“Un libro
en mis manos, un amante en mis noches.”
Prólogo
Antes de
que la noche se cierre del todo, existe un instante suspendido en el que el
mundo calla y uno se permite escuchar lo esencial. Este texto nace ahí: en la
frontera entre el insomnio y el deseo, donde un libro deja de ser objeto y se
vuelve presencia. Leer, entonces, es un acto de entrega.
Ha llegado la
noche, sola,
dejándome libre para embeberte,
para que me hagas fiel compañía,
para que entibies mi cama hasta que el gallo cante,
anunciando el nuevo día.
La tenue luz de
la lámpara me permite verte,
deleitarme en ti. Te busco en la penumbra.
El brillo de las letras, como brasas diminutas,
me guía hacia ti. Te tomo.
Mis manos
hambrientas recorren tu lomo y, al abrirte,
crujes calladamente, como un gemido contenido,
como murmullo secreto del papel que solo escucha
quien se abandona a la lectura.
El roce áspero
y sedoso de tus páginas contra mis dedos
me invita a acariciarte, a poseerte sin pudor, con íntima confianza.
Llevo mi rostro
hacia ti. Quiero olerte.
Envolverme en tu aliento de hojas secas,
aroma de polvo y humedad que me recuerda
a jardines florecidos en penumbra, dulcemente marchitos.
Te descifro, te
interpreto.
Disfruto de tus letras, de la dulzura de una palabra justa,
como un beso sorpresivo en la boca.
Te vivo con
suma intensidad,
¡como si tú fueses yo!
A veces te
acurruco en mi pecho tibio,
cierro los ojos y te sueño:
sombras danzantes entre párrafo y párrafo,
como pliegues en un cuerpo desnudo.
Libro que te
abrazo y no suelto
hasta acabar contigo.
Libro que arrancas mis negras noches
y las forjas en letras vivas, como piel tatuada en símbolos;
esas que me consumen la vida,
como tizones encendidos de fantasías,
con finales que dejan un regusto suave de amargor,
como un café frío, sin azúcar.
Libro que te
cierro hoy,
con la esperanza de abrirte mañana
y la certeza de volver a sentir
el mismo placer que me diste esta noche:
libro que me posees tanto como yo a ti.
Epílogo
Cuando la
lámpara se apaga y el libro descansa, algo permanece despierto. Las palabras
siguen latiendo bajo la piel, reclamando memoria. Porque hay lecturas que no se
terminan al cerrar la tapa: continúan, silenciosas, habitándonos.
“Entre
letras, encuentro placer.”