguiría creyendo. No por herencia, no por obligación. Por experiencia.

Allí, con el frío subiéndole por las manos y el murmullo sosteniéndolo por dentro, Galileo supo que todo lo que era pertenecía a Él. Y que él, en Él, seguía aprendiendo.

El curso continuaba.
La claridad no se extinguía.
El murmullo persistía.


Epílogo

Ahora lo sabía: no hay final, solo tránsito.

La muerte no era un cierre, sino una pausa breve en la respiración del universo. Caminaba con ciencia en la fe y fe en la ciencia, porque ambas necesitaban del asombro para mantenerse vivas.

Cuando abandonó el observatorio, el cielo comenzaba a aclarar. El murmullo seguía allí, sin palabras, acompañándolo.

En él se descubría humano y perdurable a la vez.
Aprendiendo.
Escuchando.

Ahora y siempre, por los siglos de los siglos.


Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

viernes, 15 de agosto de 2025

"El Discurso del Polvo": Un texto filosófico y poético sobre el ego, la soberbia del lenguaje y la pérdida de la esencia humana. Entre : Qué eres, y quién eres.

“Grandeza proclamada, esencia olvidada.”


Introducción: La voz que se olvida de sí misma

Hay palabras que nacen para elevar, y otras que, al pronunciarse, nos condenan al olvido.
El hombre, en su deseo de eternidad, suele confundir la altura con el vacío. Se sube sobre sí mismo como si fuera una montaña, sin notar que cada peldaño lo aleja un poco más de su esencia.
Hay discursos que no buscan verdad, sino dominio; no comunican, sino que imponen. Y así, entre la soberbia de la voz y el silencio del alma, la humanidad se va borrando.
A veces, solo el polvo —ese humilde testigo de todo lo que fue— guarda memoria de lo que fuimos antes de creernos dioses.


Subió a la piedra más alta del valle, allí donde el viento no tenía dirección y el cielo parecía inclinarse para escuchar. Iba cubierto de palabras, desnudo de sí mismo. No llevaba nombre, pero creía tener un título: hombre. Habló.

—Yo soy la cumbre del pensamiento. La joya tallada por siglos. El que nombra las cosas y, al nombrarlas, las hace existir.

Su voz no era voz, sino martillo. Quería construir un monumento con ella, uno que lo alzara por encima de la hierba, del sol, de la vida misma.

—He conquistado montañas, domado bestias, dado forma a los dioses. Soy la medida de lo que vale ser.

A cada palabra, se alejaba un poco más del silencio que lo habitaba. El qué soy se inflaba como una máscara de humo; el quién soy retrocedía, herido, hasta disolverse entre las costillas.

Y entonces comenzó. Su sombra, alargada por la tarde, se encogió. Se recogió a sus pies, se le metió en los ojos, y por último se escondió en su pecho, como un niño asustado.

—Soy eterno —gritó, aunque su voz ya no resonaba. No porque faltara aire, sino porque ya no había verdad que la sostuviera.

El paisaje se expandía. Los árboles alzaban sus troncos como columnas infinitas; las piedras, en su silencio mineral, lo miraban con una paciencia que dolía. El cielo se abría como una herida vieja, dejando caer una lluvia de estrellas indiferentes. Y él, empequeñecía. No su cuerpo, sino su esencia. A fuerza de proclamarse algo, dejó de ser alguien.

Seguía hablando, pero sus palabras se deshacían antes de tocar el mundo. Había olvidado que no se es por lo que se dice, sino por lo que se guarda. Y no quedaba ya nada dentro. Solo eco. Hasta que fue apenas un punto. Un grano de polvo suspendido en el aliento del universo. Nadie aplaudió. Nadie lloró. Solo una brisa lo arrastró hacia un rincón del tiempo, donde otras partículas olvidadas danzaban sin rostro, sin nombre, sin historia. Y allí flotó, diminuto, invisible, repitiendo en voz muda lo que fue su grandeza. Pero ya no quedaba nadie. Ni siquiera él.


Epílogo: El eco de lo que nunca fuimos

Dicen que el universo no recuerda nombres, solo vibraciones.
Y tal vez por eso, quienes hablaron más fuerte son los primeros en desvanecerse.
El hombre que creyó ser cumbre terminó siendo brisa; el que quiso nombrarlo todo, acabó sin nombre.
Porque no es la voz la que nos define, sino el silencio que dejamos después de hablar.
Y cuando el polvo vuelve al polvo, lo único que perdura es la verdad que nunca se dijo:
que ninguna grandeza es real si olvida su origen humilde.


“A fuerza de proclamarse algo, dejó de ser alguien.”




viernes, 1 de agosto de 2025

"Las manos del artista y su obra": Una reflexión sobre la vida, el destino y la guía divina. Aprendiendo a abrazar las sombras y celebrar cada paso del camino.


La vida es un flujo constante; la escultura nunca es definitiva.” —Marco Aurelio


Prólogo

Tal vez resulte llamativo comenzar estas reflexiones desde una mirada diferente. No porque pretenda contradecir a los grandes pensadores que han explorado el misterio del destino, sino porque deseo compartir, con sencillez, aquello que la vida misma me ha enseñado. Arthur Schopenhauer escribió que “el destino reparte las cartas, y nosotros jugamos”, y durante mucho tiempo esas palabras resonaron en mí como una verdad incuestionable.

Sin embargo, hoy, desde mi propia experiencia —humana, frágil, hecha de carne, hueso, agua y aliento— he llegado a percibir algo distinto. Como todos nosotros, provengo del mismo barro efímero animado por una chispa divina, sostenida por esa razón viva que nos impulsa a buscar sentido. Y desde ese lugar, sin pretensión ni desafío, me permito expresar otra certeza: nosotros echamos las cartas, pero es Dios quien hace la jugada.


Comienzo desde ahí porque ese “ahí” contiene tanto el origen como el destino de todo lo que somos. No es una afirmación nacida del capricho ni de la rebeldía intelectual, sino de la experiencia vivida, de la conciencia que se forma al observar la propia historia con honestidad y profundidad. Es una convicción que se ha ido revelando con el tiempo, en silencio, como lo hacen las verdades que no necesitan imponerse para ser comprendidas.

Desde ese lugar de reconocimiento y entrega, comienzo a mirar mi vida, mis pasos, mis sueños… y la obra que juntos —Dios y yo— vamos esculpiendo.

Me encuentro sentada en un lugar alto de Madrid. La observo, la siento lejos e inmensa, como lo que es: el gran escenario de mi vida, compleja y rica, tanto como las emociones que batallan dentro de mí.

Cuando nuestro mundo es grande, la vista es panorámica. Pero cuando nuestro mundo se vuelve pequeño, los detalles nos desbordan:
—¿Qué hago yo aquí, en la tierra de mis ancestros, pero extranjera para mí?

Mil preguntas como esa rayan mi mente. Bajo la cabeza. Desvío mi mirada hacia mi interior. Brotan de mis ojos lágrimas a su albedrío, sin control, como reos que se fugan de la más cruel de las cárceles: ¡la verdad!

Una verdad que duele y sacude… nuestro destino no está completamente en nuestras manos, aunque creemos moldearlo a voluntad. Escogemos piedras, imaginamos formas, planeamos caminos… y aun así, la vida nos sorprende. Surge entonces una sonrisa inesperada, casi irónica, que recorre mi rostro y deja un surco por donde se deslizan las lágrimas. Todo eso se diluye, se mezcla con lo efímero y se pierde en el océano de la memoria, como si nunca hubiera sido mío para retenerlo.

Mientras reflexionaba sobre estas emociones, comprendí que la pregunta que me perseguía no era solo mía: ¿estamos realmente al mando de nuestro destino o hay una fuerza mayor que guía nuestros pasos incluso cuando creemos tomar decisiones? Quizá ustedes también se hayan detenido ante esa inquietud, y en ella hallamos un primer paso hacia la comprensión.

Esa búsqueda trae de vuelta a mi memoria todas aquellas palabras sagradas y plegarias, repetidas día a día en los santos lugares donde transcurrió mi infancia y juventud. Las que me moldearon humana, como si fuese de barro secado por aquel aliento divino, origen del todo; las que encendieron mi alma como chispa sobre papel seco de toda banalidad.

También vienen a mi mente las voces de filósofos y pensadores. Todas al mismo tiempo: palabras y plegarias se fusionan. Se vuelven una, se convierten en mi propia voz. Miro hacia atrás. Me veo de pie, esculpiendo las piedras que encuentro en el camino o moldeando el barro según mi diseño de vida, persiguiendo mis sueños, solo para verlos desbaratados con la última cincelada, en el último giro del torno…

Descubro entonces que no son mis manos las que culminan la obra: son las de Dios. Y así, desbaratadas, son la obra perfecta. Dirigen mis pasos a otra dirección. Me ubican en el presente: el futuro del ayer, el pasado del mañana. En tiempo, forma y espacio… ¡Él es el artista de mi vida como obra!

El azar no existe: yo echo las cartas, pero ¡Él hace la jugada!
Abrazo la vida tal como viene, con sus grietas, luces y sombras, con toda mi fuerza interior… llevándola a donde me indique la fuerza suprema. Con humildad, sin resistencia. Con plena conciencia y voluntad en ello. Sí, como lo dijo Jeremías: “Señor, yo sé que el camino del hombre no está en sí mismo; no es del hombre dirigir sus pasos.”


Epílogo

Al llegar al final de estas reflexiones, comprendo que mi vida entera ha sido un taller silencioso donde las manos de Dios y las mías trabajan juntas. Yo pongo la intención, el deseo, la forma inicial… pero es Él quien da sentido, equilibrio y destino a cada trazo.

He dejado de luchar contra lo que no entiendo. Acepto las grietas, los quiebres, las sombras, porque también ellas forman parte de la obra. Cada error, cada demora, cada vuelta inesperada tiene su lugar y su propósito. He aprendido que no se trata de controlar el resultado, sino de entregarme al proceso, confiando en que cada fragmento cumple su función en la armonía del todo.

Hoy miro mis manos y las reconozco humildes, imperfectas, pero bendecidas por el toque del verdadero Creador. Y en ese instante, sé que la escultura de mi vida —aunque incompleta— ya es perfecta, porque en ella habita Su huella, invisible pero concreta, silenciosa pero firme.

Sé que el camino continúa, que cada día trae nuevas piedras, nuevos giros, nuevos desafíos. Pero ahora lo camino con confianza, con amor y aceptación. Mi mirada ya no está puesta solo en lo que intento moldear, sino también en la danza de lo divino que guía, corrige y completa mi obra.

Y así, con gratitud y serenidad, cierro estas líneas, consciente de que la vida no es un destino que debamos conquistar, sino un lienzo que se despliega ante nosotros, donde la acción humana y la mano de Dios se entrelazan en perfecta armonía.


“Amor fati: que tu amor sea el amor al destino.” —Friedrich Nietzsche

domingo, 27 de julio de 2025

"LA TREGUA DEL ANDÉN": Un relato sobre dos creencias enfrentadas que se reconocen en lo esencial. Fe, humanidad y paz en un mundo herido por la guerra y la intolerancia.


“El milagro no es que coincidieran; es que supieron reconocerse.”


Hay encuentros que no buscan el azar, sino el propósito.

Cuando el mundo parece haberse cansado de la compasión y las religiones se convierten en estandartes de guerra, todavía existe un punto —un andén, una lluvia, un silencio— donde los opuestos se reconocen como iguales.
A veces, no es la palabra la que redime, sino la mirada limpia que sobrevive a los siglos de intolerancia.
Y es ahí, justo en esa grieta donde el odio se agrieta, donde Dios —o como cada uno lo nombre— vuelve a hacerse presente.


La ciudad estaba herida, de muerte. Sus calles olían a humo y ceniza, a sangre fresca y ennegrecida, derramadas al azar, sin propósito. Los templos derruidos, mercados desabastecidos, y los hospitales abarrotados de cuerpos -inertes y fríos- susurraban los nombres de los caídos… víctimas de guerras nacidas de diferencias aparentes.

La humanidad se movía como sombra de sí misma, perdiéndose en la penumbra.

En un andén solitario -de un territorio distinto al devastado por los conflictos de la fe y de la razón- bajo una lluvia que caía como lágrimas de lo divino, se encontraron dos figuras. Una vestía un hábito oscuro, modesto, que hablaba de siglos de monacato y plegarias que se desvanecían entre la luz y la oscuridad. La otra llevaba una túnica clara, bordada con símbolos antiguos que reflejaban una luz serena, imposible en un mundo tan quebrado. Hecho añicos, pulverizado.

Al principio, simularon ignorarse.  Las bocas silenciadas hablaban a través de los ojos: murmuraban reproches, sentenciaban culpabilidad. La mirada del hábito oscuro llevaba la memoria de muertes y rumores que alimentaban el miedo. La túnica clara cargaba la memoria de sus caídos y la culpa de quienes confundían la fe con violencia. Entre ambos flotaba un abismo de prejuicio. Profundo. Irracional, tanto como los escombros que dejan la guerra.

Pero mientras la lluvia caía, como río que lava cenizas, algo comenzó a moverse en la quietud. El monje oscuro pensó en la fragilidad humana, en cómo el miedo y la ignorancia habían alimentado tanto sufrimiento, y en cómo cada acto de devoción auténtica permanecía intacto entre la ruina. Comprendió que Dios no se encontraba en la venganza ni en la guerra, sino en la misericordia que aún podía nacer en los corazones.

La figura de la túnica clara meditaba sobre su fe, consciente de los extremos que habían oscurecido su nombre. Recordó que la mayoría de los suyos no buscaba guerra ni muerte; sus manos solo conocían oración, cuidado y compasión. Comprendió que los fanáticos no eran la esencia de la fe, sino sombras pasajeras que el odio había exaltado

La diferencia de hábitos y símbolos empezó a desvanecerse como barrera. Quedaron desnudos, expuestos: la verdadera devoción se encuentra en la apertura de la mente y del corazón; de la aceptación y compasión hacia el otro, pese a sus diferencias.

La lluvia persistía, con más fuerza. Se volvió torrente. El aire se llenó de metáforas vivas. Cada gota arrastraba el fuego de combates pasados. Purificaba la tierra con heridas abiertas por la violencia, llevándose consigo el rencor y la desconfianza. Ambos percibieron que la guerra, por un instante, se desleía en el aire, como la tinta en el agua.

El tren apareció entre el vapor y la luz gris, sus ruedas resonando como tambores que anunciaban un camino compartido. Antes de subir, se inclinaron uno ante otro. Fue un gesto muy sutil, como una reverencia visual, solo perceptible entre ellos. No era reconocimiento de la fe del otro, sino de la humanidad común: un gesto que podía ser la semilla de la tregua, del cese de una guerra tonta y despiadada que los necios habían desatado por diferencias no esenciales al ser humano

Y en un instante suspendido, uno de ellos pensó:

“¿Ha sido este un encuentro fortuito, o fue Dios quien, en su infinita misericordia, nos hizo coincidir aquí, en este andén marcado por lluvia y la mudez de la intolerancia, para recordarnos que la luz puede vencer al fuego de la violencia, incluso, las sombras de la ignorancia?”

Continuaba el aguacero. Bajo ese cielo afligido, dos seres diferentes descubrieron que podían ser uno en lo esencial: en la fe en un Dios -lo llamen como lo llamen-, en la capacidad de perdonar y en el coraje de construir paz incluso en medio de las diferencias. La ira de la guerra comenzó a apaciguarse en sus corazones, y con ello, la certeza de que incluso en la desesperanza, un encuentro fortuito —o tal vez divino— podía encender la chispa de la reconciliación.


Dicen que la tregua duró solo lo que duró la lluvia. Quizá fue así. Pero mientras el agua caía, los símbolos se disolvieron, las culpas se callaron y la humanidad, por un instante, volvió a respirar. El tren partió y con él se fue también la guerra —no del todo, pero un poco—, dejando atrás la certeza de que ningún dogma vale más que una vida. Y que, a veces, la fe más pura no se profesa: se reconoce en el otro, bajo la lluvia, en el silencio… en el milagro de coincidir.

viernes, 18 de julio de 2025

"SENDEROS DE GRAFITO": Un ensayo poético sobre la vida como dibujo: errores, tachones y trazos de grafito que construyen una obra imperfecta, auténtica y profundamente humana.

 

"Porque cada error, cada mancha y cada tachón también forman parte de la obra.”


Dedicatoria

A quienes, aun con el pulso tembloroso, se atreven a sostener el lápiz y dibujar su historia y, sin saberlo, trazan las obras más auténticas.


El trazo invisible del alma

Hay quienes escriben con tinta indeleble, creyendo que así evitarán el olvido.
Yo prefiero el grafito: humilde, maleable, efímero.
Porque el lápiz —como la vida— permite borrar, corregir, volver a intentar.
El papel, paciente, recibe sin juicio cada línea, cada sombra, cada duda.
Y así, entre errores y aciertos, vamos dejando constancia de nuestro paso:
no como artistas perfectos, sino como aprendices del tiempo, dibujando el alma con cada trazo.


El dibujo de la memoria

Desde que aprendí a sostener un lápiz descubrí que el papel podía guardar mis secretos, mis dibujos y mis sueños. Escribir y dibujar siempre ha sido mi refugio, mi alegría, mi manera de existir.

Una vez, la maestra me dijo que una línea era una sucesión de puntos. Aquella definición retumbó en mi cabeza durante años, al grado de que llegué a desear tener una súper visión para poder verlos. Me preguntaba si esos puntos eran obstáculos en el plano de la hoja que debía sortear, o si, por el contrario, los espacios en blanco —entre punto y punto— eran abismos que salvar.


El trazo del tiempo

Con el tiempo, ese murmullo se fue apagando, igual que mis preguntas. Ahora, que mis párpados pesan y mi vista se ha vuelto frágil, puedo ver —con absoluta claridad— esa sucesión de puntos.

Solo debo hacer una pausa.
Detenerme.
Volver la mirada hacia atrás.

Entonces descubro que mi vida no ha sido una línea recta, sino un cuaderno entero.

En algunas páginas tracé senderos; en otras dibujé sonrisas sobre llantos tachados. Hubo nombres que escribí en mayúsculas, como si temiera olvidarlos, y sueños que destaqué en negrillas para convencerme de que aún podían cumplirse.

También dejé cosas al margen: instantes perdidos, caricias apenas calcadas, proyectos rayados con frustración. Algunas dudas quedaron atrapadas entre signos de interrogación; ciertas alegrías, en cambio, estallaron entre admiraciones.

Con el tiempo aprendí a encerrar en círculos lo esencial y a dejar en puntos suspensivos aquello que nunca supe terminar del todo.

Y entre tantos trazos, entre tantas correcciones, quedaron también los párrafos en blanco:
esos silencios necesarios que sostienen la historia, aunque no digan nada.

Todo, simplemente, rayando líneas con mi lápiz sobre un papel.


Los errores que también son belleza

Y sí, si te lo preguntas, ¡esa línea no siempre fue recta ni firme!
Muchas veces tuve que corregir: borrar, tachar, rehacer.
El folio quedó manchado, rasgado, arrugado… propio de quien no sabe hacer bien sus tareas desde la primera vez.

Pero incluso así, cada trazo cuenta.
Porque, aunque el papel esté imperfecto, sigue siendo mío:
una obra única, marcada de errores y aciertos.

Una obra que, al final, no es otra cosa que la vida.


La obra continúa

Dicen que el grafito se borra, pero en verdad nunca desaparece del todo: queda su sombra, su rastro leve, su memoria.

Así también nuestra historia: aunque la vida nos obligue a corregir, aunque el tiempo arrugue el papel, nada de lo vivido se extingue.

Cada error deja enseñanza,
cada tachón revela intento,
cada pausa respira significado.

Porque vivir no es lograr una obra perfecta,
sino atreverse a dibujarla.


“No existe tachón que borre lo vivido”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel


viernes, 11 de julio de 2025

"JUSTICIA DIVINA": Una reflexión intensa sobre la injusticia, la decadencia moral y la justicia divina. Un llamado a despertar conciencias en tiempos de oscuridad.

Un letrero de color negro

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"El infierno está vacío; todos los demonios están aquí."

William Shakespeare, La tempestad


Introducción: Para despertar conciencias dormidas

Hay palabras que no buscan convencer, sino estremecer.
Este texto fue escrito para ser leído en voz alta,
para resonar en los rincones del alma,
para despertar las conciencias que se durmieron ante la injusticia,
la apatía, la indiferencia.

Vivimos tiempos donde el bien parece desvanecerse,
donde la oscuridad se disfraza de progreso
y la piedad se confunde con debilidad.

Por eso esta reflexión no es solo un reclamo:
es un llamado a recordar que la Justicia Divina no olvida,
que el alma del mundo aún pesa en la balanza del cielo.


La humanidad de espaldas a la luz

Hay tiempos…
—sí, tiempos—
en que la humanidad camina de espaldas a la luz.

Uno mira alrededor
y ve un mundo lleno de seres que eligen,
con plena conciencia o con absoluta ceguera,
el egoísmo, la crueldad, la miseria.

Y entonces la pregunta inquieta:
¿Cuánta injusticia puede soportar la tierra antes de que la balanza se incline?


Los pecados del hombre

Los que copulan por lujuria,
con irresponsabilidad absoluta,
traen hijos al mundo
para dejarlos tirados en la calle
como animales sin dueño.

Los que obtienen poder para gobernar ¡y no gobiernan!
Lo convierten en látigo,
y al pueblo lo hunden en miedo,
en ignorancia,
en miseria.

Quienes cargan con autoridad
la dejan oxidarse,
permitiendo injusticia,
impunidad.


La decadencia moral

Están los que deshonran a sus familias.
Los que recorren el mundo entero
sin visitar jamás su mente,
ni su alma.

Los que atesoran cifras,
cifras y más cifras en sus cuentas bancarias,
incapaces de soltar un solo excedente al bien común.

Los que dañan sin causa,
roban al pobre para enriquecer al poderoso,
devoran como bestias,
y tiran alimento al basurero.


La violencia y el olvido

Otros violan a los vulnerables,
fabrican armas para encender guerras,
levantan ejércitos de soldados,
en lugar de educar ciudadanos.

Y están los necios…
sí, esos necios,
que hacen esto o aquello
sin conciencia,
sin remordimiento,
viviendo apenas según sus caprichos,
según sus intereses.


La inversión de los valores

Cambian la luz por la oscuridad,
la paz por la guerra,
la riqueza por la pobreza,
la educación por la ignorancia,
la belleza por la fealdad,
lo simple por lo complicado,
la libertad por la esclavitud…
cambian el bien por el mal.

¡Pobres y simples tontos!


El límite de la misericordia

¿Será acaso que el Dios misericordioso,
por un “estoy arrepentido” susurrado —entre dientes— justo antes de la muerte,
dará perdón?

¡Quiero, necesito creer que no!

Puede que al final se apiade,
sí, puede que sí.
Lo aceptaría.
Pero primero deberían recibir escarmiento:
una larga,
penosa,
desgarradora estancia en el purgatorio,
y también en el infierno.

Eso no les vendría mal.
Ni a ellos…
ni a la fe que profeso.


La esperanza del equilibrio

Ajustar cuentas,
pagarlas,
pagar hasta la última deuda,
a manera de rehabilitación.

Esa esperanza,
la de la justicia divina,
es la que me disuade de tomar la ley en mis manos.

Esa legítima ley
que me anima a hacer mi parte,
a tratar de equilibrar la balanza,
a eliminar de las estadísticas
a tantos tontos
que siembran caos,
que devastan pueblos,
que destrozan vidas.

¡Justicia, sí!
Divina, eterna, necesaria.


Epílogo: La balanza del cielo

Y así es.

Porque la justicia humana se cansa, se corrompe o se distrae,
pero la divina no olvida,
no se compra,
no se negocia.

Cada acto, palabra o silencio
tiene su eco en la eternidad.
La balanza del cielo no se desequilibra:
solo espera.

Quien ha hecho el mal tendrá su noche,
y quien ha sembrado bien, su amanecer.

Por eso, más que clamar castigo,
clamo conciencia.
Que el alma despierte,
que la voz del bien no se calle,
que el fuego de la justicia siga ardiendo
hasta purificar el mundo.

Porque la justicia divina no destruye:
revela. Corrige. Restituye.
Y en esa restitución,
reside la esperanza de todos.

“La injusticia, en cualquier parte, es una amenaza a la justicia en todas partes.”
— Martin Luther King Jr.