Prólogo
Antes de
que el cuerpo sienta, la conciencia reconoce. Antes del gesto, existe la
intención. Este texto no habla de piel, sino de presencia; no de deseo, sino de
despertar. Es una invitación a detenerse, a mirar y a permitir que lo invisible
también nos toque.
Las
caricias: el lenguaje que despierta el alma
Este texto nace
como una continuidad natural de una búsqueda interior que he venido plasmando
en textos anteriores como La Piel: Frontera del Alma y Cuerpo
Consciente: Amor, deseo y madurez.
Si en el
primero exploraba el límite entre el alma y su envoltura —la piel como
territorio de contacto entre lo visible y lo invisible—, y en el segundo
indagaba en el amor y el deseo como fuerzas que maduran con la conciencia, en
este nuevo escrito vuelvo la mirada hacia un gesto aparentemente mínimo: la
caricia.
La caricia, en
sus múltiples formas —una mirada sostenida, una palabra que consuela, un
silencio compartido—, es quizás la expresión más sutil y poderosa del amor
humano. No se limita al tacto: es presencia consciente. Es reconocimiento del
otro y de uno mismo.
A través de una
experiencia simple, cotidiana y profundamente reveladora, descubrí que la
verdadera intimidad no se alcanza con el cuerpo, sino con la conciencia que lo
habita. Este texto es, por tanto, una meditación sobre esa energía que
trasciende el contacto físico y despierta el alma dormida bajo la costumbre y
el miedo.
En tiempos
donde el ruido y la prisa han despojado al gesto de su profundidad, reivindico
la caricia como acto espiritual, como puente entre el ser y el sentir, como
llave secreta del amor y de la fe.
Porque, a fin
de cuentas, toda caricia —real o simbólica— es una forma de recordarnos que
existimos.
El encuentro
Seguía, aún,
sentada en la mesa de aquella terraza, observando la vida de los demás como un
complemento de la mía. Eran momentos en los que esas energías no llenaban mis
espacios vacíos, sino que creaban nuevos espacios de existencia.
En un instante
cualquiera —de aquella aventura de exploración humana— levanté la vista solo
para encontrarme con otra mirada posada en mí. Sostuvimos aquel encuentro
visual. En ambos rostros —en el de él y en el mío— se dibujaron sonrisas
sutiles, como las que surgen espontáneamente en quienes se saben descubiertos
en un acto de absoluta intimidad:
¿Sorpresa,
vergüenza, reconocimiento, complicidad?
La sonrisa
también se sostuvo con la mirada.
Fue un instante no medible por reloj.
La caricia
invisible
Lo sabía, no
soy tonta. No soy la única que observa, ni tampoco la única que aprende y se
inspira en la existencia de los demás. Así como la energía que emana de la
presencia de otros me alimenta, mi existencia podría ser bocado para alguien
más.
Pero ese no es
el punto. El tema es lo que sentí en ese brevísimo instante: fue como una
caricia que me rozó el alma. Una caricia sutil, pero poderosa. Una de esas que
te hacen mirar hacia dentro, apreciando tu propio vibrar.
Una caricia
leve, pero intensa; tanto, que te lleva a descubrir que no eres invisible, que
no estás solo, a pesar de las soledades que te embargan. Que existes. Que eres
luz entre las sombras de otros, así como la luz de otros es la que arroja
sombras en mí.
Me estremecí
por el descubrimiento de una nueva manera de sentir: la de ser acariciada por
la mirada de unos ojos desconocidos, como permitiendo que un alguien no
anhelado me tocara.
Me erizó, no la
piel, sino el alma.
Este evento fortuito, esta caricia insospechada, expandió mi mundo sensorial.
Abrió una
brecha en mi percepción entre lo real y lo deseado: la soledad y mi necesidad
de saberme existente para alguien. Un territorio por descubrir: las caricias de
extraños como fuente que despierta y aviva la pasión de existir en el día a
día.
Caricias que
disipan la sensación de soledad, de oscuridad y de pérdida de la chispa que
alimenta el alma.
Las
preguntas del alma
¿Cuántas
caricias habré dejado de sentir por no levantar mis ojos del suelo y descubrir
esas miradas atentas y los gestos del rostro que las acompañan?
¿Sería esta reflexión inducida por el ego o por el ser?
Empezaban los
cuestionamientos en mi mente; solo que esta vez se trataba de mí. Me debatía
sobre cómo la energía de otros influía en mi propia vibración interior. No se
trataba de lo que yo sentía hacia otra persona, sino de lo que la otra me hacía
sentir. Son dos cosas diferentes. Lo tengo claro.
¿Un despertar,
acaso, que me llevase a una nueva percepción de la intimidad propia?
La experiencia
de aquel instante —breve o eterno, no lo puedo definir— fue sumamente sensual.
Algo desconocido para mí. No quería que quedara como un misterio. Quería
entenderlo.
Necesitaba que
aquello dejase de ser una duda sobre si sentirlo era impropio, indecente,
imprudente, contraproducente... ¿pecado, tal vez?
El conflicto
interior
Las luchas
internas son las más difíciles de batallar. Ser un “general” en los conflictos
ajenos es fácil: se planean las estrategias, pero no se está en el campo de
batalla.
Y lo mío era
una guerra despiadada: mi necesidad natural de existir contra
ejércitos que usan las normas y los dogmas como armas bélicas que te
condicionan, reprimen, someten.
Te apresan
dentro de celdas cuyos barrotes son invisibles, pero con absoluto poder de
contención: el miedo a pensar, a sentir, a expresarte... a ser.
No di paso al
agobio por el conflicto interno que se desataba en mí. Tenía claro que poseo
armas poderosas —para confrontar la contienda— que me otorgó el Creador: la
razón, la conciencia y la fe.
No armas con
poder de destrucción, sino fuerzas de liberación interior, para sostener la
pureza y autenticidad de la existencia que nos ha sido entregada por el poder
divino.
Las tres
fuerzas
Una razón que
rompe los dogmas del miedo;
la conciencia que denuncia las normas injustas que sofocan el alma;
¡una fe que sostiene al espíritu cuando el mundo niega su verdad!
La razón
ilumina,
la conciencia discierne,
y la fe impulsa a trascender.
El Creador
otorgó a la humanidad estas tres fuerzas para que no se someta ciegamente ni a
los dogmas ni a las normas, sino para que, en su interior, encuentre el
equilibrio entre el saber, el sentir y el creer.
Con estas tres
fuerzas —razón, conciencia y fe— puedo caminar entre sombras sin perder mi luz.
Porque toda
norma que oprime, todo dogma que encadena se deshace ante quien piensa, siente
y cree con libertad.
Así fue como el
Creador selló su alianza secreta con la criatura: le dio las armas del espíritu
para que, en medio del mundo, fuese libre incluso de sus propios límites.
El pacto
secreto
A veces pienso
que, dentro de ese pacto secreto, Dios me creó con electricidad, palabras y
silencio.
Me dejó aquí,
entre los hombres y las sombras, con esos tres dones que laten dentro de mí
como luceros ocultos. No los veo, pero los siento palpitar bajo mi piel.
La razón, encendida en mi mente como una brasa
azul. Ella me mantiene despierta en las noches para preguntar por qué el mundo
se inclina ante lo impuesto, por qué llamamos verdad a lo heredado, por qué el
miedo se disfraza de fe.
Ella, mi llama
fría, me enseña a no arrodillarme ante ningún altar —ni tribuna— que exija
silencio.
Me enseña que pensar puede ser una forma de orar.
La
conciencia, en cambio,
habita más al sur. Respira en mi pecho, suave, como un corazón que no me
pertenece del todo.
Me
habla sin palabras.
Me
duele, a veces.
Cuando
miento, se asusta; cuando amo con pureza, canta.
Es el templo
más íntimo donde el Creador se aloja y me escucha. No necesito nombre ni dogma
para sentir su presencia: basta voltear la mirada hacia adentro y oír su pulso
en el mío.
Y luego
está la fe...
La más misteriosa de las tres.
No pide pruebas: se entrega.
Se derrama en
mí como vino en una copa; me embriaga y me eleva.
Es la que me sostiene cuando la razón se quiebra y la conciencia llora.
Las tres
no me fueron dadas para obedecer, sino para liberarme: hechas de pensamiento,
de verdad y de misterio.
Una piensa,
otra siente, otra confía.
A veces se enfrentan, a veces se abrazan.
Con ellas puedo
mirar al mundo sin miedo.
Puedo amar sin culpa.
Puedo creer sin pertenecer.
El regreso a
la ternura
Después de
tanto reflexionar, concluyo.
Me convenzo.
Me confieso.
Acepto,
agradecida y sin culpa ni remordimientos, las caricias que me regala la vida:
las miradas
atentas,
las sonrisas honestas,
los gestos amables.
Son la chispa
que enciende la llama del alma, como lo es la brisa suave a la hoguera.
Porque he
entendido que las caricias son necesarias, y que no solo el tacto es el
afortunado para sentirlas.
Y también
comprendo:
Que quedaron
cuestionamientos sin respuestas: La aceptación de estas caricias que nos regala
la vida —a través de extraños que, fortuitamente, se cruzan en nuestros
caminos— ¿corresponde a un acto liberal o sometido a la necesidad de llenar los
espacios que las personas que amamos no llenan? ¿actuamos con verdadera
consciencia de ello o impulsados por las carencias? ¡Algo más en lo que
reflexionar!
Soy obra del
Creador,
y su reflejo,
pero también su
desafío.
Epílogo
Tal vez
la vida no nos debe respuestas, sino caricias.
Tal vez no estamos aquí para poseer, sino para sentirnos vivos unos en otros,
aunque sea por un instante.
Y quizá —solo quizá— cada mirada que nos reconoce sea una forma silenciosa de
eternidad.
“Solo quien ha sentido el alma erizarse entiende la grandeza de una caricia.”

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