"Existe una forma de conocimiento más profunda de la que proporcionan los sentidos y la memoria."
Prólogo
Hay pérdidas que creemos comprender hasta que el
tiempo nos revela una verdad inesperada. Pensamos que el duelo consiste en
aprender a vivir sin la presencia de quien amamos, pero existe otra despedida,
mucho más silenciosa, que sucede lejos de los funerales y de las lágrimas
visibles.
Es el instante en que descubrimos que la memoria
comienza a borrar aquello que jurábamos imborrable. Y, sin embargo, quizá ese
aparente olvido no sea una derrota del amor, sino el comienzo de una forma más
profunda de recordar.
Un día —uno de esos en que la nostalgia nos arropa— descubrí
que ya no podía recordar la forma exacta del rostro de mi padre. Cerré los ojos
y traté de reconstruirlo apelando a mi memoria.
Fracasé.
Entonces sentí una culpa inmensa...
Hay una segunda muerte de la que casi nadie habla.
No sucede en el cementerio. Tampoco el día en que se apaga
el último sollozo. Llega mucho después, cuando una tarde cualquiera intentas
recordar el rostro de quien más has amado y descubres que la memoria ya no
obedece.
Cierras los ojos.
Buscas la forma de su nariz.
No aparece.
Intentas dibujar la curva de sus labios.
Se deshace.
Persigues el sonido de su voz, esa voz que durante años fue
refugio, consejo, risa y consuelo..., y solo encuentras silencio.
Fue perturbador entender y aceptar que el tiempo no solo
cuenta los años. También lima los contornos.
Y se siente culpa.
¿Cómo es posible olvidar el rostro de alguien a quien amaste
con toda el alma?
Con un agobio indescriptible, fui en busca de una caja de fotografías. Era como intentar recuperar una parte de mí misma. Allí estaba él. Su imagen.
Inmóvil. Sonriendo. Exactamente igual que siempre. Y, sin embargo, no coincidía
con el recuerdo que vive dentro de mí.
Ello me produjo —durante mucho tiempo— un sentimiento
amargo. Pensé que aquello era una traición de la memoria.
Hoy creo que es otra cosa.
Creo que el amor estaba aprendiendo un idioma nuevo.
Sí, eso creo.
Mientras vivimos juntos, reconocemos a las personas por su
aspecto, por su forma de ser y de estar en esta vida: la mirada, su estilo al
caminar, el calor de sus manos y la manera de sujetarnos, el sonido
inconfundible de una voz…
Pero cuando el cuerpo desaparece, el amor ya no puede
apoyarse en ninguna de esas verdades.
Tiene que aprender a reconocer lo imperceptible.
Y, aunque no lo parezca, lo consigue.
Si una presencia llenara una habitación con el mismo
silencio que él dejaba al entrar, mi corazón sabría, antes que mi razón, que
allí hay algo familiar.
No sabría explicar por qué.
Solo diría:
—Te reconozco.
Qué extraña manera tiene el alma de conservar lo esencial.
Olvida el color exacto de unos ojos, pero recuerda la forma
en que esos ojos miraban.
Olvida unas manos, pero no aquello que transmitían al
acariciar.
Olvida una voz, pero jamás olvida la paz —o la alegría, o la
fortaleza— que despertaba al escucharla.
Quizá nunca amamos un rostro.
Quizá el rostro fue apenas la ventana.
Lo que realmente amábamos era esa presencia única que
existía detrás de los ojos y que ninguna fotografía ha conseguido capturar
jamás.
Quizá el duelo no borra a quienes amamos, sino que nos
obliga a aprender una manera distinta de reconocerlos.
Mientras estaban vivos, los conocíamos con los ojos.
Después de su partida, comenzamos a conocerlos con el alma.
Tal vez por eso no necesitamos recordar los rasgos.
Tal vez, cuando llegue el momento de nuestro propio viaje,
nadie tendrá que presentarnos a quienes amamos.
No preguntaremos quiénes son.
No necesitaremos fotografías ni nombres.
Bastará su presencia.
Y, con esa seguridad inexplicable con la que un hijo
reconoce la voz de su padre entre una multitud, diremos, incluso antes de
abrazarnos:
—No te veía. No te oía… ¡pero siempre te reconocí!
Epílogo
Tal vez la memoria no fue creada para conservar cada
detalle, sino para conducirnos hacia aquello que nunca dependió de los
sentidos. Los rasgos cambian, las voces se desvanecen y las imágenes pierden
nitidez; pero el amor, cuando es verdadero, encuentra caminos que la razón no
alcanza a comprender.
Quizá algún día descubramos que nunca dejamos de
reconocer a quienes amamos. Solo aprendimos a buscarlos donde los ojos ya no
pueden llegar.
"Quizá el amor no olvida los rostros; simplemente
aprende a reconocer aquello que nunca los tuvo.
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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