¿Quién manda: el miedo o nosotros?
Prólogo
Hay momentos en los que una dificultad aparentemente
insignificante puede enfrentarnos con preguntas mucho más profundas de lo que
habíamos imaginado.
No siempre necesitamos estar frente a un gran peligro
para descubrir cuánto confiamos en nosotros mismos. A veces basta una situación
doméstica, una decisión que nadie más considera importante, algo que nos obliga
a preguntarnos si seremos capaces de resolverlo por nuestra cuenta.
Quizás sea en esos momentos pequeños, precisamente
porque nadie los observa, cuando descubrimos de qué manera estamos dispuestos a
relacionarnos con nuestros propios temores.
Un día cualquiera me encontré de pie en la regadera, mirando
—fuera de ella— aquella tapa plateada, circular, que estaba en el suelo: la
tapa de registro… ¡con el agua desbordándose por ella!
Tenía un problema.
En realidad, tenía dos.
Por un lado, estaba la incertidumbre. Sabía cómo levantar la
tapa. Sabía lo que tenía que hacer. Lo que no sabía era qué había debajo de
ella.
Y ahí estaba el verdadero problema.
No sabía si algo respiraba. Si algo vivía. Si algo había
anidado allí. Si algo se encontraba atrapado y, al abrir, encontraría la manera
de salir… de llegar a mí.
Eso me produce un miedo que pocas cosas consiguen
producirme:
Lo desconocido.
Y, sin embargo, había algo más en juego.
Mi independencia.
Mis hijos, ellos velan por mí. Lo hacen discretamente.
Observan cómo vivo, qué hago, qué necesito, qué siento. Están pendientes, pero
sin invadir. Me cuidan sin hacerme sentir cuidada. Respetan mi independencia
como si supieran que parte de quererme consiste precisamente en no
arrebatármela.
Por eso, aquella tapa de registro terminó poniendo en jaque
algo mucho más importante que una cañería: si yo no era capaz de levantarla, si
permitía que el miedo a lo desconocido me detuviera ante un problema tan
pequeño,
¿Qué decía eso de mí?
¿Cómo podía sostener ante mí misma —y ante ellos— la
convicción de que soy una mujer independiente si algo tan insignificante podía
vencerme?
No era la cañería. No.
¡Era yo frente a mi propio miedo!
Hemos vivido situaciones verdaderamente peligrosas. Hemos
tenido delante amenazas reales. Y, ante ellas, el cerebro funciona.
Analiza.
Compara.
Calcula.
Y, de alguna manera, ordena las emociones y nos dice:
detente, apártate, aléjate, enfréntate.
Y siempre hay un cuándo y un cómo.
Pero el miedo a lo desconocido es diferente.
El cerebro no puede analizar aquello que no conoce. No tiene
imágenes con las que comparar, ni experiencias que le permitan calcular, ni
información suficiente para anticipar el peligro.
Y cuando no puede pensar, la imaginación ocupa su lugar.
Entonces uno deja de temer lo que existe y empieza a temer
aquello que la imaginación, en su oscuridad, inventa.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió aquella tarde.
Una pequeña tapa metálica en el suelo había conseguido
enfrentar dos fuerzas dentro de mí: el miedo y la necesidad de demostrarme que
seguía siendo capaz de resolver mi propia vida.
No quería que el miedo decidiera por mí.
Así que respiré.
Dejé que la imaginación dejara de correr.
Me atreví… ¡y levanté la tapa!
No había nada respirando.
Nada escondido.
Nada esperando salir.
Solo había asco.
Un montón de cabellos mezclados con productos químicos,
convertidos en una masa lodosa que, vista desde mi imaginación, había llegado a
convertirse en cualquier cosa menos aquello que realmente era.
Sonreía mientras limpiaba aquella pequeña porquería.
Comprendí que había resuelto algo mucho más grande que una cañería atascada.
A veces la vida no nos pone en jaque con grandes
acontecimientos.
A veces basta una tapa de registro.
Un día cualquiera.
Un problema cualquiera.
Un miedo cualquiera.
Y, sin embargo, en ese pequeño instante puede ponerse en
juego algo enorme: la imagen que tenemos de nuestra persona, la confianza en
nuestras propias capacidades, esa íntima seguridad de poder valernos por
nosotros mismos.
Aquel día no destapé solamente una cañería.
Destapé el miedo.
Y al otro lado no había ningún monstruo. Solo aquella
humedad oscura, el asco y yo, por fin, mirándome de frente.
Aquel día, frente a una pequeña tapa plateada, elegí
levantarla.
Entendiendo que la libertad también puede ser eso:
una mano que tiembla,
pero que, aun así, decide levantar “la tapa”,
develar lo incierto,
desatascar el miedo.
Epílogo
Quizás nunca lleguemos a conocer todas las formas en que el temor puede influir en nuestras decisiones. Algunas veces se presenta con claridad; otras, se disfraza de prudencia, de espera o de una razón aparentemente sensata para no hacer aquello que sabemos que debemos hacer.
Y quizá por eso algunos de nuestros aprendizajes más
importantes no llegan acompañados de grandes acontecimientos. Llegan en
silencio, en medio de un día común, cuando descubrimos que podemos hacer algo
que, hasta ese momento, creíamos que no seríamos capaces de hacer.
“El tamaño del miedo no determina la libertad que
estamos dispuestos a conservar.”
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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