jueves, 14 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (41) EL ANUNCIO



“Una aguamarina, siete perlas… y toda la familia como testigo.”

Don Luis y Doña Ana se levantaron temprano, junto con el alba. Estaban asomados a la ventana, ella abrazada a su cálida espalda. Observaban los jardines de su casa. Ayer había llovido y todo era fragancias. La vista era hermosa, calma; por dondequiera se avistaban las trinitarias, gladiolos, lirios y calas; y ni hablar de las margaritas, se encontraban esparcidas por las orillas de las caminerías, tantas que parecían desbordadas. Dentro de la habitación, todavía las sábanas estaban húmedas, desprendiendo un agradable olor, de él y de ella… ¡tan agradable como el de la tierra mojada!

En esa contemplación quedaron absortos por… ¡no sé cuánto tiempo! Solo salieron de su embeleso al escuchar la algarabía de los chiquillos que comenzaban a corretear por los jardines: jugaban, reían y gritaban. Recogían bachacos, chicharras y perseguían a las iguanas. Ana Isabel recolectaba flores para los jarrones de la casa; Márgara y Lola estaban, con cestas en mano, recolectando frutos: aguacates, limones, guanábanas, guayabas y mangos… ¡dádivas de la naturaleza en abundancia! En la terraza de la cocina se encontraban Doña Matilde y Doña Isabel, amenamente hablando con el cura Don José, quien sorbía placenteramente su café. Don Luis y Doña Ana se miraron entusiasmados. Todo aquello hermoso que observaban era producto de un duro y mancomunado esfuerzo, ¡lo habían logrado!

Decidieron unirse a ellos, así que se fueron directo al baño. No harían caso a las burlas o sarcásticos comentarios, si ese fuere el caso; estaban felices y nadie lograría arruinarlo. Antonio ya se había sumado al grupo cuando ellos se incorporaron. Doña Teresa sirvió el desayuno a Don Antonio y a los recién llegados. Ninguno hizo gesto alguno que denotara burla, ni tampoco hicieron algún desagradable comentario; ¡mostraron el debido respeto que los anfitriones se habían ganado!

—Por favor, quiero que me presten toda su atención. Lola y yo queremos anunciarles algo muy importante: ¡nos casamos el mes entrante! —dijo Antonio lleno de gozo, mirando a Lola mientras besaba efusivamente sus manos. Colocó en su dedo un anillo de compromiso: una aguamarina, rodeada de siete pequeñas perlas y cuatro brillantes, dos a cada lado del borde del aro, todo en oro blanco. Él, con entusiasmo, explicaba que ese anillo representaba el azul de los ojos de su amada, los siete hijos, los padres y las dos hermanas de ella… ¡su nueva familia, la que amaba, a la que recién ingresaba! Todas las mujeres le agarraban la mano a Lola para admirar la prenda que le obsequiara Antonio, todas maravilladas por la singularidad y hermosura de la alhaja.

—Ya va, guarden calma, que aún no he terminado… —Antonio se metió la mano en su bolsillo y sacó otro estuche, extrayendo de él una hermosa cadena con un dije: otra aguamarina, rodeada de pequeños brillantes y de ella pendiendo una perla.

—¿Y esta, algo representa? —preguntó la tía Isabel, inmediatamente al verla.

—¡Claro! Representa a mi amada soportando el peso de mi “cuatro de ocho” … —los ojos se le llenaron de lágrimas al pronunciar estas palabras. Abrazó fuertemente a Lola, quien le besó con inmensa ternura. Todos guardaron profundo silencio, conmovidos por tan bella escena de amor. La sonrisa afloró en cada rostro, en especial en los de Don Luis y Doña Ana.

—¡También les anuncio que a la boda asistirán mis hermanos Gabriel y Alejandro, quienes ya están en camino, cruzando el Atlántico! —dijo Antonio lleno de entusiasmo, pues hacía algún tiempo que no los veía y el hecho de que viniesen le llenaba de alegría. Cuando Antonio mencionó a sus hermanos, Márgara y Ana Isabel disimuladamente se miraron y taparon sus bocas; unas sonrisas se ocultaron. Don Luis se paró de inmediato y haló de la mano a su mujer, llevándosela consigo a la cocina.

—Doña Teresa, disponga lo necesario… recibiremos en unos días a los hermanos de Don Antonio, ¡celebraremos el compromiso de Lola con una cena! —ordenó de buen agrado Don Luis, abrazando a Doña Ana, quien también estaba muy feliz.

—¿Qué cree usted, Don Luis, que nosotras no escuchamos? —dijo Doña Teresa con una amplia sonrisa, volteando a mirar a Doña María y Doña Blanca, quienes también sonreían, sosteniendo tazas de café humeante— Antes de que usted lo mandara, ya nosotras lo habíamos previsto, así que… ¡quédese tranquilo, que todo se hará como Dios manda!

“Próximo capítulo: ¿Quién llevará la cuenta de las lágrimas, las risas y los besos?”

 



NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

martes, 12 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (40) LOS ABUELOS



“Doña Ana y Don Luis: ¡quien dijo que la pasión se apaga con los años, miente!”

Los niños seguían gritando a todo pulmón, entre risitas burlonas y risotadas, cómo los abuelos jugaban. Márgara trataba de atajarlos para que callaran; mientras, Ana Isabel no sabía qué hacer, estaba horrorizada. Las tías Matilde e Isabel, con gran desfachatez, también se reían a carcajadas, aunque hacían lo suyo intentando silenciarlos, pero no lo lograban. Lola y Antonio escucharon el escándalo desde la ventana. Se apresuraron en bajar las escaleras para ver lo que pasaba. Los Gallardo, al ver a su madre, de inmediato guardaron compostura y pusieron caras de afligidos; sabían que la sanción no se haría esperar.

—¿Qué relajo es este? —preguntó Lola a sus hijos con verdadero enfado. Los niños bajaron la cabeza y guardaron silencio, todos preocupados. Márgara le informó a su hermana el descaro de los niños y le exigió, para ellos, un duro castigo: ¡tal falta de respeto no debía permitirse! Lola, al escuchar lo sucedido, quedó atónita. Tenía ganas de reírse al imaginar a sus padres pasando tal bochorno, pero Antonio la miraba muy serio; no le permitiría ninguna ligereza. Las tías también cambiaron su actitud, el asunto lo ameritaba y ya habían reído bastante. Lola subió a los niños a sus habitaciones. Ordenó que se bañaran y pusieran sus pijamas: se acostarían sin cenar y en absoluto silencio entre ellos. Debían reflexionar sobre los hechos y luego ella hablaría con cada uno. Todos obedecieron sin protesta alguna. Subieron las escaleras despacio, pero apuraron el paso al pasar frente a la habitación de los abuelos… ¡por si acaso!

—¡Ay! Luis, ¡qué vergüenza! —no dejaba de exclamar Doña Ana, cubriendo su cuerpo con la sábana, toda apenada.

—¡Esos niños se las verán conmigo mañana, sí señor! —decía Don Luis muy molesto por lo importuno de los chiquillos.

—¿Mañana? No, yo enseguida me visto y bajo; trataré de desmentir lo dicho por los niños… ¡para que la vergüenza no sea tan grande! —dijo Doña Ana, bajándose de la cama.

—Qué vergüenza ni que nada… ¿hasta cuándo pospondremos nuestros asuntos por los demás? Usted vuélvase a meter en la cama, ¡abra esas piernas… que hoy no se me escapa! —le dijo su marido, muy firme y con una sonrisa picarona. No había terminado de hablar, cuando ya estaba encaramado en la cama, enamorando a su mujer, quien hizo resistencia:

—Luiiiiiis… —eso fue todo lo que hizo para oponerse a los deseos de su marido y a los de ella, mucho tiempo contenidos: balbucear su nombre. Se quisieron bien, a su antojo. De vez en cuando a Doña Ana le venía a la mente la cara de los niños: sorprendidos y divertidos a cuenta de ellos. También se imaginaba las risas de su hermana y de su cuñada; tendría que aguantarse el chalequeo por una larga temporada. Pero su marido bien la trabajaba y de sus pensamientos y angustias la sacaba.

—¡Luuiiiiiis! —de rato en rato exclamaba Doña Ana, y el marido, callado, se afanaba.

—¡Luuuiiiiiiiiiis! —volvía a exclamar Doña Ana, toda extasiada.

—¿Qué amor? —le preguntaba Don Luis.

—¡Nada, no me hagas caso… sigue! —ella le suplicaba.

Y así se la pasaron, un buen rato, ahí en la cama. Hasta que él, dando todo de sí, exclamó:

—¡Aaaanaaaaa! —los dos quedaron exhaustos, con la respiración agitada. En el rostro, con extrema ternura, se besaban mientras se decían al oído cuánto se amaban. Al cabo de un rato, cuando la actividad se calmaba, el peso de su cuerpo la aplastaba. Lo echó a un lado y, de frente, quedaron acurrucados, como quedan los enamorados. No se quedaron dormidos, ni se hablaban; solo jugaban con sus manos, se las besaban… Tanto el uno como el otro, en silencio y sin saberlo, agradecían a Dios por tenerse. Eran distintos, se complementaban. Felices eran, tal como lo deseaban.

“Después de tanto escándalo, la lección quedó clara: ¡los abuelos mandan… y mandan con amor!”

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

viernes, 8 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (39) TRÁGAME TIERRA!



“Cuando la privacidad se encuentra con los niños curiosos, solo queda gritar: ¡trágame tierra!”

Entraron en la habitación de Lola e inmediatamente se dispusieron a desvestir a Antonio. No fue fácil; fue como desprenderle la piel. El traje estaba incrustado. Después de mucho halar, de aquí y de allá, lograron zafarlo de esa tortura, entre un quejido y algún otro alarido del infortunado. Doña Ana ofreció a su yerno una bolsa de agua caliente o fría, según él prefiriera, para ayudarle a aliviar el dolor. Pero él se negó rotundamente; alegaba que la trituración había sido suficiente como para venir ahora a pretender congelárselas o sancochárselas… ¡no faltaba más!, protestó

—Bueno, ¡como quieras! Pero que les quede claro que a mí no me engañan, ¡yo no me chupo el dedo! —les alertó Doña Ana, medio enfadada

—¿De qué engaño hablas, madre? —le preguntó desconcertada Lola. Pero Antonio sí sabía por dónde venía la cosa, poniendo cara de pendejo como si no supiera nada

—Sé que toda esta payasada del traje de gánster, de tu difunto marido Fernando, fue para distraernos de la preocupación y enojo. Ustedes se perdieron de vista, pero muy bien sabíamos dónde estaban. Debo reconocer que les salió muy bien, gracias a la burla de las tías Matilde e Isabel… de otro modo, ¡estarían ustedes en problemas! —le contestó la madre, subiendo el tono de voz. Lola le iba a responder para tratar de justificarse, pero Antonio le hizo señas con los ojos, poniéndose el dedo en la boca, señalándole que guardara silencio. Lola captó la seña de inmediato y calló, bajando la mirada, mostrando aceptación a las palabras de su madre y el debido respeto

—Oye, Lola, soy una madre moderna; entiendo que no eres ninguna niña, ni tampoco doncella. Sé que se aman mucho y les ronda la pasión, y está bien, no me opongo, ¡pero hagan las cosas bien hechas! Otra cosa, no me gustan que los hijos “asistan” a la boda de los padres; así que planifiquen su relación como adultos que son, ¡carajo! Les advierto, no quiero sorpresas; hace ya una década que inventaron las pastillas anticonceptivas… ¡úsenlas! —habló bien enojada Doña Ana, regañando a esos tórtolos como si fuesen adolescentes

—¿Y serán efectivas? Bueno, pregunto yo, pues las inventaron los mexicanos… ¡y ellos son un montón! —con la única intención de romper la tensión del momento, le preguntó muy serio Antonio a su suegra, mirando a Lola, quien abrió los ojos desmesuradamente ante el atrevimiento de su amado con esa intervención

—Muy gracioso, Antonio, ¿qué tal si lo averiguan? ¡Úsenlas!… Saben que Luis no soporta la idea de la venida de un hijo sin la bendición de la Iglesia, o sea, sin boda previa… ¿les quedó claro? —puntualizó Doña Ana, poniendo fin a la conversación

Salió de esa habitación y se metió en la de ella. Allí estaba su marido, esperando las noticias que su mujer le traería

—¿Cómo te fue? —le preguntó él a ella

—Como era de esperarse: ella calladita y él feliz de que se supiera todo, se quitó un peso de encima. Seguro así se siente más cómodo, sin necesidad de engañar ni payasear, ¡supongo! —le contestó ella abrazando a su marido

—Conociendo la fertilidad de Lola y el ímpetu del otro, me atrevería a decir que el “cuatro de ocho” ya está anidando en el vientre de nuestra hija, ¡qué buena vaina! —le dijo Don Luis a ella, sin preocupación alguna, con una sonrisa dulce en los labios. Le gustaba que la familia fuese numerosa y Lola se la había proporcionado. Los dos se miraron y sonrieron; apretaron el abrazo y se besaron

—Tranquilo, esposo mío, yo me encargo de que ellos hoy mismo fijen la fecha exacta de la boda. Todo saldrá bien, ¡como siempre! —le dijo Doña Ana mirándolo a los ojos, con una mirada llena de amor y ¡mucho antojo! Este par tenía toda la intención de desaparecerse de vista por un buen rato. No les importaba perderse la cena, tal como lo hicieron ese día Lola y Antonio con el almuerzo… ¡ellos los habían inspirado!

Estaban de lo más entusiasmados quitándose la ropa entre besos, abrazos y una que otra palabrita melosa; se echaron en la cama para amarse como deseaban… hasta que salieron de debajo de ella, como ratas chillando, los cuatro Gallardo: Anita, Juancito, Salvador y Santiago. Estaban allí, ocultos de las hermanitas De Sousa, porque jugaban a las “escondidas”. Los niños, en su huida, se detuvieron en la puerta, volteándose a ver a los abuelos. Bajaron las escaleras a toda voz, gritando

—¡Los abuelos están jugando desnudos! ¡Los abuelos están jugando desnudos! —lo repetían una y otra vez, hasta el cansancio; se desgañitaban mientras echaban risotadas.

“Y así, el ‘secreto’ de la habitación quedó al descubierto… ¡y los niños testigos!”


NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

miércoles, 6 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (38) EL MODERNO PROMETEO



 “Cuando salvar la situación se convierte en espectáculo de horror y risas.”

—Apúrate, Antonio, que lo que nos viene encima es candela; ni creas que nos salvaremos del enojo de Márgara, del regaño de papá y las burlas de las tías Matilde e Isabel… ¡es que ya lo estoy viendo venir! —

—Lola, ¿Qué es esto? Yo no me voy a poner esta vaina… ¡ni loco! —le dijo Antonio, alterado.

—Por favor, cariño, no me hagas esto. Es solo un traje, de Juan o Fernando… bien no recuerdo. Es solo por hoy, para salvar la situación, ¿sí? —le preguntó Lola con carita de perro extraviado. Antonio se conmovió con la expresión de su amada y, como estaba muy contento, accedió bajo protesta.

—Está bien, ¡por ti lo que sea! Si te digo algo, y con el perdón de los difuntos, es un traje ridículo y para mí algo pequeño —decía esto mientras manoseaba la tela del traje y lo observaba al derecho y al revés.

Lola quedó muy contenta y complacida, hasta que se lo vio puesto. Disimuló la mala impresión que le dio: la chaqueta le quedaba muy corta en los puños y el largo del pantalón le llegaba casi arriba de los tobillos; ello sin considerar que el tiro no era suficiente, dándole la apariencia de un torero… con el bolero de un lado y todo expuesto. Lola estaba aterrorizada, ya no quedaba tiempo de enmendar nada; ni modo, ¡se jodió Antonio!

—¿Qué tal me veo, amor? Confieso que lo siento ajustado y pequeño; me veré en el espejo… —le dijo a Lola.

—¡No! ¿Para qué te vas a ver? Créeme cuando te digo que llamarás la atención. Las tías no te quitarán la vista de encima, estás muy sexy… demasiado, diría yo —Lola le hablaba sin cesar, adulándolo, para hacerlo desistir de observarse en el espejo; si lo hiciese, todo se complicaría.

—Bien, si tú lo dices, amor, así será —mientras decía esto, intentaba bajarse los puños de las mangas y se agarraba entre las nalgas, tratando de sacar el tiro del pantalón… sentía como si lo violaran. A Lola no le dijo nada para no preocuparla ni retardarla, pero estaba muy incómodo; no tenía libertad para caminar. La chaqueta, además de corta, le apretaba en las axilas tanto que los brazos le quedaban algo levantados… como ave que se prepara para emprender vuelo. Y para caminar, debía hacerlo despacio y con mucho cuidado; no se fuera a trincar una bola… ¡qué vaina le había echado Lola! Metía la barriga para evitar que se reventara el botón de la pretina y se le bajara la bragueta. Le faltaba la respiración y empezaba a sudar copiosamente. Cambiaba de color… se estaba poniendo entre morado y verde.

Cuando se aproximaron a la entrada de la casa, observaron que Don Luis estaba en el porche esperándolos; se fumaba un habano mientras iba de un lado a otro, preocupado y bastante nervioso.

—Carajo, menos mal que llegan, me tenían… —Don Luis no terminó su queja. Al ver a Antonio, se le borró todo lo que tenía en la cabeza. El habano se le cayó de las manos y puso cara de rata asustada, con chillido y todo.

—Padre, deja el enojo, que nosotros estábamos arreglando algunas cosas del matrimonio; ya llegamos, ¡no ha pasado nada! —le dijo su hija en defensa.

Lola se acercó a su padre, dándole un abrazo y un beso. Don Luis notó que ella olía muy fresco, como recién bañada, lo que no le extrañaba para nada. Lola agarró de la mano a Antonio y, de un halón, lo metió en la casa para que su padre no tuviera tiempo de entretenerlo con sus cuestionamientos.

Al entrar, estaban las mujeres charlando. Cuando los vieron, guardaron silencio; solo se escucharon algunas exclamaciones y murmullos. Todas tenían los ojos desorbitados y las mandíbulas caídas, consternadas por lo que estaban viendo.

—¿Se acuerdan ustedes de Mary Shelley? —rompió el silencio la tía Isabel, como para aliviar la tensión del momento.

—¿Esa es un familiar tuyo? Me suena el nombre, pero no recuerdo de dónde —contestó Doña Matilde.

—No, ningún familiar mío; ella era la inglesa aquella… la autora de “Frankenstein o el Moderno Prometeo”, ¿no se acuerdan? —aclaró la tía Isabel, sin quitar la vista de Antonio y conteniendo una carcajada a punto de explotar. Todos le siguieron la mirada, incluyendo Don Luis y Lola, encontrándose con Antonio al final de esta. Fue inevitable: la patética apariencia de él no podía pasar inadvertida.

—¡Por supuesto! Cuando te vi, sabía que me recordabas a alguien con ese traje; primero pensé en los difuntos, pero ahora veo que era a Frankenstein. —Apenas terminó Don Luis de decir esto, todos soltaron la risa contenida, hasta Doña Ana, que siempre era tan circunspecta.

—Lola, sube con tu madre y Antonio de inmediato; que se cambie de traje… ¡Alguno mío le debe servir! Hija, ¿Cómo permitiste que Antonio sufriera este bochorno? —le recriminó Don Luis, haciéndole señas con las manos de que subieran de inmediato. Así lo hicieron, mientras él, su hermana y su cuñada seguían muertos de la risa.

Antonio subió lento, porque el traje no le permitía otra cosa. Andaba cabizbajo, como avergonzado, detrás de Doña Ana y su amada. Pero nadie notó que sonreía disimulado. ¡Qué extraña actitud, cuando había suficientes motivos para sentirse enojado y humillado!

“Próximo capítulo: ¿Antonio o la lavadora de la vergüenza?”

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

martes, 5 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (37) LA DANZA



“Amor, sudor y champú: la coreografía perfecta.”

Antonio despertó, aunque no abrió los ojos. No se sentía bien, nada cómodo. Estaba desnudo y el frío le entraba por los pies y por… bueno, las nalgas se le enfriaban. Sentía un dolor en el estómago muy agudo, le gruñía, como si un león quisiera cazar un toro. Olía a frutas frescas, café, leche caliente y miel. Fuera lo que fuera que oliera así, él se lo quería comer.

Abrió lentamente los ojos y se encontró con una bandeja de alimentos frente a él. Estaba aturdido, realmente no recordaba bien lo sucedido. De repente, se acordó de las palabras de su cuñada, eso de que los difuntos le llevarían el desayuno a la cama. Sin poder evitarlo, cerró los ojos violentamente. ¿Estaría despierto o soñando? se preguntó en silencio. Echó el brazo hacia atrás, tanteando la cama, buscando a Lola del otro lado, pero no la encontró. Se quedó quieto como estaba; sentía una presencia que lo observaba. Un corrientazo helado le recorrió todas las vértebras, espelucándolo, parecía un felino asustado.

Lola recién salía del baño y vio a Antonio todavía acostado, acurrucado, como un feto gestando. Se le paró enfrente, observándolo. Tenía el brazo extendido hacia atrás, paralizado… de lo más raro.

—Cariño, ¿qué te pasa? ¿Estás dormido o jugando? ¡Tienes una cara de asustado! —le dijo Lola, agitándolo con ambas manos—. ¡Despierta ya, que es tarde y nos tenemos que marchar, Márgara nos vino a avisar!

Antonio abrió los ojos y echó un suspiro, de esos que alivian.

—Creí que estaba soñando, no te encontré al lado y vi el desayuno servido; todo me pareció muy raro —le dijo, agarrándole las manos y atrayéndola hacia sí. La miraba a los ojos y la besaba.

—Antonio, cálmate, no hay tiempo para fiestas. Vamos, desayúnate y vístete antes de que mi padre sospeche algo y venga a buscarnos. ¡Mira que le conozco! —le dijo Lola, tratando de zafarse de él.

—No, amor, no me hagas esto, no por segunda vez; siénteme, estoy deseándote; déjame amarte hoy como quiero… ¡cómo quieras tú! —le decía él, mientras la seguía besando y acariciando con locura.

—No puede ser, cariño, ¡nos quedamos dormidos y no quiero que armemos con esto un lío! —volvió a protestar Lola, solo que más debilitada; él se encargaba de menguar sus fuerzas.

—Antonio… —dijo ella como un susurro.

—Ujum… dime, amor —le contestó.

—O te levantas tú, o te levanto yo, tú decides; pero de que nos vamos, nos vamos. Márgara nos hizo un favor, el cual no aprovechamos, y no es justo que la involucremos en un problema sin necesidad —Lola le decía esto con firmeza, pero con mucha dulzura, mientras acariciaba su cabellera y su barba.

—Está bien, tienes razón, ¡ella no tiene culpa de que nos hayamos quedado dormidos como unos pendejos! —Esto lo dijo Antonio con una cara de frustración y desesperación, echándose mano al pene tratando de aquietarlo. La situación le resultaba incómoda, hasta dolorosa.

—No puedo comprender cómo tus difuntos maridos murieron con el pene erecto y una sonrisa… ¡no le veo ninguna gracia a esto! —protestó al tiempo que entraba a ducharse.

Lola se sonrió y sintió compasión por Antonio, ¡le había fallado dos veces! Buscó algún traje que quedara de sus difuntos maridos, para que Antonio no se vistiera con la ropa del día anterior. Se asomó al baño, corrió la cortina y se disculpó con él:

—Cariño, sé que te he fallado y te pido perdón; prometo hacerte muy feliz la próxima vez… ¡dicen que a la tercera va la vencida! —le dijo con la más dulce y piadosa de las sonrisas.

—Estoy seguro de ello… —y sin pensarlo dos veces, la metió a la regadera. Esta vez no le dejó libre la boca para protestar; la besaba con fuerza. Lola no se resistió, todo lo contrario, participó activamente en el juego.

¿Qué puede decirse de una pareja que se ama con tanta pasión que ya nadie lo sabe? Ellos bailaron la danza del amor: unas veces tango, otras, valses, diría yo; una danza en perfecta sincronía donde la música eran sus palabras ardientes y sus dulces susurros. Cuando el silencio se hacía, era porque estaban tocando las más altas notas de tan seductora melodía.

Le fallaron a Márgara, se retrasaron, no una hora ni dos… perdieron la noción del tiempo. Pero no hubo remordimiento ni arrepentimiento alguno, solo promesas de que así serían todos los días del resto de sus vidas.

“La danza del amor: empezó como vals, terminó como reguetón.”


NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

lunes, 4 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (36) AMOR DEL BUENO



“La pasión prometía fuegos artificiales… pero terminó en concierto de ronquidos.”

Quedaron solo ellos tres: Antonio y Lola, sentados juntitos, e Irene Margarita, sentada al lado de su cuñado. Hablaban de todo un poco y, un poco de todo, se reían.

—La he pasado muy bien, pero debo irme; realmente estoy cansado y el camino a casa es largo. Las quiero —dijo, dando un beso en la frente a Márgara y uno en la boca a Lola—, pero ya me voy.

—Ni creas que te voy a dejar ir a esta hora de la madrugada, ¡bebido y cansado como estás! —protestó Lola—. Nada de eso; te quedas aquí. Yo duermo con Márgara y tú en mi habitación.

—¿Y no puede ser al revés, Márgara en tu habitación y tú conmigo? —dijo Antonio, mostrando una sonrisita pícara y arqueando las cejas, cuestionándola. Ellas se rieron.

—¿Y por qué no duermen en tu casa, Lola? —preguntó Márgara, aunque más que una pregunta, sonó a sugerencia.

—¿Estás como loca? ¿Será para que papá se moleste, y qué dirán las tías Matilde e Isabel? No, que va… no me atrevo a desafiarlos de esa manera —dijo Lola, con palabras que ni ella misma se creía.

—¿Qué pasa, Lola? ¡No parecen cosas tuyas… ni que fueras una doncella! Si tú has sido más transitada que el nuevo Viaducto Caracas–La Guaira, ¡ese que inauguró Pérez Jiménez! —exclamó Márgara, asombrada por la tontería dicha por su hermana. Antonio, al escuchar esto, no pudo evitar destornillarse de la risa. Márgara lo acompañó con otra carcajada, hasta que Lola le dio un codazo, poniéndose brava.

—No te enojes, amor, reconoce que hace gracia… —Antonio la abrazaba y besaba, pero ella no se dejaba. Luego se quedó callada y también rió por lo que había dicho Márgara.

—¿Y si los difuntos se molestan y me espantan? —preguntó Antonio, poniendo un poco seria la cara.

—Te quedas con la mujer y los hijos de ellos… ¿crees que se molestarán porque uses su cama? No creo; más bien, pienso que te darían las gracias. ¡Cuidado si al amanecer no encuentras que te llevaron el desayuno a la cama! —dijo Márgara, riéndose y dándole un sacudón a Antonio.

—Anda, déjate de pendejada, Lola; solo tienes que atravesar los jardines de la casa para llegar a la tuya. Nadie se dará cuenta. El carro de Antonio está estacionado al otro lado de la plaza, no lo observarán y pensarán que se fue. Si preguntan por ti, diré que saliste a hacer unas diligencias temprano… te cubro hasta el mediodía, ¿les parece? —Cuando Márgara formuló la pregunta, Antonio y Lola ya se le habían perdido de vista; ni siquiera esperaron a que terminara de hablar. Márgara sonrió, se levantó y, entre bostezo y bostezo, se acostó.

Los tórtolos recorrieron los jardines caminando apresurados, abrazados y, entre beso y beso, sonreían; estaban felices, ¡por fin su amor se consumaría! Abrieron la gran verja que comunicaba las dos casas por los jardines traseros. Entraron, se fueron desvistiendo en el trayecto, entre besos y caricias… y uno que otro tropezón, en los muebles, en la escalera, en cualquier lado, y, de cualquier manera, no prestaban atención.

Llegaron a la habitación extasiados, el uno con el otro; estaban serios y no dejaban de mirarse a los ojos. Ella se acostó, él se le encimó, le besaba la cara, los ojos, el cuello… La acomodó de medio lado, abrió sus piernas y colocó la suya dentro de las de ella. La abrazó contra sí fuertemente, colocando su cara en su pecho: la tibieza y el latir del corazón de su amada lograron lo inesperado… se quedó profundamente dormido en los brazos de ella. Lola no se dio cuenta de esto, pues, para ese momento… ¡hace rato que estaba con Morfeo!

—Lola, Lola, ¡Lolaaaaa…! —Márgara le llamaba en lo bajo desde la ventana, tirando piedrecillas contra el vidrio.

Lola despertó por los ruidos. Vio a su galán bellamente dormido, tanto como el brazo donde él recostaba su cabeza. Le besó en la frente y en el cabello y, con mucho cuidado, retiró su brazo y su pierna. Se vistió rápidamente y fue a abrirle a Márgara. Esta entró rápido, como para no ser avistada.

—¿Qué pasa? ¿Por qué tanta urgencia? —le inquirió Lola, toda extrañada.

—¿Qué pasa? ¡Que ya es mediodía y… nada que das la cara! —contestó, algo enfadada.

—¿Mediodía? —preguntó, soltando una carcajada—. Nos quedamos dormidos… realmente, ¡no pasó nada!

—No me lo digas… ¿todo esto para nada? Y entonces, ¿qué haremos, te cubro otro tiempo? —le preguntó.

—No creo prudente abusar de la buena suerte. Cúbrenos solo una hora; tiempo suficiente para bañarnos, vestirnos y desayunar… ¡no hace falta más! —dijo Lola con calma, convencida de lo que decía.

—Está bien, seguimos con el plan inicial —dijo Márgara, le dio un beso a su hermana y se marchó con la misma prisa con la cual había llegado.

Lola se quedó mirándola, viendo cómo se alejaba. Le dio gracias a Dios; ella era muy afortunada. Preparó rápido un ligero desayuno y lo subió, poniéndolo cerca de la cama… a ver si el olor a su amor lo despertaba, mientras ella se duchaba.

“Y así nació una nueva leyenda en la familia: la noche de amor que nunca fue.”



NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan. En la parte inferior aparece unas letras, se presume sea autor o propietario.

domingo, 3 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (35) EL MASERATI



“Si no hay chisme, lo inventa Isabel con acento canario.”

A petición de Don José, la tía Isabel contó otro relato de aparecidos, dejando consternados a los presentes, salvo a Don Luis, quien también lo recordaba, corroborando la historia espeluznante de cómo, en los solares aledaños donde jugaban de niños, siempre aparecía una infanta vestida de blanco… transparente por completo. Los seguía a dondequiera que ellos se encontraran y, cuando la miraban, se escondía tras un arbusto o entre los teniques que por allí se hallaban. Esto no sucedió una o dos veces, sino siempre que se reunían a jugar, hasta que vendieron la casa para venirse a América. De niños, con la inocencia propia de la edad, no los asustaba, pero ahora, recordando, ¡era otra vaina!

—Oye, Luis, ¿te acuerdas de lo sucedido cuando fuimos a visitar al tío Pedro mientras estaba moribundo? —le preguntó la tía Isabel a su hermano, quien de inmediato recordó el escalofriante evento.

El tío Pedro había nacido y sido criado en La Habana, cuando Cuba aún era colonia española. Siempre había sido un buen tipo, pero de raras costumbres; decían que practicaba la santería, aunque eso no les constaba. Isabel se disponía a contar que, mientras el tío Pedro estaba echado sobre su cama, en los estertores de la muerte, al mismo tiempo podían observar su figura diminuta, sentado sobre la cubierta de un libro que reposaba en la mesilla de noche, observándolos serena y fijamente. Pero a Don Luis no le dio tiempo ni siquiera de abrir la boca, pues fue interrumpido por el cura Don José.

—Bueno, la conversación está de lo más interesante, pero me marcho. Mañana debo oficiar temprano y no quiero, por el trasnocho, asemejarme a alguno de estos espantos; además, quiero aprovechar que Don Carlos y Doña Flor también se van, para que me den el aventón hasta la casa parroquial —dijo Don José, levantándose y despidiéndose de los presentes.

—Pero José, si la casa parroquial te queda enfrente, solo debes cruzar la calle y atravesar la plaza… ¿para qué necesitas el aventón en carro? —le preguntó Don Luis con sarcasmo.

—Por supuesto que se va en carro, ¿crees que en la oscuridad de la noche y después de los cuentos de espantos él se atreverá a irse solo y caminando? ¡Será para que llegue a su casa blanco y todo cagado! —dijo la tía Isabel, muerta de la risa—. A ver, José, levántate la sotana, ¡seguro que estás todo chorreado!

Todos empezaron a reírse y le preguntaron al cura si en verdad estaba asustado. Éste lo negó rotundamente, pero no soltaba del brazo a Doña Flor, no fuera que esta se marchara dejándolo ahí y tuviera que irse caminando solo y espelucado.

—Isabel, ¿es que tú no me respetas? ¿No ves que soy un sacerdote? —le dijo Don José a la tía, con una sonrisita, todo avergonzado. Lo de la lengua de Isabel no era ninguna pendejada; a ella nadie se le escapaba… ¡y bien lo gozaba!

—Deja la cantaleta, José, que te conocemos de toda la vida y, prácticamente, somos tu familia; además, no te encuentras en la iglesia ni en faena eclesiástica alguna, así que, de Isabel, ¡no te salvas de ser otra víctima! —le dijo Don Luis, saliendo en defensa de su hermana y sin contener la risa.

Se puso de pie, acompañando a su cuñada, sus sobrinos y amigo hasta la puerta de la casa. Se despidieron efusivamente, prometiendo verse al siguiente día. Don Luis le hizo señas a Ana Isabel, indicándole que era hora de retirarse; él cargó a Anita y Ana Isabel a Juancito, los dos dormidos. Se despidieron de las mujeres y de Antonio, quienes continuarían su charla en la cocina, y a medida que subían las escaleras, iban apagando las luces tras ellos.

—Cuéntanos, Isabel, ¿cómo están tus hijas? Y tu marido, ¿por qué no vino contigo? —le preguntó Doña Ana, al tiempo que le servía otro trago a su cuñada.

—¡Ah! Con Carmelo no cuento; él dice que son sus hijas quienes tienen que ir a verlo. No le quito la razón, pero lo cierto es que le tiene pánico al océano. ¡No se monta en un barco ni que le regalen pesetas tiradas al viento! Él da la excusa de que debe cuidar de los ingresos… ¡pues nada que hacer! En cuanto a las niñas, todas están muy bien, gracias al Señor; de nada me quejo —hizo una pausa y tomó un sorbo del vino recién servido—. Pero todos captaron que la tía Isabel se preparaba para contar otro de sus relatos.

—Saben que Lucía está casada con un italiano de la aristocracia… es un joven simpático, apuesto, deportista y muy culto; a mí él me da mucha risa con sus ocurrencias. Fíjense, él mismo dice que, si se hiciese un tatuaje de un Tridente, bien podría ser el propio dios romano Neptuno o, si no hubiera sido gente, ¡un 250F, el Maserati más potente! —dijo esto con una franca sonrisa y la mirada ausente, como hurgando recuerdos dentro de su mente—. Él, de entrada, no cae bien porque presume mucho, parece arrogante; pero, después que uno lo conoce bien, lo quiere. Realmente es… ¡un jodedor de primera! Se llevan bien, son muy felices, ¡bendito sea Dios!

Todos se rieron de las expresiones melodramáticas de la tía, tratando de imaginar al italiano nada modesto, ese que ella dice ser simpático y buena gente, emergiendo desnudo del mar como un dios poderoso o, en vez de extremidades, con cuatro ruedas deslizándose por una pista de Fórmula Uno.

—Y a Pilar y a Candelaria, ¿cómo les va a ellas? —preguntó Doña Matilde.

—¡Ah! Eso es harina de otro costal. Pero me disculparán, les contaré mañana, estoy exhausta y me quiero acostar —dijo, llevándose ambas manos a la cara, tratando de ocultar un gran bostezo que denotaba su cansancio.

De manera inmediata, Doña Ana y Doña Matilde la franquearon, asiéndola por los brazos, guiándola a su habitación para que descansara bien. Antes de subir el primer escalón, la tía Isabel se volteó y les dijo, tanto a Antonio como a Lola:

—Antes de irme, quiero participar de la boda, así que me gustaría que habláramos mañana sobre la fecha —les dijo, guiñándoles el ojo y echándoles un dulce beso al aire, prosiguiendo su camino al lado de las anfitrionas.

“Ni los fantasmas, ni el Maserati: lo que asusta de verdad es la lengua de Isabel.”



NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajado de Imágenes de Google. Se desconoce autor o propietario.

sábado, 2 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (34) LOS ESPÍRITUS



“Juancito tiembla, Anita se burla y los fantasmas hacen su entrada triunfal.”

Todos estaban muy alegres esa noche. Celebraban la llegada de la tía Isabel y, gracias a su comentario sobre los niños, se develó el misterio de la profecía de Doña Rosaura, anticipando el anuncio de la boda de Don Antonio y Doña Lola.

Ana Isabel puso a sonar un long play en el tocadiscos. Ella y los niños estaban armando un alboroto: bailaban y reían con los abuelos y los comprometidos. Había suficientes excusas para el relajo. Cenaron con una charla amena y sin fin; dejaban de hablar de un tema y continuaban con otro. Hasta Don Carlos estaba muy sociable y simpático.

Después de cenar, y a medida que transcurría la noche, los ánimos se iban calmando; la tía Isabel tomaba el protagonismo, tal como se esperaba. Ella fue la única de la familia que no emigró. Cuando todos zarparon para América, vivía con su esposo y sus pequeñas hijas en el Sahara español, África. Al cabo de unos años regresaron a Las Palmas de Gran Canaria. Las hijas, al crecer, hicieron sus vidas en ciudades distantes a la residencia familiar, en el extranjero; por ello, la tía viajaba constantemente.

—¿Se acuerdan ustedes de las primas Carmen y Manuela, las hijas de Carmita y Domingo? —dijo esto mirando a Don Luis, Doña Ana y Doña Matilde—. Pues bien, Manuela, la menor, se casó con un comerciante adinerado, dueño de una gran fortuna. Antipático y avaro el hombre, pero respetuoso y trabajador; mientras que Carmen se casó con un oficial del ejército, sin bienes de fortuna y flojo como él solo, muy guapo, eso sí.

Cuando Carmen dio a luz a su quinto hijo, bellísimo como el padre, el marido de Manuela enfermó gravemente y, como ella tenía que hacerse cargo de los negocios de la familia mientras el marido se recuperaba, le pidió a su hermana que la ayudara a atenderlo y, a cambio, le ayudaba económicamente, así las dos estarían bien. Carmen aceptó, sin saber la desgracia que se le avecinaba.

— —En este punto, la tía Isabel hizo una pausa, tomó un sorbo del vino que había en su copa y observó a todos los presentes; se encontraba de pie, con una postura seria, casi dramática. Había logrado captar la atención de todos, quienes se habían acomodado en sus asientos para escuchar bien el cuento. Todos los niños estaban, a esa hora, acostados en sus camas y dormidos, menos Anita y Juancito, que estaban sentados en el suelo entre las piernas de sus abuelos.

—Pues bien, como les decía —prosiguió con su relato—, Carmen se levantaba de madrugada para atender los quehaceres de la casa y luego se iba a casa de su hermana para atender a su cuñado. Regresaba de noche tan cansada que, sin darse cuenta, descuidaba a su familia, sobre todo al bebé que para aquel entonces contaba con diez meses de nacido. Por atender al marido de su hermana, lo había destetado; ella no se percataba, pero el infante se desnutría y deshidrataba.

Entonces llegó el fatídico día —en este momento, todos se inclinaron un poco hacia adelante, como para escuchar mejor lo que la tía Isabel decía—: el cuñado murió y, al día siguiente, su bebé también falleció. Fue toda una desgracia; la familia no hallaba consuelo. Al pasar los meses, cuando volvía la calma, sucedió lo increíble.

Carmen estaba en la cocina de su casa, metiendo el carbón caliente en su plancha, pues acomodaba la ropa de la semana. Con ella estaban sus cuatro hijos, sentados en la mesa, cenando lo poco que su pobre madre podía darles. La casa, de paredes muy altas, solo estaba iluminada por las luces de las velas, calcando, sobre aquellas, las sombras de las siluetas de quienes allí estaban. —La tía Isabel, a medida que relataba, ponía una voz cada vez más grave y misteriosa, tanto que asustaba—.

De repente, Carmen se quedó en silencio, estupefacta, mirando fijamente lo alto de la pared que tenía enfrente. Era tan evidente el pánico en su rostro que sus hijos siguieron su mirada, solo para horrorizarse con lo que allí encontraron: la silueta del marido de su hermana cargando en brazos al infante, los dos fallecidos… ¡allí se encontraban!

Cuando terminó de decir esto, Anita buscó con la mirada a Juancito, porque sabía lo cobarde que era; solo le vio las piernas, pues estaba metido bajo la falda de Doña Ana y, caramba, cómo temblaba. Anita soltó una carcajada y se burló de él, llamándolo como siempre: ¡Juancito el cagao! Doña Ana abrazaba a Juancito para tranquilizarlo; miró a Don Luis y dijo:

—Hablando en serio, algo de eso sabemos; la hija mayor nos escribió una carta contándonos el suceso. Pobrecilla de Carmen, ¡qué mal la habrá pasado! —dijo Doña Ana, persignándose en el momento.

Doña Matilde, como cosa extraña, estaba muy seria y asentía con la cabeza, dándole crédito a las palabras. Don Antonio, Doña Lola y sus hermanas estaban impresionados; nunca habían escuchado cuentos reales de fantasmas. Igual actitud tenían Don Carlos y Doña Flor, que no dejaban de sobarse los brazos, pues tenían todos los vellos erizados.

—Qué vaina contigo, Isabel, mira que tenernos tanto rato escuchándote con atención, para que nos salgas con este cuento de aparecidos. ¡Tú jodes y lo demás es pendejera! —exclamó Don José, en señal de protesta.

—Les juro que no es mío el cuento; es un relato de lo que sucedió en su momento, contado por los que lo vivieron —dijo, llevándose los dedos en cruz a la boca, como corresponde a un serio juramento—. Entonces, José, ¿tú que eres cura no crees en las almas eternas? ¡Si te escuchan en el Vaticano, seguro que te excomulgan!

—Claro que creo, pero no que andan por ahí asustando a la gente como aparecidos y con lamentos… Por cierto, ¿no tienes otro cuento como ese que nos eches? —dijo Don José, rompiendo la tensión en el ambiente, y todos rieron del cinismo de éste.

“Enredos familiares + espíritus = ¡Netflix nos queda corto!”


NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

LOLA Y SUS ENREDOS: (33) DE SIETE, VAN TRES




“De siete, ¡van tres! Y la tía Isabel no se queda callada.”

Lola y Doña Ana pasaron por el colegio y recogieron a los niños. Anita y Juancito tenían un entusiasmo inusual; estaban alborotados por la cena de esa noche: la tía Isabel prometía una velada inolvidable.

Al llegar a casa, todo estaba en movimiento. Doña Blanca, la nana, ya tenía listas a las niñas De Sousa, las hijas de Lola y Fernando. Estaban hermosas, con sus trajes de verano de algodón blanco y cintas bordadas en el ribete de las faldas, listones de colores en las cinturas y las cabelleras doradas recogidas: Carolina, Gabriela y Daniela parecían ángeles de la guarda.

Doña Teresita y su marido, el jardinero, colocaban flores en cada rincón de la casa. De la cocina se colaban los olores de los alimentos que allí se preparaban. Toda la casa relucía de limpia y en ella reinaba un espíritu de alegría. Doña María —la otra nana—, en la cocina trasteaba y, al ver llegar a los niños de la escuela, enseguida se hizo cargo de ellos para que se bañaran y arreglaran, prolijos y hermosos, como príncipes, tal como a Lola le gustaba.

Doña Ana y Lola dieron sus vueltas por la casa, supervisando que todo estuviera como Dios manda. Subieron apresuradas para bañarse y vestirse: en poco tiempo, la tía Isabel entraría por esa puerta y las encontraría en esas fachas. Mientras ellas se acicalaban, llegó Don Antonio, de lo más buen mozo. Tras él, Doña Matilde y su esposo, así como sus hijos: Doña Flor y Don Carlos, quien una vez fuera comunista, un gran tramposo. Lo siguió Don José, el párroco. Don Luis llegó al rato, todo sudado y estresado, reunido con los ganaderos tratando asuntos propios de su negocio. Saludó a todos con premura, pues debía alistarse para el evento.

Cuando Lola bajó con los Gallardo, la tía Isabel ya había llegado. Tenía sentadas en su regazo a Gabriela y Daniela. Carolina estaba en los brazos de Antonio, sentado junto a la tía, muy acaramelados. Al verla, la tía Isabel —famosa porque su lengua no contenía— dijo con una sonrisa muy suspicaz:

—¡Veo que, de siete, llevas tres! No perdiste tiempo desde que nos vimos la última vez. Y, viendo a Antonio, a este rubio galán —se volteó a mirarlo con dulzura— de seguro serán cuatro de ocho, o cinco de nueve… contigo uno no sabe, ¡habrá que parar de contar!

Dicho esto, se paró a saludar con un fuerte abrazo y muchos besos a Lola. Esta, intrigada por lo que le había dicho, se volteó a mirar a todos los presentes en la sala y preguntó:

—¿Ustedes le han contado algo a la tía?

Todos movieron la cabeza de un lado a otro, negando la cuestión, con los ojos tan abiertos como los de ella.

—¿Contarme qué? —preguntó la tía Isabel, pero Lola le respondió con otra pregunta—.

—Tía, ¿por qué dijiste que, de siete, llevo tres? ¿A qué te referías? —le inquirió Lola.

—Simple, cariño. De siete hijos, llevas tres varones; por un lado, por el otro, de siete, tres son rubios… ¿cuál es el problema en lo que he dicho? ¿He cometido alguna imprudencia? —preguntó la tía Isabel con cara de angustia, pues sabía los enredos que causaba su ligera lengua.

Todos movieron de nuevo la cabeza en señal de negación, esta vez con las mandíbulas abiertas por la reciente revelación.

—Antonio, ¿era esto a lo que se refería Doña Rosaura? ¿Por qué me diría tal simpleza? —le preguntó Lola, acercándose mucho a él.

—Amor, no fue tanta la simpleza. Lo que pasa es que ella estaba confundida porque tú estabas disfrazada de hombre y su visión no concordaba con lo que tenía enfrente. No terminó de decirte lo que quería: te anunciaba algo, para ella bueno, que de siete hijos llevabas tres varones o rubios, quizás, como dice la tía Isabel. Pero no serían los únicos. Tendrías cuatro de ocho o cinco de nueve… claro está, ¡míos, por supuesto! —sonrió mientras decía esto—. Ella no te hablaba de muertos; así lo supusiste tú porque lo llevabas en la mente por la habladuría de la gente. Sabes que ella mal a nadie vaticina; tú fuiste la inconsciente: te enredaste y enredaste a todos —dijo Antonio con calma y ternura, abrazándola muy fuerte.

—Y yo que temí lo peor, sufriendo y haciendo sufrir a todos, en especial a ti… ¿me perdonas, amor? —Lola le preguntó con la voz entrecortada y los ojos a punto de llorar.

Él nada le dijo con palabras. La miró fijamente a los ojos y la besó con mucha pasión y ternura; tanta que los presentes bajaron la mirada, apenados por aquella efusiva demostración de amor en público, menos Anita, que se deleitaba con el romance de su madre. ¡A ella eso le parecía hermoso!

—Bueno, bueno… ¿qué pasó aquí? —dijo Don Luis, dando unas fuertes palmadas que retumbaron por todo el salón, cortándole la inspiración a los tórtolos y llamándolos al orden—. Si va a haber un “cuatro de ocho”, no será en este momento, se los aseguro yo. ¡Primero deberá haber matrimonio!

Lola y Antonio se separaron muertos de la risa, algo, aunque no mucho, avergonzados por su ligereza. Antonio buscó con la mirada a Doña Teresita y le rogó:

—Doña Teresita, le suplico traiga bebidas. Quiero que todos brindemos porque ahora mismo, en este instante, ¡anunciamos nuestra boda! ¿Don Luis y Doña Ana están de acuerdo?

—¡Estamos de acuerdo! —contestaron ambos al unísono, muy satisfechos.

“Entre besos y carcajadas, Don Luis recuerda: ¡primero matrimonio, luego hijos!”

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan. Al pie de la foto aparecen unas letras ilegibles para mí.

jueves, 31 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (32) LA TÍA ISABEL





“Doña Ana se redime… pero ojo, que los celos solo toman siestas, no vacaciones.”

Lola y Doña Ana se encontraban con el cura Don José en la casa parroquial, distribuyendo la ropa, el calzado, los juguetes, los libros, los alimentos y el resto de las cosas que se necesitaban en el orfanato; así como también los obsequios que daban a cada niño en particular.

Ellas estimulaban su autoestima, independencia y creatividad. Esta vez, a Jorgito le regalarían una cámara fotográfica; y a Carmencita, un caballete, una paleta y un estuche de pinturas al óleo, con pinceles. Ellos, junto a Juanita —que cantaba como un ángel—, eran los niños más creativos y sensitivos; cada uno tenía un don muy especial. A Juanita le regalarían un radio: solo la música le interesaba. Pertenecía al coro de la iglesia y siempre deleitaba con su voz.

—Doña Ana, sé que, aunque no diga nada, está enterada. Solo le pido que sea justa y considerada. Deje sus celos, porque usted no fue la abandonada. Ella está en cama, contando los días para su definitiva marcha —le dijo Don José sin mirarla, aunque sintió cómo ella arrugaba la cara; la conversación la puso de malas.
—Es usted una buena cristiana, pero, sobre todo, una buena esposa… sea solidaria cuando el momento llegue, no le decepcione.

A Doña Ana estas palabras le cayeron como agua fresca en el rostro. Se quedó pensativa, exhausta: la carga que llevaba dentro era muy pesada. Miró hacia los lados buscando un lugar donde sentarse; se escurrió de entre los bultos que acomodaba y arrastró a Don José del brazo, apartándolo para que ni Lola ni las monjitas escucharan.

—Tú ganas, José, tienes toda la razón. Me he comportado de manera egoísta. Si fuera a mí a quien Luis hubiese abandonado por otra, hubiera muerto del dolor, no habría soportado la traición —dijo esto realmente conmovida, a manera de reflexión—. Dime, ¿qué tan grave está?

—Muy mal. Le quedan horas, quizás semanas… ¡solo Dios lo sabe! —respondió Don José.

Quedaron mirándose en silencio. Él atrajo hacia sí a Doña Ana, dándole un gran abrazo fraternal.

—Tu fortaleza será la de él, y el consuelo de ella. Sé flexible, piadosa de corazón.

A Doña Ana le corrieron las lágrimas por la cara; sentía vergüenza por su vil comportamiento. Se enmendaría. Apoyaría a Luis en este trance, en silencio. Dejaría que viviera como quisiera, y necesitase, su corazón este fatídico desenlace. Don José dio unas palmaditas en el hombro de Doña Ana, su amiga desde que ella y Don Luis se enamoraran. Volvieron a la faena con una sonrisa de ternura en el rostro, como dos niños de inocentes almas.

—Madre, se nos hace tarde. Debo pasar por la escuela a recoger a los “Gallardo” —así llamaba a sus hijos mayores: Anita, Juancito, Salvador y Santiago, los de Juan— y luego estar en casa a tiempo para la llegada de la tía Isabel. Por cierto, ¿ya invitaste a Don José para la cena de bienvenida de esta noche? —dijo Lola, mirando directamente al cura, quien reflejó una inusitada alegría en su rostro.

—¿Isabel viene hoy mismo? ¡Qué alegría debe estar sintiendo Luis! Tanto tiempo sin ver a su hermana… a Dios gracias, ¡qué oportuna la visita, le alegrará el alma! —dijo Don José, más contento que un muchacho correteando gallinas en el patio trasero.

Lola se sonrió; sabía que la cena de esa noche sería muy amena y divertida. La tía, por todos, era muy querida.

—¡Váyanse ustedes! Tienen muchas ocupaciones pendientes. Don José y nosotras terminaremos lo poco que queda —dijo Sor Begoña, la directora del orfanato y también del colegio La Concepción, donde estudiaban los Gallardo, dando palmadas con las manos en señal de que se marcharan.

Doña Ana y Doña Lola de inmediato sacudieron sus manos, alisaron sus faldas y acomodaron sus cabellos. Se despidieron cariñosamente de los presentes, saliendo de allí como si las apremiara algo urgente. Madre e hija iban agarradas de las manos, como siempre.

—Ni creas que no escuché lo que tú y Don José hablaron… me parece bien, madre, ese cambio de actitud en ti. Es lo más decente —le dijo Lola, sorprendiéndola con tal comentario.

—Y yo que pensé que hablaba en voz baja… —respondió Doña Ana, confundida—. ¿Entonces tú sabías lo de tu padre y Doña Rosaura?

—Claro, madre. Y… ¿quién no lo sabe? ¿Por qué crees que Márgara y yo tuvimos la osadía de ir a consultarla? Sabíamos que era buena persona y que daño no nos haría. ¿Y por qué crees que en el carro le pregunté a papá, con tanta tranquilidad, si habían sido novios? —todo esto se lo dijo Lola con una dulce sonrisa—. Madre, eso fue mucho tiempo antes de que él te conociera. Es correcto que seas indulgente en este asunto, ¡es lo justo!

Lola abrazó a su madre y le dio un beso en la frente. Siguieron caminando en paz, en silencio.

“Orfanato listo, corazones alineados… ¡solo falta que llegue la tía con su humor explosivo!”

 


NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

miércoles, 30 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (31) LA VISITA







“Cuando la buena noticia entra por la puerta, ¡todos brincan de alegría!”

Don Luis se levantó más tarde de lo acostumbrado, por la resaca… ¡tanto vino y tanta charla! Bajó las escaleras con lentitud; cada paso era una repasada a la memoria, no quería olvidar ningún detalle del día anterior. En la medida en que bajaba, se desconcentraba: las charlas de las mujeres y el parloteo de los niños lo atraían, sacándolo de su dolor.

No había terminado de bajar el último escalón cuando Anita salió corriendo a su encuentro, seguida de sus hermanos y hermanas. Todos se peleaban por abrazarlo, casi lo derriban. Tuvo que sentarse; a todos y cada uno abrazaba, besaba y la bendición les daba.

Los varones estaban en franelillas y pantalones cortos; las niñas con vestidos de algodón estampados, abotonados en la espalda y atados con lazos. Escotes cuadrados, sin mangas, apenas sostenidos por tiras en los hombros, bien ventilados. ¡Todos en sandalias, el calor los mataba!

Doña Ana estaba parada al frente de ellos, sosteniendo en sus brazos a la más pequeña. También vestía un traje de fresco algodón, como el de las niñas: escotado y sin mangas, pero abotonado al frente; blanco con pequeñas flores azules como sus ojos, como los de Lola y los de Anita… ¡cómo amaba esa azul mirada!, intensa como el mar, pero calma como el cielo de verano. Le vino a la mente la imagen de ella cuando se convirtió en una bella damisela. Se quedaron mirándose el uno al otro, mucho se decían, aunque palabras no pronunciaban.

—Abuelo, ayer no pude verte. Te estuve esperando tooooodo el día y toooooda la noche, pero nada que llegaste y me quedé dormida. ¡Te tengo una buena noticia! —le dijo Anita, muy zalamera, mientras le entregaba un sobre de la Oficina de Correos.

Don Luis lo recibió sorprendido, más bien extrañado; miró intrigado a su mujer esperando alguna explicación.

—Ábrelo, amor, realmente es una buena noticia. ¡Te alegrará el corazón! —le dijo cariñosamente Doña Ana, instándolo a que se apresurara de una vez.

Don Luis frunció el ceño, dudoso de todo aquello. Al abrir el sobre, todos los niños guardaron silencio y se quedaron quietos, inmóviles, pendientes del suceso, sin quitar la vista de las manos del abuelo. Don Luis, sin pérdida de tiempo, sacó el papel: un telegrama. Lo leyó en voz baja, para sí.

De pronto su rostro se iluminó y una franca sonrisa apareció en sus labios. Todo el semblante le cambió, ¡le volvió la vida!

—¿Ya sabías de qué trataba, cierto? —le preguntó a su mujer, que asintió con la cabeza y con una sonrisa tan bella como la de él.

—Niños, llega mi hermana, su tía abuela… ¡la tía Isabel! Una buena noticia, la que faltaba —dijo poniéndose de pie y abrazando a Doña Ana, quien compartía su alegría y entusiasmo.

Anita y Juancito brincaron de contento, pues la tía los entretenía con sus raros y divertidos cuentos. Salvador y Santiago —los otros dos niños Gallardo— estaban confundidos, pues, si bien la conocían, de ella no se acordaban: eran muy pequeños cuando la visitaron en Las Islas Canarias.

—Llegará en el Santa María, la arribada será pasado mañana en el Puerto de La Guaira. Todo está dispuesto para irla a buscar y alojarla, así que no te preocupes por nada, solo disfruta de la llegada de tu hermana —le decía Doña Ana a su marido, mientras lo conducía a la cocina, aún abrazada de él, para que tomase café y desayunara como Dios manda.

Todos comieron con calma, pero con mucha algarabía. Solo se hablaba de la inesperada visita de la tía Isabel. No faltaba nadie en la mesa; hasta las empleadas estaban sentadas con ellos. Las mujeres charlaban y reían y todo lo planificaban, bajo la mirada atenta de Don Luis y los niños, que bien lo disfrutaban. Decían que nada debía fallar ni faltar.

Escribían en un papel y borraban; añadían y quitaban… hasta que por fin estuvieron de acuerdo en lo que tenían que hacer y comprar. Se distribuyeron las tareas, echaron un suspiro de alivio y detrás una carcajada: estaban contentas, muy entusiasmadas.

—Esta vez, papá, vamos a prepararnos bien para atenderla como se debe; le conocemos mejor y sabremos cómo agradarla —dijo Lola muerta de la risa, recordando cómo la vez pasada se burlaban de la buena y simpática tía, diciéndole que, al morirse, ¡la lengua —en urna separada— se la enterraban!

“Telegramas que iluminan rostros y desatan brincos: ¡así es la vida en familia!”


NOTA: La foto que ilustra este relato es cortesía de Google. Aparece en manuscrito nombres ilegibles, se presume autor; y unas letras digitales, se presume propietario. A ellos sus méritos y derechos correspondientes.

sábado, 26 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (30) DON LUIS


“Cuando el pasado llama… y la vida te recuerda que el tiempo vuela.”

Habían llegado a casa. Don Luis ni siquiera entró; dejó a las mujeres con Antonio y se fue —caminando— en busca de Don José, el cura. Tenía que discutir con él la lista de donativos, tanto para la casa parroquial como para el orfanato, asunto que había tomado para sí como si fuese una obligación propia. Él se encargaba de conocer las necesidades que tenían, cerciorándose de que Doña Ana y las muchachas les hiciesen llegar todo lo necesario… y algo más.

No fue mucho lo que tuvo que caminar, solo una cuadra atravesando la plaza. Antes de entrar a la casa parroquial se sentó en uno de los bancos de la iglesia y allí, en esa paz espiritual, hurgó en su bolsillo y sacó el papel que le había metido Doña Rosaura. Lo sostuvo en sus manos un buen rato, así, doblado como estaba. Por sus mejillas rodaron unas lágrimas mientras recordaba. Con los ojos cerrados se transportaba en el tiempo: evocaba el sonido del agua bajando por el río, chocando con las piedras y arrastrando las hojas acumuladas en las orillas por las lluvias de la temporada, que se deslizaban entre los pies descalzos de ellos; el piar de las aves; lo tibio de los rayos del sol y de su piel… mientras charlaban y reían por todos los cuentos que echaban los pobladores acerca de ella y de sus poderes mágicos.

Magia que a él le constaba: de solo mirarlo lo hechizaba. Ella era una muchacha solitaria; su clarividencia la confinaba a la soledad y solo él en su mundo entraba. Se querían de verdad, por años fue así, hasta que Ana se convirtió en una bella damita, robándole el corazón y apartándolo, poco a poco, de Rosaura, quien lo dejó ir sin una protesta ni una sola lágrima. Ella bien sabía que él de ella no sería; ya lo había vaticinado, y él llegó a reírse de eso, no dando crédito a sus palabras.

Abrió los ojos, humedecidos por el llanto que la nostalgia le regalaba. Volvió al presente. Con mucha lentitud y cuidado abrió aquel papel, como si de algo sagrado se tratara, y lo leyó:

Luis, sé que te tomaste tu tiempo para abrir esta nota mía. También sé que habrás recordado el ayer con lágrimas en los ojos. Nuestro tiempo fue el perfecto. Solo te pido que no dejes de acudir al llamado mío: te haré llegar una misiva cuando corresponda. No dejes de venir, será para despedirme de ti llegado mi momento.
Tuya, siempre tuya, Rosaura
.”

Don Luis apretó las mandíbulas para contener su dolor: bien sabía que ella ya le anticipaba su partida. Ahí, donde antes en su corazón había dejado una huella, ahora le abría una herida. Se levantó lentamente, como queriéndole ganar tiempo al tiempo, y se dirigió hacia el altar. Colocó la carta sobre un cirio encendido. El papel empezó a arder en una flama completamente azul, y de él se desprendía una fragancia a rosas tan intensa que todo el recinto se impregnó de ella.

—Apuesto que es de Doña Rosaura… —le dijo Don José, que en silencio lo había estado observando.

—¿Qué, ahora espías a tus feligreses? —replicó Don Luis sin voltearse a verlo.

—Te vi venir desde la ventana cuando atravesabas la plaza; pero como no terminabas de llegar, salí yo a buscarte. Es de Rosaura, ¿verdad? —contestó Don José, quien ya se había acercado y le pasaba el brazo por el hombro.

—Sí, es de ella. ¿Cómo lo sabes, te lo dijo papá Dios o también eres brujo? —respondió Don Luis al tiempo que le daba una palmadita en la mano que le había puesto sobre el hombro.

—Esto es un pueblo, y nada se mueve sin que lo sepan sus moradores. Rosaura está muy enferma, lo siento, Luis. Realmente lo siento por ella; es una extraordinaria mujer a la que le ha tocado vivir sola por un don que Dios le dio y que la gente le atribuye al diablo. ¡Qué vainas tiene la vida! —exclamó Don José, sin quitarle el brazo del hombro.

—Deja ya, Luis, que te vas a quemar los dedos. Ven conmigo, tomemos un vaso de vino y charlemos de hombre a hombre —le dijo con amabilidad, casi con compasión.

Los dos hombres se alejaron del altar, adentrándose en la casa parroquial. Durante varias horas estuvieron conversando los viejos amigos; entre charlas, risas y llantos se bajaron varias botellas de vino… y mucho moco se sonaron. Lo de Doña Rosaura era grave: ¡tenía los días contados!

Aparte de Doña Ana, Don Luis no había tenido otra mujer que Doña Rosaura. Que ella estuviera próxima a la muerte lo acongojaba: por ella, pues mucho la amaba; y por él, porque ese hecho le daba aviso de que su tiempo también se acortaba. Se estaba poniendo viejo y, a veces, ¡con el ímpetu de Doña Ana le costaba dar la talla!

“Rosaura enferma, Ana vigilante… y él, atrapado entre el corazón y el altar.”


PD/ La imagen, que ilustra este relato, corresponde a mi amado padre: Juan Luis Pérez Díaz.

miércoles, 23 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (29) ¡QUÉ CARAJO!





“Lola curiosa, Antonio fascinado… y Don Luis sin filtro.”

Salieron todos en silencio por el largo zaguán, acompañados de Doña Rosaura, quien muy discretamente metió un papelito doblado en el bolsillo de Don Luis… ¡el muy tonto no pudo disimular la emoción y cambió de colores como un camaleón!

—Espero se vayan tranquilos y en sus vidas reine la paz y el bien. No te pierdas, Luis, esta es tu casa… puedes venir a visitarme cuando quieras —le dijo guiñándole un ojo y echándole un beso al aire.

Don Luis pegó otro brinco. Doña Ana, esta vez, no le clavó las uñas, sino que le pegó un gran pellizco y le dijo muy bajo, acercándose al oído:

—Si tú te atreves a venir a la casa de esta mujer… ¡te juro que te lo arranco!

Se refería al pene, claro está. Luego se echó a andar delante del marido, encolerizada; los celos la mataban. Don Luis aprovechó para voltearse y, mirando a Doña Rosaura, dobló los brazos hacia delante con las palmas hacia arriba, como señal de interrogante: ¿Qué pasó, Rosaura, vas a seguir echando leña al fuego? Eso parecía preguntarle con la mirada; pero a Doña Rosaura ese asunto de los celos le causaba mucha gracia, y soltó una franca risotada. Se dio media vuelta y trancó las puertas tras ella, como si nada.

—Ni se te ocurra, mujer. Este viaje de regreso yo no lo hago en desgracia… ¡no permitiré que de nuevo me claves tus garras! —le dijo Don Luis a Doña Ana cuando esta pretendía sentarse junto a él.

La tomó delicada —pero firmemente— del brazo y la sacó del lugar que por “ley” le correspondía. Abrió la portezuela de la parte posterior y allí la sentó.

—Ahí vas muy tranquilita, y si es calladita… ¡mucho mejor! Y tú, Antonio, te vienes adelante conmigo. Deja a Lola con las mujeres… ¡que vayan atrás, para que no jodan con el temita de Doña Rosaura!

Antonio contuvo la risa e hizo caso a su suegro. Acomodó a todas las mujeres en el asiento posterior y luego se colocó en el puesto delantero: iría de copiloto. Estaba de lo más contento y nada le echaría a perder ese momento.

Doña Ana seguía enojada, pero su hermana Matilde le daba codazos para que cambiara la cara. Le hacía señas con los ojos y muecas con la boca, dándole a entender que allí no había pasado nada. Márgara las miraba, y ante cualquier asomo de que intentara pronunciar palabra, las dos se ponían el dedo en la boca en señal de que se mantuviera callada.

—Padre, ¿por qué mi madre está enojada y por qué Doña Rosaura es tan confianzuda contigo? ¿Fue tu novia? —le preguntó Lola con una sonrisa picarona.

Don Luis, que no llevaba ni cuatro minutos en carretera, no contestó nada.

—Papá, ¿no me escuchaste? —insistió ella, mirando a las otras que, con el silencio, le daban su anuencia para que preguntara.

—Lola, ¡mejor te callas! —le contestó muy seco.

—Caramba, padre, ¿no ves que con tu silencio lo que haces es aumentar la intriga y darle al asunto más gravedad de la que en realidad pueda tener? ¡Anda, echa el cuento afuera y así nos entretienes en la carretera! —insistió Lola, echada sobre el espaldar del asiento delantero, rodeando el cuello de Don Luis muy cariñosamente y muerta de la risa.

—¡Qué carajo! ¿Quieren cuento? ¡Cuento tendrán! —dijo Don Luis en un arranque de mal humor.

Antonio tenía una cara de fascinación por todo ese alboroto familiar. Aquello le producía bienestar: denotaba franqueza entre ellos y confianza en él. Su familia era muy conservadora y nada de esas familiaridades se disfrutaba en su hogar. Se sentía bien con ellos, se sentía en familia.

—¡Ay, Don Luis! Cuidado con lo que salga de su boca… después no acepto que se retracte de nada, y nada le perdono —le dijo Doña Ana, aún con su enojo.

—Usted se queda calladita, Doña Ana. ¡Fue usted la que empezó toda esta intriga con su alharaca! —la regañó su marido.

—Escuchen bien, pues el cuento no pienso repetir. Cuando yo contaba con dieciséis años ya era todo un mozo y las mujeres me gustaban. Ana solo era una niña de ocho, y con muñecas jugaba. En cambio, Doña Rosaura tenía veintidós y era extremadamente guapa… y muy dada a hacer favores a aquellos que bien la trataban. Ustedes saben, la consideraban “rara” por eso de la videncia; casi nadie le hablaba. Luego, al crecer tu madre, me enamoré de ella y más nunca volví a ver a Rosau… a Doña Rosaura. ¡Eso es todo, no sé por qué forman tanto drama!

Hizo una pausa, respiró hondo y remató con ironía:

—¡Ah! Y no quiero que se vuelva a hablar del tema, porque si no, me voy a visitar a la dama y así, ¡si hablan, ya no será cuento! —concluyó Don Luis, creyendo —iluso él— que al asunto le había puesto el punto final.

“Don Luis hablando claro… y Doña Ana ajustándole cuentas.”

NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajado de Imágenes de Google. En ella se encuentran unas letras ilegibles. Se desconoce autor o propietario.