“La piel, frontera del alma, donde lo carnal se vuelve
sagrado.”
Prólogo
Antes de que la palabra pasión se vista de cuerpo, deseo y
misterio, conviene detenerse un instante. No para justificarla, sino para
escucharla. Este texto nace de una certeza silenciosa: que vivir y amar con
honestidad es un acto de valentía, y que mostrarse tal como se es —sin máscaras
ni disculpas— sigue siendo una forma profunda de libertad.
El juego de la transparencia
Tú, que me conoces, sabes bien que escribo como quien
escribe en su diario más íntimo. Lo hago desde la sinceridad, sin filtros, con
el corazón abierto. Y si alguna vez te preguntas —aunque no me lo digas— cómo
soy capaz de hablar tan libremente de mis pensamientos y emociones, la
respuesta es sencilla: la transparencia
y la autenticidad son, para mí, la base de todo encuentro humano.
Establecen las reglas del juego, marcan los límites de lo que se permite y lo
que no.
Ese juego, que no es otro que el de las relaciones
verdaderas, permite que cada uno elija si desea participar o no, sin
juicios ni ofensas. Porque, al final, cada uno decide con quién y cómo quiere
compartir esta vida, en este presente que es lo único que realmente poseemos.
Hay quienes encuentran calma y seguridad en seguir el camino
ya trazado, aceptando las normas de ese orden establecido que rige la
convivencia social. Y está bien. No todos sentimos el mismo impulso de
cuestionar o transformar lo que nos rodea.
Otros, entre los que me incluyo, aceptamos esas reglas
básicas para convivir, pero nos damos el permiso de vivir con mayor libertad en
lo que respecta a creer, sentir, pensar y expresar. Lo hacemos siempre desde el
respeto, sin dañar a nadie, y dentro de los límites de la legalidad y los
valores humanos. A eso le llamo vivir
con conciencia: reconocer quiénes somos y actuar en coherencia con ello.
Una aclaratoria necesaria
No pretendo hablar aquí de dogmas ni de teorías. Tampoco de
política o filosofía. Quiero hablar de algo más esencial, más humano: de
aquello que todos compartimos, sin importar nuestra historia, nuestro entorno o
nuestra educación. De lo que somos por dentro.
Sé que es inusual comenzar un texto con una aclaratoria,
pero me parece necesario. Vivimos en una sociedad que presume de liberada, y
aun así hay quienes se sorprenden —por decirlo suavemente— cuando una mujer
madura se atreve a hablar del amor con total pasión.
Sí, pasión: la palabra que hoy me inspira y me mueve.
Y quizá te preguntes si hacía falta toda esta introducción
para hablar de ella. Yo creo que sí. Porque aún existen miradas que pretenden
decirnos hasta qué edad se puede amar con intensidad o con deseo. Pero ya me
conoces… prefiero seguir el dictado de mi corazón.
La pasión más allá del cuerpo
Entonces, ¿hablamos de la pasión?
Busco rozar una concepción de la pasión que trascienda los
límites convencionales del erotismo para instalarse en el terreno del alma,
donde cuerpo
y espíritu se tocan sin confundirse.
Deseo rescatar algo que muchas veces olvidamos: que la
pasión no es solo fuego,
sino también luz.
Puede ser intensa sin ser destructiva, tierna sin perder su profundidad.
Describir —esa necesidad de tocar el
alma a través de la piel— es, en realidad, una de las formas más altas
del amor encarnado: el
deseo de comunión total, no de dominio.
Esa pasión que no busca consumir, sino comulgar, es una
danza entre dos energías que se reconocen. No es hambre: es plenitud en
expansión. La piel, en ese contexto, se convierte en un umbral sagrado: el
punto donde lo físico se hace espiritual, donde el tacto es una oración y el
placer se convierte en un modo de celebrar la existencia compartida.
Alegría, ternura y llama
Me propongo, también, abrazar algo muy necesario: la
alegría dentro de la pasión. No la solemnidad ni la tragedia del
deseo, sino esa risa que brota en medio del abrazo, ese gozo de saberse vivos y
juntos. Cuando la pasión incluye la
ternura, deja de ser un incendio para convertirse en una llama que da
calor.
Esa pasión que toca el alma atravesando la piel y se mezcla
con ternura y alegría.
Un fuego que quema, pero no deja cenizas: crea luz.
Una piel como frontera del alma.
La risa como expresión del deseo que se sabe correspondido.
El cuerpo como lenguaje de la devoción.
El misterio del deseo
Pero ¿sabes qué no pretendo? ¡Escribir un texto literario!
La mayoría de las veces, cuando se habla de pasión, se la asocia con una fuerza
que consume: un fuego que arrasa, una necesidad que devora. Pero yo apunto a
otra vibración más alta, más sutil: aquella en la que la pasión no busca
poseer, sino fusionarse; no destruir, sino revelar.
Es un tipo de pasión que no teme a la ternura, porque
entiende que la
vulnerabilidad no apaga el deseo, sino que lo vuelve más verdadero. La
devoción que menciono no es sumisión, sino entrega: una confianza absoluta en
que el otro es espacio
sagrado.
Estoy tocando un tema sobre el
misterio humano: el de cómo el deseo puede transformarse en un lenguaje del
alma.
La piel: umbral de lo
invisible
En esa pasión, el
cuerpo se vuelve un templo, pero no el único. La piel es apenas la
primera frontera de lo invisible. Quien ama así no desea la carne por la carne,
sino porque intuye que detrás de ella palpita el alma que busca. Y sabe que
tocar la piel es tocar el umbral: el punto exacto donde la energía se hace
carne, donde la materia revela su luz.
Esa forma de amar tiene algo de místico y de humano a la
vez. Es una pasión que integra lo
divino y lo terrenal, lo
espiritual y lo sensorial. No renuncia al deseo físico, pero lo trasciende.
Lo convierte en puente, en canal, en rito.
Y lo más bello es que no se expresa en arrebatos de
tragedia, sino en la alegría serena del encuentro.
El baile de
la comunión
¿Has observado a esas parejas que bailan desplegando una
sonrisa más melodiosa que la propia música?
Quizás ni sepan bailar.
¡Qué importa!
Esa sonrisa que menciono lo dice todo: ahí el cuerpo vibra,
el alma se expande, y el amor se vuelve celebración. No hay lucha entre lo
carnal y lo sagrado, porque ambos laten al mismo ritmo.
Podría decir, entonces, que la pasión que imagino es una
energía de comunión. Es el deseo de compartir la totalidad del ser, no de
fragmentarlo. Es una llama que no pide sacrificios, sino presencia.
El lenguaje de los elementos
Para representar esa pasión que no es solo deseo, sino
comunión —esa que abraza cuerpo y alma a la vez—, en la escritura la simbología
puede ser la mejor aliada. En ella, los símbolos actúan como resonancias del
alma, y cada elemento natural puede expresar un matiz distinto de esa fuerza
que describo.
El fuego: simboliza el deseo ardiente,
pero también una llama consciente, que ilumina sin destruir. Purifica. Revela
la esencia de lo que toca.
El agua: representa
la fusión y la entrega. La disolución de los límites en una pasión espiritual.
El momento en que dos almas se funden sin perder su forma, como ríos que se
entrelazan. Una corriente que envuelve y limpia.
El aire: la
respiración compartida. Encarna la sutileza del encuentro. No se ve, pero está
en todo; así es el amor que respira entre dos cuerpos antes del roce. Simboliza
el alma, el aliento, la vibración invisible que los une.
La tierra: la
presencia y el arraigo. Recuerda que esa pasión no es solo etérea: necesita
raíces, presencia, carne, realidad. Es el sostén del encuentro, el lugar donde
lo espiritual encarna.
La luz: revelación del alma. Lo divino
que emerge a través del amor humano. Es la transparencia, el alma expuesta sin
temor. Cuando la pasión es así de plena, la luz no ciega: revela.
Conclusión: la comunión del ser
Así concibo la pasión.
Amor
y pasión: un binomio inseparable.
Y ahora que me he mostrado sin maquillaje, cuando hable de
amor y pasión…
¿me juzgarás o dejarás que te inspire?
Epílogo
Tal vez la pasión no sea algo que se explique, sino
algo que se reconoce. Cuando aparece, no pide permiso ni ofrece garantías: solo
invita a estar presentes. Si estas palabras han tocado algo en ti, no las
analices demasiado. Déjalas reposar en la piel, ahí donde el alma también
aprende a hablar.
“La piel no es límite: es el lugar donde el alma aprende a ser tocada.”

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