“Hay palabras que no se pronuncian sin antes inclinar un poco el alma.”
Prólogo
Hay vínculos que no pueden explicarse del todo porque
nacen antes del lenguaje. Antes incluso de la memoria. La palabra madre
pertenece a ese territorio íntimo donde el alma reconoce algo esencial: la
primera forma del refugio, del cuidado, de la entrega.
Pero toda verdad humana tiene múltiples rostros. Para
algunos, madre es abrigo; para otros, ausencia. Hay quienes encuentran en ella
un lugar al que volver, y quienes solo encuentran preguntas. Por eso este texto
no pretende definir la maternidad, sino acercarse a ella con humildad, desde
una experiencia profundamente personal y agradecida.
Aquí no hay una teoría sobre el amor materno. Hay una
contemplación. Un intento de nombrar con delicadeza aquello que sostuvo la vida
desde el principio y que todavía, aun en la distancia o en el tiempo, continúa
respirando dentro del corazón.
Porque existen palabras que solo pueden decirse
despacio. Y madre es una de ellas.
Madre.
La nombro despacio, como si al decirla pudiera rozar algo sagrado.
Es una palabra tibia, como la luz que entra por la ventana a
primera hora, como unas manos que saben exactamente dónde posarse para que el
mundo deje de doler.
No la nombro desde la ingenuidad.
No porque no la sienta clara, sino porque la siento demasiado hermosa para ser
dicha sin cuidado.
Porque sé que no todos la han sentido igual.
Que hay quienes, al escucharla, no encuentran calor, sino hueco; no recuerdo,
sino herida.
Y entonces me pregunto si mi luz puede rozar, sin querer, la
sombra de otro, abrir sus heridas… las que parecen no cicatrizar jamás.
No encuentro respuestas, solo dudas. Sí, dudo.
Y por eso, al escribirla, no alzo la voz: la sostengo con
delicadeza, como se sostiene algo vivo entre las manos.
Pero lo que es verdad en mí también merece un lugar. Y desde
ese lugar abordo este tema que me desborda de amor y ternura.
En mí no pesa: florece.
En mí, madre ha sido refugio, certeza, un latido constante
al que volver incluso cuando ya no estaba cerca.
Un abrazo sin preguntas. Una presencia que no exigía forma,
que no pedía explicaciones, que simplemente estaba. Era el gesto sencillo de
acercar, de cubrir, de sostener. Era ese instante en que el cuerpo se afloja
porque sabe —sin tener que pensarlo— que está a salvo.
Madre era un ritmo. Un pulso que ordenaba el caos. Una
respiración que me enseñó, sin palabras, que el amor puede ser hogar.
Fui hija. Y fui profundamente amada. Me dieron un cielo
abierto, cercano, que aún hoy camino con la sensación del roce de los dedos de
Dios enredados en mis cabellos, acariciándome, calmando mi agitación. Hubo en
mi origen una ternura tan honda que todavía me habita, como una música que no
se apaga.
Y desde ese lugar —desde esa herencia de amor— me miro ahora
como madre.
Y dudo otra vez.
No de lo que sentí, sino de lo que supe dar.
No sé si mi conciencia alcanzó a estar a la altura de lo que
recibí.
Y ahí también vive la verdad. Porque madre no es solo
perfección: es entrega. Es presencia incluso cuando tiembla. Es amor que, aun
siendo humano, intenta rozar lo eterno.
Por eso, cuando la nombro, lo hago con cuidado… pero también
con gratitud.
Y en voz baja, casi como un susurro que se eleva, suplico:
Madre del Cielo, Santísima Virgen María… ruega a tu hijo
para que en el mundo haya más madres como tú. Más brazos donde descansar la
frente. Más pechos donde el llanto se vuelva calma. Más cuerpos que sepan
sostener sin miedo.
Que cada niño, al cerrar los ojos, sienta, sin duda —aunque
sea una vez—, que hay un lugar en el mundo donde puede ser sostenido sin
romperse.
Y que ese lugar… se parezca al amor.
Epílogo
Tal vez la maternidad no sea la perfección que tantas
veces el mundo exige, sino la capacidad infinita de permanecer. De seguir
sosteniendo incluso con miedo, incluso con cansancio, incluso con el alma
temblando.
Quizá madre sea, al final, esa forma silenciosa del
amor que nunca deja de buscar cómo proteger la fragilidad de otro ser humano.
Y aunque cada historia tenga su propia herida o su
propia luz, deseo que estas palabras puedan reposar suavemente en quien las
lea. Sin imponer recuerdos. Sin negar dolores. Solo ofreciendo una verdad
nacida desde la gratitud.
Porque cuando el amor ha sido verdadero, permanece
como una huella invisible: una ternura que acompaña incluso en los días más
oscuros.
Y si existe un milagro cotidiano capaz de parecerse al
cielo, probablemente tenga la forma de unos brazos que sostienen sin pedir nada
a cambio.
“Hay palabras que no hieren cuando se dicen con
verdad: solo revelan la forma que tuvo la luz en nuestra vida.”
Nota: publicación en la Plataforma de TikTok. Cuenta: @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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