"El amor
no se explica, se encarna”
Prólogo
Hay
palabras que no se escriben para ser entendidas, sino para ser reconocidas.
Este texto nace de una certeza íntima: el amor no se piensa, se vive; no se
define, se encarna.
Cada línea es una huella de ese tránsito silencioso entre la mente que busca
sentido y el alma que ya lo conoce.
Leerlo no exige respuestas, solo presencia.
En este andar
por la vida, si algo permanece constante, es la abundancia de pensamientos
espontáneos, incoherentes, muchas veces contradictorios con nuestra voluntad de
existir.
Viene a mi
mente una escena que me marcó profundamente. No como una herida, sino como una
brújula. Mi madre, en su lúcida ancianidad, una vez me pidió consejo —ella a
mí, cuando la sabia era ella— sobre cómo acallar las voces de la mente: esos
pensamientos que brotan a borbotones, sin control ni coherencia, y que nos
descolocan en nuestros sentires, llevándonos a lugares indeseados.
Sin pensarlo
mucho, le respondí lo primero que me vino a la mente:
“Madre, el cerebro no se detiene ni un instante, y la mente te dará lo que
quiera darte. Toma las riendas. Conduce los pensamientos hacia donde quieras
que vayan. Llévalos a esos instantes del pasado donde sentiste alegría y
plenitud, a esos tesoros que guardas en el alma y que son solo tuyos. Vuélvelos
a vivir, disfrútalos como entonces.”
No sé si esas
fueron exactamente mis palabras, pero así las recuerdo. Fue un consejo que le
di a mi madre en un ayer, y que hoy sigo aplicando. Le sirvió a ella en su
momento, y a mí me sostiene ahora.
Ser feliz no es
un evento fortuito, ni algo que se encuentre doblando la esquina, como quien
tropieza con el tesoro de otro. No. Me niego a aceptarlo. Porque no es
racional, ni justo.
Pero no es la
“felicidad” lo que me impulsa a escribir, sino los pensamientos que genera la
mente y hacia dónde los dejamos ir. ¿Permitimos que fluyan sin control, como
agua de manantial que se pierde entre las piedras, o los canalizamos hacia un
cauce que nos dé paz y sentido?
Yo he elegido
canalizarlos. El agua del manantial es el amor; el depósito, mi alma. Así me
aseguro de tener suficiente para beber y para calmar la sed de otros. Los
pensamientos llevan a las palabras, y éstas a la acción. Es mi forma de vivir
en coherencia.
El amor. Breve
en su escritura, insondable en su esencia. No hay verbo, sustantivo ni
pensamiento capaz de contener su vastedad. Es principio y fin, origen y
retorno. Es llama secreta que da sentido al existir, soplo que anima al hombre,
vibración que atraviesa la piedra y alcanza las estrellas. Todo lo que respira,
lo hace por amor; y todo lo que deja de hacerlo, muere también por él.
El amor, el
amor, el amor… repetido así parece letra de canción. Y lo es. Porque es la
inspiración de casi todas: por tenerlo, por perderlo o por no haberlo
encontrado. Sea como sea, el amor siempre ha sido, y será, la fuerza que mueve
al mundo —para bien o para mal—.
Hay amores que
no salvan, sino que consumen.
El amor al poder se disfraza de liderazgo y termina en dominio.
El amor al dinero, que promete seguridad, se convierte en codicia que devora.
El amor desmedido a uno mismo se vuelve espejo sin fondo: el ego, hambriento,
jamás se sacia.
El amor a la fama es un grito que necesita ser oído, aunque se pierda la voz.
Incluso el amor
a la verdad puede enfermar cuando se impone con violencia sobre quienes no la
ven igual. Son amores torcidos, pero amores al fin: la misma energía divina
usada al revés.
Por eso el
mundo convulsiona, no por falta de amor, sino por no saber cómo amar. Surgen
entonces las preguntas inevitables: ¿el amor es uno solo? ¿Se ama a todos del
mismo modo?
Desde el
principio de los tiempos, cuando el hombre levantó los ojos al cielo y sintió
en el pecho la nostalgia de un origen que no recordaba, el amor ya lo habitaba.
Empédocles lo llamó philia, la fuerza que une los elementos del cosmos;
Platón lo vio como un puente entre la carencia y la plenitud; San Agustín lo
entendió como la presencia viva de Dios en el alma. Cada uno intentó nombrar lo
innombrable, pero el amor siguió siendo ese misterio que solo se percibe cuando
falta.
¿Desciende,
entonces, el amor desde lo divino hasta lo humano, toma cuerpo, pulsa en la
carne y se hace necesidad y temblor? ¡Ojalá fuera simple la búsqueda!
La
biología dice que el amor se enciende en las neuronas, danza con la dopamina,
se anuda con la oxitocina. Se acelera el pulso, tiembla la respiración, se
eriza la piel. Es impulso, deseo, hambre. Pero también lenguaje de
supervivencia, pacto silencioso de la especie consigo misma.
Ahí nace el
amor romántico: ese relámpago que atraviesa la soledad y promete eternidad. Es
el más humano de los delirios y el más divino de los errores. Entre el hombre y
la mujer, el amor es conjuro y abismo: une para luego dividir, eleva para luego
derrumbar. Freud lo vio como sublimación del instinto; Fromm, como arte y
disciplina; Neruda, como incendio en la sangre.
En el amor
pasional, el ser se despoja de toda armadura: anhela ser visto, comprendido,
penetrado hasta el alma. Pero esa entrega contiene su tragedia: todo lo que se
une corre el riesgo de romperse.
Más allá del
deseo, el amor se transforma en raíz y herencia. El amor de los padres hacia
los hijos no se elige, se impone. Nace antes que la palabra y sobrevive a toda
razón. Es fuego perpetuo que arde sin consumirse, antorcha que ilumina incluso
cuando la vida se apaga.
Ese amor
—irracional, absoluto— prueba que hay en el ser humano una fuerza que desafía
toda lógica. Los padres aman incluso cuando duele, perdonan incluso cuando
sangran. Morirían o matarían por proteger esa extensión de sí mismos que es su
hijo. Nadie, absolutamente nadie, ha logrado nombrar el amor hacia los hijos.
No se deja medir ni comprender: solo se siente. Es resplandor que habita el
alma y trasciende, como si en ese lazo Dios recordara su propio origen. Es lo
inefable hecho carne.
¿Y qué
otra pasión logra eso?
En el extremo
más alto de ese misterio hallamos el amor divino. El amor hacia Dios —o de Dios
hacia el hombre— es la forma más pura de la paz que da esperanza. El alma,
fatigada por el mundo, se aferra a Él como a una promesa. En la fe cristiana,
Dios es amor; en el sufismo, el Amado es el fuego que consume el yo; en el
budismo, la compasión es la forma más elevada de amar.
El ser humano,
frágil y finito, busca en lo eterno un reflejo de sí mismo, una razón para
seguir. Porque cuando la vida hiere, solo el amor parece dar sentido al dolor.
Amar a Dios es creer que el bien tiene propósito, que la luz vence, que la
entrega no es inútil. Es un acto de confianza frente al abismo.
Así, el amor
—romántico, filial, divino— se revela como una misma esencia con distintos
rostros. No se ve, pero se sabe; no se toca, pero sostiene. Es energía,
impulso, conciencia. Es música que no cesa, aunque cambie el instrumento. Todo
intento de definirlo es un fracaso hermoso: un espejo empañado frente a la
inmensidad.
Ni la
gramática, ni la biología, ni la filosofía lo abarcan por completo. El amor no
pertenece a ningún dominio del saber: es el fundamento mismo del ser.
Y, sin embargo,
hay algo que nos distingue en medio de esa vastedad: el amor a los hijos y el
amor a Dios no son del mismo tejido que los demás. El primero nos mueve; el
segundo nos sostiene.
El amor siempre
hiere. La diferencia está en la herida que deja.
En el amor a
los hijos y a Dios, las heridas no sanan: permanecen abiertas, sangrando,
eternas. Necesitamos que así sea, para poder tocarlas, recordarlas, sentir que
aún vivimos en ellas.
Las heridas del
amor romántico, en cambio, cicatrizan. Dejan tatuajes en el alma, poemas de
nostalgia, de traición u olvido. Pero se cierran.
Quizá por eso,
en los vínculos humanos, prometemos amarnos “hasta que la muerte nos separe”,
porque, en el fondo, sabemos que hay amores que la muerte puede separar; y,
aun, antes de ella.
Solo el amor entre padres e hijos, y entre Dios y nosotros… continúan aun
cuando ya no quede nadie para pronunciar nuestros nombres, ni el suyo.
La pregunta que
flota entre mis líneas:
¿Y el amor al
prójimo?
El prójimo
somos todos: Dios, los hijos, tú, yo… cada cual con su modo de amar y de ser
amado. El amor no entiende de orden ni de jerarquías; solo de presencia.
A veces amamos primero lo que nos sostiene, otras, lo que nos duele; y en ese
vaivén aprendemos a amar mejor. El prójimo es el espejo donde Dios nos mira.
Amar al otro es también amarnos en él, reconocer que somos fragmentos del mismo
fuego. No hay antes ni después, no hay yo ni tú: solo un nosotros que respira
en una misma esencia.
Quizá ese sea
el misterio último del amor:
que, al amar, no damos ni perdemos nada, solo regresamos al lugar de donde
venimos.
Epílogo
Al final,
el amor no nos pertenece.
Nos atraviesa, nos hiere, nos sostiene y nos devuelve —una y otra vez— al
origen.
Quizá vivir consista en eso: en aprender a no huir de lo que duele cuando nace
del amor,
y en aceptar que amar no es llegar a algún lugar, sino recordar quiénes somos.
“No
amamos por elección, sino porque el alma no sabe existir sin amar.”