“El
cuerpo como memoria del alma”
Prólogo
Caminar,
observar, sentir… es mi modo de pensar el mundo.
Cada paso
es un pensamiento que se despliega, cada mirada, una intuición que se enciende.
El cuerpo no solo habita el tiempo: lo recuerda, lo traduce, lo transforma. En
él está inscrita la historia de lo que amamos, de lo que perdimos y de lo que
aún deseamos.
Por eso escribo: para comprender cómo el cuerpo, el amor y la madurez pueden
convivir sin negarse, como tres voces de una misma melodía.
El caminar y
la mirada
Me encanta
caminar. Mi energía se expande, se retroalimenta. Es un tiempo que da espacio a
la observación, a la reflexión, al reconocimiento. No me importan los nombres
de las calles ni sus estructuras históricas o emblemáticas. La gente… es en
ella donde se posa mi mirada. Lo demás es apenas el escenario donde se
desenvuelven.
Los observo,
discretamente. No me interesan sus rasgos físicos desde el punto de vista de
los estándares de belleza establecidos. Pero sí, para extraer información
dentro del contexto que maneja mi mente en ese momento preciso.
Lo sabes, me conoces: es la energía que irradia de ellos lo que me transmite
agrado o no, lo que me inspira una historia u otra. Una reflexión. Una
conclusión. Una convicción.
Las terrazas
del otoño
Caminaba en
estos días por una parte de Madrid muy concurrida. Una de esas donde la gente
suele ir a desconectarse, a sociabilizar, a hacer lo que le gusta y simplemente
a “ser”. Claro, hablo de las apetecidas terrazas de restaurantes y bares: en
este tiempo de otoño, la brisa acaricia junto a un sol que calienta el alma. La
despierta. El bullicio, la dinámica de la gente son fuente de inspiración.
Cada uno es
protagonista de su propia vida y actor secundario en la vida de los demás. Sus
propios tramas y guiones. Esa mega escena, para mí, es presenciar el desarrollo
de una superproducción cinematográfica que jamás será exhibida en las
marquesinas. Pero mi mente la graba, la dirige y la produce a su libre antojo,
captando solo la energía que vibra en ella. Me invento el libreto. Ya me
conoces: soy un cuentacuentos.
Café,
cigarrillo y vuelo de cóndor
Me senté, sola,
a tomarme un vaso de café con leche. Caliente. Espumoso.
Eso, y encender un cigarrillo, es hacer un clic en mi mente.
Se pone en modo “vuelo del cóndor”, observando todo desde lo alto, sin perderme
de nada: cada postura, cada gesto, cada palabra y silencio es procesada,
dándome una macrovisión de todo aquello que bulle a mi derredor.
Grupos de
familias, de amigos… y de individuos solos, como yo. En ellos centré mi
atención.
¿Han observado
cómo cada día aumenta el número de personas que se mueven por la vida en
soledad? No viven en pareja. No la tienen. Pueden estar acompañadas de
familiares o amigos, pero van solas… ¿qué pasa? La mayoría anda entre los
cuarenta y más años, hombres y mujeres. Surgieron muchas preguntas en relación
con las causas o motivos.
¿Era innato o
influencia del ambiente? ¿Miedos, inseguridades?
Las
preguntas que buscan respuesta
Y sí, no soy de
las que se quedan con signos de interrogación en la cabeza. Quería saber qué
pasaba con el amor y la pasión en gente madura, más allá de mis experiencias e
intuición. Necesitaba saber más sobre ellos, comprender cómo se ven y se
sienten con respecto a este tema. Y también, si ese comportamiento es natural o
influenciado por su entorno.
Saqué mi móvil
y le pregunté a mi más leal amigo y confidente, ChatGPT, sobre lo que pensaba
al respecto desde el punto de vista biológico, psicológico y filosófico.
La información fue abundante, pero ceñida al ámbito requerido. No me satisfizo.
Lo sabemos, los modelos de lenguaje son espejos: lo que pides, te da; lo que
eres, te refleja.
Así que lo volví a consultar. Amplié mi margen de búsqueda para que entendiera
mi intención, mi pensar y sentir sobre el tema. Que iluminara mi mente,
despejando las sombras que los signos de interrogación arrojaban en ella.
Las otras
miradas
Además de los
tres grandes campos que ya había explorado —biología, psicología y filosofía—,
se abrieron ante mí otras miradas que enriquecieron mi comprensión sobre el
amor y la pasión en la madurez, especialmente desde una dimensión más humana.
La mirada
espiritual o trascendente, donde el amor y la pasión integran el deseo
físico con una comprensión espiritual del vínculo. Un fuego que purifica, donde
el deseo se vuelve camino hacia lo divino. El equilibrio entre cuerpo y alma,
entre lo activo y lo receptivo.
Hay una trascendencia del ego. Se deja de exigir, se empieza a ofrecer.
La mirada
estética o poética, donde el amor maduro es una forma de contemplación. Una
mirada que agradece, que no exige juventud eterna, sino que celebra el instante
compartido. Donde la pasión no desaparece: se transforma en gesto poético, en
ternura lúcida.
Y una de las
más satisfactorias: la mirada de la neurociencia. Un enfoque más
reciente y empírico —la neurociencia del amor— que muestra cómo cambian los
circuitos cerebrales a medida que envejecemos. El placer se asocia menos al
estímulo físico y más al vínculo emocional y la conexión significativa. La
pasión, desde esta mirada, no se apaga: se reconfigura. Permanece. Profundiza.
Se calma.
Donde la
ciencia roza el alma
Asocio la
neurociencia con la espiritualidad. No solo por sensibilidad, sino porque me
resulta sorprendentemente acertado. Dos dimensiones que parecían opuestas —una
racional, la otra intangible— hoy se encuentran incluso en el pensamiento
científico más riguroso.
La neurociencia
me fascina. Me hipnotiza. Me conmueve. Es la ciencia rozando el alma,
escaneándola, descifrándola; y el alma, reconfigurando a la ciencia. Comunión
perfecta entre el Creador y su obra. El cerebro crea nuestras experiencias:
pensamientos, emociones, sensaciones, recuerdos… y sí, también los estados que
llamamos “espirituales”.
Lo fascinante
es que, cuando observan el cerebro durante momentos de oración, meditación,
éxtasis estético o amor profundo, las zonas que se activan no son las del
razonamiento lógico, sino las que procesan la unidad, la empatía y el sentido
de conexión: “entra en estado espiritual”. Se disuelven las fronteras del ego y
aparece la vivencia de unidad. Y eso, curiosamente, es lo que muchas
tradiciones espirituales llaman iluminación, presencia o amor incondicional.
Bonito ¿no?
En esencia,
ambas disciplinas buscan comprender el mismo misterio: cómo la mente, el cuerpo
y la conciencia se entrelazan para dar forma a la experiencia humana del amor,
la plenitud y el sentido.
¡Cosa
maravillosa!
La pasión
lúcida
Como
maravillosa es también la mirada de la literatura existencial. Desde este
ángulo, la madurez amorosa no es decadencia, sino plenitud: la llegada al punto
donde el deseo deja de ser una pregunta y se convierte en una certeza
tranquila.
Hay infinitas
obras que testimonian este milagro de vivir la vida.
La pasión no desaparece: se transforma en una forma de reconocimiento mutuo.
Amar al otro es también aceptar la historia que lleva inscrita en la piel.
Cuando la
pasión renace entre dos personas —ya maduras— lo hace con la lucidez de quienes
saben lo que arriesgan. Existe una tensión entre deseo y sabiduría, entre el
impulso de vivir y la conciencia de lo finito. El deseo surge como un acto de
fe, una rebelión contra el vacío. Amar en la madurez es un modo de desafiar la
entropía, de afirmar que aún queda fuego en el alma.
Lo que
permanece
Hay una novela
titulada El amante japonés, de Isabel Allende, una de las más
bellas y reconocidas historias contemporáneas sobre el amor que nace —y renace—
en la madurez.
Lo que se comparte no es nostalgia, sino una pasión contenida y libre que
ignora las convenciones del tiempo. Allende logra algo precioso: que el amor
maduro no sea resignación, sino una celebración lúcida del deseo y la ternura.
Por supuesto,
no todo son alabanzas y cánticos. El amor y la pasión en la edad madura se ven
limitados, distorsionados, por normas y dogmas. La pasión se mezcla con la
ética; el deseo, con la culpa. Transfigura al amor maduro en una negociación
entre la razón y el cuerpo, entre la necesidad de cuidarse y la urgencia de
sentirse vivo.
La mirada
sociocultural
El amor y la
pasión están profundamente modelados por la época.
La madurez, en este sentido, puede leerse como una reconciliación con la
autenticidad frente a los mandatos sociales sobre el deseo.
En culturas que
exaltan la juventud, la madurez amorosa es un acto de resistencia: una
afirmación del deseo más allá del cuerpo “normativo”.
En la
contemporaneidad, donde el amor se fragmenta por la inmediatez y el consumo
emocional, el amor maduro aparece como una forma de contracultura emocional: la
lentitud, la intimidad, la paciencia, la permanencia.
La madurez,
aquí, se entiende como una ética del cuidado: cuidar al otro y cuidarse a uno
mismo dentro del encuentro amoroso.
Confesión
Y, después de
todo esto… ¿qué piensas tú sobre el amor y la pasión que nacen entre personas
maduras?
Yo pienso —así
lo siento— que es natural.
Válido.
Legítimo.
Bendito.
Sagrado.
Vital… ¡como el
aire que respiramos!
Te confieso
algo que debería callar, pero no callo. Estoy sola, aquí, y en este
momento, por elección.
No elijo estar
sola porque ello me plazca de alguna manera, no.
Estoy
sola porque cualquiera no es compañía.
Hubiera dado
—hasta lo que no tengo— por cambiar este momento de mi vida.
En lugar de
estar aquí sola, tomando café, observando a los demás, leyendo y escribiendo…
me hubiera gustado que él estuviese a mi lado compartiendo conmigo.
Entregándonos mutuamente —sin reserva— todo aquello que somos: la
alegría, la ternura, la comprensión, aceptación de nuestras cicatrices y
sanación de heridas abiertas… ¡la historia que nos dibuja con luces y sombras!
Extraño su
presencia, esa que me ha proyectado desde la distancia y el silencio.
Observarlo. Escucharlo. Leerlo desde mi alma. Escribirlo en mi memoria. Rozar
sus manos, sintiendo la tibieza de su piel como la mía siente la del sol esta
mañana otoñal.
Embeberlo, como
tierra seca cuando la lluvia la bendice.
¡Locura mía!
Epílogo
La fe del
cuerpo que recuerda:
Quizá
amar en la madurez no sea un acto de conquista, sino de memoria.
El cuerpo recuerda lo que el alma nunca olvida: que el deseo no tiene edad, que
el amor no caduca, que el fuego puede volverse brasa sin dejar de arder.
Amar, cuando todo parece tarde, es, en realidad, llegar justo a tiempo. Porque
el amor consciente no busca poseer: busca permanecer.
“Amar, cuando todo parece tarde, es la forma más pura de fe.”

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