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sábado, 8 de agosto de 2026

"La espera": Una pequeña lagartija llegó a la vida de una joven y creó con ella un vínculo inesperado. Años después, su recuerdo todavía contiene una lección sobre la confianza, el amor y la responsabilidad.

 

  LA CASA DE WASHINGTON.- Episodio 2

"Hay amistades que nacen sin palabras. Y, aun así, terminan enseñándonos el significado más profundo de la confianza."


PRÓLOGO

Hay encuentros que nadie podría explicar. Ocurren porque sí. Como si la vida, por un instante, decidiera juntar dos soledades que nunca debieron encontrarse.

Esta es una de esas historias.


Me encontraba distraída en mis pensamientos. En este momento no recuerdo cuáles eran, pero de seguro no valían ni un céntimo.

De repente, algo pequeño se movió rápidamente sobre el cristal de la ventana de la cocina. Fue apenas un roce, un movimiento ligero que mis ojos tardaron un instante en seguir.

Instintivamente me aparté de ella, como protegiéndome de lo desconocido.

Luego miré con atención aquello que apareció ante mi vista.

Bendito Dios… ¡qué cosa tan hermosa!

Era pequeñito, muy pequeñito. Sus ojos parecían demasiado grandes para aquel cuerpecito diminuto y me miraba con asombro. Y su boca… su boca parecía diseñada por Dios para mostrar una eterna y dulce sonrisa.

Era imposible no amarlo a primera vista.

¡La ternura volvió a mí!

Era apenas una lagartija recién nacida. Tan pequeña que parecía imposible que pudiera sobrevivir sola. Salía del patio interior y, con una naturalidad que todavía hoy me cuesta comprender, se detenía en el borde de la ventana de la cocina.

No huía. Me observaba. Y yo terminaba observándola a ella.

Así empezó todo.

Después de las cucarachas, la casa había perdido su encanto. Poco a poco se volvió gris y sin vida. Y yo también…

¡Hasta que apareció ella, la lagartija!

Su mirada tierna me despertó de nuevo. Su sonrisa recuperó la mía. La casa empezó a recobrar la luz y yo, la alegría.

Los animales silvestres no hacen amigos humanos todos los días.

¿Llegó a mí por hambre, por sed o porque me eligió para hacernos compañía?

Nos acercamos sin miedo.

Dejé escurrir unas gotas de agua de entre mis dedos. Las pequeñas gotas resbalaban por su cuerpo y ella permanecía allí, quietecita, como si aquel pequeño juego no le molestara.

Al contrario: se acercó un poco más.

Entonces coloqué unos trocitos de lechuga al lado del grifo del fregadero. Nunca la vi comer, pero tampoco dejaba de mirarme y sonreír con esas diminutas mandíbulas creadas para generar sonrisas en quien la viera.

Y, sin darnos cuenta ninguno de los dos, nos habíamos conectado y creado una rutina.

Esas rutinas empezaron a ocupar el lugar del miedo. Había aprendido a moverme por aquellos espacios como si ya me pertenecieran. Mientras fregaba los platos o preparaba la comida, la veía allí, inmóvil, con esa curiosidad tranquila que solo tienen algunos animales cuando todavía no han aprendido a desconfiar.

Cada día permanecía un poco más.

Cada día yo me acercaba un poco más.

No sé si tenía sed o si tenía hambre.

No sé si solo jugaba.

Lo único que recuerdo es que no se marchó.

Al contrario.

Y, sin proponérmelo, terminé esperándola casi con la misma ilusión con la que ella parecía esperarme a mí. La nombré «Carlitos». No sabía si era macho o hembra.

Nunca importó.

Desde entonces, cada vez que llegaba a casa, lo primero que hacía era ir directo a la ventana de la cocina.

Y Carlitos aparecía.

No sé de dónde salía.

Solo sé que aparecía.

Como si hubiera estado aguardando el ruido de mis llaves. Con el tiempo dejé de preguntarme por qué. Simplemente acepté aquel regalo extraño que la vida me estaba haciendo.

Bastaba el tintineo de mis llaves para que yo mirara hacia la ventana. Y Carlitos aparecía. Y hablábamos. Yo le contaba mis experiencias del día y él asentía…

¡y sonreía!

Hasta que llegaron las vacaciones de fin de curso.

Y, por primera vez desde que Carlitos había aparecido, tendría que marcharme y dejarlo solo. Eso me preocupaba. Miraba la ventana. Miraba a Carlitos.

Y volvía a pensar lo mismo.

¿Quién le dará agua?

¿Quién le dará de comer?

¿Quién conversará con él y le hará compañía?

Pensé en dejarle un pequeño recipiente con agua. También algunas hojas de lechuga. Pero el hombre me observaba y se reía, no de mí, sino de mi inocencia.

No hablaba con maldad, sino con razón.

—¿Tú de verdad crees que un animal silvestre necesita que tú lo alimentes? ¿Piensas que se va a morir porque no estés presente quince días?

Hasta me juró que no sería así. Quedé convencida.

La razón se impuso sobre la ternura.

Cordura, lo llaman.

Durante las vacaciones pensé muchas veces en Carlitos. Sonreía al traer su sonrisa a mi mente; sonrisa que se tornaba en mueca al pensar que la razón, esta vez, no fuera la decisión correcta.

Pensaba en aquello de que, no gustándome las mascotas —nada de perros y gatos—, me enamoraba de cualquier bichito que apareciera de la nada…

¡salvo las cucarachas!

¿A qué se debería ello, a algún trastorno psicológico?

Siempre terminaba diciéndome lo mismo.

Qué tonta eres.

Y mi mente volvía con Carlitos, diciéndome:

¡Claro que estará bien!

Cuando regresamos, apenas crucé la puerta de la casa dejé el bolso caer sobre el suelo. Corrí directamente hacia la cocina. Y empecé a llamarlo. Sonreía mientras lo hacía.

—Carlitos… ¡Carlitos!

Esperaba verlo aparecer de un momento a otro. Como siempre. Di dos pasos más.

Y entonces lo vi.

Seguía allí.

En el mismo rincón donde tantas veces había esperado mi llegada.

Pero esta vez no se movió.

Me acerqué un poco más.

Solo entonces lo vi: una piel transparente pegada a unos huesecillos minúsculos.

Parecía una pequeña escultura hecha de ausencia. Echada. Cabeza baja…

¡sin su sonrisa!

No recuerdo cuánto tiempo permanecí inmóvil. Ni sé si mi piel se volvió del mismo color que la de él. Solo sé que sentí cómo algo se rompía dentro de mí.

Lloré en silencio.

No solo por él. Había seguido creyendo que yo volvería. Había esperado.

Y yo no estuve.

Lloré porque había sido yo quien había roto el pacto.

Durante algún tiempo culpé a mi esposo.

Porque —pensaba en ese momento— la historia de Carlitos habría sido otra si alguien me hubiera hecho una pregunta.

Solo una.

—Ana… ¿por qué no hacer las dos cosas? Déjale agua, comida… y deja abierta la ventana.

Eso es todo. No habría impedido que amara a Carlitos. No habría cambiado mi forma de ser. Solo habría añadido una posibilidad que, con mis escasos años, nadie me mostró.

Y creo que eso me hizo reflexionar sobre algo muy humano: Muchas tragedias no nacen de la maldad. Nacen de no haber encontrado a tiempo a alguien que hiciera la pregunta adecuada.

Pero, cuando el dolor dejó de gritar, comprendí algo todavía más difícil.

El error había sido mío… ¡solo mío!

Nunca debí convertir la confianza de un animal libre en dependencia.

Queriéndolo, terminé haciéndolo más vulnerable.

Todavía hoy, cuando recuerdo aquella cocina, no veo primero la ventana.

Veo aquel cuerpecito inmóvil.

Y me pregunto si alguna vez un ser humano ha sido capaz de confiar en alguien con la pureza con que aquel animalito confió en mí.

Y sigo pidiéndole perdón en silencio.


EPÍLOGO

Con los años comprendí que amar también exige saber retirarse a tiempo.

No todo lo que necesita cariño necesita nuestra presencia.

Hay afectos que se protegen mejor dejando que continúen siendo libres.

Carlitos fue una pequeña lagartija.

Pero la lección que me dejó fue inmensamente más grande que él


"Desde aquel día aprendí que la confianza es un regalo tan frágil que incluso el amor puede romperla cuando no comprende su verdadera naturaleza."


domingo, 7 de diciembre de 2025

"Aunque Pasen 23 Años": Un relato sobre la amistad auténtica, capaz de sobrevivir al encierro, al paso del tiempo y a la adversidad.

“La amistad: el arte sagrado de coincidir”


PRÓLOGO

Hay historias que no nacen de un suceso extraordinario, sino del resplandor silencioso que deja un corazón en otro. La amistad verdadera es precisamente eso: un eco que se reconoce, una chispa que, sin proponérselo, da origen a un relato, a un aprendizaje o a un capítulo nuevo en la vida.

La palabra amistad se usa con una ligereza que a veces la despoja de su hondura. Se le llama “amigo” a quien apenas es un conocido, un saludo casual, un rostro pasajero. Pero la amistad auténtica —esa que merece pronunciarse con el peso de un tesoro— es otra cosa. No se encuentra pulida, no viene envuelta en oro. Aparece como una piedra tosca en el camino, y es el roce, el desacuerdo, la honestidad, la claridad y los límites compartidos los que la van puliendo hasta hacerla brillar.

El amigo no es incondicional: es recíproco. No es sombra silenciosa: es presencia lúcida. No calla verdades: las ofrece con amor. No exige: acompaña. No invade: sostiene.
En la amistad no hay sumisión, sino acuerdo. No hay cadenas, sino libertad. No hay posesión, sino reverencia por el alma ajena.

Los amigos son maestros y alumnos al mismo tiempo. Se enseñan, se corrigen, se tallan, se confrontan cuando hace falta, y se abrazan cuando todo lo demás se desmorona. La amistad se toca con la mirada que se sostiene, con el silencio que no incomoda, con la palabra que sabe cuándo ser pequeña y cuándo ser valiente.

Y es ese valor —este tejido delicado y poderoso— el que da origen a la historia que sigue.
Puede parecer un juego, una anécdota ligera. Quizá provoque una sonrisa. Pero si lees entre líneas, si te permites la pausa, si abres el corazón… tal vez encuentres en ella el recordatorio de que la amistad auténtica es una forma de libertad que ninguna prisión puede contener.


AUNQUE PASEN 23 AÑOS

Cuando por fin el portón oxidado del penal se abrió con un gemido metálico, la luz de la mañana cayó sobre sus rostros como una bendición tibia. Carmen y Ana aspiraron al mismo tiempo, y el aire fresco —con olor a pan recién hecho de alguna panadería lejana, a asfalto que empezaba a calentarse, a polvo de eucalipto del patio exterior— les llenó los pulmones como si el mundo entero hubiera estado reteniendo la respiración durante veintitrés años.

La funcionaria les entregó sus pertenencias: dos cepillos de dientes gastados, un esmalte vencido, unas cartas dobladas tantas veces que parecían respiraciones acumuladas. Les deseó suerte con un tono indiferente, pero ellas ya estaban en otra parte.

Porque en cuanto dieron un paso afuera, volvieron a hablar.

—Bueno… ¿por dónde íbamos? —preguntó Carmen, ajustándose el pantalón flojo que le resbalaba en la cintura.
—Por lo de tu vecina, la que ronca —respondió Ana—. Aunque eso fue hace siete años… Y tampoco terminaste lo del taller de bordado que tomaste hace diez.

Se miraron. Y se rieron. Con una risa grande, redonda, que salió de los huesos y subió al cielo. Una risa tan viva que los pájaros del cable cercano inclinaron la cabeza curiosos.

Veintitrés años de condena.
Veintitrés inviernos con el frío metido en los huesos.
Veintitrés veranos oliendo a cloro y metal caliente.
Veintitrés años de luces que nunca dormían, de pasos que resonaban en pasillos interminables que hacían temer lo inimaginable.

Pero también veintitrés años de compartir un catre improvisado solo para hablar más cómodas.
Veintitrés años de inventar excusas para coincidir en la lavandería.
Veintitrés años de contarse la vida con los ojos cuando la voz estaba prohibida.

Y aun así —o quizá por eso mismo— jamás tuvieron suficiente tiempo para hablar de todo.

Se quedaron detenidas justo en la frontera invisible entre prisión y mundo. El sol les calentaba el cabello, la brisa les traía olor a guayaba madura desde algún puesto callejero, y un perro — que parecía no tener dueño—  pasó a su lado moviendo la cola, como si las reconociera.

Las otras mujeres liberadas ya se habían ido. La guardia carraspeó dos veces, insinuando que bloqueaban el paso. Ellas ni la oyeron.

—Escucha… —dijo Carmen, bajando la voz—. ¿Sabes qué? En veintitrés años nunca te conté lo que de verdad pasó con el pastel de cumpleaños de la jefa del módulo C.
—¡No! —Ana se llevó las manos a la boca—. No me digas que fuiste tú.
—Bueno… —Carmen arqueó las cejas, en un gesto delicioso de picardía.

Y así, bajo ese sol que parecía celebrar su libertad, se quedaron hablando.
De cosas grandes. De tonterías. Del miedo a dormir la primera noche afuera. Del olor del mar que planeaban visitar. De amores antiguos que el tiempo había vuelto difusos. De sueños que guardaron enterrados como semillas.
De la vida que las esperaba… y de la que habían vivido juntas sin proponérselo.

Cuando el calor del mediodía les empezó a dibujar sombras cortas en los pies, Carmen suspiró:

—Ana… ¿crees que deberíamos irnos ya?

Ana miró el mundo ancho que las esperaba, luego miró a su amiga.

—Sí. Pero antes dime, por favor… ¿qué pasó con el pastel?

Carmen sonrió con esa sonrisa que había resistido todo.

—Eso nos llevará un rato.

Y se quedaron un poco más. No por nostalgia, ni por costumbre, ni por miedo.
Sino porque la amistad verdadera no entiende de prisiones, ni de relojes, ni de puertas abiertas.
Entiende de historias que no terminan, de voces que se buscan, de silencios que dicen más que cualquier libertad recién estrenada.


EPÍLOGO

La eternidad en un abrazo

Hay vínculos que no los rompe el encierro, ni el tiempo, ni la oscuridad. Hay amistades que se tallan con paciencia, con verdad, con heridas compartidas y con risas que sobreviven a todo. Cuando dos almas se eligen de esa manera, ni veintitrés años bastan para contarse la vida.

Porque la amistad verdadera no se mide en tiempo, sino en presencia.
No en días, sino en el brillo que deja un alma en otra.
No en palabras, sino en el silencio que une.

Por eso ellas se quedaron un poco más.
Porque cuando la amistad es auténtica, el tiempo nunca alcanza.
Y aun así, siempre es suficiente.


DEDICATORIA

A la memoria de Florica Vidican
(Febrero de 1912, Talpoș — Junio de 1994, Arad),
cuyas palabras —“hablan más que dos amigas presas”—
sobrevivieron al tiempo y encendieron esta historia.

A su nieta, Carmen Bad,
que conserva ese dicho como un tesoro heredado.

Y a nosotras, Carmen y yo,
que descubrimos que la amistad verdadera
no conoce silencios ni fronteras.

— Ana Margarita Pérez Martin

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel


viernes, 12 de septiembre de 2025

"EL VUELO DEL AVE": Un ensayo poético sobre la escritura como acto de libertad absoluta, donde el alma se desnuda sin censura y encuentra su verdad en la palabra escrita.


“El alma desnuda se refleja en el papel.”


Introducción

Siempre he sentido que escribir es un acto de libertad absoluta, un espacio donde el alma puede desplegarse sin miedo ni ataduras. Cada palabra que nace en mí es como un ala que se abre al viento, un gesto de valentía y de verdad que me permite mirarme sin máscaras. Este texto es un homenaje a esa experiencia: a la escritura que me sostiene, me revela y me transforma, y que, como ave en pleno vuelo, me enseña a ser fiel a mí misma en cada trazo.


Cuando la mano agarra la pluma y se posa sobre el papel, es como ave que libremente surca los cielos, dándose el lujo de tomar descanso —planeando entre el susurro del viento—, porque hasta en el reposo sigue siendo vuelo, y hasta en la quietud late la libertad.

No hay quien la intimide, no hay quien la haga presa del miedo.

El conocimiento, los pensares y sentires fluyen suavemente, sin prisas, interrupciones ni censuras, fluyen como río secreto, fluyen como viento tibio, tal como se acaricia el cuerpo amado, ése por el que te desbordas en pasión, ése que arde, ése que enciende, ése que atrapa.

Amo la palabra escrita: es mirarse en el espejo sin maquillaje,
es mirarse y no huir, es mirarse y reconocerse,
exponiendo el alma desnuda a la luz que ilumina y a la oscuridad que desafía.

Se peca de pensamiento y verbo, mas no por acción u omisión.
Se peca, sí, de pensamiento; se peca, sí, de verbo.
No hay remordimientos ni arrepentimientos:
íntima confesión, absolución sin penitencia.

Sin par, poderosa, instintiva; despiadada a veces, clemente otras veces,
sea poesía, ciencia o ficción,
sea poesía que arde, ciencia que explica, ficción que redime,
pero siempre sin falsos pudores ni hipocresía,
por demás, hermosa… hermosa como ala abierta, hermosa como viento que canta.

¡Así es la palabra escrita!
¡Así, desnuda!
¡Así, invencible!
¡Así, libre, sin censura!


Epílogo

Al terminar de escribir, comprendo que la palabra escrita no es solo un registro de lo que pienso o siento: es un espejo del alma, un cielo que se abre dentro de mí y que nunca se agota. Cada letra, cada verso, cada línea me recuerda que la libertad se encuentra en la entrega plena, sin censuras ni expectativas, y que, mientras haya pluma y papel, siempre habrá un espacio donde mi espíritu pueda volar, desnudo, verdadero e invencible en su honestidad.


"En la escritura, el alma encuentra su cielo."


domingo, 8 de diciembre de 2024

"Los Pliegues del Tiempo, una vida que no llegó tarde. Cap. VII": Una reflexión profunda sobre la fe, la abundancia interior y el camino de vivir sin miedo a carecer, confiando en Dios y en la propia dignidad.

 

El Camino Final: Sin Miedo a Carecer de Nada


Reflexión inicial

Este capítulo nos invita a entrar en un umbral interior:
el momento en que el alma deja de vivir pendiente de lo que falta
y empieza a confiar en lo que Dios sostiene en silencio.

Aquí el miedo ya no manda;
solo se vuelve una sombra que acompaña mientras la fe ilumina.
Es el inicio de un caminar más liviano,
de un camino donde la vida se revela no como carencia,
sino como espacio para que Dios haga lugar a lo nuevo.


Había llegado el momento de mirar de frente la verdad que se había insinuado en sus silencios, en sus madrugadas madrileñas, en los pequeños gestos que la vida le había puesto en el camino. El miedo —ese viejo compañero, astuto, persistente— ya no tenía la misma autoridad sobre ella. No porque hubiera desaparecido, sino porque ella había aprendido a sostenerlo entre las manos sin temblar.

Entendió, por primera vez, que el miedo a carecer era un invento heredado: un eco de generaciones que crecieron con la urgencia de tenerlo todo resuelto antes de atreverse a vivir. Pero ella ya no quería repetir ese guion. Había descubierto, casi sin darse cuenta, que incluso en la incertidumbre había una forma de abundancia.

El "camino final", como empezó a llamarlo en su interior, no era una despedida ni una llegada definitiva. Era un modo distinto de caminar, uno en el que la falta dejaba de ser un abismo para transformarse en espacio, en posibilidad. En Madrid había aprendido a vivir con menos peso, con menos prisa, con menos exigencias. Ahora comprendía que ese aprendizaje no tenía que quedarse allá: podía llevarlo consigo, adonde fuese.

Su vida, vista en retrospectiva, parecía un rompecabezas caprichoso que solo cobraba sentido desde arriba, cuando podía observar los pliegues que la habían acompañado siempre. No había sido fácil llegar a ese punto. La soledad había sido maestra. La nostalgia, guía. El desencuentro, revelación. Y cada uno de esos fragmentos la empujó a una comprensión nueva: que nunca había carecido de nada esencial, aunque muchas veces lo hubiese creído.

Aprendió que el amor no llega siempre como una historia romántica —y que eso no lo vuelve menos amor. Aprendió que la seguridad no siempre se parece a lo que prometen los libros de autoayuda —y que eso tampoco la hace menos sólida. Aprendió que las certezas pueden ser barandas, pero también jaulas; y que la libertad, aunque ligera, tiene un peso distinto: el peso de la responsabilidad con uno mismo.

Un día, mientras miraba por la ventana desde su cocina —la misma donde comprendió que el tiempo podía doblarse y hacerse suave— sintió algo casi imperceptible, como una vibración interna: no le faltaba nada. Era la primera vez que esa frase no le sonaba a consuelo, ni a resignación, ni a discurso prestado. Era una verdad que nacía desde dentro.

Se dio cuenta de que estar sola no era sinónimo de estar incompleta. Que su vida, con todos sus huecos, tenía un orden sutilmente perfecto. Y que la falta no era un castigo, sino un recordatorio de que había espacio para seguir eligiendo.

En ese entendimiento, la idea de “camino final” dejó de parecerle un destino concluso. Comenzó a percibirlo como un tramo de paz que ella misma había construido. Un sendero en el que se camina sin miedo a perder, porque había aprendido a no necesitar el control para sentirse viva.

Y así, la vida —esa maestra callada que siempre le habló en gestos pequeños— le regaló una verdad luminosa:
cuando no se teme carecer de nada, se tiene todo… ¡y más!

No era una fórmula, ni una revelación mística. Era una comprensión nacida de sobrevivir a sus propias sombras, de escucharse con paciencia, de permitirse ser en lugares donde antes solo obedecía expectativas. Con esta nueva sabiduría, ya no caminaba empujada por la urgencia. Caminaba en calma, con una dignidad suave, con la confianza de quien sabe que su valor no depende de lo que logra, ni de lo que posee, ni de quién la acompaña. Sino de quien es.

Sin miedo a carecer, descubrió que el mundo se abría de otra manera: ligera, luminosa, propia.

Y así emprendió ese último tramo de su viaje interno:
el único camino realmente final —el de vivir sin miedo.


Reflexión final

Al cerrar este capítulo, se ilumina una verdad profunda:
la plenitud no llega cuando lo tenemos todo,
sino cuando dejamos de temer perder algo.

La confianza en Dios transforma la falta en posibilidad
y convierte el propio corazón en un lugar suficiente.
Allí la vida deja de apretar;
allí la dignidad se vuelve suave;
allí el camino se hace libre.

Esta reflexión nos recuerda que quien camina sin miedo a carecer
camina, finalmente, en la verdadera abundancia.