Prólogo
A veces el verdadero peligro no es amar, sino recordar
lo que se sintió al borde del abismo del deseo. Esta prosa poética explora la
intensidad de los sentimientos que nacen sin buscarse, la fascinación por
alguien que parece prohibido y la ternura que despiertan miradas que no se
atreven a ser descubiertas. Entre emociones fugaces y silencios significativos,
cada instante se convierte en un recordatorio del amor no correspondido y del
aprendizaje que trae consigo.
Ayer te vi.
Anteayer también.
Y cuando apareces, algo se altera apenas, como si la noche
entrara antes de tiempo en mitad del día. No haces nada distinto, no dices nada
especial, pero tu presencia deja una vibración leve, un rastro que permanece
cuando ya no estás. Yo miro sin que lo notes. He aprendido a hacerlo así, a
esconder el gesto, a guardar la quietud mientras por dentro algo despierta y
enseguida vuelve a dormirse.
Cuando hablas, me alejo un poco. No por rechazo, sino por
cuidado. Hay cercanías que arden despacio y uno no se da cuenta hasta que ya es
tarde. Mi intuición lo sabe y me detiene antes de dar un paso más. No quiero
engancharme a lo que no tiene nombre ni lugar. No quiero más señales
confundidas con destino ni historias sostenidas solo por el deseo. El amor, con
el tiempo, me enseñó a desconfiar de lo que se siente demasiado intenso y
demasiado frágil a la vez.
Sé que no eres hombre para mí,
como yo no soy mujer para ti.
Y en esa certeza hay una calma triste, pero necesaria. No
hay promesa entre nosotros, solo una posibilidad que existe mientras no se
toca. Por eso necesito distancia. Que no me mires demasiado tiempo, que no me
hables como si hubiera algo pendiente, que no me sonrías de esa forma que deja
preguntas abiertas cuando llega la noche.
No me desordenes la vida.
Me ha costado aprender a habitar este silencio, a reconciliarme con la calma
que queda cuando todo pasa. Aquí, en esta soledad, al menos, nada se rompe.
Amor no tengo.
Pero en mi soledad me sostengo.
Epílogo
Aprender a sostenernos en la soledad es un acto de valentía. Porque hay desórdenes que parecen amor, pero solo son la memoria de lo que nunca fue, comprendemos que la belleza de los encuentros intermitentes reside en la intensidad del instante, en la ternura de la mirada y en la fuerza de nuestro propio crecimiento emocional. Esta reflexión poética nos recuerda que los sentimientos más profundos no siempre requieren reciprocidad, solo atención y cuidado hacia nuestro propio corazón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario