viernes, 30 de mayo de 2025

"ELLA ERA": Relato de Despertar, Amor Interior y Sanación Femenina. Volver a Ser.

 

Dedicatoria: “Más que un relato, este es un abrazo a cada mujer que se sintió invisible en su propia vida. La salida no está en dejar de ser, sino en volver a ser.


 “El amor que creíste perder nunca se fue: te esperaba dentro.”


En algún rincón no escrito del tiempo, fue tejida con hilos de amor primigenio. Antes del lenguaje, antes del miedo, existió… envuelta en brazos tibios, carcajadas suaves y canciones que no necesitaban letra. Su alma danzaba en un hogar donde Dios no era nombrado, pero estaba en todas partes: en la sopa humeante, en las rodillas raspadas, en las noches sin monstruos bajo la cama, en las caricias de la madre, en la protección y enseñanza del padre.

Ella era luz.

Ella era risa.

Ella era amor.

Ella era pasión.

¡Ella era!

Pero el tiempo, astuto tejedor de pruebas, la sacó de allí y la condujo a otra puerta: hacia un lugar lleno de cruces y cirios encendidos, repleto de flores que tapizaban las altas paredes y techos para distraer, para esconder —con tan alucinante visión— el olor a cementerio viejo; ese que huele a agua estancada, a agua podrida, ese que tiene las lápidas saqueadas, la tierra revuelta, confundiendo la maleza con los huesos, ese en el que los muertos ya no tienen a nadie que los recuerde.

El velo de encaje blanco que pendía sobre su rostro enturbiaba su mirada, su entender. Cruzó esa puerta creyendo que encontraría allí el amor como ella lo conocía, como le fue dado de niña. En aquel sagrado lugar, en vez del Ave María, solo se escuchó la risa de la ironía. Era la vida misma la que de ella se reía; su inocencia sería el motivo de la dura penitencia que se le impondría… ¡no la salvaría el rezo de cien Padre Nuestro ni de otros tantos Ave María!

Ella, mujer de fuego y dulzura, se fue doblando como origami de silencio, creyendo que su valor dependía de la atención que recibiera. Soportó como quien cree que nacer amada es una deuda que debe pagar con resignación. Los días eran espejos rotos que le devolvían una imagen ajena. Se había olvidado de quién era; no se reconocía.

Y sí, la vida le puso zancadillas: para que cayera de bruces a tierra, para que se le cayera el velo del rostro y abriera los ojos, para que tomara conciencia, para que se fortaleciera por las tantas veces que tuvo que levantarse, obligándola a mirar hacia “arriba” … ¡así de maestra es la vida! Le enseñó a distinguir entre el amor y el apego por miedo, entre la ausencia y la presencia, entre tener a alguien al lado y tener a alguien con ella, entre luz y sombras, entre espejos y reflejos, entre el Dios de la cruz y el Dios de su esencia, entre buscar afuera y hallar adentro, entre estar dormida y despertar.

Y entonces comprendió.

El amor que un día recibió en brazos tibios, en la risa de su madre, en la enseñanza de su padre, no se había perdido: había estado siempre allí, escondido en su propia esencia. El verdadero hogar no era aquel rincón de la infancia, ni la casa con flores y cruces, ni los espejos rotos del camino; el verdadero hogar estaba en ella.

En su despertar descubrió que el amor primigenio no era un recuerdo, sino una Presencia viva: el Padre, latiendo en su interior, aguardando a que abriera los ojos.
Ella volvió a Él, no como niña, sino como mujer consciente.

Ella volvió al origen.

Ella volvió a ser.

“Porque volviste a ti, el amor volvió a ser todo.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @escritosenblancoynegro: @tintasobrepapel

viernes, 23 de mayo de 2025

"Quirófano ocho": Explora un relato íntimo sobre resiliencia, migración y autodescubrimiento. Un viaje entre Madrid y el Caribe que revela la fuerza que nace cuando todo parece perdido.

 Texto

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“Descubre la fuerza que nace cuando todo parece perdido.”


Dedicatoria: Para los que migran, no solo geográficamente, sino hacia su propia resiliencia.


“El mundo es un quirófano donde aprendemos a sostener lo que parece perderse.”


¿Quién no tiene una historia que narrar?
¡Todos somos libros fascinantes de leer!
Algunos contienen epopeyas que estremecen;
otros, relatos breves que dejan huella,
o que, al mirar sus rostros, ya nos anticipan versos
que nos acariciarán el corazón por un instante.
Todos formamos parte de esta gran biblioteca de la vida,
entretejiendo la historia universal de la humanidad.
¡Lástima que no haya tiempo de leerlos todos!
La longevidad sería un regalo invaluable para intentarlo.

Camino por Madrid.
El pavimento frío se adhiere a mis zapatos;
la brisa roza mi rostro con un dejo húmedo de lluvia reciente;
el murmullo de las calles se mezcla con pasos y voces lejanas.
Mi mente, inquieta como bandada de pájaros asustados,
salta de un pensamiento a otro,
captando colores, sombras, reflejos y sonidos que pasan inadvertidos para otros.

Solo me detengo cuando recuerdo el Caribe:
el sol dorado que se derrama sobre la arena,
el calor que acaricia la piel,
el aroma de la tierra húmeda y del mar que se mezcla con el viento,
el murmullo de risas y cantos que aún viven dentro de mí,
un perfume que se aferra a los recuerdos
como si la vida misma se resistiera a dejarlo ir.

Antes, mi trabajo era mental;
ahora es físico.
Levanto la vista para ver a los demás,
y descubro mi fuerza en cada músculo, en cada brazo que sostiene,
en cada rodilla que se flexiona, en cada respiración que se acompasa
con la exigencia del movimiento constante.
El cansancio aprieta, pero mi cuerpo responde;
descubro capacidades silenciosas que no sabía que existían,
un poder que me sostiene y me transforma,
un coraje que se asienta en mis manos y en mis pies.

Uniformada con pantalón blanco y casaca de rayas,
me inclino junto a la base de la columna hidráulica del quirófano ocho.
La luz blanca y fría ilumina cada gota de sangre derramada
por aquella mujer a quien abrieron el vientre
para extraer al hijo gestado con ilusión.
Limpio, froto, absorbo cada mancha con bayetas de microfibra,
sintiendo el roce de la tela sobre mis manos,
el esfuerzo que recorre mis brazos y espalda,
cada movimiento medido, consciente, necesario.

Pienso en Cristo, en mi madre, en mí misma…
tanta sangre derramada por los benditos hijos, por amor.
La vida se revela así:
no hay aprendizaje sin entrega,
no hay recompensa sin esfuerzo,
no hay belleza sin sacrificio.

En medio de aquel silencio, el lugar se vuelve sagrado.
Como un milagro, mi mente se abre:
la razón de estar allí no era otra que la esperanza.
Me enseña a soltar posesiones,
a desapegarme de afectos,
a recomenzar desde cero,
y a reconocer la fuerza que habita en mí.

Comprendo que la paz y la libertad
no dependen de lo que se posee,
sino del valor de descubrir lo que uno es capaz de sostener,
dar y resistir,
aun en los pasillos más inesperados de la vida.

Hoy camino de nuevo por Madrid.
Cada paso resuena bajo mis pies,
el roce de mi ropa, el aire fresco en mi piel,
el olor húmedo de la ciudad mezclado con humo lejano,
cada respiración llena mis pulmones de aire vivo.
Cada esfuerzo, cada descubrimiento, cada movimiento
se convierte en capítulo de mi historia.

Y mientras la luz del sol se refleja en las fachadas y los adoquines,
mientras siento en mis manos la memoria del Caribe y la fuerza de mi cuerpo,
siento que todo vuelve al comienzo:
todos somos libros fascinantes de leer,
y mi historia, como tantas otras,
se abre de nuevo, lista para ser contada,
completa, con el corazón abierto al mundo,
como cuando empezó.


“Todos somos libros que merecen ser leídos hasta el final.”


viernes, 9 de mayo de 2025

"UN HILO ENTRE DOS ALMAS": la magia del vínculo entre madre e hijo, la fuerza invisible que trasciende cicatrices, distancia y tiempo. El amor maternal como milagro eterno.

 Diagrama

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“La guerra y la magia en un mismo latido.”


Prólogo

"Cada cicatriz, cada arruga, cada lágrima, cada sonrisa, cuenta una historia. Pero hay historias que no se ven a simple vista: las que laten en el corazón de una madre. Este texto celebra la magia invisible que une a una madre con su hijo, esa fuerza silenciosa, feroz y luminosa que desafía al tiempo, a la distancia y al miedo. Bienvenido a un viaje que revela cómo el amor maternal no solo da vida, sino que la sostiene con cada latido."


Más allá de una cicatriz que guarda historias en la piel, de las estrías que dibujan ríos de vida en el abdomen, de senos rendidos ante la gravedad del alimento que sostuvo sueños y cuerpos, de pezones agrietados por la entrega sin tregua y de las sombras que el insomnio del amor talla bajo los ojos, más allá de todo eso, cada hijo deja huellas profundas e imborrables en su madre… ¡allí, en lo más íntimo de su corazón, como un fuego que nunca se apaga!

Porque, así como alguna vez estuvieron unidos por el cordón umbilical, permanece un hilo invisible que, aun cortado, vibra como cuerda sagrada entre dos almas. Ese lazo no solo los une, sino que los sostiene, como raíces que abrazan la tierra y ramas que acarician el cielo: tan fuerte que nadie podrá desatarlo y tan extenso que ninguna distancia podrá quebrarlo.

No existe sonido capaz de acallar sus voces, ni oscuridad capaz de confundirlos. Basta una mirada, un gesto mínimo, un roce de manos o un suspiro compartido, para que ambos se reconozcan sin palabras, como dos notas que resuenan en la misma melodía secreta.

Y cuando la vida exige lucha, la más feroz y despiadada no se libra en campos de batalla, sino en el pecho de una madre que defiende a su hijo con el filo de su propia vida, con la valentía de un río que rompe piedras para seguir su curso, sin importar si para ello deba morir o matar.

Por eso, la conexión entre madre e hijo es tan extraordinaria que no hay cansancio que la desgaste, ni abuso que la quiebre, ni ciencia que logre explicarla, ni palabra que pueda contenerla. Es la alquimia más perfecta, el sortilegio más luminoso:

¡el amor maternal, que todo lo toca, todo lo transforma y todo lo salva!


Epílogo

"Ser madre no es solo un acto de entrega física; es una alquimia de amor, valentía y conexión eterna. Cada mirada compartida, cada abrazo, cada sacrificio, construye un vínculo que ninguna fuerza puede romper. Y aunque los años pasen, y los hijos caminen su propio camino, ese hilo invisible sigue latiendo, recordando que el verdadero milagro no está en traer vida al mundo, sino en sostenerla con amor inquebrantable."


“El verdadero milagro no es dar vida, sino sostenerla con amor inquebrantable.”



viernes, 2 de mayo de 2025

"EL CUARTO SECRETO": Una historia conmovedora sobre el poder del duelo y la herencia emocional. Un viaje íntimo entre casas, aromas y lo que nunca debemos olvidar.

 Texto

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"Un corazón que late en silencio, un cuarto oculto que revive los ecos del pasado, y el aroma de una blusa que devuelve un abrazo perdido”


Prólogo

Un viaje al duelo, a la culpa y al amor filial que sobrevive en los objetos, en las casas que recuerdan y en los aromas que devuelven abrazos perdidos. Una historia sobre la memoria de una madre, sobre el peso de lo no dicho y sobre la fidelidad silenciosa a lo que somos, incluso cuando otros intentan borrarlo.


No sé cuánto tiempo había pasado desde que nos dejara con ese vacío imposible de llenar. Con tristeza justificada, con aceptación obligada, nos vimos forzados a enfrentar lo inevitable: esos protocolos inventados por los hombres para proteger lo material, aun cuando lo único que uno desea es resguardar el derecho humano de llorar en paz, de guardar luto.

Ella había pasado sus últimos años en mi casa. Pocos, lo reconozco, pero plenos de gozo. Se resistió cuanto pudo a abandonar la suya, aquel hogar que fue, durante tanto tiempo, el centro de la familia. Pero al irse, la casa quedó atrás, sumida en el silencio. Y las casas, como la gente, si no respiran, mueren.

Frente al portal me recibió un jardín devorado por la maleza, árboles doblegados bajo las enredaderas. Sentí esa visión como un reproche: “Me abandonaste, junto a tus recuerdos, a lo más feliz de tu vida. ¡No te importamos nada!”

El presagio se cumplió apenas crucé la puerta. No era una casa. Tampoco un cementerio de recuerdos de aquellas etapas donde la llave era una risa, un abrazo, un “te amo”. Era un confesionario: cada rincón me devolvía escenas de infancia, adolescencia, juventud… pero también mis pecados. Porque había sido yo quien la convenció de deshacerse de tantas cosas por las que había luchado, que la representaban. “No uses esa vajilla, está pasada de moda”. “Esos floreros no sirven”. “Tienes demasiadas cosas, me pone los pelos de punta que los chiquillos las rompan”. “Esa ropa fina, de fiestas y visitas… ¿para qué la quieres, madre, si ya no sales?” Y ella me miraba en silencio con esos ojos azules de primavera. Siempre dócil, accedía. No por convicción, sino por complacerme, mientras yo la despojaba de sí misma.

Recorrí cada estancia sin tocar nada, como si fuera una intrusa en un museo. Hasta llegar a su habitación. Allí el tiempo se detuvo, y yo con él. Miré, hurgué con curiosidad. Con la libertad de tocar y disponer de lo que es propio. Aquella recámara me hablaba, me contaba cómo habían sido las horas que en soledad mi madre pasaba, en aquel entonces, cuando vivía allí sola. El armario me llamó la atención: desnudo, mostraba un espejo al fondo, totalmente desconocido para mí. Lo palpé. Algo no encajaba. El espejo cedió y reveló una puerta. Y detrás, otra.

El corazón me golpeaba con fuerza. Empujé.

El cuarto apareció ante mí como un santuario intacto. No había polvo, no había desorden. No necesité hacer esfuerzo alguno para reconocer todo aquello, y lo que ello significaba. Todo estaba dispuesto con cuidado: la vajilla de Bavaria, los floreros de Bohemia, la cubertería de plata guardada en su caja tallada. Las cajas —amarillentas y desgastadas, atadas con lazos de colores pasteles— donde guardaba fotos antiguas de los ancestros de sus ancestros… hojas caídas del árbol genealógico. Todo lo que yo había obligado a desaparecer estaba allí, a salvo de mí.

Y entonces lo vi: colgados, planchados, impecables, estaban sus vestidos. Los de fiestas, los de visitas, los de una vida social que ya no tenía. Sin pensarlo, me acerqué. Toqué la seda fría, el terciopelo suave, el encaje delicado. Instintivamente llevé una blusa a mi rostro… y el olor me sacudió. Olía a ella. A su perfume, a su piel, a sus abrazos. Era como tenerla otra vez entre mis brazos.

Las lágrimas me cegaron. Me dejé caer contra la pared, hasta quedar en el suelo. Todo lo que alcanzaban a ver mis ojos era como si llevara mi nombre escrito, repetidamente; no como etiquetas, sino como un dedo acusador que no titubeaba en señalarme. Cada “pecado” estaba allí, cada cosa que la obligué a despojarse. Un registro de su paciente amor… y de su dolor.

Me rompí. ¿Cómo no me había preguntado antes a dónde iban a parar las cosas de las que se deshacía a mi petición? El llanto fue un desgarro hondo, no por no reconocer la indiferencia, la culpa, sino porque ella ya no estaba para pedirle perdón, para implorarle que me absolviera.

Comprendí, al salir tambaleante de ese cuarto secreto, que mi madre nunca se desprendió de su esencia. Yo quise borrarla, vestirla de modernidad, quitarle lo que era suyo. Pero ella, en silencio, lo guardó todo. No por apego a los objetos, sino por fidelidad a sí misma.

Ese cuarto no era un escondite. Era un testamento. Su herencia verdadera: la memoria que yo había intentado borrar, y que ahora hacía mía.


Epílogo

Mi madre se fue sin reproches, sin levantar la voz, sin reclamar nada de lo que le quité. Su resistencia fue el silencio; su victoria, la memoria. En aquel cuarto oculto no solo guardó objetos, guardó su identidad intacta, a salvo del tiempo y de mis errores. Yo creí haberla guiado, haber sabido más. Hoy sé que fue ella quien me dio la última lección: nadie debe renunciar a sí mismo para ser amado.


“Su memoria, intacta.”



miércoles, 30 de abril de 2025

"Muchos mundos, un solo cielo": Un apagón inesperado en Madrid transformó la ciudad, revelando la humanidad y la solidaridad entre sus habitantes. Una historia de luces apagadas y almas encendidas.

 Un pizarrón negro con letras blancas en un fondo oscuro

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“Un apagón que encendió las luces del alma.” 


Introducción

No suelo recordar los días por su fecha, pero aquel lunes quedó grabado en mi memoria. No por lo que hice, sino por lo que sentí. Madrid se apagó, y con su silencio se encendió otra forma de mirar. Descubrí que, cuando el mundo se detiene, la humanidad respira más fuerte.


En una ciudad donde laten más de siete millones de corazones al mismo tiempo, y donde circulan casi seis millones de vehículos diariamente, debería escucharse un estruendo que reventara los oídos. Pero no. En Madrid —mi Madrid— la dinámica suena, a veces, como el redoble de una marcha militar: paso tras paso, con una cadencia marcada por el ritmo vertiginoso de su modernidad. Otras veces —casi siempre— su movimiento es un pasodoble que uno quisiera bailar… ¡eternamente!

Ese día, lunes 28 de abril, como todos los días, la ciudad parecía un enjambre inagotable. Calles llenas de gente multicolor, con sus voces y silencios; movilizándose cada cual a su manera y ritmo; con edificios que te cuentan su historia y otros que, amablemente, guardan la altura respetuosa para mirarte de frente, confortándote con abrazos verdes… salvo esas tres manos en alto, ¡quince dedos queriendo rascar el cielo! Torres que se alzan como desafíos humanos, mundos de vidrio y acero apuntando al mismo firmamento.

Cada persona llevaba su propio mundo en la mirada: quienes caminan deprisa con el tiempo contado; quienes vagan sin rumbo disfrutando la locura de existir; quienes miran escaparates que nunca podrán pagar; quienes no saben qué es caminar con miedo. Los locales, que se la beben como agua; los extranjeros, que se la comen con hambre de más. Así, día tras día, mundos que coexisten sin encontrarse. Hasta ese día… 28 de abril de 2025.

Fue a las 12:33 cuando la ciudad se infartó. Súbito. Una sorpresa. Una rareza. Fue solo un susto, pero nadie lo sabía. La ciudad se apagó. El tiempo también. Cada cual reaccionó a su manera, según sus experiencias, creencias e ideologías. Algunos hablaron de saboteo; otros, de negligencia; hubo quienes se alarmaron por una posible acción bélica. La comunidad de migrantes, en su mayoría, se llevó las manos a la cabeza exclamando: “No jodas, la maldición del socialismo nos persigue”. Sí, hablo del apagón. De la pausa del flujo eléctrico… de la desconexión con el mundo que conocemos. Duró apenas unas horas, pero se midió como eternidad. Un evento extraño para unos, común para otros tantos. Lo cierto es que ese breve lapso marcó un antes y un después en la vida de la mayoría.

Lo desconocido causa incertidumbre, y esta… ansiedad. Sin electricidad ni conectividad, la dinámica de la ciudad cambió. Todo se paralizó. Semáforos apagados, atascos formados. Ni metro ni Renfe. Ni cajeros automáticos, ni datáfonos… ni efectivo. Escasa comunicación telefónica. El miedo y la inseguridad detonaron reacciones de pánico: compras nerviosas de productos básicos, velas… y papel higiénico. Escenas que recordaban el comienzo de la pandemia del Covid-19.

Y en medio del caos, aparecieron los reflejos de humanidad. Un ejecutivo, acostumbrado a mover fortunas con un clic, quedó inmóvil ante una caja registradora que no aceptaba su tarjeta. Miró alrededor, desconcertado, hasta que una mujer sencilla, con un paquete de pan en las manos, le tendió unas monedas para completar el pago. Se miraron, sorprendidos, como si ninguno entendiera el gesto que acababa de suceder.

En otro rincón, una anciana encendió una vela en el umbral de su edificio. La llama pequeña iluminó los rostros de varios niños que se acercaron, fascinados, como si aquella luz frágil contuviera más poder que todas las torres eléctricas de la ciudad. Alguien la protegió con sus manos para que no se apagara con el viento. Y en ese acto sencillo se concentró toda la fuerza de lo humano: cuidar lo que alumbra, aunque sea mínimo.

Los mundos que se movían a un mismo tiempo, sin rozarse, por unas horas se fusionaron en uno solo. Todos con la misma preocupación, con las mismas necesidades. La luz se apagó, pero se encendieron las almas: esa llama que nace del corazón y se conecta con los demás corazones. La solidaridad se volvió piel, sensible al roce humano. No hubo quien no se volviese a mirar al que tenía al lado, convirtiéndose en una extensión de sus sentimientos y emociones. Incluso aquellos expertos en contenerlos. Lo malo evidente sacó a relucir lo bueno oculto en la gente. La gente volvió a ser gente.

Muchos mundos, amparados por un mismo cielo: el amor al prójimo. Como hermanos. Como hijos del mismo Padre. Y en ese instante, sin artificios ni luces de neón, se reveló una verdad: que ninguna torre, ningún poder ni fortuna nos sostiene. Solo la virtud, ese fuego secreto que ni los apagones pueden sofocar.


Epílogo

A veces pienso que el apagón no fue una falla eléctrica, sino una lección colectiva.
Por unas horas, la ciudad volvió a ser aldea. Nos miramos a los ojos, compartimos lo que teníamos, y recordamos —como si despertáramos de un largo sueño— que la humanidad no se mide en megavatios, sino en gestos.
Cuando la luz volvió, muchos aplaudieron. Yo, en cambio, sentí una leve nostalgia. Porque, en la oscuridad, habíamos encendido algo más profundo: la conciencia de que todos habitamos muchos mundos… pero bajo un solo cielo.

¿Dónde estabas tú, y qué estabas haciendo, cuando el apagón en Madrid?


viernes, 25 de abril de 2025

"LOS SILENCIOS DEL CAMINO": Reflexión literaria sobre caminar, observar a los otros y encontrar en sus silencios una fuente de inspiración y crecimiento espiritual.

“Cada paso es un relato, cada cruce una historia”


Prólogo

Hay una belleza silenciosa que no se impone ni reclama atención: la que habita en los otros cuando aprendemos a mirar despacio. Cada existencia que se cruza con la nuestra nos ofrece algo —una pregunta, un reflejo, una grieta de luz— capaz de nutrirnos por dentro. Observar con atención es un acto de humildad y de amor: reconocer que no crecemos solos, que nuestra espiritualidad se expande cuando otorgamos valor a la vida ajena y permitimos que nos transforme.


Sin saberlo, él fue la inspiración de estas letras. Me detuvo con un saludo, seguido de una interrogante:

—¿Sabes que te observo en silencio? ¡Lo sabes! Y dime, ¿por qué nunca te detienes? Siempre andando… bajo el sol e inclemente calor del verano, bajo la lluvia del otoño o el frío del invierno. Siempre andando.

Por primera vez miré a los ojos a ese hombre. No lo hice de cualquier manera, sino de forma entrañable. Su pregunta, más que una duda, fue una confesión. Una confesión que me llevaría, a mí, a confesarme. Pero no en ese momento ni a él, sino a mí misma, al reiniciar mi andar. Le respondí con un silencio impreso en una sonrisa. Creo que lo entendió.

Caminar no es un reflejo, lo sé, lo siento. Los reflejos pertenecen a lo inmediato: al parpadeo ante la luz, a la retirada de la mano frente al fuego, al retroceso del cuerpo ante la amenaza. Caminar es otra cosa, algo que va más allá del movimiento rítmico y voluntario que requiere la coordinación de estructuras neurológicas complejas… ¡es mucho más que eso!

Al caminar, la memoria se activa, el cuerpo recuerda. Recuerda el universo inmenso que se mostraba al gatear, aquel primer tambaleo, el miedo a caer, la victoria de un paso sostenido. Desde entonces, cada zancada es un acuerdo tácito entre mi memoria y el presente. El cuerpo avanza casi solo, como si hubiera un metrónomo escondido en mi médula, pero soy yo quien elige el rumbo. En esa mezcla de lo automático y lo consciente encuentro mi primera certeza: sigo viva porque sigo andando.

Y sí, me confieso: camino para escribir. No con la mano que sostiene la pluma, sino con los ojos abiertos entre la multitud. Cada rostro que se cruza conmigo me dicta una historia que nunca terminaré de conocer, pero me la invento. El que lleva el gesto vencido de una batalla secreta. El adolescente que se ríe de algo que solo él entiende. La joven de aspecto descuidado porque sabe que su piel tersa es el único adorno que necesita. La mujer madura que cultiva el atractivo para resaltar su esencia. El joven que corre con cascos puestos porque el físico y la música lo estimulan. El hombre canoso que se instruye y se supera, caminando erguido, porque allí reside su masculinidad. El anciano que cuenta sus pasos como cuentas de un rosario invisible. El niño que patea una pelota porque aún no ha descubierto que no es lo único que se patea en la vida.

Ellos, y muchos otros, no saben que, al pasar junto a mí, absorbo esa energía que emana de ellos. Energía que transformo en imágenes, en sentimientos y emociones… que expreso en letras, puntos y comas. En palabras vivas que laten.

Caminar entre la gente es abrir un libro de infinitas historias contadas con frases interrumpidas y silencios… silencios que dicen más que mil palabras. A veces me basta un parpadeo para inventarles destinos, un giro de hombros para adivinarles heridas, una forma de pisar para imaginarles la luz y las sombras de sus almas. Yo recojo esas frases incompletas, esos silencios, como migas dispersas en el camino, y las guardo para crear historias completas. Cada mirada, un título. Cada sonrisa y gesto, un capítulo. Cada silencio, un final.

Sí, así es: caminar es inspiración, es escritura. Cada paso es una confesión, y cada cruce, una historia.

Camino porque, al caminar, me reconozco narradora; y porque sé —aunque los demás no lo sospechen— que me han confiado sus historias sin necesidad de pronunciar una sola palabra. Coincidir conmigo, en un instante del camino, es consentimiento; del mismo modo que yo les confío mi historia y les cedo, a otros narradores que se desplazan por estos senderos de la vida, un pedazo de la mía.

Y si alguna vez nuestros pasos vuelven a cruzarse, tal vez no haga falta decir nada: bastará el silencio, para que tu historia me hable y la mía te acompañe.


Epílogo

Al final, somos lo que recogemos del camino: miradas que nos enseñaron a sentir, silencios que nos obligaron a escuchar, presencias que nos recordaron que existir es un acto compartido. Cuando honramos la historia de los otros, aunque sea por un instante, algo en nosotros se ordena y crece. Tal vez esa sea la verdadera belleza: descubrir que alimentarnos del mundo no es tomar, sino reconocer, agradecer y seguir andando un poco más despiertos.


 “Cada paso que doy es un diálogo callado con quienes fui, con quienes me miran, y con quienes aún no saben que me encontrarán.”

 

Nota: Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @escritosenblancoynegro: @tintasobrepapel

viernes, 18 de abril de 2025

"LITTLE MISS SUNSHINE": Reflexión íntima sobre el insomnio, la familia disfuncional y la felicidad como instantes breves. Un texto sobre aceptar la imperfección, resistir y sonreír.


Texto

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

“Una meditación sobre aceptar, amar y sonreír en medio del caos.”


Prólogo

Hay noches en las que el silencio pesa más que el cansancio y el tiempo parece olvidar su función. En esos instantes suspendidos, cuando dormir es imposible y pensar es inevitable, la mente se vuelve un territorio fértil para las preguntas esenciales. Este texto nace ahí: en una vigilia común que, sin proponérselo, se transforma en revelación.


Un día más, uno de esos que parecen estirarse hasta la eternidad. Me siento al borde de la cama, fijo la mirada en el reloj. Escucho su tic-tac, tic-tac, pero las manecillas permanecen inmóviles. No estoy loca: sé que el tiempo sigue corriendo…, aunque en mi mente parece suspendido, como un péndulo atrapado en el aire.

¿Para qué luchar contra esto? Si me acuesto, me quedaré observando el techo. Lo conozco bien: alto, imponente, de madera brillante aún bajo la penumbra del cuarto. Entonces recurro al único refugio posible del insomnio: la televisión.

Al encenderla, apareció FOX anunciando Little Miss Sunshine. Vieja, amarillenta, como las fotografías desvaídas de mi juventud. “Debe de ser buena”, pensé. Y pensé bien. Al principio me resultó extraña, incluso un poco absurda, pero pronto esa sencillez inesperada me cautivó. Su historia, tejida con hilos de rareza y ternura, me mantuvo atenta de principio a fin. No recordaba la última vez que una película lograba sostenerme así, sin que mi mente escapara por rendijas de distracción. Una obra de bajo presupuesto, sí, pero con el tesoro de un argumento que brillaba por encima de todo.

Con la mente despejada, intenté apagar la pantalla. Me dispuse a dormir. Pero FOX decidió encadenar mi vigilia con Los Simpsons. Reí un largo rato, como quien se deja arrullar por el humor, hasta que otra vez intenté cerrar los ojos. Resistían, como si fuesen criaturas tercas, con voluntad propia.

Entonces me sorprendió la coincidencia: tanto en la película como en la caricatura, los personajes eran distintos, cada uno cargando su propio drama, pero todos pertenecientes a una misma familia marcada por la disfuncionalidad. Así dirían los especialistas. ¿Cómo sobrevivían unidos, a pesar de todo, y además sonreían? ¿No era eso una contradicción? ¿Cómo podían ellos sí… y otros no? ¿Dónde estaba la clave?

Lo curioso era que no intervenían psiquiatras repartiendo pastillas que alteran la mente hasta confundirla, ni psicólogos eternizando sesiones sin soluciones reales, ni burócratas indiferentes midiendo la suerte de una familia en cifras presupuestarias. Nada de eso. Solo estaban ellos: imperfectos, raros, golpeados por la vida, pero de pie. Y, sobre todo, juntos. Compartiendo. Resistiendo. Riéndose de sí mismos.

Entonces lo entendí. La felicidad no existe como entidad sólida, como llave maestra o como destino prometido. La felicidad se disuelve en instantes: un destello, una carcajada, un abrazo fugaz. Son momentos breves los que la dibujan, como pinceladas dispersas que, al mirarlas de lejos, forman un cuadro entero.

La clave —incluso en medio del caos, incluso en la disfuncionalidad— está en desoír ese status quo que pretende uniformarnos, imponer un “deber ser” como si fuéramos piezas idénticas de un rompecabezas. La vida no exige encajar: exige existir. Y en esa diferencia irreductible, en nuestras aristas y grietas, está lo que nos hace humanos.

Esa noche no recibí de Dios la llave de la felicidad —porque tal vez no exista—, pero sí me entregó otras: la de la humildad y la de la tolerancia. Con ellas se abre la posibilidad de aceptar y amar a los demás, y también a uno mismo, tal como somos: con virtudes y defectos, con heridas y cicatrices, con luces y sombras. Aceptar lo que no podemos cambiar nos libera. Nos enseña a fluir. Y en ese fluir hay paz. ¿La han sentido? Es lo más cercano a la felicidad que conozco.

Quizás piensen que he perdido la razón. ¿Será? No lo creo. Lo cierto es que aquella noche, después de tantas vueltas y preguntas, logré dormir profundamente. Y lo hice con una sonrisa dibujada… ¡de oreja a oreja!

A veces, la felicidad no se encuentra en grandes certezas, sino en pequeños destellos. Un techo conocido, una película inesperada, una carcajada compartida con caricaturas amarillas. La noche que parecía interminable se convirtió en revelación: aceptar, resistir y sonreír puede ser lo más cercano a la plenitud que un ser humano pueda alcanzar.


Epílogo

Tal vez no exista una fórmula para la felicidad, ni una ruta clara que garantice su llegada. Pero a veces basta con detenerse, mirar sin exigencias y permitir que la vida sea imperfecta. En esa aceptación —simple, humana— ocurre algo sutil: el caos se aquieta, el corazón descansa y, por un instante, todo está bien.


“Una meditación sobre aceptar, amar y sonreír en medio del caos.”



viernes, 11 de abril de 2025

"LAS MANOS DE DIOS": Un texto poético y espiritual sobre el cansancio del alma, la oración silenciosa y la certeza de que, aun en el abismo, son las manos de Dios las que sostienen el camino.


“En el silencio del alma cansada, las manos de Dios hacen su obra.”

Prólogo

A veces el día comienza con luz y termina en prueba.
Entre lo cotidiano y lo invisible, el alma aprende que no toda batalla se libra con palabras, ni toda fuerza nace de uno mismo. Este texto es el rastro de ese instante en que el cansancio humano se encuentra con la gracia divina.


Un día cualquiera…
te levantas con música en la cabeza,
una sonrisa tatuada que simboliza amor y alegría.
Y una gente que no es gente… ¡te arruina el día!

Se frunce el entrecejo.
Se tensan las mandíbulas, sellando los labios
en muda oración.
Si pronuncio palabras, sonarán a maldición.

Te tragas la amargura.
Aprietas la frustración.
El corazón se oprime; la respiración se agita.
La mente se nubla con pensamientos perversos
que se esfuman por inacción.

Llegas a casa —ese lugar sagrado—,
el que alberga tu vida
como tu cuerpo al alma.

No haces nada. Nada vale la pena.
No apetece. ¡Ni eso ni nada!
Te acuestas en la cama, desanimada.
Adoptas posición fetal:
reflejo de que, en el vientre de tu madre, deseas estar.
Aun gestando. No nacida,
para no enfrentar los dilemas que surgen
entre el bien y el mal.

Con las palmas abiertas, juntas las manos bajo tu cara.

Palmas que, como orando,
tejen un lecho de consuelo y esperanza
donde Dios te permite descansar.

Te relajas.
Tus ojos decepcionados fabrican cuentas de rosario —uno de cristal—,
unidas por hilos de plata
que te enlazan a la Madre:
esa que te abriga con amor
y promesas de bienestar.

De tu boca se escapa un musitado:
—Ay, Dios...

No es una simple exclamación.
No llega a ser un suspiro, aunque suene igual.
Es la exhalación del alma
cuando se libera de la opresión
que cargas entre pecho y corazón.

Es súplica.
Es plegaria.
¡Es un llamado a Dios!
Que no te suelte.
Que te sostenga,
porque estás ante el abismo…
el abismo entre el “sí” y el “no”.

Solo ves ante ti un camino lleno de obstáculos.
Entras en desasosiego.
¿Otra vez? —te preguntas, incrédulo y con decepción—.
¿Empezar de nuevo… hasta cuándo, Señor?

Con frenesí empiezas a limpiarlo.
Las malas hierbas impiden que entre la luz.
No sientes nada físico, la exaltación te anestesia.
Ni cansancio, ni desgarro

Las manos no sangran.
Las miras solo para comprender que, como siempre,
no son las tuyas las que despejan el camino que has de transitar…
¡Son las manos de Dios!


Epílogo

Cuando el ruido calla y el cuerpo se rinde, queda la verdad esencial: no caminas sola.
Incluso en la duda, incluso al borde del abismo, hay unas manos —más firmes que las tuyas— que siguen despejando el sendero.


“Allí donde termina mi voluntad, surgen las manos de Dios”

 


viernes, 4 de abril de 2025

"UNA TAZA DE CAFÉ": Reflexión poética sobre los rituales matutinos, la gratitud, el café y la conciencia del presente como acto de amor a la vida.


“Cada sorbo, un agradecimiento por el hoy”


Prólogo

Cada amanecer es un pacto silencioso entre el alma y el tiempo. Antes de que el mundo reclame nombres, horarios y batallas, existe un instante puro: ese en el que respirar ya es motivo suficiente para agradecer. Este texto nace ahí, en ese umbral sagrado donde lo cotidiano se convierte en rito y la vida, simplemente por repetirse, vuelve a ser milagro.


Como todos y cada uno, tengo mis propios rituales al despertar, en eso que solemos llamar “otro día más”, al amanecer. No voy a hablar de ello; sería como escribir un tratado científico sobre la comprensión del funcionamiento del sistema nervioso y de cómo este produce y regula nuestras emociones, pensamientos y conductas corporales básicas… ¡y es lo último que tengo en mente!

Al abrir los ojos, automáticamente —y como respuesta a mi profundo amor a Dios— solo doy gracias por existir “otro día más”, tomando conciencia de la importancia de ello. Y, claro está, se dibuja en mi rostro la primera sonrisa del día: ¡una sonrisa auténtica, una que sale del alma, hermosa, profunda, indeleble como obra de arte hecha por el mejor tatuador! Así empiezan mis días: el de ayer, el de hoy… ¡el de mañana no sé, tal vez no haya!

Y así, con cara de ángel despeinado y envalentonado para las batallas que le aguardan —me lo imagino yo— voy dando traspiés desde la cama hasta la cocina. Allí cojo mi más afilada y reluciente arma —esa que brilla como el más resplandeciente lucero de la mañana—, simbolizando mi grito de guerra que avisa a toda España, y demás tierras lejanas, que conmigo no se metan… ¡por supuesto, estoy hablando de la cafetera italiana!

Empieza la magia. El fuego pone a burbujear el agua, que sube con fuerza, casi con rabia, para producir el elíxir que abrirá esa caja fuerte que resguarda con recelo aquellos instantes que constituyen el tesoro de nuestras vidas: ¡los recuerdos!

La taza humea, desprendiendo la fina y aromática hebra que nos ata a los tiempos; que borda el pasado, ornamentando nuestros pensamientos; que teje el presente, creando telas tangibles con esos instantes extraordinarios, intangibles; que zurce lo dañado, convirtiendo lo roto y gastado en vestimenta de gala… ¡humo y aroma que aclaran la visión de lo hermoso que puede ser el hoy, y un mañana!


Epílogo

Tal vez no sea el café, ni el humo, ni siquiera la mañana lo que nos despierta. Tal vez sea la memoria, siempre paciente, esperando una excusa para recordarnos quiénes somos y por qué seguimos aquí. Mientras haya gratitud, aroma y conciencia del ahora, cada día —aunque parezca uno más— seguirá siendo único.


“La vida no se mide en años ni en logros, sino en los instantes que huelen a café recién hecho.”



viernes, 28 de marzo de 2025

"CARTA A ALGUIEN QUE CREÍ CONOCER": Una carta profunda y reflexiva sobre la pérdida, el suicidio y las preguntas que deja la muerte elegida. Un texto íntimo sobre el dolor, la fragilidad humana y la búsqueda de sentido

  Texto

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“Una carta íntima a la frontera entre la vida y la muerte.”


Prólogo 

Quizá nunca sepamos por qué algunas almas se cansan antes de tiempo. Pero al escribir, al recordar, al preguntar sin respuestas, seguimos eligiendo la vida. Este texto no cierra la herida: la honra. Porque amar también es aprender a vivir con lo que no se puede comprender.


Tengo tu foto frente a mí.

Tus ojos me miran desde un lugar al que ya no puedo llegar. En ellos sigue viviendo el mar que tanto amo: azul inmenso, inquieto, insondable. Ese mar ya no es un paisaje: es un espejo de tu último naufragio, un abismo que me devuelve preguntas que no sé responder.

No dejo de mirarte. Me pregunto —con miedo, con rabia, con ternura— qué sucede dentro de un ser humano para tomar esa decisión. ¿Cuánto dolor hay que cargar para que la muerte parezca descanso? Y mientras lo pienso me descubro temblando, porque no hablo solo de ti: hablo de cualquiera de nosotros. En otro tiempo, en otras circunstancias, podría haber sido yo.

Tu muerte me abrió una grieta que no conocía. Creía haber entendido la vida y la muerte, pero tu decisión deshizo mis certezas. Morir es inevitable, lo sabemos todos. Pero elegir morir, interrumpir la propia historia, es un acto que nos deja desarmados a quienes seguimos aquí.

Desde entonces me acompaña una pregunta que no consigo cerrar: quitarse la vida, ¿es un acto de valentía o de rendición? Quizá ambas cosas. Quizá ninguna. Tal vez sea el gesto extremo de un alma agotada que ya no encuentra salida. Pero para los que quedamos es un terremoto. Nos obliga a mirar de frente nuestras grietas, nuestras sombras, y a aceptar que la desesperación puede tocarnos a cualquiera.

Solías decir: «Las personas más tristes hacen siempre lo posible por hacer felices a los demás, porque saben lo que significa sentirse absolutamente inútiles y no quieren que nadie más se sienta así».

¿Guardabas tristeza detrás de tu rostro sonriente? Eras amable, generoso y amoroso… siempre te preocupabas por los demás. Me aterra imaginar que fue un grito desesperado, que esperabas ser rescatado y no llegó nadie.

A veces me conmueve pensar que quisiste liberarte, que buscabas un silencio que aquí no encontraste. Nunca lo sabré. Nadie lo sabrá. Solo tú conoces la verdad de ese instante, y ahora esa verdad es misterio.

Desde mi corazón adolorido te digo: me rompiste. Tu ausencia no es solo tristeza: es una herida que cuestiona mi propia existencia. Me miro al espejo y me descubro frágil, mortal, incapaz de dar respuestas definitivas. Quizá en esa incapacidad esté la clave: la vida es una pregunta sin respuesta, y tal vez quienes no soportan más siguen buscándola en otro lugar.

Quiero creer que hay un espacio, más allá de todo esto, donde tu alma encontró descanso. Que el azul profundo que vivía en tus ojos te haya recibido al fin. Que allí ya no exista ni valentía ni cobardía, solo paz.

Paz y vida eterna a tu alma, mi querido desconocido. Y también paz para nosotros, los que seguimos aquí intentando entender, sin lograrlo del todo.


Epílogo

Hay encuentros que creemos conocer y ausencias que jamás aprendemos a nombrar. Esta carta nace en ese territorio incierto donde el amor, la culpa y las preguntas sin respuesta conviven. No intenta explicar la muerte, sino acompañar el temblor que deja en quienes seguimos respirando, mirando una fotografía, buscando sentido en lo irreversible.


“Quizá la vida no se explica: solo se habita, hasta donde podamos.”

Dedicado: R.W.


viernes, 21 de marzo de 2025

"Amar, el acto de existir": Reflexión íntima sobre el amor en sus múltiples formas: amor romántico, filial, divino y al prójimo. Un texto sobre pensamiento, conciencia y sentido de vida.

"El amor no se explica, se encarna”


Prólogo

Hay palabras que no se escriben para ser entendidas, sino para ser reconocidas.
Este texto nace de una certeza íntima: el amor no se piensa, se vive; no se define, se encarna.
Cada línea es una huella de ese tránsito silencioso entre la mente que busca sentido y el alma que ya lo conoce.
Leerlo no exige respuestas, solo presencia.


En este andar por la vida, si algo permanece constante, es la abundancia de pensamientos espontáneos, incoherentes, muchas veces contradictorios con nuestra voluntad de existir.

Viene a mi mente una escena que me marcó profundamente. No como una herida, sino como una brújula. Mi madre, en su lúcida ancianidad, una vez me pidió consejo —ella a mí, cuando la sabia era ella— sobre cómo acallar las voces de la mente: esos pensamientos que brotan a borbotones, sin control ni coherencia, y que nos descolocan en nuestros sentires, llevándonos a lugares indeseados.

Sin pensarlo mucho, le respondí lo primero que me vino a la mente:
“Madre, el cerebro no se detiene ni un instante, y la mente te dará lo que quiera darte. Toma las riendas. Conduce los pensamientos hacia donde quieras que vayan. Llévalos a esos instantes del pasado donde sentiste alegría y plenitud, a esos tesoros que guardas en el alma y que son solo tuyos. Vuélvelos a vivir, disfrútalos como entonces.”

No sé si esas fueron exactamente mis palabras, pero así las recuerdo. Fue un consejo que le di a mi madre en un ayer, y que hoy sigo aplicando. Le sirvió a ella en su momento, y a mí me sostiene ahora.

Ser feliz no es un evento fortuito, ni algo que se encuentre doblando la esquina, como quien tropieza con el tesoro de otro. No. Me niego a aceptarlo. Porque no es racional, ni justo.

Pero no es la “felicidad” lo que me impulsa a escribir, sino los pensamientos que genera la mente y hacia dónde los dejamos ir. ¿Permitimos que fluyan sin control, como agua de manantial que se pierde entre las piedras, o los canalizamos hacia un cauce que nos dé paz y sentido?

Yo he elegido canalizarlos. El agua del manantial es el amor; el depósito, mi alma. Así me aseguro de tener suficiente para beber y para calmar la sed de otros. Los pensamientos llevan a las palabras, y éstas a la acción. Es mi forma de vivir en coherencia.

El amor. Breve en su escritura, insondable en su esencia. No hay verbo, sustantivo ni pensamiento capaz de contener su vastedad. Es principio y fin, origen y retorno. Es llama secreta que da sentido al existir, soplo que anima al hombre, vibración que atraviesa la piedra y alcanza las estrellas. Todo lo que respira, lo hace por amor; y todo lo que deja de hacerlo, muere también por él.

El amor, el amor, el amor… repetido así parece letra de canción. Y lo es. Porque es la inspiración de casi todas: por tenerlo, por perderlo o por no haberlo encontrado. Sea como sea, el amor siempre ha sido, y será, la fuerza que mueve al mundo —para bien o para mal—.

Hay amores que no salvan, sino que consumen.
El amor al poder se disfraza de liderazgo y termina en dominio.
El amor al dinero, que promete seguridad, se convierte en codicia que devora.
El amor desmedido a uno mismo se vuelve espejo sin fondo: el ego, hambriento, jamás se sacia.
El amor a la fama es un grito que necesita ser oído, aunque se pierda la voz.

Incluso el amor a la verdad puede enfermar cuando se impone con violencia sobre quienes no la ven igual. Son amores torcidos, pero amores al fin: la misma energía divina usada al revés.

Por eso el mundo convulsiona, no por falta de amor, sino por no saber cómo amar. Surgen entonces las preguntas inevitables: ¿el amor es uno solo? ¿Se ama a todos del mismo modo?

Desde el principio de los tiempos, cuando el hombre levantó los ojos al cielo y sintió en el pecho la nostalgia de un origen que no recordaba, el amor ya lo habitaba. Empédocles lo llamó philia, la fuerza que une los elementos del cosmos; Platón lo vio como un puente entre la carencia y la plenitud; San Agustín lo entendió como la presencia viva de Dios en el alma. Cada uno intentó nombrar lo innombrable, pero el amor siguió siendo ese misterio que solo se percibe cuando falta.

¿Desciende, entonces, el amor desde lo divino hasta lo humano, toma cuerpo, pulsa en la carne y se hace necesidad y temblor? ¡Ojalá fuera simple la búsqueda!

 La biología dice que el amor se enciende en las neuronas, danza con la dopamina, se anuda con la oxitocina. Se acelera el pulso, tiembla la respiración, se eriza la piel. Es impulso, deseo, hambre. Pero también lenguaje de supervivencia, pacto silencioso de la especie consigo misma.

Ahí nace el amor romántico: ese relámpago que atraviesa la soledad y promete eternidad. Es el más humano de los delirios y el más divino de los errores. Entre el hombre y la mujer, el amor es conjuro y abismo: une para luego dividir, eleva para luego derrumbar. Freud lo vio como sublimación del instinto; Fromm, como arte y disciplina; Neruda, como incendio en la sangre.

En el amor pasional, el ser se despoja de toda armadura: anhela ser visto, comprendido, penetrado hasta el alma. Pero esa entrega contiene su tragedia: todo lo que se une corre el riesgo de romperse.

Más allá del deseo, el amor se transforma en raíz y herencia. El amor de los padres hacia los hijos no se elige, se impone. Nace antes que la palabra y sobrevive a toda razón. Es fuego perpetuo que arde sin consumirse, antorcha que ilumina incluso cuando la vida se apaga.

Ese amor —irracional, absoluto— prueba que hay en el ser humano una fuerza que desafía toda lógica. Los padres aman incluso cuando duele, perdonan incluso cuando sangran. Morirían o matarían por proteger esa extensión de sí mismos que es su hijo. Nadie, absolutamente nadie, ha logrado nombrar el amor hacia los hijos. No se deja medir ni comprender: solo se siente. Es resplandor que habita el alma y trasciende, como si en ese lazo Dios recordara su propio origen. Es lo inefable hecho carne.

 ¿Y qué otra pasión logra eso?

En el extremo más alto de ese misterio hallamos el amor divino. El amor hacia Dios —o de Dios hacia el hombre— es la forma más pura de la paz que da esperanza. El alma, fatigada por el mundo, se aferra a Él como a una promesa. En la fe cristiana, Dios es amor; en el sufismo, el Amado es el fuego que consume el yo; en el budismo, la compasión es la forma más elevada de amar.

El ser humano, frágil y finito, busca en lo eterno un reflejo de sí mismo, una razón para seguir. Porque cuando la vida hiere, solo el amor parece dar sentido al dolor. Amar a Dios es creer que el bien tiene propósito, que la luz vence, que la entrega no es inútil. Es un acto de confianza frente al abismo.

Así, el amor —romántico, filial, divino— se revela como una misma esencia con distintos rostros. No se ve, pero se sabe; no se toca, pero sostiene. Es energía, impulso, conciencia. Es música que no cesa, aunque cambie el instrumento. Todo intento de definirlo es un fracaso hermoso: un espejo empañado frente a la inmensidad.

Ni la gramática, ni la biología, ni la filosofía lo abarcan por completo. El amor no pertenece a ningún dominio del saber: es el fundamento mismo del ser.

Y, sin embargo, hay algo que nos distingue en medio de esa vastedad: el amor a los hijos y el amor a Dios no son del mismo tejido que los demás. El primero nos mueve; el segundo nos sostiene.

El amor siempre hiere. La diferencia está en la herida que deja.

En el amor a los hijos y a Dios, las heridas no sanan: permanecen abiertas, sangrando, eternas. Necesitamos que así sea, para poder tocarlas, recordarlas, sentir que aún vivimos en ellas.

Las heridas del amor romántico, en cambio, cicatrizan. Dejan tatuajes en el alma, poemas de nostalgia, de traición u olvido. Pero se cierran.

Quizá por eso, en los vínculos humanos, prometemos amarnos “hasta que la muerte nos separe”, porque, en el fondo, sabemos que hay amores que la muerte puede separar; y, aun, antes de ella.
Solo el amor entre padres e hijos, y entre Dios y nosotros… continúan aun cuando ya no quede nadie para pronunciar nuestros nombres, ni el suyo.

La pregunta que flota entre mis líneas:

¿Y el amor al prójimo?

El prójimo somos todos: Dios, los hijos, tú, yo… cada cual con su modo de amar y de ser amado. El amor no entiende de orden ni de jerarquías; solo de presencia.
A veces amamos primero lo que nos sostiene, otras, lo que nos duele; y en ese vaivén aprendemos a amar mejor. El prójimo es el espejo donde Dios nos mira.
Amar al otro es también amarnos en él, reconocer que somos fragmentos del mismo fuego. No hay antes ni después, no hay yo ni tú: solo un nosotros que respira en una misma esencia.

Quizá ese sea el misterio último del amor:
que, al amar, no damos ni perdemos nada, solo regresamos al lugar de donde venimos.


Epílogo

Al final, el amor no nos pertenece.
Nos atraviesa, nos hiere, nos sostiene y nos devuelve —una y otra vez— al origen.
Quizá vivir consista en eso: en aprender a no huir de lo que duele cuando nace del amor,
y en aceptar que amar no es llegar a algún lugar, sino recordar quiénes somos.


“No amamos por elección, sino porque el alma no sabe existir sin amar.”

viernes, 14 de marzo de 2025

"ENTRE LO HUMANO Y LO DIVINO": Amar sin poseer: carta a un amor imposible entre la fe y el deseo

 

 Dedicatoria: Para los enamorados de lo inalcanzable, que viven la intensidad del querer sin poseer.


“Amar no siempre es tener. A veces, amar es aprender a dejar ir.”


Prólogo

Este no es un relato de amor correspondido,
sino de un amor sentido en silencio.
De esos que no buscan quedarse,
sino comprender.
Porque a veces, el amor más profundo
es el que se vive sin tocar,
el que se honra renunciando.


Amor, nunca leerás esta carta porque nunca te la entregaré.

Y si la lees…
será porque cayó en tus manos
por esas casualidades de la vida.

Aun así,
tampoco sabrás que fue escrita para ti.

Conociendo tu inteligencia
y tu capacidad de reflexionar,
de alguna manera…
te habrá de dejar enseñanza:

¡como eso de que la mujer necesita amar en libertad!

No me pediste que te amara,
pero lo hiciste fácil,
sin esfuerzo…
para que así ocurriera.

Abonaste mi vida con francas miradas,
dulces sonrisas,
y prudente silencio.

Llenaste mis oídos
con la música más melodiosa:

¡tu voz!
¡tu risa!

Endulzando mis días,
acaramelando mi alma.

¡Ah!
¡Qué días de entusiasmo…
y noches de inmenso placer!

Con solo guardar tu imagen
dentro de mi pecho
y verla crecer.

Pero, a medida que transcurre el tiempo,
más deseo acercarme a ti.

Necesidad de tomar tus manos,
perderme en la profundidad de tu mirada,
respirar el aroma de tu piel…
yo la tengo.

¿Qué hago con todo esto
si sentirlo no puedo?

Quienes conocen lo que siento
y cómo pienso,
ruegan que deje los estigmas
y me eche a “volar”
en busca de mi felicidad.

No lo hago…
retrocedo.

Doy excusas: todas son mentiras
queriéndome justificar.
Bien sé que dentro de mí los vientos azotan,
y que la tempestad amenaza
con devastar a esta pobre alma…

¡que los mandamientos anhelan romper!

Anoche fue dura la pelea
entre mi conciencia
y los demonios que me acechan.

Pero no puedo…
me rindo.

¿A quién engaño?

De la alegría he pasado al llanto;
el amor a Él es superior en fuerzas.

Me apartan de ti porque mi fe está quebrantada;
porque tu amor es terrenal
y el de Él es celestial;
porque el tuyo me confina a las sombras,
y el de Él me da luz…
y libertad.

Tú eres finito,
me acompañarás solo a ratos.

Él es infinito,
ha estado conmigo desde siempre…
hasta la eternidad.

Cariño mío…
nunca te he tenido,
y ya te di por perdido.

¡amándote tanto!


Epílogo

Al final, no todo amor se pierde:
algunos se transforman.
Se quedan en el alma
como una lección suave y eterna.
Porque amar, incluso sin tener,
también es una forma de eternidad


“Amar es perder, pero perder también es amar.”