“Hay ilusiones que cuestan muy poco.”
Prólogo
Hay experiencias que no dejan huella en los
acontecimientos y, sin embargo, pueden modificar profundamente la manera en que
atravesamos un día. No necesitan grandes cambios ni circunstancias
extraordinarias. A veces basta con permitirnos una pausa, imaginar otra
posibilidad y concedernos el derecho de sentir, aunque sea por unos instantes,
un espacio que solo nosotros conocemos.
Quizá por eso no todo lo valioso puede comprobarse
desde fuera. Hay cosas que no tienen una forma visible, pero sí una
consecuencia real en quien las experimenta.
Esta es la historia de una de esas pequeñas cosas que,
sin parecerlo, pueden decir mucho sobre nosotros.
Nací en la segunda mitad del siglo pasado.
Una época maravillosa donde el ser humano era el centro del
cosmos.
Existían adelantos científicos y tecnológicos que nos hacían
la vida más cómoda que la que tuvieron nuestros antepasados, pero no tanto como
la de nuestros descendientes. Así que tuvimos la oportunidad de ser y hacer una
vida más auténtica. Eso pienso, después de haber vivido entre dos siglos.
Buscábamos direcciones con nuestro sentido de orientación y
preguntando en cada esquina. La gente no temía acercarse a otra.
Realizábamos operaciones matemáticas mentalmente; no
disponíamos de calculadoras a la mano. Estudiábamos con libros, no para
memorizar, sino para comprender y razonar. Pensábamos. Formábamos criterios.
No nos aburríamos. Nos reuníamos en las calles para
conversar, jugar y enamorarnos —cara a cara—. ¡Ah! El juego de la botella, ese
que nos daba la oportunidad de darle un beso al chico que nos gustaba y que
guardábamos en secreto.
Por supuesto, en toda época existieron “ventajas”, si
analizamos y comparamos.
Y habrá quien diga:
—No, mi época fue mejor.
Y no deja de ser cierto, porque lo que se ha vivido y
“sentido” es lo que hace a una época inolvidable.
“Toda época pasada fue mejor”.
Porque de eso trata este texto: de lo “sentido”.
He vivido años en el mismo lugar. Estoy a gusto con ello y
con la oportunidad que me ha dado de conocer gente a través del trato de cada
día.
Jesús es uno de ellos.
Y aquí viene el cuento.
A veces llego directo a su puesto. Otras veces debo esperar
en la fila.
¡Me gusta estar en la fila! Observo. Deduzco. Invento.
Hay algunos que llegan en pareja. Cogidos de la mano,
mientras deciden qué número jugar. Otros piden tal o cual número, su número de
la suerte, ese mismo que llevan años jugando sin darle suerte alguna. Y así
van, aferrados a su cábala, con la firme creencia de que dicho número puede
influir en un resultado puramente aleatorio.
Jesús tardó mucho tiempo en aceptar que a mí el número me
daba igual. Cada vez que me veía, hacía una mueca y meneaba la cabeza de lado a
lado, mostrando su confusión:
—¿El que mi santa mano elija? —me preguntaba con sarcasmo, y
yo le contestaba que “sí”, sonriendo.
Con el tiempo y el roce, nos hicimos conocidos. Ya
charlábamos.
—¿Por qué compras un solo boleto al mes, con cualquier
número que te dé, y por qué lo revisas solo el día antes de que caduque, justo
cuando vas a comprar el próximo? —me preguntó una vez, con la curiosidad
ansiosa de un niño que desea descubrir un truco de magia.
—El problema, Jesús, está en que tú crees que vendes boletos
de lotería, cuando en realidad eres un vendedor de ilusiones. ¿De los boletos
que has vendido, cuántos han resultado premiados? ¿Alguno? ¿Ninguno?
Vienen a comprarte, no la certeza de un premio que cambie su
vida, sino un poco de esperanza, de posibilidad, de ilusión… o, como yo, una
puerta para vivir lo que quiero por el tiempo que permita —le expliqué—.
Y le confesé que ¡todos mis billetes son premiados!
Cada vez que compro un boleto de lotería, tengo un recurso
que me abre una puerta para salir de la realidad de mi entorno cuando pretende
que tenga un mal día. Paso esa puerta y entro en el mundo de mi imaginación. Le
doy a mi mente todo el poder que necesita para crear una realidad distinta en
la que pueda conservar mi sonrisa y mi paz interior.
Pensarás que evado la realidad. Pero no. No la niego.
Me muevo dentro de ella y, a partir de lo que hay, creo un
lugar donde estar a gusto.
¿Alguna vez te has enamorado de alguien en secreto y deseado
estar con ese alguien? ¿Adónde has llevado tu mente y qué has sentido?
Sentiste, ¿verdad?
Aunque nunca haya ocurrido nada fuera, aquello que sentiste
ocurrió dentro de ti. Y tu cuerpo respondió a ello.
¿Entonces no fue real para ti?
Tal vez por eso la realidad común no sea exactamente la
realidad de cada uno. Lo que sucede alrededor de nosotros es una cosa; lo que
hacemos con aquello que sucede es otra.
La mente mueve el cuerpo y dirige los sentidos. Lo que
sientes, lo vives.
Por eso hay quienes lloran y quienes ríen; quienes se
sienten plenos o insatisfechos ante una misma circunstancia.
No digo que podamos cambiar lo que ocurre. Digo que podemos
decidir qué hacemos con ello. Podemos dejarnos llevar por la realidad que nos
toca o construir, a consciencia, una manera distinta de vivirla.
Yo me desplazo en mi entorno, como todos. Pero a partir de
él creo una vida en sosiego, plena de sentido.
Y quizá eso sea lo que realmente compro cada vez que Jesús
me entrega un boleto.
No un número.
Una posibilidad.
Epílogo
Tal vez cada persona lleve consigo una manera
particular de hacer más llevadero aquello que le toca vivir. Algunas veces será
una decisión; otras, un recuerdo, una fantasía, una conversación o simplemente
la capacidad de mirar las cosas desde otro lugar.
No siempre podemos escoger las circunstancias que nos
rodean. Pero quizá sí podamos escoger qué lugar ocupan dentro de nosotros.
Y eso también es una forma de libertad.
“Quizá la realidad también dependa de quien la vive.”
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