“El alma nunca ha llevado reloj.”
Prólogo
Hay preguntas que no se responden con la razón, sino
con la forma en que aprendemos a habitar la vida. Algunas aparecen sin hacer
ruido, mientras caminamos, contemplamos o simplemente permanecemos en silencio.
Son preguntas que no buscan explicaciones, sino presencia.
Quizá el mayor engaño no sea creer que el tiempo pasa,
sino olvidar que somos nosotros quienes atravesamos la experiencia de vivir. Y,
en ese recorrido, descubrimos que existen realidades imposibles de reducir a
cifras: aquello que nos transforma nunca cabe dentro de una medida.
El tiempo entero
Voy caminando, como siempre, y no dejo de sonreír. Levanto
la mano para verlo en mi muñeca, y sonrío de nuevo... no está, me deshice de él
hace tiempo. Pero el gesto de intentar verlo persiste, como mi sonrisa al
descubrirme compulsiva.
Nunca he logrado creer del todo en los relojes.
Los llevaba en la muñeca, los miraba, los necesitaba para
llegar a tiempo a una cita, para cumplir con mis responsabilidades... pero, en
el fondo, siempre he sentido que solo cuentan fracciones del tiempo.
Hay días en los que camino despacio y me descubro observando
algo tan sencillo como el movimiento de mis propios pies.
Levanto uno.
Y, mientras permanece suspendido en el aire, comprendo que
el lugar del que partí ya pertenece al pasado. El instante en que avanzo es el
presente. Y el suelo donde aún no he apoyado el pie ya me espera como futuro.
Todo sucede en un mismo movimiento.
En un solo gesto:
dar un paso.
No en tres tiempos distintos, sino en uno solo.
Un tiempo entero.
En aquel entonces miraba mi reloj.
Su segundero continuaba girando con la precisión de siempre.
Cumplía fielmente la misión para la que fue creado: contar segundos. Puede
medir amaneceres y atardeceres, inviernos y primaveras. Contar millones de
segundos sin perder uno solo. Pero por más que contara, más evidente se hacía
una verdad que ya no podía seguir negándome.
Él podía medir la duración de una espera, pero no la
esperanza en ella contenida.
Podía contar las horas de una noche, pero no el peso de una
lágrima o el de un cuerpo amando a otro.
Podía registrar el tiempo de un abrazo, pero no el amor, la
ternura o la pasión que cabía dentro de él.
Podía anunciar el instante de un nacimiento o de una
despedida, pero era incapaz de medir cuánto había cambiado un corazón entre un
momento y otro.
Entonces comprendí su límite: solo medía el movimiento.
Pero jamás podrá medir
los instantes... ¡el tiempo que se vive!
Desde aquel día dejé de sentirlo dueño de mi tiempo y acepté
que apenas era un humilde contador de segundos.
Me deshice de él.
Porque mi tiempo no siempre transcurre en línea recta, ni
está fragmentado en pasado, presente o futuro. Mi tiempo es uno solo, es entero
e inconmensurable.
Soy lo que fui y seré lo que soy. Una sola.
Jamás fragmentada.
Nunca rota.
Siempre entera...
Epílogo
Tal vez vivir consista en dejar de perseguir aquello
que creemos perder para empezar a reconocer lo que jamás nos ha abandonado. Hay
una dimensión de la existencia donde nada se divide, donde cada experiencia
encuentra su lugar sin competir con otra y donde la identidad no depende de la
sucesión de los días, sino de la profundidad con que los habitamos.
Cuando dejamos de someternos a la obsesión por medirlo
todo, descubrimos una libertad inesperada: la de permanecer fieles a quienes
somos mientras la vida continúa desplegándose. Entonces el tiempo deja de ser
una carrera y se convierte en un espacio de conciencia, donde cada paso
contiene la totalidad del camino.
“Y seguí caminando… entera.”
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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