"Risas,
pelos y revelaciones: la mujer más allá de los roles."
Prólogo
Siempre
creí que, a cierta edad, una mujer se convertía automáticamente en madre,
abuela o profesional, y que lo demás —la vanidad, la coquetería, el simple
placer de sentirse mujer— quedaba en pausa indefinida. Esta crónica nació del
momento en que me di cuenta de que no era cierto. Que podía caminar por Madrid,
empujar un cochecito, reírme de los pelos y de los hombres que me miraban… y
seguir siendo yo, con todo mi humor, mi curiosidad y mi ego intacto. Esto es la
historia de cómo me reencontré conmigo misma, entre rutinas familiares y
sorpresas urbanas, recordándome que la mujer que soy no depende de un rol ni de
una mirada ajena.
¿Cómo puede una
persona relatar una experiencia intensa en poco tiempo y corto espacio? En un
segundo se nace y en otro se muere. Pretender que, en ese mismo segundo, se
expliquen emociones complejas es una ilusión. Y bastante ingenua.
Toda mujer
hispanoamericana mayor de cuarenta años ha sido educada psicológicamente para
existir bajo tres posibles rótulos: profesional, madre o abuela. Cualquier otra
categoría resulta sospechosa. La idea de verse o asumirse simplemente como mujer
es, a esa edad, casi una falta administrativa. Con tanta juventud circulando
libremente por el mundo, ¿Quién va a interesarse por una gallina veterana
cuando el mercado está lleno de polluelos?
Mi estadía en
Madrid fue, por lo tanto, cómoda y sin sobresaltos estéticos. Mi apariencia se
reducía a lo indispensable: higiene, decoro y funcionalidad. Nada de
maquillaje, perfumes o ropa con intención. Yo no vestía; cumplía. Era madre y
abuela, y punto. ¿Qué más podía pedirle a la vida?
Con ese chip
perfectamente instalado, me desenvolví como una persona asexuada. Cada gesto
cotidiano, cada acto compartido con ellos, se inscribía en ese marco sensorial,
territorial y doméstico. Yo solo era la madre o la abuela. Todo lo hacía en
función de esos roles.
Hasta que
apareció el conserje del edificio. Me saludaba como si yo fuera alguien
completo, no un apéndice familiar. Me hablaba como persona, no como madre de
nadie ni abuela de nadie. A él se sumó el empleado del estanco. Fue entonces
cuando caí en la cuenta de algo inquietante: en Madrid, las mujeres valían por
sí mismas. Incluso las de mi edad. Incluso yo. No éramos piezas fuera de uso,
sino material activo, operativo y, para mi sorpresa, aún visible.
Ese mismo día
yo venía arrastrando un episodio policial bastante desagradable. Mi humor no
era el mejor y el ambiente familiar estaba cargado. Mi hijo rumiaba su enojo y
mi nuera lo escuchaba en silencio, con ojos atentos y sonrisa contenida. A
ella, mujer generosa, mis desventuras le resultaban casi terapéuticas.
—Después de
este día, merecemos un premio —propuso—. ¿Vamos a la peluquería?
Acepté. Pensé
que nada peor podía pasar. Error clásico.
Salimos a pie
con el nieto menor en su cochecito. El día era luminoso, el frío amable y yo
empezaba a reconciliarme con la jornada. Mi nuera anunció sus planes estéticos:
corte de cabello, cejas, depilación facial. Yo me escandalicé. En mi época, las
mujeres no tenían bigotes. Y si los tenían, se ignoraban con dignidad.
Sin embargo,
entre insistencias y curiosidad mal administrada, acepté la depilación. Total,
pensé, no tengo nada que perder. Otra vez, error.
El salón de
belleza estaba lleno de mujeres dedicadas con fervor religioso a la
erradicación del vello corporal. Yo hojeaba una revista mientras escuchaba
conversaciones que giraban exclusivamente en torno a pelos. Pelos largos,
cortos, rebeldes, traicioneros. Empecé a dudar seriamente de mis creencias
juveniles sobre la felicidad: ¿dónde hay pelos hay felicidad? ¿O eran todas
esas mujeres infelices mientras yo lo había creído por años?
Decidí
adaptarme a los nuevos tiempos.
La experiencia
fue breve. Al mirarme al espejo no noté gran cambio. Mi nuera, en cambio, salió
radiante. Regresamos caminando y, de pronto, empecé a notar miradas. Muchas
miradas. Me enderecé. Saqué pecho. Pensé, con cierta soberbia tardía, que tal
vez el secreto de la seducción estaba en la cera caliente.
Llegué a casa
inflada de ego, convencida de que España acababa de descubrir mi atractivo
oculto.
Mi hijo me miró
fijamente y preguntó si me dolía la cara. Sugirió medicamentos. Insistió. Yo
negué, confundida. Entonces me lo dijo la verdad: estaba roja, hinchada y
deformada.
Corrí al
espejo. Detrás de mí, mi nuera luchaba por no reírse.
Y yo, pobre
ilusa, había creído que era la mujer más sexy de España, cuando en realidad
parecía una empanada recién salida del horno. Así descubrí, por fin, que la
felicidad no estaba en los pelos… sino en poder reírse de uno mismo mientras
los demás lo miran.
"La
verdadera belleza está en reírse de uno mismo… y en que los demás lo hagan
contigo."
Epílogo
Al final
del día comprendí algo esencial: mi valor no depende de lo que piensen mi hijo,
mi nuera, ni siquiera los transeúntes que me miran en la calle. No se mide por
los pelos que me quito, por la ropa que uso, ni por los espejos que me
devuelven una imagen más o menos favorecedora. Mi valor está en poder caminar
por la vida con humor, disfrutar de mis momentos y reírme de mí misma cuando
las cosas no salen como esperaba. Ser mujer, descubrí, es también aceptar la
sorpresa, la risa y la libertad de ser, siempre, auténticamente yo.
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