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domingo, 7 de diciembre de 2025

"Aunque Pasen 23 Años": Un relato sobre la amistad auténtica, capaz de sobrevivir al encierro, al paso del tiempo y a la adversidad.

“La amistad: el arte sagrado de coincidir”


PRÓLOGO

Hay historias que no nacen de un suceso extraordinario, sino del resplandor silencioso que deja un corazón en otro. La amistad verdadera es precisamente eso: un eco que se reconoce, una chispa que, sin proponérselo, da origen a un relato, a un aprendizaje o a un capítulo nuevo en la vida.

La palabra amistad se usa con una ligereza que a veces la despoja de su hondura. Se le llama “amigo” a quien apenas es un conocido, un saludo casual, un rostro pasajero. Pero la amistad auténtica —esa que merece pronunciarse con el peso de un tesoro— es otra cosa. No se encuentra pulida, no viene envuelta en oro. Aparece como una piedra tosca en el camino, y es el roce, el desacuerdo, la honestidad, la claridad y los límites compartidos los que la van puliendo hasta hacerla brillar.

El amigo no es incondicional: es recíproco. No es sombra silenciosa: es presencia lúcida. No calla verdades: las ofrece con amor. No exige: acompaña. No invade: sostiene.
En la amistad no hay sumisión, sino acuerdo. No hay cadenas, sino libertad. No hay posesión, sino reverencia por el alma ajena.

Los amigos son maestros y alumnos al mismo tiempo. Se enseñan, se corrigen, se tallan, se confrontan cuando hace falta, y se abrazan cuando todo lo demás se desmorona. La amistad se toca con la mirada que se sostiene, con el silencio que no incomoda, con la palabra que sabe cuándo ser pequeña y cuándo ser valiente.

Y es ese valor —este tejido delicado y poderoso— el que da origen a la historia que sigue.
Puede parecer un juego, una anécdota ligera. Quizá provoque una sonrisa. Pero si lees entre líneas, si te permites la pausa, si abres el corazón… tal vez encuentres en ella el recordatorio de que la amistad auténtica es una forma de libertad que ninguna prisión puede contener.


AUNQUE PASEN 23 AÑOS

Cuando por fin el portón oxidado del penal se abrió con un gemido metálico, la luz de la mañana cayó sobre sus rostros como una bendición tibia. Carmen y Ana aspiraron al mismo tiempo, y el aire fresco —con olor a pan recién hecho de alguna panadería lejana, a asfalto que empezaba a calentarse, a polvo de eucalipto del patio exterior— les llenó los pulmones como si el mundo entero hubiera estado reteniendo la respiración durante veintitrés años.

La funcionaria les entregó sus pertenencias: dos cepillos de dientes gastados, un esmalte vencido, unas cartas dobladas tantas veces que parecían respiraciones acumuladas. Les deseó suerte con un tono indiferente, pero ellas ya estaban en otra parte.

Porque en cuanto dieron un paso afuera, volvieron a hablar.

—Bueno… ¿por dónde íbamos? —preguntó Carmen, ajustándose el pantalón flojo que le resbalaba en la cintura.
—Por lo de tu vecina, la que ronca —respondió Ana—. Aunque eso fue hace siete años… Y tampoco terminaste lo del taller de bordado que tomaste hace diez.

Se miraron. Y se rieron. Con una risa grande, redonda, que salió de los huesos y subió al cielo. Una risa tan viva que los pájaros del cable cercano inclinaron la cabeza curiosos.

Veintitrés años de condena.
Veintitrés inviernos con el frío metido en los huesos.
Veintitrés veranos oliendo a cloro y metal caliente.
Veintitrés años de luces que nunca dormían, de pasos que resonaban en pasillos interminables que hacían temer lo inimaginable.

Pero también veintitrés años de compartir un catre improvisado solo para hablar más cómodas.
Veintitrés años de inventar excusas para coincidir en la lavandería.
Veintitrés años de contarse la vida con los ojos cuando la voz estaba prohibida.

Y aun así —o quizá por eso mismo— jamás tuvieron suficiente tiempo para hablar de todo.

Se quedaron detenidas justo en la frontera invisible entre prisión y mundo. El sol les calentaba el cabello, la brisa les traía olor a guayaba madura desde algún puesto callejero, y un perro — que parecía no tener dueño—  pasó a su lado moviendo la cola, como si las reconociera.

Las otras mujeres liberadas ya se habían ido. La guardia carraspeó dos veces, insinuando que bloqueaban el paso. Ellas ni la oyeron.

—Escucha… —dijo Carmen, bajando la voz—. ¿Sabes qué? En veintitrés años nunca te conté lo que de verdad pasó con el pastel de cumpleaños de la jefa del módulo C.
—¡No! —Ana se llevó las manos a la boca—. No me digas que fuiste tú.
—Bueno… —Carmen arqueó las cejas, en un gesto delicioso de picardía.

Y así, bajo ese sol que parecía celebrar su libertad, se quedaron hablando.
De cosas grandes. De tonterías. Del miedo a dormir la primera noche afuera. Del olor del mar que planeaban visitar. De amores antiguos que el tiempo había vuelto difusos. De sueños que guardaron enterrados como semillas.
De la vida que las esperaba… y de la que habían vivido juntas sin proponérselo.

Cuando el calor del mediodía les empezó a dibujar sombras cortas en los pies, Carmen suspiró:

—Ana… ¿crees que deberíamos irnos ya?

Ana miró el mundo ancho que las esperaba, luego miró a su amiga.

—Sí. Pero antes dime, por favor… ¿qué pasó con el pastel?

Carmen sonrió con esa sonrisa que había resistido todo.

—Eso nos llevará un rato.

Y se quedaron un poco más. No por nostalgia, ni por costumbre, ni por miedo.
Sino porque la amistad verdadera no entiende de prisiones, ni de relojes, ni de puertas abiertas.
Entiende de historias que no terminan, de voces que se buscan, de silencios que dicen más que cualquier libertad recién estrenada.


EPÍLOGO

La eternidad en un abrazo

Hay vínculos que no los rompe el encierro, ni el tiempo, ni la oscuridad. Hay amistades que se tallan con paciencia, con verdad, con heridas compartidas y con risas que sobreviven a todo. Cuando dos almas se eligen de esa manera, ni veintitrés años bastan para contarse la vida.

Porque la amistad verdadera no se mide en tiempo, sino en presencia.
No en días, sino en el brillo que deja un alma en otra.
No en palabras, sino en el silencio que une.

Por eso ellas se quedaron un poco más.
Porque cuando la amistad es auténtica, el tiempo nunca alcanza.
Y aun así, siempre es suficiente.


DEDICATORIA

A la memoria de Florica Vidican
(Febrero de 1912, Talpoș — Junio de 1994, Arad),
cuyas palabras —“hablan más que dos amigas presas”—
sobrevivieron al tiempo y encendieron esta historia.

A su nieta, Carmen Bad,
que conserva ese dicho como un tesoro heredado.

Y a nosotras, Carmen y yo,
que descubrimos que la amistad verdadera
no conoce silencios ni fronteras.

— Ana Margarita Pérez Martin

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel


viernes, 31 de octubre de 2025

"LA HISTORIA DETRÁS DE LA PUERTA": Explora un relato fascinante sobre puertas, vigas y secretos ocultos en las casas. Una historia de reflexión sobre el misterio que encierra la intimidad de vidas desconocidas detrás de cada umbral.

“Cada puerta guarda una historia, y algunas prefieren permanecer cerradas.”


Introducción

Siempre me ha intrigado lo que callan las casas.
Cada puerta, cada muro, cada objeto, guarda un eco de lo vivido; a veces son risas, otras silencios pesados que nadie se atreve a nombrar.
Hay espacios donde el aire parece detenido, donde algo quedó sin resolver, y basta una mirada para sentir que algo —o alguien— aún habita allí, en forma de recuerdo.
Este relato nació de esa sensación: la certeza de que, detrás de cada fachada, existe una historia que se resiste al olvido… una historia que quizá preferiría no ser contada.


La tarde era cálida, con ese sopor apacible que invita a la charla lenta y sin prisa. Las cuatro mujeres estaban reunidas en la cocina, sentadas en el mesón disfrutando de grandes tazones de café con leche, humeante y a pan recién hecho.

El ambiente era agradable. Perfumado por los aromas de lo que allí se degustaba y, también, por la alegría de esas almas cada vez que se juntaban. De repente el silencio se impuso: todas se quedaron mirando la viga que sobresalía en el oscuro techo de madera.

Era un madero extraño, atravesado de pared a pared, pero sin sostener nada; como colgado en el aire, insinuando que allí se esperaba sujetar algo. Algo que no era precisamente una piñata: el espacio era estrecho, apenas suficiente para que cupiera una sombra. ¿Un capricho del arquitecto, o un diseño arquitectónico inconcluso, tal vez?

Las tres generaciones de mujeres —abuela, madre, hija y la tía que había venido de visita— habían hecho la misma pregunta infinidad de veces. Cada tanto, para despojarla de su aire lúgubre, soltaban una broma sobre la dichosa viga. Pero, pese a la risa, siempre acababan volviendo a mirarla con recelo… porque esa viga, en el fondo, daba mala espina.

La más joven fue la primera en romper el silencio:

—Oigan, hablando de vigas funestas, escuchen este chiste que me acaban de mandar —dijo con picardía, mostrando el móvil—: “Mami, ¿podemos mecer a la abuela? —No, todavía no, hasta que sepamos si se colgó o la colgaron—”.

La abuela abrió los ojos desmesuradamente, el chiste no le pareció gracioso.  En principio, obvio, de una abuela colgada trataba. La madre miró a la hija como reprochándole, mientras que la tía apretaba los labios para contener la risa. El chiste era cruel, sin duda, pero las carcajadas —al final— brotaron de todas ellas. Así es la naturaleza humana: se permite reír incluso de lo que asusta. La risa, sin embargo, se cortó de golpe, como si alguien hubiera apagado la luz. El silencio volvió, pesado, cargado de conciencia y el tema regresó a la viga.

La nieta frunció el ceño y, con voz grave, preguntó:

—¿Se acuerdan de esa casa amarilla con la fachada de piedras negras, la que está tres puertas más abajo? Esa misma que siempre les digo que no puedo pasar por delante sin que se me ericen los vellos.

Las tres asintieron en silencio, mirándose entre ellas. Las risas se esfumaron y, en su lugar, quedaron mudas -con las cejas levantadas y los labios tensos-, sus rostros reflejaron expectación e inquietud ante esa pregunta que, como murmullo gélido, les ponía la piel de gallina.

—Pues bien—continuó, bajando un poco la voz—, me enteré el otro día de que la dueña se ahorcó allí, hace ya algunos años. Yo no lo sabía, pero algo malo intuía.

Un estremecimiento recorrió la mesa. Todas conocían al esposo y a la hija de aquella mujer; los saludaban con naturalidad cuando los veían en el jardín de enfrente. Nunca imaginaron lo que se escondía tras esas paredes.

El comentario desató reacciones diversas. Miradas clavadas en el café, dedos inquietos sobre la taza, manos llevadas a la cabeza, también al corazón. Emitieron juicios morales, reflexiones religiosas, lamentos y suspiros de compasión. Palabras y gestos al calor de la conversación, que poco importan ahora. Lo esencial era la certeza que quedaba flotando, no en el aire, en la conciencia: ¿Cuánta gente tratamos sin conocer sus honduras? ¿Cuántas casas esconden historias invisibles? ¿Qué se esconde tras las puertas ajenas? Tal vez la misma pregunta que evitamos hacernos en la nuestra…

La abuela — visiblemente afectada por la revelación— alzó la mano y, con el dorso, acarició el rostro de su nieta con ternura. Luego, extendiendo sus manos las posó en las manos de sus hijas. Las miró, con la profundidad del océano azul de sus ojos, y les susurró:

—De lo gracioso hemos pasado a lo trágico. Nunca más volveré a ver igual esta viga… hagámosla desaparecer, por favor. —ese susurro no fue una súplica, fue un mandato.

Después de aquello, resultaba imposible volver a pasar frente a una fachada sin preguntarse, en voz muy baja, como pensamiento que se escapa:

¿Cuál será la historia que se oculta tras la puerta? Y, sobre todo, ¿Qué puerta se oculta tras cada historia?”


Epílogo

Desde aquel día, miro las puertas con otros ojos.
Pienso en cuántas vidas se desarrollan detrás de ellas, cuántas alegrías y desdichas conviven bajo un mismo techo, ocultas a la mirada de los demás.
Comprendí que las casas no solo guardan cuerpos: guardan almas, gestos suspendidos, palabras no dichas.
Y que, al final, todas las vigas —las reales y las simbólicas— sostienen mucho más que paredes: sostienen lo que callamos, lo que nos duele, lo que somos cuando nadie mira.
Porque ninguna fachada es muda… todas, tarde o temprano, murmuran su verdad.


“Tras cada umbral hay un alma intentando sostener su propio techo.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok : cuenta @escritosenblancoynegro; @tintasobrepapel