LA CASA DE WASHINGTON.- Episodio 2
"Hay amistades que nacen sin palabras. Y, aun
así, terminan enseñándonos el significado más profundo de la confianza."
PRÓLOGO
Hay encuentros que nadie podría explicar. Ocurren
porque sí. Como si la vida, por un instante, decidiera juntar dos soledades que
nunca debieron encontrarse.
Esta es una de esas historias.
Me encontraba distraída en mis pensamientos. En este momento
no recuerdo cuáles eran, pero de seguro no valían ni un céntimo.
De repente, algo pequeño se movió rápidamente sobre el
cristal de la ventana de la cocina. Fue apenas un roce, un movimiento ligero
que mis ojos tardaron un instante en seguir.
Instintivamente me aparté de ella, como protegiéndome de lo
desconocido.
Luego miré con atención aquello que apareció ante mi vista.
Bendito Dios… ¡qué cosa tan hermosa!
Era pequeñito, muy pequeñito. Sus ojos parecían demasiado
grandes para aquel cuerpecito diminuto y me miraba con asombro. Y su boca… su
boca parecía diseñada por Dios para mostrar una eterna y dulce sonrisa.
Era imposible no amarlo a primera vista.
¡La ternura volvió a mí!
Era apenas una lagartija recién nacida. Tan pequeña que
parecía imposible que pudiera sobrevivir sola. Salía del patio interior y, con
una naturalidad que todavía hoy me cuesta comprender, se detenía en el borde de
la ventana de la cocina.
No huía. Me observaba. Y yo terminaba observándola a ella.
Así empezó todo.
Después de las cucarachas, la casa había perdido su encanto.
Poco a poco se volvió gris y sin vida. Y yo también…
¡Hasta que apareció ella, la lagartija!
Su mirada tierna me despertó de nuevo. Su sonrisa recuperó
la mía. La casa empezó a recobrar la luz y yo, la alegría.
Los animales silvestres no hacen amigos humanos todos los
días.
¿Llegó a mí por hambre, por sed o porque me eligió para
hacernos compañía?
Nos acercamos sin miedo.
Dejé escurrir unas gotas de agua de entre mis dedos. Las
pequeñas gotas resbalaban por su cuerpo y ella permanecía allí, quietecita,
como si aquel pequeño juego no le molestara.
Al contrario: se acercó un poco más.
Entonces coloqué unos trocitos de lechuga al lado del grifo
del fregadero. Nunca la vi comer, pero tampoco dejaba de mirarme y sonreír con
esas diminutas mandíbulas creadas para generar sonrisas en quien la viera.
Y, sin darnos cuenta ninguno de los dos, nos habíamos
conectado y creado una rutina.
Esas rutinas empezaron a ocupar el lugar del miedo. Había
aprendido a moverme por aquellos espacios como si ya me pertenecieran. Mientras
fregaba los platos o preparaba la comida, la veía allí, inmóvil, con esa
curiosidad tranquila que solo tienen algunos animales cuando todavía no han
aprendido a desconfiar.
Cada día permanecía un poco más.
Cada día yo me acercaba un poco más.
No sé si tenía sed o si tenía hambre.
No sé si solo jugaba.
Lo único que recuerdo es que no se marchó.
Al contrario.
Y, sin proponérmelo, terminé esperándola casi con la misma
ilusión con la que ella parecía esperarme a mí. La nombré «Carlitos». No sabía
si era macho o hembra.
Nunca importó.
Desde entonces, cada vez que llegaba a casa, lo primero que
hacía era ir directo a la ventana de la cocina.
Y Carlitos aparecía.
No sé de dónde salía.
Solo sé que aparecía.
Como si hubiera estado aguardando el ruido de mis llaves. Con
el tiempo dejé de preguntarme por qué. Simplemente acepté aquel regalo extraño
que la vida me estaba haciendo.
Bastaba el tintineo de mis llaves para que yo mirara hacia
la ventana. Y Carlitos aparecía. Y hablábamos. Yo le contaba mis experiencias
del día y él asentía…
¡y sonreía!
Hasta que llegaron las vacaciones de fin de curso.
Y, por primera vez desde que Carlitos había aparecido,
tendría que marcharme y dejarlo solo. Eso me preocupaba. Miraba la ventana. Miraba
a Carlitos.
Y volvía a pensar lo mismo.
¿Quién le dará agua?
¿Quién le dará de comer?
¿Quién conversará con él y le hará compañía?
Pensé en dejarle un pequeño recipiente con agua. También
algunas hojas de lechuga. Pero el hombre me observaba y se reía, no de mí, sino
de mi inocencia.
No hablaba con maldad, sino con razón.
—¿Tú de verdad crees que un animal silvestre necesita que tú
lo alimentes? ¿Piensas que se va a morir porque no estés presente quince días?
Hasta me juró que no sería así. Quedé convencida.
La razón se impuso sobre la ternura.
Cordura, lo llaman.
Durante las vacaciones pensé muchas veces en Carlitos. Sonreía
al traer su sonrisa a mi mente; sonrisa que se tornaba en mueca al pensar que
la razón, esta vez, no fuera la decisión correcta.
Pensaba en aquello de que, no gustándome las mascotas —nada
de perros y gatos—, me enamoraba de cualquier bichito que apareciera de la
nada…
¡salvo las cucarachas!
¿A qué se debería ello, a algún trastorno psicológico?
Siempre terminaba diciéndome lo mismo.
Qué tonta eres.
Y mi mente volvía con Carlitos, diciéndome:
¡Claro que estará bien!
Cuando regresamos, apenas crucé la puerta de la casa dejé el
bolso caer sobre el suelo. Corrí directamente hacia la cocina. Y empecé a
llamarlo. Sonreía mientras lo hacía.
—Carlitos… ¡Carlitos!
Esperaba verlo aparecer de un momento a otro. Como siempre. Di
dos pasos más.
Y entonces lo vi.
Seguía allí.
En el mismo rincón donde tantas veces había esperado mi
llegada.
Pero esta vez no se movió.
Me acerqué un poco más.
Solo entonces lo vi: una piel transparente pegada a unos
huesecillos minúsculos.
Parecía una pequeña escultura hecha de ausencia. Echada. Cabeza
baja…
¡sin su sonrisa!
No recuerdo cuánto tiempo permanecí inmóvil. Ni sé si mi
piel se volvió del mismo color que la de él. Solo sé que sentí cómo algo se
rompía dentro de mí.
Lloré en silencio.
No solo por él. Había seguido creyendo que yo volvería. Había
esperado.
Y yo no estuve.
Lloré porque había sido yo quien había roto el pacto.
Durante algún tiempo culpé a mi esposo.
Porque —pensaba en ese momento— la historia de Carlitos
habría sido otra si alguien me hubiera hecho una pregunta.
Solo una.
—Ana… ¿por qué no hacer las dos cosas? Déjale agua, comida…
y deja abierta la ventana.
Eso es todo. No habría impedido que amara a Carlitos. No
habría cambiado mi forma de ser. Solo habría añadido una posibilidad que, con
mis escasos años, nadie me mostró.
Y creo que eso me hizo reflexionar sobre algo muy humano: Muchas
tragedias no nacen de la maldad. Nacen de no haber encontrado a tiempo a
alguien que hiciera la pregunta adecuada.
Pero, cuando el dolor dejó de gritar, comprendí algo todavía
más difícil.
El error había sido mío… ¡solo mío!
Nunca debí convertir la confianza de un animal libre en
dependencia.
Queriéndolo, terminé haciéndolo más vulnerable.
Todavía hoy, cuando recuerdo aquella cocina, no veo primero
la ventana.
Veo aquel cuerpecito inmóvil.
Y me pregunto si alguna vez un ser humano ha sido capaz de
confiar en alguien con la pureza con que aquel animalito confió en mí.
Y sigo pidiéndole perdón en silencio.
EPÍLOGO
Con los años comprendí que amar también exige saber
retirarse a tiempo.
No todo lo que necesita cariño necesita nuestra
presencia.
Hay afectos que se protegen mejor dejando que
continúen siendo libres.
Carlitos fue una pequeña lagartija.
Pero la lección que me dejó fue inmensamente más
grande que él
"Desde aquel día aprendí que la confianza es un
regalo tan frágil que incluso el amor puede romperla cuando no comprende su
verdadera naturaleza."
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