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martes, 17 de febrero de 2026

"La hoguera de mi alma": Un texto poético sobre palabras que despiertan emociones en quien las lee, tejidas desde un corazón que las siente.

 

“A veces alguien nos lee… y por un instante deja de sentirse solo.”


Prólogo

Hay lectores que no solo leen: reconocen.
Y a veces basta una mirada invisible, al otro lado de las palabras, para encender un fuego nuevo. Este texto nace de ese instante en el que alguien se detiene, cierra el ruido del mundo y encuentra algo propio en lo que otro escribió.


En el calor de la hoguera de mi alma escribo. El fuego crepita despacio, y mientras las llamas se alargan y se repliegan como si respiraran, pienso y me pregunto si estos trazos, enviados casi al azar, encontrarán en su recorrido algún rumbo. Si llegarán a tener sentido —y a ser sentidos— por alguien, o si terminarán disolviéndose como el humo de las ilusiones, elevándose apenas un instante antes de perderse en la oscuridad de la noche.

Escribir es un acto de entrega profunda, pero también serena. Es dejar palabras suspendidas en el aire, como quien suelta algo valioso sin saber quién lo recogerá. Sin certezas. Sin destino. Con la única esperanza de que, en algún lugar, alguien las lea y, al hacerlo, reconozca algo propio latiendo entre las líneas.

Porque hay algo profundamente misterioso en el acto de leer.

No en el gesto simple de pasar los ojos por una pantalla, sino en ese instante invisible en el que una palabra deja de entenderse y comienza a sentirse. Cuando el significado se disuelve y queda solo la emoción. Cuando el texto deja de ser ajeno y algo, sin pedir permiso, se mueve por dentro, como un recuerdo que despierta sin haber sido llamado.

A veces imagino los textos como pequeñas hogueras encendidas en mitad de la noche. No sé quién camina cerca. No sé quién llega cansado o quién tiene frío. Solo sé que el fuego existe, que su luz tiembla, y que siempre hay alguien que, aunque sea por un momento, se detiene a acercar las manos y a dejarse alcanzar por el calor.

Leer, quizá, sea eso: reconocer sin necesidad de ver. Encontrar una emoción conocida en la voz de alguien desconocido. Sentir que una frase llega justo cuando hacía falta, como si hubiera estado esperando en silencio el instante exacto para tocar.

Porque hay frases que no se leen con los ojos, sino con la piel. Frases que tienen el aroma suave de la memoria, que suenan a algo vivido hace tiempo, que se apoyan en el pecho y permanecen ahí un segundo más de lo necesario. Es reconocer algo propio en palabras que nunca fueron nuestras, y aun así sentirlas como si siempre nos hubieran pertenecido.

Yo no escribo para ser mirada. Escribo para que alguien se sienta acompañado en lo que siente. Para que, en mitad del ruido —o del silencio que a veces ensordece más que cualquier ruido—, una emoción despierte sin miedo. Y si alguien hace suyas mis palabras, no es un robo: es la prueba silenciosa de que llegaron a destino, de que encontraron un lugar donde quedarse.

Las palabras son un tesoro, y los tesoros no están hechos para esconderse. Están hechos para mostrarse sin temor, para compartirse con quien desee habitarlos. Porque cuando una palabra encuentra otro corazón, otra piel donde continuar latiendo, deja de pertenecer a quien la escribió y empieza a cobrar vida más allá de las manos que la trazaron.

Y entonces escribir deja de ser un acto solitario.
Se convierte en un fuego compartido.
En una luz pequeña que, sin saber cómo, alcanza a alguien al otro lado de la noche.


Epílogo

Quizá escribir y leer sean, al final, la misma cosa: dos silencios que se encuentran sin haberse buscado. Si alguna de estas palabras te acompañó un instante, entonces la hoguera sigue viva. Y mientras alguien lea y alguien sienta, las letras cumplen su propósito"


“Escribir deja de ser soledad cuando alguien siente lo mismo al otro lado.”

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

viernes, 14 de noviembre de 2025

"Carta a mí misma": Reflexión sobre autoconocimiento y espiritualidad: cuando escribir y hablarse a uno mismo se transforma en un diálogo sagrado con Dios y la propia esencia.


Introducción

Siempre he creído que hablarse a uno mismo no es un acto de ego, sino de supervivencia. Hay momentos en que el mundo se vuelve demasiado ruidoso, demasiado exigente, y uno corre el riesgo de perderse en la marea de opiniones, expectativas y apariencias. En esos instantes, descubrí que la manera más sincera de escucharse es volverse hacia adentro, abrir un espacio de verdad donde las palabras no son solo sonidos, sino puentes hacia la esencia de lo que somos. Esta carta es un testimonio de ese diálogo íntimo conmigo misma, de la búsqueda de presencia, fe y autenticidad en medio del caos.


 Querida Ana:

Te extraño mucho y quería contarte que, durante años, cuando el mundo se volvía insoportable, me refugiaba en el papel. No escribía por moda, ni por costumbre, ni por pretensión. Escribía porque necesitaba sobrevivirme.

Las hojas en blanco eran mis altares. Las palabras, mis ofrendas. El papel tenía esa virtud sagrada: no me interrumpía, no me corregía, no me devolvía una imagen distorsionada de lo que yo era. Me recibía rota, febril, incendiada, sin pedir explicaciones. Cada línea escrita era una forma de mantenerme viva, de no perderme entre las voces ajenas que intentaban moldearme. Vaciarme.

Pero los tiempos cambiaron.

No lo noté de inmediato. Fue algo gradual. Un desgaste que no gritaba, pero desgarraba. Las personas empezaron a volverse ruido. Impulsivo. Breve, pero abrupto, uno de esos que golpea el entendimiento dejándote sin conciencia. Las miradas ya no se posaban en el alma. Las palabras se pronunciaban, sí, pero ya no significaban. Todo se develaba con una claridad hiriente: se aplaudía lo bonito, no lo verdadero. Se valoraba la apariencia, no la presencia. Y la hipocresía, vieja reina de todos los tiempos, se coronaba una vez más bajo ropajes de cortesía.

Me aparté, abrazando la soledad. No por altivez. No por orgullo. La preferí antes que la compañía hueca. Esa que exige sonreír cuando el alma está rota. Esa que teme la profundidad como si doliera respirar hondo. Me cansé de disimular. De encoger mi voz para que no incomodara. Me cansé de disfrazar mi alma de quietud para que los demás no se asustaran con mi fuego, con mi pasión, esa que ardía en todo lo que significara vida.

Comencé a hablarme en soledad. No como si viera mi reflejo en un espejo, no. Sino como si mis ojos se volteasen y me viera hacia dentro, sin pudor que tapara los defectos.

Me hablé, no con palabras ligeras, sino con un lenguaje sagrado, antiguo, visceral. Me hablé como quien reza, como quien se confiesa, como quien llama a Dios sin saber que ya está ahí. Fue una rendición sin lágrimas. Una entrega absoluta. No me estaba huyendo. Me estaba buscando.

Dejé el papel atrás, sin traicionarlo. Ya no bastaba. Me era obsoleto. Algo en mí necesitaba otra forma de expresión, de diálogo. Algo más inmediato. Más interior. Más auténtico. Y sí, fue entonces cuando comprendí: al hablarme a mí misma, en realidad, solo buscaba hablar con Dios.

No el Dios aprendido.

No el temido.

El Dios vivido. Sentido.

El Dios que habita en el centro exacto de mi herida.

El que no se fue cuando todos se alejaron.

El que me acorazó cuando todos me acorralaban.

El que no exige lenguaje decorado, sino verdad cruda.

Dios, siempre Él.

Lo he buscado en templos, en personas, en causas. Pero lo encontré primero en el desgarro, en ese fondo al que se llega cuando todo afuera se vuelve caos. No lo vi en las multitudes, sino en espacios cóncavos. No lo sentí en los sermones, sino en el susurro que resuena cuando la mente se silencia.

Ahora sé que esta carta, querida mía, no es solo un texto. Es una plegaria atemporal. Un puente entre lo que fui cuando escribía con papel y lo que soy ahora que confieso al vacío, a esa ausencia de materia que me escucha. Porque este vacío no está vacío. Está lleno de presencia. De eco. De llama viva.

Este espacio —mi espacio— no reemplaza a nadie. Solo está cuando los otros no saben cómo. No es huida. Es supervivencia. Es intuición. Es fidelidad a la verdad que aún vive en mí. Esa que cree en el amor sin máscara, en la justicia que no negocia, en Dios que habita donde hay silencio, verdad y pasión.

Cada palabra que escribo en este nuevo tiempo es una vela encendida.

Un altar que no necesita iglesia. Un testimonio vivo de que, cuando me hablo desde las entrañas, cuando dejo caer el velo de lo social, cuando me escucho de verdad, Dios me habla. No como trueno, ni como revelación estruendosa. Sino como esa brisa suave que llega después de la tormenta. Como esa paz que no se puede explicar. Como ese susurro que, sin decir nada, lo dice todo.

Hoy escribo sin papel, pero con más alma que nunca. Y si alguien me pregunta por qué, le diré esto: Porque ya no busco ser entendida, solo ser fiel a lo que me habita.

Y lo que me habita es vida.

Es verdad.

Es Dios.

Y en las noches en que todo parece volver a quebrarse, cierro los ojos y me veo a mí misma, desnuda de mundo, vestida de luz, sentada frente al altar invisible de mi interior, donde la palabra no se escribe… ¡se ora!

Hasta siempre, mi querida Ana. Espero que, donde te encuentres, seas muy feliz. No perdamos el contacto. Mantengamos, vivo y fuerte, ese lazo de amor y fe que nos sostiene y nos anima a vivir con gracia y alegrías. Te mando un abrazo muy sentido, con profundo respeto y admiración.

Tuya, Ana.


Epílogo

Al terminar de escribir, siento que he cerrado un ciclo y abierto otro. Hablarme a mí misma no fue solo un ejercicio de introspección, sino un encuentro con lo sagrado que habita en lo más profundo de mi ser. Comprendí que la voz interna es un altar, que escucharla es rezar, y que cada confesión es un paso hacia la libertad y la fidelidad a lo que verdaderamente somos. Esta carta no termina aquí; es un recordatorio de que, aun cuando todo alrededor parece fragmentarse, siempre hay un espacio donde la verdad, la fe y la vida se mantienen vivas.


“Hablarme fue la forma más antigua de rezar.”






viernes, 12 de septiembre de 2025

"EL VUELO DEL AVE": Un ensayo poético sobre la escritura como acto de libertad absoluta, donde el alma se desnuda sin censura y encuentra su verdad en la palabra escrita.


“El alma desnuda se refleja en el papel.”


Introducción

Siempre he sentido que escribir es un acto de libertad absoluta, un espacio donde el alma puede desplegarse sin miedo ni ataduras. Cada palabra que nace en mí es como un ala que se abre al viento, un gesto de valentía y de verdad que me permite mirarme sin máscaras. Este texto es un homenaje a esa experiencia: a la escritura que me sostiene, me revela y me transforma, y que, como ave en pleno vuelo, me enseña a ser fiel a mí misma en cada trazo.


Cuando la mano agarra la pluma y se posa sobre el papel, es como ave que libremente surca los cielos, dándose el lujo de tomar descanso —planeando entre el susurro del viento—, porque hasta en el reposo sigue siendo vuelo, y hasta en la quietud late la libertad.

No hay quien la intimide, no hay quien la haga presa del miedo.

El conocimiento, los pensares y sentires fluyen suavemente, sin prisas, interrupciones ni censuras, fluyen como río secreto, fluyen como viento tibio, tal como se acaricia el cuerpo amado, ése por el que te desbordas en pasión, ése que arde, ése que enciende, ése que atrapa.

Amo la palabra escrita: es mirarse en el espejo sin maquillaje,
es mirarse y no huir, es mirarse y reconocerse,
exponiendo el alma desnuda a la luz que ilumina y a la oscuridad que desafía.

Se peca de pensamiento y verbo, mas no por acción u omisión.
Se peca, sí, de pensamiento; se peca, sí, de verbo.
No hay remordimientos ni arrepentimientos:
íntima confesión, absolución sin penitencia.

Sin par, poderosa, instintiva; despiadada a veces, clemente otras veces,
sea poesía, ciencia o ficción,
sea poesía que arde, ciencia que explica, ficción que redime,
pero siempre sin falsos pudores ni hipocresía,
por demás, hermosa… hermosa como ala abierta, hermosa como viento que canta.

¡Así es la palabra escrita!
¡Así, desnuda!
¡Así, invencible!
¡Así, libre, sin censura!


Epílogo

Al terminar de escribir, comprendo que la palabra escrita no es solo un registro de lo que pienso o siento: es un espejo del alma, un cielo que se abre dentro de mí y que nunca se agota. Cada letra, cada verso, cada línea me recuerda que la libertad se encuentra en la entrega plena, sin censuras ni expectativas, y que, mientras haya pluma y papel, siempre habrá un espacio donde mi espíritu pueda volar, desnudo, verdadero e invencible en su honestidad.


"En la escritura, el alma encuentra su cielo."


viernes, 18 de julio de 2025

"SENDEROS DE GRAFITO": Un ensayo poético sobre la vida como dibujo: errores, tachones y trazos de grafito que construyen una obra imperfecta, auténtica y profundamente humana.

 

"Porque cada error, cada mancha y cada tachón también forman parte de la obra.”


Dedicatoria

A quienes, aun con el pulso tembloroso, se atreven a sostener el lápiz y dibujar su historia y, sin saberlo, trazan las obras más auténticas.


El trazo invisible del alma

Hay quienes escriben con tinta indeleble, creyendo que así evitarán el olvido.
Yo prefiero el grafito: humilde, maleable, efímero.
Porque el lápiz —como la vida— permite borrar, corregir, volver a intentar.
El papel, paciente, recibe sin juicio cada línea, cada sombra, cada duda.
Y así, entre errores y aciertos, vamos dejando constancia de nuestro paso:
no como artistas perfectos, sino como aprendices del tiempo, dibujando el alma con cada trazo.


El dibujo de la memoria

Desde que aprendí a sostener un lápiz descubrí que el papel podía guardar mis secretos, mis dibujos y mis sueños. Escribir y dibujar siempre ha sido mi refugio, mi alegría, mi manera de existir.

Una vez, la maestra me dijo que una línea era una sucesión de puntos. Aquella definición retumbó en mi cabeza durante años, al grado de que llegué a desear tener una súper visión para poder verlos. Me preguntaba si esos puntos eran obstáculos en el plano de la hoja que debía sortear, o si, por el contrario, los espacios en blanco —entre punto y punto— eran abismos que salvar.


El trazo del tiempo

Con el tiempo, ese murmullo se fue apagando, igual que mis preguntas. Ahora, que mis párpados pesan y mi vista se ha vuelto frágil, puedo ver —con absoluta claridad— esa sucesión de puntos.

Solo debo hacer una pausa.
Detenerme.
Volver la mirada hacia atrás.

Entonces descubro que mi vida no ha sido una línea recta, sino un cuaderno entero.

En algunas páginas tracé senderos; en otras dibujé sonrisas sobre llantos tachados. Hubo nombres que escribí en mayúsculas, como si temiera olvidarlos, y sueños que destaqué en negrillas para convencerme de que aún podían cumplirse.

También dejé cosas al margen: instantes perdidos, caricias apenas calcadas, proyectos rayados con frustración. Algunas dudas quedaron atrapadas entre signos de interrogación; ciertas alegrías, en cambio, estallaron entre admiraciones.

Con el tiempo aprendí a encerrar en círculos lo esencial y a dejar en puntos suspensivos aquello que nunca supe terminar del todo.

Y entre tantos trazos, entre tantas correcciones, quedaron también los párrafos en blanco:
esos silencios necesarios que sostienen la historia, aunque no digan nada.

Todo, simplemente, rayando líneas con mi lápiz sobre un papel.


Los errores que también son belleza

Y sí, si te lo preguntas, ¡esa línea no siempre fue recta ni firme!
Muchas veces tuve que corregir: borrar, tachar, rehacer.
El folio quedó manchado, rasgado, arrugado… propio de quien no sabe hacer bien sus tareas desde la primera vez.

Pero incluso así, cada trazo cuenta.
Porque, aunque el papel esté imperfecto, sigue siendo mío:
una obra única, marcada de errores y aciertos.

Una obra que, al final, no es otra cosa que la vida.


La obra continúa

Dicen que el grafito se borra, pero en verdad nunca desaparece del todo: queda su sombra, su rastro leve, su memoria.

Así también nuestra historia: aunque la vida nos obligue a corregir, aunque el tiempo arrugue el papel, nada de lo vivido se extingue.

Cada error deja enseñanza,
cada tachón revela intento,
cada pausa respira significado.

Porque vivir no es lograr una obra perfecta,
sino atreverse a dibujarla.


“No existe tachón que borre lo vivido”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel


viernes, 25 de abril de 2025

"LOS SILENCIOS DEL CAMINO": Reflexión literaria sobre caminar, observar a los otros y encontrar en sus silencios una fuente de inspiración y crecimiento espiritual.

“Cada paso es un relato, cada cruce una historia”


Prólogo

Hay una belleza silenciosa que no se impone ni reclama atención: la que habita en los otros cuando aprendemos a mirar despacio. Cada existencia que se cruza con la nuestra nos ofrece algo —una pregunta, un reflejo, una grieta de luz— capaz de nutrirnos por dentro. Observar con atención es un acto de humildad y de amor: reconocer que no crecemos solos, que nuestra espiritualidad se expande cuando otorgamos valor a la vida ajena y permitimos que nos transforme.


Sin saberlo, él fue la inspiración de estas letras. Me detuvo con un saludo, seguido de una interrogante:

—¿Sabes que te observo en silencio? ¡Lo sabes! Y dime, ¿por qué nunca te detienes? Siempre andando… bajo el sol e inclemente calor del verano, bajo la lluvia del otoño o el frío del invierno. Siempre andando.

Por primera vez miré a los ojos a ese hombre. No lo hice de cualquier manera, sino de forma entrañable. Su pregunta, más que una duda, fue una confesión. Una confesión que me llevaría, a mí, a confesarme. Pero no en ese momento ni a él, sino a mí misma, al reiniciar mi andar. Le respondí con un silencio impreso en una sonrisa. Creo que lo entendió.

Caminar no es un reflejo, lo sé, lo siento. Los reflejos pertenecen a lo inmediato: al parpadeo ante la luz, a la retirada de la mano frente al fuego, al retroceso del cuerpo ante la amenaza. Caminar es otra cosa, algo que va más allá del movimiento rítmico y voluntario que requiere la coordinación de estructuras neurológicas complejas… ¡es mucho más que eso!

Al caminar, la memoria se activa, el cuerpo recuerda. Recuerda el universo inmenso que se mostraba al gatear, aquel primer tambaleo, el miedo a caer, la victoria de un paso sostenido. Desde entonces, cada zancada es un acuerdo tácito entre mi memoria y el presente. El cuerpo avanza casi solo, como si hubiera un metrónomo escondido en mi médula, pero soy yo quien elige el rumbo. En esa mezcla de lo automático y lo consciente encuentro mi primera certeza: sigo viva porque sigo andando.

Y sí, me confieso: camino para escribir. No con la mano que sostiene la pluma, sino con los ojos abiertos entre la multitud. Cada rostro que se cruza conmigo me dicta una historia que nunca terminaré de conocer, pero me la invento. El que lleva el gesto vencido de una batalla secreta. El adolescente que se ríe de algo que solo él entiende. La joven de aspecto descuidado porque sabe que su piel tersa es el único adorno que necesita. La mujer madura que cultiva el atractivo para resaltar su esencia. El joven que corre con cascos puestos porque el físico y la música lo estimulan. El hombre canoso que se instruye y se supera, caminando erguido, porque allí reside su masculinidad. El anciano que cuenta sus pasos como cuentas de un rosario invisible. El niño que patea una pelota porque aún no ha descubierto que no es lo único que se patea en la vida.

Ellos, y muchos otros, no saben que, al pasar junto a mí, absorbo esa energía que emana de ellos. Energía que transformo en imágenes, en sentimientos y emociones… que expreso en letras, puntos y comas. En palabras vivas que laten.

Caminar entre la gente es abrir un libro de infinitas historias contadas con frases interrumpidas y silencios… silencios que dicen más que mil palabras. A veces me basta un parpadeo para inventarles destinos, un giro de hombros para adivinarles heridas, una forma de pisar para imaginarles la luz y las sombras de sus almas. Yo recojo esas frases incompletas, esos silencios, como migas dispersas en el camino, y las guardo para crear historias completas. Cada mirada, un título. Cada sonrisa y gesto, un capítulo. Cada silencio, un final.

Sí, así es: caminar es inspiración, es escritura. Cada paso es una confesión, y cada cruce, una historia.

Camino porque, al caminar, me reconozco narradora; y porque sé —aunque los demás no lo sospechen— que me han confiado sus historias sin necesidad de pronunciar una sola palabra. Coincidir conmigo, en un instante del camino, es consentimiento; del mismo modo que yo les confío mi historia y les cedo, a otros narradores que se desplazan por estos senderos de la vida, un pedazo de la mía.

Y si alguna vez nuestros pasos vuelven a cruzarse, tal vez no haga falta decir nada: bastará el silencio, para que tu historia me hable y la mía te acompañe.


Epílogo

Al final, somos lo que recogemos del camino: miradas que nos enseñaron a sentir, silencios que nos obligaron a escuchar, presencias que nos recordaron que existir es un acto compartido. Cuando honramos la historia de los otros, aunque sea por un instante, algo en nosotros se ordena y crece. Tal vez esa sea la verdadera belleza: descubrir que alimentarnos del mundo no es tomar, sino reconocer, agradecer y seguir andando un poco más despiertos.


 “Cada paso que doy es un diálogo callado con quienes fui, con quienes me miran, y con quienes aún no saben que me encontrarán.”

 

Nota: Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @escritosenblancoynegro: @tintasobrepapel