miércoles, 17 de junio de 2026

"Sebastián, el mentor": Una historia sobre un profesor de Derecho Romano que dejó una enseñanza más profunda que una materia universitaria: disciplina, presencia, respeto y la forma de caminar por la vida.

 


PRÓLOGO

Hay recuerdos que no regresan porque los busquemos, sino porque nunca terminaron de irse. Permanecen escondidos en los pequeños detalles: una voz, un aroma, una forma de caminar, una frase pronunciada en el momento exacto.

A veces creemos que una persona pasó por nuestra vida para enseñarnos algo concreto, una materia, una técnica, un conocimiento. Pero con el tiempo descubrimos que algunas presencias dejan una enseñanza más profunda: nos muestran quiénes podemos llegar a ser.

Esta es la historia de uno de esos encuentros. De un maestro que no solo enseñaba Derecho Romano, sino una forma de entender la disciplina, la dignidad y el camino que cada persona construye mientras aprende.


"Hay personas que desaparecen de nuestra vida y, sin embargo, siguen entrando por una puerta cada vez que las recordamos."

Yo tenía dieciocho años cuando vi por primera vez a Sebastián.

Aquella mañana el aula olía a cuadernos nuevos, a papel recién abierto y a la inquietud de quienes acabábamos de llegar a la universidad sin saber todavía quiénes llegaríamos a ser. Las conversaciones corrían de pupitre en pupitre como un pequeño río desordenado de risas, comentarios y sueños.

Entonces se abrió la puerta.

Recuerdo primero el sonido.

El ritmo pausado de unos pasos firmes sobre el suelo. El roce suave de una tela de buena calidad acompañando el movimiento de un cuerpo acostumbrado a caminar con seguridad. Y después, la figura.

Era un hombre alto, elegante, de esos que parecen ocupar el espacio sin invadirlo. Llevaba un traje impecable que caía sobre su cuerpo con la naturalidad con la que cae una cortina de terciopelo. Los zapatos de piel de cocodrilo reflejaban discretamente la luz que entraba por las ventanas. En una mano sostenía un maletín que parecía haber acumulado años de tribunales, bibliotecas y conversaciones importantes.

Su presencia tenía algo difícil de explicar.

No era arrogancia.

No era autoridad.

Era armonía.

Como si cada detalle, desde el nudo de la corbata hasta la forma de sostener la mirada, estuviera exactamente donde debía estar.

Incluso recuerdo el perfume. Un aroma sobrio, limpio, masculino, mezclado con el olor de los libros que lo acompañaban y con aquella fragancia inconfundible de los edificios universitarios donde el tiempo parece quedarse a vivir entre los estantes.

Cuando habló, su voz grave llenó el aula sin necesidad de elevarse.

Y nosotros, un grupo de muchachos vestidos con vaqueros, llenos de juventud y desorden, nos quedamos observándolo como quien contempla un mundo desconocido al que todavía no pertenece.

Aquel día comenzó a enseñarnos Derecho Romano.

Pero con los años comprendí que la verdadera asignatura era otra.

Sebastián nos enseñó que el conocimiento debía tener presencia. Que un profesional habla incluso cuando guarda silencio. Que antes de pronunciar una palabra ya hemos dicho algo con nuestra manera de vestir, de caminar, de sentarnos y de mirar a los demás.

Nos enseñó que la presencia no era vanidad.

Era respeto.

Respeto por uno mismo, por la profesión y por las personas que iban a confiar en nosotros.

Sin embargo, la lección que terminó acompañándome durante toda la vida nació de una conversación sencilla.

Yo era una estudiante aventajada en casi todas las materias.

En casi todas.

Menos en la suya.

El Derecho Romano me aburría. Lo veía como una larga avenida de nombres, fechas y conceptos que no lograban tocarme el corazón. Siempre lo dejaba para el final. Estudiaba primero aquello que me gustaba y postergaba lo que me pesaba.

Un día me llamó aparte.

Me miró por encima de las gafas y me dijo:

—No acepto que una alumna destacada en todas las materias fracase en la mía —me dijo con una mezcla de firmeza y humor—. Eso hablaría mal de usted y también de mí.

Sorprendida, le expliqué mis razones.

Atento, escuchó sin interrumpirme.

Regalándome luego una de las enseñanzas más simples y útiles que he recibido:

—Lo primero que debes hacer cada día es aquello que menos te gusta. Lo difícil va primero, te costará más tiempo y esfuerzo. Priorízalo. Lo agradable puede esperar.

Fue una frase sencilla.

Pero cambió muchas cosas en mí al seguir su consejo.

Las notas en su materia empezaron a ascender significativamente. Sin embargo, el verdadero cambio ocurrió tiempo después, en otro lugar, en ese territorio invisible donde se forman los hábitos, el carácter y el destino.

Porque los mejores maestros no solo nos enseñan una asignatura.

Nos enseñan a convertirnos en la persona capaz de aprobarla.

Hoy he olvidado mucho del Derecho Romano. Sobre todo, he olvidado aquellos famosos principios del derecho —escritos y pronunciados en latín— que en aquel entonces me hacían sentir, por un instante, como si estuviese ante el mundo de los antiguos juristas romanos, aquellos hombres que daban forma a las ideas de justicia y orden a través de sus palabras. Sonrío al recordarlo. No era la materia en sí lo que me atraía, sino esa sensación de acercarme a un universo solemne y lleno de significado. Me gustaba, ¡me gustaba esa sensación!

Pero todavía puedo escuchar aquellos pasos acercándose por el pasillo.

Todavía puedo ver la luz resbalando sobre sus zapatos.

Todavía puedo percibir el aroma de los libros mezclado con su perfume.

"Y todavía recuerdo que algunos maestros enseñan una materia, mientras otros nos enseñan la manera de caminar por la vida cuando la clase ha terminado."


EPÍLOGO

Con los años he comprendido que la memoria no siempre conserva lo que parece más importante. Olvida datos, fechas y nombres; incluso deja escapar aquello que alguna vez creímos indispensable.

Pero conserva aquello que nos transforma.

Un maestro puede desaparecer de un aula y, aun así, seguir acompañándonos durante décadas. Vive en nuestras decisiones, en nuestros hábitos, en la manera en que enfrentamos aquello que cuesta más trabajo.

Quizá esa sea la verdadera enseñanza: que algunas personas no pasan por nuestra vida para quedarse físicamente, sino para dejar una forma nueva de mirar el mundo.

Y cuando eso ocurre, la clase nunca termina.


Publicación en la plaraforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

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