sábado, 2 de enero de 2010

"LA MUJER MÁS SEXY": Crónica humorística sobre una mujer hispanoamericana mayor de 40, belleza, roles familiares y autoestima en Madrid.

"Risas, pelos y revelaciones: la mujer más allá de los roles."


Prólogo

Siempre creí que, a cierta edad, una mujer se convertía automáticamente en madre, abuela o profesional, y que lo demás —la vanidad, la coquetería, el simple placer de sentirse mujer— quedaba en pausa indefinida. Esta crónica nació del momento en que me di cuenta de que no era cierto. Que podía caminar por Madrid, empujar un cochecito, reírme de los pelos y de los hombres que me miraban… y seguir siendo yo, con todo mi humor, mi curiosidad y mi ego intacto. Esto es la historia de cómo me reencontré conmigo misma, entre rutinas familiares y sorpresas urbanas, recordándome que la mujer que soy no depende de un rol ni de una mirada ajena.


¿Cómo puede una persona relatar una experiencia intensa en poco tiempo y corto espacio? En un segundo se nace y en otro se muere. Pretender que, en ese mismo segundo, se expliquen emociones complejas es una ilusión. Y bastante ingenua.

Toda mujer hispanoamericana mayor de cuarenta años ha sido educada psicológicamente para existir bajo tres posibles rótulos: profesional, madre o abuela. Cualquier otra categoría resulta sospechosa. La idea de verse o asumirse simplemente como mujer es, a esa edad, casi una falta administrativa. Con tanta juventud circulando libremente por el mundo, ¿Quién va a interesarse por una gallina veterana cuando el mercado está lleno de polluelos?

Mi estadía en Madrid fue, por lo tanto, cómoda y sin sobresaltos estéticos. Mi apariencia se reducía a lo indispensable: higiene, decoro y funcionalidad. Nada de maquillaje, perfumes o ropa con intención. Yo no vestía; cumplía. Era madre y abuela, y punto. ¿Qué más podía pedirle a la vida?

Con ese chip perfectamente instalado, me desenvolví como una persona asexuada. Cada gesto cotidiano, cada acto compartido con ellos, se inscribía en ese marco sensorial, territorial y doméstico. Yo solo era la madre o la abuela. Todo lo hacía en función de esos roles.

Hasta que apareció el conserje del edificio. Me saludaba como si yo fuera alguien completo, no un apéndice familiar. Me hablaba como persona, no como madre de nadie ni abuela de nadie. A él se sumó el empleado del estanco. Fue entonces cuando caí en la cuenta de algo inquietante: en Madrid, las mujeres valían por sí mismas. Incluso las de mi edad. Incluso yo. No éramos piezas fuera de uso, sino material activo, operativo y, para mi sorpresa, aún visible.

Ese mismo día yo venía arrastrando un episodio policial bastante desagradable. Mi humor no era el mejor y el ambiente familiar estaba cargado. Mi hijo rumiaba su enojo y mi nuera lo escuchaba en silencio, con ojos atentos y sonrisa contenida. A ella, mujer generosa, mis desventuras le resultaban casi terapéuticas.

—Después de este día, merecemos un premio —propuso—. ¿Vamos a la peluquería?

Acepté. Pensé que nada peor podía pasar. Error clásico.

Salimos a pie con el nieto menor en su cochecito. El día era luminoso, el frío amable y yo empezaba a reconciliarme con la jornada. Mi nuera anunció sus planes estéticos: corte de cabello, cejas, depilación facial. Yo me escandalicé. En mi época, las mujeres no tenían bigotes. Y si los tenían, se ignoraban con dignidad.

Sin embargo, entre insistencias y curiosidad mal administrada, acepté la depilación. Total, pensé, no tengo nada que perder. Otra vez, error.

El salón de belleza estaba lleno de mujeres dedicadas con fervor religioso a la erradicación del vello corporal. Yo hojeaba una revista mientras escuchaba conversaciones que giraban exclusivamente en torno a pelos. Pelos largos, cortos, rebeldes, traicioneros. Empecé a dudar seriamente de mis creencias juveniles sobre la felicidad: ¿dónde hay pelos hay felicidad? ¿O eran todas esas mujeres infelices mientras yo lo había creído por años?

Decidí adaptarme a los nuevos tiempos.

La experiencia fue breve. Al mirarme al espejo no noté gran cambio. Mi nuera, en cambio, salió radiante. Regresamos caminando y, de pronto, empecé a notar miradas. Muchas miradas. Me enderecé. Saqué pecho. Pensé, con cierta soberbia tardía, que tal vez el secreto de la seducción estaba en la cera caliente.

Llegué a casa inflada de ego, convencida de que España acababa de descubrir mi atractivo oculto.

Mi hijo me miró fijamente y preguntó si me dolía la cara. Sugirió medicamentos. Insistió. Yo negué, confundida. Entonces me lo dijo la verdad: estaba roja, hinchada y deformada.

Corrí al espejo. Detrás de mí, mi nuera luchaba por no reírse.

Y yo, pobre ilusa, había creído que era la mujer más sexy de España, cuando en realidad parecía una empanada recién salida del horno. Así descubrí, por fin, que la felicidad no estaba en los pelos… sino en poder reírse de uno mismo mientras los demás lo miran.


"La verdadera belleza está en reírse de uno mismo… y en que los demás lo hagan contigo."


Epílogo

Al final del día comprendí algo esencial: mi valor no depende de lo que piensen mi hijo, mi nuera, ni siquiera los transeúntes que me miran en la calle. No se mide por los pelos que me quito, por la ropa que uso, ni por los espejos que me devuelven una imagen más o menos favorecedora. Mi valor está en poder caminar por la vida con humor, disfrutar de mis momentos y reírme de mí misma cuando las cosas no salen como esperaba. Ser mujer, descubrí, es también aceptar la sorpresa, la risa y la libertad de ser, siempre, auténticamente yo.


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