“Hay preguntas tan pequeñas en la boca… y tan inmensas cuando por fin encuentran respuesta.”
Prólogo
“A veces, las preguntas más pequeñas abren grietas
inmensas. No hizo falta alzar la voz. Ni siquiera repetirla. Bastó un instante
de verdad sostenida en la mirada, un leve temblor en el aire, para que la
pregunta naciera:
¿Por qué no pronuncias mi nombre?
Y en esa pregunta —tan sencilla, tan humana— había
algo más que curiosidad. Había una herida suave, una intuición, un anhelo que
empezaba a cansarse de esperar. Y a veces, cuando el silencio por fin se rompe…
llega envuelto en papel: lo que aparece allí no es esperanza, sino una claridad
que apaga el brillo de todo lo que pudo haber sido.”
Carta
Ana,
He estado a punto de decir tu nombre más veces de las que
podría confesarte sin temblar. Lo llevo en la boca como quien sostiene agua
entre las manos: con cuidado, con miedo a que se derrame antes de tiempo.
Porque tu nombre… no es solo un nombre. Y no sé si sabría pronunciarlo sin que
algo en mí quede expuesto.
Te miro, sí. Me detengo. Me quedo más de lo que aparento. Y
en ese quedarse, tu nombre empieza a formarse dentro de mí, lento, como si
aprendiera a nacer.
Ana. Tres letras.
Y, sin embargo, en mi silencio pesan como si fueran un
mundo. No es olvido. No es descuido. Es algo más difícil de admitir.
Es miedo.
Miedo a que, al decirlo en voz alta, ya no haya vuelta
atrás. A que al nombrarte te vuelva real en mi vida, no solo en ese territorio
seguro donde te contemplo sin consecuencias. Porque cuando uno dice un nombre
con verdad, no está llamando… está entrando.
Y yo no sé si sé entrar en alguien como tú.
No sé si sabría sostener lo que despiertas. Esa forma tuya
de estar, de no pedir nada y, aun así, exigir presencia. Esa manera en la que
no te impones, pero permaneces.
Ana… (decirlo aquí, en el papel, es distinto… aquí no me
oyes, aquí no me tiembla la voz). Si lo dijera frente a ti, sabrías.
Sabrías que ya no estoy de paso. Que ya no te miro desde
lejos. Que me he quedado. Y no todos los hombres saben quedarse. Algunos, como
yo, aprendimos a rozar sin tocar, a mirar sin nombrar, a sentir sin hacernos
cargo de lo que sentimos. No porque no queramos… sino porque no sabemos cuánto
de nosotros mismos se rompería al intentarlo.
Tu nombre, Ana, no es difícil.
Lo difícil es lo que ocurre en mí cuando lo pienso.
Porque no se queda en la lengua.
Baja.
Se instala.
Y pide un lugar que no sé si tengo preparado. Por eso callo.
No porque no te vea.
No porque no me importes. Sino porque, quizás, me importas
de una forma que me desarma. Y aun así… quiero que sepas algo que nunca digo:
Tu nombre vive en mí, aunque no lo pronuncie.
Y cada vez que estoy cerca de ti, lo repito en silencio como
quien reza algo que no se atreve a profanar en voz alta.
Perdóname por no decirlo. Perdóname por quedarme a medio
camino entre lo que siento y lo que hago.
No es falta de sentir.
Es falta de valor.
—El hombre que te mira…
y aún está aprendiendo a decirte.
Epílogo
“Y después de leerlo, ya no quedó espacio para la
duda. No porque la respuesta fuera suficiente, sino porque era verdadera.
A veces, lo que rompe no es el rechazo, sino la
lucidez con la que alguien confiesa su incapacidad de quedarse. Y entonces una
comprende… que no faltaba belleza, ni presencia, ni nombre.
Faltaba alguien capaz de habitarlo sin miedo.
Hay silencios que duelen, pero hay palabras que, al
llegar, terminan de cerrar lo que el silencio aún dejaba abierto. Y en esa
quietud que queda después, una se recoge.
No desde la derrota, sino desde una forma más limpia
de verdad: que ser pronunciada por quien no sabe sostenerte nunca fue destino, sino
demora.
Y que el nombre —el propio—no pierde su luz porque
alguien no haya sabido decirlo.”
“Quien no se atreve a decir tu nombre, tampoco sabría sostener tu presencia.”
Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: escritosenblancoynegro: @tintasobrepapel
No hay comentarios:
Publicar un comentario