“Donde hay amor sin filtros, hay huellas eternas”.
La
tarde tenía ese color tibio del tiempo que no apura.
La luz del sol, filtrada por la cortina clara, se deslizaba en hebras doradas
sobre el piso, dibujando sombras suaves que se movían lentamente, como si
también ellas quisieran quedarse un rato más. En el aire flotaba un aroma leve
a manzana cocida y canela, recuerdo reciente de una merienda sencilla, todavía
tibia en la memoria del olfato.
En
el sillón, la abuela y el niño estaban sentados muy cerca, casi fundidos. Él,
pequeño aún, con las piernas cortas dobladas sobre el cojín y el cuerpo apoyado
sin reservas en ella. Ella, joven todavía, con la piel cálida y el corazón
atento, sosteniéndolo con un brazo que ya sabía, sin pensarlo, cómo proteger y
cómo acompañar.
En
la pantalla comenzaba la película de la calabaza mágica.
Los colores brillaban: verdes intensos, naranjas vivos, azules limpios. Sonaban
risas, música ligera, voces que contaban una historia de deseos concedidos y
aventuras inesperadas.
El
niño miraba con los ojos muy abiertos, como si quisiera entrar en la pantalla.
Sus dedos pequeños jugaban distraídos con la tela del suéter de la abuela,
reconociendo su textura suave, familiar, segura. Mantenía el contacto físico
con ella para que no se le escapara mientras él estaba sumergido en su pequeño
mundo de fantasía.
—Abuela…
—preguntó de pronto, con esa voz aún redonda, dulce, apenas estrenada.
—¿Sí, mi amor? —respondió ella, sin dejar de mirar la película, pero bajando un
poco la voz, como si ese “sí” fuera solo para él.
—¿Por qué la calabaza habla?
La
abuela sonrió. Su sonrisa no fue solo en los labios; nació más adentro, donde
viven las verdades simples.
—Porque
en los cuentos, a veces, las cosas hablan para enseñarnos algo —dijo—. No con
palabras difíciles… sino con juegos.
El
niño frunció el ceño un instante, procesando la idea. En la pantalla, la
calabaza prometía cumplir deseos. El niño del cuento reía.
—¿Y
cumple todo? —preguntó él, tocándose la boca con un dedo, como si saboreara la
pregunta.
—Al principio, sí —contestó la abuela con calma—. Pero después, el niño se da
cuenta de que no todo lo que uno desea es lo que nos hace más felices.
El
pequeño se acomodó mejor, apoyando la cabeza en el pecho de ella. Podía oír su
respiración tranquila, un sonido rítmico y constante, como el del mar muy
lejos. Ese sonido lo aquietaba.
—¿Qué
nos hace felices? —dijo, sin mirarla, mirando la pantalla.
La
abuela pensó un segundo. No quería apresurar la respuesta.
—Las
cosas que no se pueden pedir con magia —respondió—. El cariño, el esfuerzo,
compartir… eso se aprende y se siente.
En
la película, el niño abrazaba a su familia. La música bajaba de volumen.
El nieto levantó la vista.
—¿Cómo
cuando tú estás conmigo? —preguntó.
La
pregunta fue suave, pero atravesó a la abuela como una brisa tibia que se
vuelve emoción. Ella le besó la cabeza. Su cabello olía a jabón y a infancia, a
algo limpio y verdadero.
—Sí
—dijo—. Exactamente así.
El
niño volvió a mirar la película. Durante un rato no habló.
La calabaza seguía apareciendo, concediendo deseos, causando enredos. Las risas
salían de la pantalla y se mezclaban con el silencio cómplice del cuarto.
De
pronto, sin aviso, el niño dejó de mirar la televisión.
La
abuela sintió primero la quietud. Luego, esa sensación tan particular de
saberse observada. Giró el rostro.
Los
ojos del niño estaban clavados en los suyos. No había prisa en esa mirada.
Tampoco juego. Era una mirada profunda, concentrada, como si estuviera
intentando entender algo muy grande para su edad.
Sin
decir nada, él tomó la mano de la abuela entre las suyas. Sus manos eran
pequeñas, tibias, con esa firmeza torpe y sincera de quien aún no conoce el
miedo a expresar lo que siente.
Cerró
los ojos.
Llevó la mano de ella a sus labios.
La besó.
Luego la apoyó contra su mejilla suave y la acarició con lentitud.
Una
vez.
Dos veces.
Tres veces.
El
tiempo pareció detenerse.
La película seguía, pero ya no importaba. No importaban los colores ni la
música ni la calabaza mágica.
La
verdadera magia estaba allí.
El
niño abrió los ojos.
La miró con una ternura tan pura que dolía.
—Te
amo —dijo.
No
gritó. No rió. No exageró.
Lo dijo como se dicen las verdades más profundas: simple, entero, sin duda.
La
abuela sintió que el corazón se le llenaba hasta los bordes. No necesitó
palabras. Todo lo que era importante estaba contenido en ese gesto, en esa
comunión silenciosa de dos almas que se reconocen y se tienen la una a la otra.
Comprendió
—en ese segundo— que la película solo había sido un puente entre ellos. Que la
magia no estaba en la calabaza, sino en ese amor espontáneo, limpio, sin miedo
ni condiciones.
La
abuela se inclinó hacia él cogiéndolo con una fuerza que aferra, pero no duele. En ese
gesto silencioso ella le devolvía el amor que le fue declarado.
Y
mientras lo abrazaba, supo que ese instante quedaría para siempre:
blindado en la memoria, guardado en el corazón,
como un tesoro que ninguna magia podría igualar.
La
abuela lo miró entonces con una mezcla de asombro y recogimiento, como quien
presencia algo sagrado sin haberlo pedido.
Y pensó —sin palabras, con el pensamiento hondo de quienes ya han vivido— cómo
era posible que algo tan pequeño, tan frágil aún, pudiera ofrecer un gesto tan
poderoso, tan consciente, tan pleno.
¿Cómo
podía un ser tan nuevo en el mundo estremecer de ese modo un corazón ya
instruido por la vida, un corazón que había amado, perdido, resistido y
aprendido a protegerse?
Supo,
en ese instante, que aquel niño era su verdadera calabaza mágica.
No concedía deseos, pero regalaba verdades.
No hablaba, pero enseñaba.
No prometía, pero cumplía.
Porque
quien ama sin filtros, sin cálculo y sin defensa, posee una fuerza que no se
desgasta con los años. Y cuando ese amor toca un alma dispuesta a recibirlo, no
pasa nunca en vano. Deja huellas profundas, inalterables, de esas que no se
borran ni con el tiempo ni con la razón.
Hay
amores tan puros que no solo iluminan un instante…
ajustan —para siempre— los latidos del corazón de quien los recibe.
Después
del abrazo, se separaron apenas, lo justo para volver a verse la cara. Sus
miradas ya no estaban quietas ni profundas, sino llenas de una alegría
tranquila, de esas que no necesitan explicación. El niño sonrió primero, una
sonrisa amplia, satisfecha, como si supiera —sin saber cómo— que había
entregado algo importante y había sido recibido. La abuela le devolvió la
sonrisa con los ojos brillantes y el pecho sereno, agradecida.
La
habitación volvió a llenarse de sonidos: la música de la película, una risa
lejana desde la pantalla, el murmullo cotidiano de la casa. El niño señaló el
televisor con un gesto pequeño, natural, y preguntó, casi en secreto:
—¿Seguimos
viendo a la calabaza?
La
abuela acomodó al niño a su lado, retomó el sillón compartido y respondió con
una sonrisa que decía más que la palabra:
—Sigamos.
Y
así, como si nada extraordinario hubiera ocurrido —aunque todo ya hubiera
cambiado—, volvieron a mirar la pantalla. La calabaza mágica reapareció entre
colores y música, mientras dos corazones, todavía tibios por el amor
compartido, seguían latiendo juntos, sabiendo que la verdadera magia ya estaba
allí, sentada en ese sillón, dispuesta a repetirse cada vez que volvieran a
elegir estar juntos.
“La magia existe, pero no siempre está donde la buscamos.”
Nota
de Autora
Compartir no siempre requiere grandes planes ni escenarios
extraordinarios. A veces basta con sentarse juntos, mirar la misma pantalla,
escuchar las mismas voces, dejar que el tiempo se desacelere y que la
conversación ocurra sin apuro. En esos espacios simples —una película, una
pregunta, una respuesta dicha con calma— se tejen los vínculos más profundos.
La comunicación genuina, la presencia atenta y el acto de compartir crean el
terreno fértil donde nacen los instantes que, sumados, llamamos vida plena. No
son los grandes acontecimientos los que nos definen, sino esos momentos
cotidianos en los que elegimos estar, escuchar y amar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario