domingo, 4 de enero de 2026

"Cuando el corazón no cabe en el pecho — un testimonio de libertad": Relato íntimo y poético sobre la caída de la dictadura en Venezuela, la diáspora, la memoria histórica y el regreso de la libertad en 2026

 

Venezuela no fue liberada por petróleo, sino por memoria, dignidad y el derecho a volver a vivir sin miedo.


Prólogo

Hay quienes reducen la historia a una consigna cómoda.
Dicen petróleo y creen haber explicado todo.
Olvidan que los pueblos también tienen memoria,
que la historia no empieza cuando conviene
ni termina cuando incomoda.

Hablan de intervencionismo sin escuchar al intervenido.
Opinan desde mapas ajenos, desde escritorios lejanos,
sin conocer el peso del hambre,
ni el sonido del miedo,
ni la paciencia rota de un país que resistió décadas.

Este texto no nace para justificar a nadie,
sino para recordar algo elemental:
cuando un pueblo celebra su libertad,
no lo hace por intereses ajenos,
sino porque ha vuelto a respirar.


Hubo un tiempo en que el país era una casa con puertas abiertas, con sol sobre su gente.
Yo fui testigo:
de los días en que las manos norteamericanas no invadían, sino compartían,
cuando el oro negro —nuestro petróleo— fluía como vida entre Cabimas y Anaco,
y las sonrisas eran herramienta y esperanza, no sobrevivencia.
Era un progreso cotidiano, armonioso, palpable en la risa de los hijos que crecían sin miedo.

Cuando la patria decidió tomar para sí ese tesoro, fue despedida con respeto.
No hubo destrucción; hubo un adiós sincero.
Se marcharon quienes habían enseñado, y quedaron manos nuestras, preparadas.
La industria brilló, se posicionó entre las más fuertes del mundo.

Pero entonces llegaron hombres que prometieron justicia,
y en su nombre destruyeron lo que funcionaba.
Uno tras otro, profesionales y operadores fieles a la patria fueron expulsados;
no por conspirar contra nadie, sino por saber más que los nuevos dueños del silencio.
Se sembró la ignorancia, se cosechó decadencia.
La riqueza se volvió ceniza, la dignidad se volvió sombra.

Bastó una década para ver crecer la pobreza, como hierba salvaje, sin control.
Para aprender que la opresión se disfraza de justicia y la corrupción de derecho.
La Cuba que jamás imaginé réplica de nuestra tierra,
se volvió tutor interno y arquitecto de un modelo que volvió pobre a un país de riquezas.
La libertad se marchó disfrazada de paz, y dejó un pueblo dividido, un pueblo llorado.

Entonces vinieron las elecciones que nadie creyó,
los fraudes que destruyeron otra vez la verdad,
los testimonios al mundo…
y el mundo cerró los ojos por décadas.

Y mientras eso ocurría, mi pueblo se fue rompiendo como vidrio,
en trenes, en buses, en barcos, en vuelos sin regreso,
escribiendo una diáspora con sangre y llanto,
perdiendo hijos que nunca volvieron a ver la tierra que los vio nacer.
Familias partidas, voces que se apagaron en tierras ajenas,
corazones encogidos por la espera de un milagro.

Y el milagro vino, no como un susurro, sino como el rugido de un amanecer encendido.
No fue un espejismo, ni un rumor:
el 3 de enero de 2026, bajo la noche oscura,
venezolanos y venezolanas sentimos temblar la tierra y el tiempo.
Explosiones en Caracas y en todo el país marcaron una hora singular: 
cuando fuerzas de Estados Unidos llevaron a cabo la operación conocida como Resolución Absoluta.

En esa madrugada, el poder que durante años se creyó eterno fue arrancado de la noche como una raíz podrida. Nicolás Maduro y Cilia Flores dejaron la tierra que habían sometido, no entre honores ni discursos, sino en silencio, para responder ante la justicia por los crímenes que oscurecieron a un país entero.

No fue un acto silencioso.

El cielo volvió a abrirse, y con él, el corazón de mi pueblo.
Hubo quienes lloraron, quienes rogaron al viento,
quienes dejaron caer sus rodillas en plazas, calles y avenidas,
porque la palabra libertad dejó de ser un sueño imposible.
María Corina Machado pronunció palabras que resonaron como campanas:
“La hora de la libertad ha llegado”, dijo, llamando a la esperanza a regresar.

Hubo voces que gritaron contra esta intervención —
reclamaron soberanía, hablaron de tratados,
de normas que el mundo tardó tanto en respetar.
Pero entre las ruinas de lo que fue nuestra patria,
el pueblo que sobrevivió entendió que a veces la libertad no llega en calma,
sino como agua poderosa que rompe muros y vuelve a sembrar vida.

Y así, en la madrugada que parecía no terminar,
los venezolanos empezamos a sentir de nuevo la luz.
No era solo el sol asomando entre las palmas;
era la idea de cultivar nuevamente sueños,
de volver a encontrarnos en una Venezuela que pueda nacer otra vez.

Que esta sea la memoria de lo que fuimos,
y la promesa de lo que podemos ser.
Que el grito no sea furia ni odio,
sino la voz clara de quienes hemos amado este suelo.
Porque la libertad que ahora empieza —tibia y profunda—
no se compró con silencio ni se vendió con resignación,
sino con el coraje de millones que nunca dejaron de creer.

Y así el tiempo se cerró como un círculo justo.

Porque aquellos que un día caminaron nuestra tierra sin armas,
enseñándonos a trabajar la riqueza en libertad,
a convivir en progreso, a construir sin miedo,
se marcharon entonces con paz y con honor.

Hoy han vuelto —no a quedarse—
sino a devolvernos lo que jamás debió perderse:
el mando sobre nuestro destino,
la soberanía del ciudadano,
la libertad secuestrada.

Mi bandera sigue siendo tricolor.
La amo con la misma fe de siempre.
Pero hoy la ondeo junto a aquellas llenas de estrellas,
no por sumisión,
sino por gratitud.

Gratitud por hacer lo que debía hacerse
cuando tantos cerraron los ojos,
cuando otros hicieron del silencio un negocio
y de nuestra tragedia una estadística.

Que la historia lo diga sin miedo:
Venezuela no fue liberada por odio,
sino por memoria, justicia
—y por la valentía de no mirar hacia otro lado.


Epílogo

La libertad no llega limpia.
Nunca lo ha hecho.
Llega tarde, herida, discutida,
pero llega.

Y cuando llega, no pregunta si fue perfecta,
solo pregunta si fue necesaria.

Venezuela no olvida a sus muertos,
ni a sus exiliados,
ni a quienes no alcanzaron a ver este día.
Pero tampoco renuncia a la alegría
ni al agradecimiento.

Porque la libertad, cuando regresa,
no se analiza primero:
se abraza.


“Los pueblos no celebran teorías: celebran el fin del miedo.”

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

jueves, 1 de enero de 2026

Cuento largo: "Voces del Valle", recuerdos de infancia sobre la historia de un pueblo incendiado por la intriga, la mentira y la falta de templanza..


Nota de autora:
Una historia sobre la ira, la mentira y el fuego que se enciende cuando la templanza no llega a tiempo.

No todas las historias se cuentan porque hayan ocurrido exactamente así. Esta llegó a mí como llegan las cosas importantes: en la voz de una abuela, en el peso de lo no dicho y en la certeza infantil de que hay verdades que no necesitan pruebas para doler. Los lugares que aquí se nombran existen, como existen las pasiones que los incendian. 


Los valles

Dicen que, en los valles, cuando el sol se levanta sobre el mar verde de caña, la tierra huele a dulce cansancio. Que el viento se enreda en las hojas y susurra historias viejas, como si las cañas recordaran todo lo que han visto. Eso dicen, pero no es cierto.

Los que cuentan historias son quienes se aventuran a atravesarlos; sin importar en qué tiempo, como esta historia que te voy a contar, que en realidad son tres en una: se hilan para que tenga principio… y también final.

Por la razón que fuera, siempre hay necesidad de desplazarse de un lugar a otro. Yo necesité ir a la capital. Les confieso: me daba pesar solo pensarlo. Demasiada gente. Demasiado caos.
¿A ustedes les gustan las grandes ciudades? A mí, no.

Luego recordé que, para llegar a ella, debía coger la autopista que atraviesa mi provincia, y eso me cautivó. Me gusta esa ruta: los verdes valles sembrados de caña de azúcar, cercados por las montañas azules de las cordilleras… y los mangueros a la orilla de la carretera. Experiencia entrañable. Pintoresca.

Con ese ánimo emprendí el viaje. Sin prisa. Aunque el motivo que me movía era de trabajo, pensaba disfrutarlo.
¡La vida no es solo trabajar por dinero! ¿Cierto?

Llevaba solo unos minutos en el camino cuando vi a los chiquillos pegando brincos, agitando las manos como abanicos de esperanza. Sus caritas eran poemas de amor y cánticos a la alegría flotando en el aire. Gritaban, a todo pulmón:
—¡Pare! ¡Pare! ¡Cómprenos mangos!

Créanme, una cosa es que se los cuente y otra muy distinta presenciar esa escena. Mi cerebro lo procesa en cámara lenta: lo detalla, lo graba profundamente en la memoria; se deleita. Sus cabecitas y cuerpecitos, dando saltos en el aire, semejaban notas musicales sobre papel multicolor. Uno los veía y no los veía: sonaban. ¡Música para el alma!

De lejos, la magnificencia del fruto atrapaba: tamaños increíbles y colores de otoño —verdes, rojos, naranjas, amarillos matizados—, un festín para los ojos.
¿Piensan que exagero? Nada de eso. Se los prometo.

Como pude, me orillé a un lado, sobre tierra, no en el arcén. Nada fácil resultó con los chiquillos brincando y casi guindados de las ventanillas, muertos de risa, compitiendo entre ellos. Caritas dulces, sucias, mocosas… con sonrisas que ni los ángeles podrían copiar.

La historia que quiero contarles no tiene nada que ver —en sí— con los niños mangueros. Solo son la punta del hilo que inicia este cuento.

Parada a un costado del coche, me recosté en él con mi mango en la mano. Mientras lo disfrutaba, miraba el paisaje, embelesada, porque amo la vida rural. Y mi mente —como siempre— empezó a hurgar en la caja de recuerdos para martirizarme un poco. Y funcionó.

Recordé la vez que mi abuela, en unas vacaciones de verano, nos contó —a nosotros, todos sus nietos— la historia que les voy a relatar. Según ella, verídica. A mí no me consta, pero yo le creí… ¡y espero que ustedes me crean a mí!

Ocurrió en el mismo sitio donde estaba, pero no en este tiempo. Fue en el incipiente siglo pasado. Imaginen un inmenso valle sin autopista, sin luces en las casas ni en las calles. Solo la luz del sol, de los fogones, de las lámparas de aceite, de las velas… y la que provenía del alma de Rosa.

¿Saben quién es Rosa? ¿No? ¿Quieren que les cuente su historia? Estoy segura de que sí. Ya han llegado hasta aquí… unas letras más, ¿Qué más da?

Eso sí, les advierto que, de aquí en adelante, no leerán palabras dulces que hablen del amor ni de risas. Mucho menos de un final feliz. Les contaré sobre una mentira —nada piadosa— que arrancó la piel de los huesos a decenas de personas, infringiendo un dolor inconmensurable.

¿Conocen alguna rosa sin espinas? Esta también las tenía.
¿Quieren seguir leyendo? ¡Sigamos!


La historia

Desde el despunte del alba hasta la puesta del sol podía escucharse, a distancia, el parloteo de la jovencita, entrecortado por risas salidas del alma. Los niños salían a su encuentro y los ancianos le cercaban el paso: unos para que jugara con ellos; los otros para que escuchara sus quejas. Era tan agradable aquel alboroto que el mismísimo Dios se regocijaba.

Con cada paso que daba, levantaba la mano y a alguien saludaba con una sonrisa; hablaba, abrazaba y algo —de su inocente y generoso corazón— entregaba. La brisa matutina ondeaba su falda y su cabello flotaba por los aires, cual bandada de aves que al cielo se elevara. Era la alegría encarnada.

Se llamaba Rosa: la rosa que dos muchachos codiciaban, en la que querían clavar sus espinas sin importarles que, con ello, se marchitara y se apagara la luz que a sus hogares iluminaba.

Uno era el hijo del capataz. Chico de pueblo. Tranquilo; ningún problema ocasionaba, aunque tenía el temperamento del padre, pero lo dominaba. Eso se pensaba. Introvertido, nadie sabía lo que traía en mente o lo que su corazón guardaba: mirada esquiva y boca cerrada.

El otro era el hijo menor del dueño de la hacienda. Educado. Con sus aires de mundo. Extrovertido. Dibujaba en su rostro una sonrisa enigmática; a Rosa eso le gustaba. Él le gustaba, y ella a él, pero nada se decían: solo miradas se entregaban.

El cielo, de azul infinito, se aclaraba con el despunte del alba.
Tierra negra, fértil, húmeda, que contrastaba con el verde y el marfil de las cañas con sus espigas. Aún no cantaba el gallo cuando las mujeres servían a sus hombres el café recién colado. El aroma de ese café era el despertador del gallo, un gandul que tarde se levantaba. Ahí sí cantaba: fuerte, persistente, como reclamando su pocillo de oro negro. Era un gallo viejo; cantando, desafinaba. Los campesinos bromeaban con ese tema: hablaban de jubilarlo.

Todos los habitantes de los caseríos aledaños a los inmensos campos de siembra de caña estaban despiertos, preparados para la faena. No tenían ni la más mínima idea de los días que se avecinaban.

Ese día no era como cualquier otro. El cielo despertó pálido, como enfermo abandonado: ninguna nube lo arropaba ni calmaba su sed.

¿Alguna vez se han levantado y dicho en voz alta: “el día está raro”? Ese era uno de esos días. Todos percibían una quietud inusual —inquietante—, como si faltase algo… no sabían qué, pero aquella sensación era incómoda, de mal presagio. No estaban siendo supersticiosos: era una sensación real, casi tangible.

Los niños no salieron de sus casas, corriendo, al encuentro de Rosa.
Los ancianos se quedaron esperando, sentados en sus porches, a quien siempre calmaba sus miedos con oído atento y abrazos salidos del alma.
Rosa no pasó por sus casas.

El silencio se iba acordonando por los caminos que otrora transitara; hoy, vacíos de risas y esperanzas. La ausencia de Rosa se hizo sentir muy fuertemente.

—¿Han visto a Rosa?, ¿alguien sabe algo de ella?
Al principio, uno a uno, se formulaba la pregunta por curiosidad; luego, todos, con profunda preocupación. Esas voces inquietas eran las únicas vibraciones que atravesaban el denso y enrarecido aire de esa mañana. Nada más se escuchaba. Silencio ensordecedor.

Entre pregunta y pregunta se fueron juntando los habitantes de aquella tierra que sería testigo de los más infames actos del hombre. Esa tierra estaba asustada. Se estremecía en sus entrañas; presentía que todo lo que sucedía en su piel despertaría la furia de Dios. No se equivocaba. Los siglos la habían convertido en experta en predecir las consecuencias de las ansias del hombre.

Cuando los padres se enteraron de que buscaban a su niña, se miraron; se hablaron con palabras mudas que solo ellos entendían. Lo que se decían no era nada bueno, porque nada bueno sentían. Siempre temieron que algún día le pasara algo a su Rosa, el sentido de sus vidas. Ese día llegó. Era ese día.

Les confieso: esta es la parte más agobiante —para mí— cuando narro este cuento. Como madre, sé que no saber del paradero de un hijo… es pasar por el infierno. Así que, perdónenme, pero esta parte tendrán que imaginarla ustedes por su cuenta. Siéntanse libres de creerse el cuentacuentos y reescribirla a su parecer.


Lo cierto es que ellos se tomaron de la mano, entrelazándolas con fuerza, como si de ese contacto dependiera todo. Sus súplicas surgían de lo más profundo del alma, un murmullo tembloroso que pedía ayuda y consuelo. De rodillas, cerraron los ojos y, por un instante, el mundo pareció suspenderse. Entonces, algo suavemente los envolvió: un calor silencioso que llenó sus pechos y serenó sus pensamientos agitados. No entendían del todo qué sucedía, pero sintieron que podían soltar el miedo, que sus corazones se aquietaban y la desesperación cedía. Quedaron así, inmóviles, con los rostros suavizados y el aliento tranquilo. La plegaria había sido escuchada, y en la quietud del instante, se hicieron dueños de una calma inesperada, aceptando lo que había de venir.

Todos —sin saber lo que ocurría en las almas de esos padres— quedaron sorprendidos por la aparente indiferencia; así lo interpretaron ellos.

Se alejaron y empezaron a cuchichear. Habían decidido emprender acciones de búsqueda, por su cuenta, hasta encontrarla. Se organizaron. Se esparcieron como semillas de diente de león sobre todo terreno. Esfuerzo inútil: ninguno de ellos la encontró.

Cansados, agobiados, cesaron la búsqueda al anochecer. Se reunieron en la plaza, formulando todo tipo de conjeturas sobre el paradero de Rosa… perdían la esperanza de encontrarla.


En ese justo momento, cuando el ánimo se desplomaba al suelo, se escuchó un fuerte cascabeleo. Todos voltearon. Extrañados, vieron a uno de los peones del ingenio montado en su zaino, como si huyeran ambos —hombre y caballo—, espantados del mal encarnado.

Sí, la encontraron… o lo que quedó de ella. Se los advertí: no tendría un final feliz… ¡y solo es el comienzo del final!

—Hemos encontrado a la niña Rosa…
El peón lo dijo con dificultad, como si le arrancaran las palabras de la lengua. Se quitó el sombrero de paja toquilla y se lo colocó en el pecho, con ambas manos: muestra fehaciente de dolor y respeto.

Los allí presentes, por una milésima de segundo, dibujaron una sonrisa… que se transformó en mueca a la milésima de segundo siguiente, cuando el portador de la noticia continuó:

—La encontramos en el lago, desnuda como un bebé recién nacido; flotando boca arriba, como un nenúfar que clama la luz del sol. Encontramos su cuerpecito, pero a ella… lo que era ella, no.

La muchedumbre no reaccionó como se esperaba. No hubo gritos de dolor ni de rabia. Solo un silencio pasmoso, como si se hubiesen convertido en piedras, como si el diablo les hubiera robado las almas.

Eso aún no sucedía, pero sucedería.
Se había sembrado la semilla de la maldad. Era cuestión de tiempo para que germinara.

Emprendieron el camino de regreso a sus casas, todos y cada uno, lentamente, paso a paso. En silencio aparente: por dentro, las palabras atragantadas les carcomían la conciencia, como goteo incesante de un grifo a medianoche.

La impotencia, el dolor y la rabia engendraban ideas extrañas, retorcidas… nunca por ellos concebidas. Pernoctaron en sus casas. Dentro y fuera de ellas, la noche los desvanecía en la más absoluta oscuridad. Estaban de luto.

En la casa de don Manuel —el capataz— la cosa era distinta. Allí sí había luces: alguna vela de cebo y lámparas de aceite estaban encendidas. Los tres residentes se desdibujaban en las penumbras.

Don Manuel, sentado en el sillón de la sala, estaba reclinado sobre sí mismo. Sus codos se apoyaban en los muslos mientras sus manos sostenían la cabeza, cubriendo su rostro. Lloraba sin consuelo, a ratos; en otros, gimoteaba. Quería mucho a Rosa, a quien tuvo como la hija que nunca llegó a tener. La conocía desde que nació. Creció muy cerca de ellos. Habían forjado lazos fuertes.

Estaba devastado por la inusitada y cruel pérdida de un ser tan querido. Su repentina ausencia pesaba demasiado. No estaba craquelado, sino realmente quebrado. Era un buen hombre, lleno de virtudes, pero con un temperamento explosivo. Sus reacciones ante situaciones de injusticia le habían dado fama. Lo conocían con el mote de “el justiciero”. Lo respetaban, lo admiraban… pero, sobre todo, le temían.

Por ese conocimiento que de él tenían, su mujer e hijo lo observaban desde lejos, desde otros rincones de la casa, camuflados por las sombras. Cada uno con sus emociones contenidas, atentos a las del esposo, a las del padre. Tenían el alma en vilo.


Doña Margarita —así se llamaba la mujer de don Manuel— fue sorprendida por su hijo, que se había escurrido por las paredes para que el padre no lo viera, hasta llegar a ella. Ver el rostro del muchacho en aquella luz tenue fue como ver un espectro recién salido de un cementerio: espeluznante sensación.

El chico, como pudo, cogió la mano de su madre y musitó al oído unas palabras que ella sola oyó.

Doña Margarita separó su rostro del hijo; lo tomó entre sus manos. Incrédula por lo que había escuchado, lo veía fijamente, interrogándolo con la mirada. Miles de preguntas que solo una madre aterrorizada puede formularse.

No estoy segura de cuánto tiempo transcurrió entre la mirada cuestionadora y el abrazo que le dio: uno tan fuerte, tan cerrado, que parecía querer devolverlo a su vientre. Intentó ahogar cuanto sentía, pero no pudo. El dolor era más fuerte que su temor de despertar la cólera de su marido.

Sin poder evitarlo, se le escapó de la garganta el más escalofriante grito que jamás se haya escuchado —por lo menos— en ese pueblo, en ese tiempo.
Grito que fue la llave que abrió las puertas del infierno.

Cuando don Manuel lo escuchó, fue directo a donde se encontraba su mujer. Al llegar, los encontró abrazados. El hijo, al ver el semblante de su padre, suplicó a su madre:

—Guarda silencio, madre, por favor… no digas nada.

La madre lo veía, pero no sabía cómo verlo.

—¿Qué es lo que te pide que silencies? —le preguntó don Manuel a su mujer, directamente, porque el muchacho ya se había ido, tal como vino, escurrido por las paredes, protegido por las sombras.

—No me preguntes… no me preguntes… ¡no querrás saber nada! —le decía con mirada suplicante.

Pero él ya la tenía cogida de los hombros; la zarandeaba. Ella sabía que no cejaría en su empeño de saber lo que debía callarse. No opuso resistencia; se sabía derrotada.

—Te lo diré, pero déjame coger aire; déjame recuperar la compostura…

Se sentaron en el salón. Ella aprovechaba ese tiempo para ordenar sus pensamientos. No le resultó fácil: sus sentimientos la conducían en otra dirección. Cerró los ojos, inhaló profundamente y exhaló… lentamente.

—Lo que me dijo fue que vio al señorito de la hacienda llevársela a la fuerza por el camino grande, el que lleva al lago… donde la encontraron. Solo eso.—lo dijo sin mirarle a los ojos, estos estaban perdidos en la conmoción que le enredaba mente y corazón.

Dicho eso, fue ella quien se reclinó sobre sí misma. Sus manos tapaban con desesperación su boca, intentando —inútilmente— ahogar los gemidos.

Don Manuel cambió el semblante. Ya no se reflejaba dolor alguno en él. Se levantó sin decir palabra, cogió una de las lámparas y salió de la casa directo al cobertizo; allí tomó antorchas. Prendió una y fue tocando las puertas de los vecinos, informándoles quién era el homicida de Rosa.

No solo los despertó del sueño: despertó la ira en ellos.

Cada uno iba saliendo de su casa con una antorcha, haciendo lo mismo que don Manuel: iban de casa en casa con los rumores, pregonándolos como verdad. Al cabo de un par de horas, la muchedumbre se había congregado, profiriendo gritos de:

—¡Justicia para Rosa!


Visto desde arriba, parecía que el mundo estuviera al revés. Las antorchas encendidas simulaban un firmamento sobre la vasta tierra de dulce caña.

La muchedumbre que clamaba justicia iba incendiando —a su paso— las secas espigas, creando más luces de las deseadas. No se daban cuenta; solo avanzaban. Obcecados con la idea de exigir una rendición de cuentas, de obtener una confesión del culpable. Pero, a medida que avanzaban, esa idea se transformó en una necesidad de ajuste de cuentas, de venganza. Hacer justicia por propias manos.

Ya no razonaban. Las emociones habían tomado el control. Pérdida total de la conciencia.

Los de la hacienda vieron aproximarse a la muchedumbre con las antorchas en alto, iluminando más de lo acostumbrado. Intrigados, salieron a recibirlos para saber qué los traía hasta allí, en medio de la noche. No tenían la menor idea del crimen que fraguaban.

Quedaron de frente, sin tiempo a intercambiar palabras. Arremetieron contra ellos sin piedad, con palos, picos y machetes. No se escucharon voces: la violencia y la muerte se encargaron de silenciarlas.

Murieron sin derecho a palabra, sin defensa alguna.
Fueron condenados sin ser juzgados y ejecutados atrozmente.

La ira se cubrió de sangre y humo.

Incendiaron la hacienda por los cuatro costados; los cobertizos; las bodegas; hasta el ingenio. Cuando ya no quedó nada más por destruir ni aniquilar, se calmaron. Exhaustos —y en cómplice silencio— intentaron regresar a sus casas.


Aquí es donde me río yo —perdónenme ustedes por mi impertinencia; sé que esta historia no tiene ninguna gracia—, pero ¿Qué otra cosa puedo hacer si risa me produce la estupidez humana? Sigo.


Quedaron petrificados al verse rodeados de fuego. Miraban desesperados, buscando algún espacio por donde escapar del infierno que ellos mismos habían provocado. Pero no, no había salvoconducto alguno.

Allí, en ese momento, sí pronunciaron palabras: clamaron misericordia a Dios, una misericordia que no tuvieron antes para sus semejantes.
¿A qué Dios clamaban piedad… al que habían dado la espalda?

Ardieron en el fuego que habían creado.

Ahora, si piensan que este es el final, se equivocan. Las llamas del infierno arden de diferentes maneras y se extienden más allá de lo imaginable.


Doña Margarita, desde que su esposo salió de casa, no se despegó de la ventana. Pretendía enterarse de lo que ocurría sin ser detectada. No daba crédito a lo que veían sus ojos. Todo lo que alcanzaba a ver estaba en llamas, tan altas que convertían aquella fatídica noche en un apesadumbrado día.

Sin quitar la vista de la ventana, dio pasos hacia el cuarto de su hijo, caminando de espaldas, dando traspiés… aterrorizada.

—Hijo, hijo… salgamos de aquí. Todo está incendiado, las casas de los vecinos también se queman… ¡se aproxima el fuego a la nuestra!

No obtuvo respuesta. Rompió el contacto con la ventana —aquel gesto fue como cortar el cordón umbilical que le daba vida— y giró, solo para encontrarse de frente con los pies descalzos de su muchacho. Aún estaban tibios y se mecían como el péndulo de un reloj.

Doña Margarita no pudo con eso. Era más de lo que podía soportar. Las rodillas se le doblaron; quedó hincada en el suelo, bajo el cuerpo de él. No le falló el corazón. No murió quemada.

En su tribulación no se percató de que el negro humo se deslizaba por los bajos de las puertas y los resquicios de las ventanas. Iba a por ella. Como largos dedos endemoniados se le metía por la nariz hasta la garganta, tapándole la boca… la que debió mantener cerrada; la que no debió proferir la mentira que ocasionó tanta desgracia.

Murió asfixiada.
Muerte lenta.
Muerte agónica.
Escena dantesca.


¿Se merecía esa muerte? No lo sé. No soy yo quien para juzgarla.
Lo que sí sé es que ustedes merecen saber cuáles fueron las palabras que su hijo le murmuró al oído. ¿Quieren saberlas? Aquí se las dejo:

—Madre, perdóname. Perdón, perdón, perdón… Rosa rechazó mi amor. Sentí morirme; la ira se apoderó de mí, perdí la razón. Perdón, perdón… fui yo. Fui yo quien la mató.

Textualmente, esas fueron las palabras que le dijo a su madre, con llanto, dolor, remordimiento y arrepentimiento.

Y es así como:

La ira de uno mató a Rosa.
La mentira de una madre incendió un pueblo.
La ira colectiva se exterminó a sí misma.


De regreso a los valles

El último mordisco de mi apetecido mango me trajo de vuelta al presente. Antes de irme y emprender, de nuevo, mi camino, le eché una última mirada a mis niños mangueros. Eran de ese lugar. ¿Y si alguno de ellos fuera descendiente de quienes protagonizaron la historia de Rosa?, ¿podrían contar otra versión? —me pregunté—.

De nuevo me reí, para mis adentros. Esta vez me reía de mi propia estupidez: ¿Cómo iban a serlo si todos aquellos habían muerto? ¿Y si todos habían muerto, quién o quiénes dieron testimonio para contar esta historia? Pero, por muy estúpido que les parezca, decidí optar por la veracidad del relato. Me la creí cuando niña y no quise romper la magia que me dio la inocencia en aquel momento… en contra de toda lógica.

Mi abuela nos contó esta historia —no porque fuera una cuentacuentos como yo, no—, sino para enseñarnos una moraleja:

«La templanza es una virtud que Dios ama en nosotros; para alcanzarla hay que dominar el temperamento, forjando el carácter».

La abuela siempre hacía lo mismo: intentaba darnos lecciones con sus historias. Pero la cosa no acababa allí. Ella se iba creyendo que había puesto el punto final, cuando lo cierto es que nosotros íbamos tras ella —como polluelos tras la mamá gallina— para que nos explicara las palabras que no entendíamos: dantesco, templanza, virtud, temperamento… carácter. Y, al tratar de explicárnoslas, ¡comenzaba otra historia!

Pobre abuela… así era su vida en nuestras vacaciones.


"Las grandes tragedias no comienzan con grandes maldades, sino con pequeñas deshonestidades."

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

martes, 30 de diciembre de 2025

CUENTO, "Doce uvas y un desajuste". La experiencia de entrar al Año Nuevo con una actitud de vida diferente.

 

 “La contabilidad de la vida nunca cierra en números redondos”.


Podían escucharse —a través de los largos pasillos— las voces superpuestas y las risas francas de las mujeres durante su tiempo de descanso. Ese era el único momento del día en que podían reunirse sin prisas, sentarse unas junto a otras y sentirse, aunque fuera por un rato, menos solas. Sabían sacarle provecho a esos minutos robados al cansancio. Compartían anécdotas personales y laborales, se escuchaban con atención y, cuando el asunto era serio, se aconsejaban y se sostenían mutuamente. Si el tema no revestía gravedad, no perdían tiempo en hacer guasa: reían a carcajadas, exageraban los detalles y sacaban chistes de todo. Disfrutaban de una camaradería nacida de la necesidad, pero fortalecida por el afecto.

Registra la historia universal la constante necesidad del ser humano de migrar, cualquiera que haya sido la causa: el deseo de conquistar lo ajeno, de expandir dominios, de demostrar poder y supremacía; o la urgencia de huir, de sobrevivir a catástrofes naturales o provocadas por la propia perversidad humana.

En la época en que estas mujeres coincidieron, los motivos pertenecían, casi todos, a esta última categoría: guerras interminables, opresión política, corrupción institucionalizada, abandono y desidia de los gobiernos. Cuando se reunían, el grupo parecía una pequeña asamblea de las Naciones Unidas: en ellas convivían geografías enteras, islas cálidas y cordilleras lejanas, países del Caribe, de Centro y Suramérica, junto a tierras del Este europeo y del continente africano, como si múltiples banderas se hubieran dado cita en un mismo cuerpo colectivo. A veces se reían de ello, conscientes de la ironía. Habían llegado a España con el firme propósito de dejar atrás una vida marcada por el miedo y la tristeza, y se esforzaban cada día en lograrlo. No les importaba realizar trabajos físicos de limpieza —arrojando por la borda años de estudios universitarios, títulos, grados y especializaciones— mientras eso les permitiera alcanzar su verdadero objetivo: vivir en libertad y sin temor.

Entre ellas había una licenciada en contaduría pública, con especialización en auditoría. Su manera de estar en el mundo parecía inseparable de su profesión: ordenada, meticulosa, precisa. Ella misma era consciente de esa rigidez, pero la consideraba necesaria. Siempre que el grupo planeaba algo —una comida, una salida, un pequeño viaje— era a ella a quien recurrían para evaluar la viabilidad: calcular costos, distribuir gastos, prever imprevistos, asegurar que cada aporte fuera equitativo y que el plan se ejecutara con eficiencia.

Para ella, todo debía cuadrar: el tiempo, el dinero, las decisiones. Le incomodaban los márgenes imprecisos y las respuestas abiertas. Las demás se reían de la expresión seria que adoptaba al “sacar cuentas”, como si estuviera elaborando el presupuesto anual de una institución pública. Pero así funcionaban, y en el fondo, todas descansaban en esa certeza.

Aquella diversidad —de fisonomías, temperamentos, costumbres y acentos— resultaba tan armoniosa como inesperada. Era agradable de ver y de habitar, como si fueran especímenes de la flora mundial reunidos en un jardín botánico, exhibiendo sus rarezas, sus colores y su sorprendente capacidad de adaptación.

Era una experiencia que ninguna de ellas habría vivido de no haberse visto obligada a emigrar. La vida, con su lógica incomprensible, las había hecho coincidir en ese lugar y en ese tiempo. Lo comentaban a menudo, y de ahí surgían largas conversaciones sobre el destino, las pérdidas y las oportunidades ocultas en el dolor.

Además de ser migrantes, compartían otra cosa: todas eran cristianas. La mayoría católicas; algunas pertenecían a otras confesiones, pero todas reconocían a Cristo como centro de su fe. Esa creencia común les daba consuelo, especialmente en fechas sensibles.

Como la Navidad solía vivirse en recogimiento familiar, decidieron celebrar juntas las preuvas en la Puerta del Sol y recibir el año nuevo con las campanadas del reloj de la Real Casa de Correos como protagonista absoluto. Así lo acordaron.

Y así lo hicieron.

El 31 de diciembre, a las diez de la noche, ya estaban todas reunidas en la Puerta del Sol. El lugar hervía de gente. Las luces navideñas colgaban sobre la plaza como hilos dorados, reflejándose en los abrigos, en las bufandas brillantes, en los gorros de lentejuelas y en los collares improvisados con números del año entrante. Había destellos metálicos, rojos intensos, verdes profundos y dorados que parpadeaban al ritmo de los movimientos. Todas iban engalanadas a su manera, pero compartían el mismo maquillaje esencial: una sonrisa amplia, cargada de esperanza.

El aire estaba impregnado de olores mezclados: cava recién descorchado, vino dulce derramado en vasos de plástico, perfume barato y caro confundidos, humo de cigarrillos que se elevaba en espirales, y el aroma fresco y ligeramente ácido de las uvas. Se escuchaban risas, villancicos lejanos, gritos de cuenta atrás anticipada, silbatos, palmadas, voces que cantaban y otras que simplemente celebraban estar vivas.

Transcurrieron las horas entre bromas y abrazos, hasta que comenzó el conteo oficial. El murmullo se transformó en expectación.
Doce… una uva fría entre los dedos, lisa y firme.
Once… otra uva en la boca, la piel estallando con su jugo dulce.
Diez… nueve… algunas se atragantaban, otras reían con la boca llena.

—Otro año más… —comentó la “saca cuentas”, con la seriedad que la caracterizaba, casi como si estuviera cerrando un balance invisible, mientras intentaba no perder el ritmo de las campanadas.

—No, otro año menos… —respondió la mujer que estaba a su lado, mirándola de reojo con una mueca en la que se mezclaban ironía y melancolía.

—¿Otro año menos? ¿Cómo es eso? —preguntó ella, genuinamente intrigada.

—Sí… otro año menos por vivir —contestó sin darle mayor importancia, concentrada en no atragantarse con la siguiente uva.

Aquella frase la dejó desconcertada. Tenía una lógica irrefutable, incluso matemática, pero no encajaba en su forma habitual de sacar cuentas. Sintió una leve presión en el pecho, similar a la que aparecía cuando una cifra no cerraba y la obligaba a revisar toda la operación desde el inicio.

Hasta ese momento, para ella, sacar cuentas había sido un ejercicio exacto: cifras alineadas, operaciones claras, balances que debían cerrarse sin margen de error. Todo encontraba su lugar en el papel.

Pero aquello era distinto. No se trataba de sumar ni de restar, sino de algo imposible de auditar: los años vividos y los que aún quedaban por vivir. Y ese cálculo no ofrecía un resultado preciso, sino un balance abierto, sin cifras definitivas, imposible de corregir.

Aquella no fue una noche cualquiera. Fue distinta. No solo por haber compartido un momento irrepetible con esas amigas regaladas por el destino, sino porque, sin saberlo del todo, comenzó a comprender que la vida no se deja medir con la rigidez de una fórmula. Hay cuentas que no admiten auditoría, pérdidas que no se registran y ganancias que no figuran en ningún estado financiero.

Desde esa noche, sus cuentas ya no serían las mismas. Y ella tampoco. Aunque todavía no fuera consciente, había comenzado a intuir que no todo debía cerrarse con exactitud, que había balances que no pedían corrección. Comprendía, sin saber aún cómo nombrarlo, que la vida no exige rigidez, sino presencia; no control, sino disposición a fluir con sus inevitables desajustes.

Entonces volvió en sí. El conteo seguía su curso y las campanadas caían una tras otra, densas, metálicas. Tomó un puñado de uvas; las sintió frías y lisas en la palma de la mano, y se las llevó a la boca sin medir el tiempo. La piel estalló entre los dientes, dulce y áspera a la vez. Masticó al ritmo que pudo, respirando hondo, dejando que el jugo le escurriera por la lengua. Por primera vez, no intentaba ajustar el tiempo a sus cuentas, sino acompasarse a él, aceptando su pulso irregular.

“Hay balances que solo se comprenden cuando se dejan abiertos.”

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel


viernes, 26 de diciembre de 2025

"Manos de algodón", la relación entre un hijo y su padre en el Chaco argentino, explorando la memoria, la migración europea tras las guerras mundiales y la vida trabajada en los algodonales.


 “Una memoria íntima atravesada por la guerra, la migración y el trabajo”.


Prólogo

Migrar nunca es solo cambiar de tierra.
Es aprender otro cielo, otro calor, otro silencio.
Es romper la lengua del pasado para poder nombrar el futuro, aun cuando ese futuro se construya con las mismas manos cansadas.
Quien migra no llega entero: siempre deja a alguien atrás.
Y a veces, sin saberlo, también se deja a sí mismo


Las manos de su padre cabían apenas entre las suyas.

Eran ásperas, anchas, marcadas por surcos profundos donde el tiempo había ido dejando su firma. Manos que sabían a tierra húmeda y a sudor viejo, a hierro oxidado y a hojas machacadas. Manos que habían aprendido el lenguaje del machete y del sol antes que el de las caricias. Ahora estaban frías, ligeramente húmedas, temblando con un pulso irregular, como una marea cansada que ya no logra volver.

Bruno no las soltaba.

Las sostenía con una devoción casi infantil, como si en ese gesto simple pudiera retenerlo un poco más en este mundo. El cuerpo del viejo yacía vencido sobre la cama angosta; la respiración le salía rota, trabajosa, como si el aire tuviera espinas. No podía tragar ni siquiera agua. El agua —ese alivio mínimo— se le negaba, y la vida parecía divertirse con esa crueldad.

Afuera, el Chaco ardía. El calor se pegaba a las paredes de adobe, se filtraba por las rendijas, empapaba el aire. Todo olía a tierra caliente, a polvo suspendido, a vegetación reseca. Adentro, el cuarto estaba lleno de un silencio espeso, roto apenas por el quejido bajo del moribundo y por el latido acelerado del hijo.

Se le moría su padre.
Se le moría su viejo.
Y con él, el amigo más fiel que había tenido jamás.

El sudor le bajaba por la frente y se le metía en los labios, dejando ese gusto salado, metálico, que conocía bien desde niño. A veces el sudor se mezclaba con lágrimas que no terminaban de caer. El llanto se le quedaba atorado en el pecho, como un animal asustado que no encuentra salida. Apretó un poco más esas manos, y entonces la memoria, sin pedir permiso, empezó a tirar de él hacia atrás.

Recordó historias que no había vivido, pero que había escuchado tantas veces que parecían suyas. Historias de una Europa quebrada. Ciudades reducidas a escombros; calles cubiertas de polvo gris, de ladrillos partidos, de vidrios rotos que crujían bajo los pies. El aire era espeso de humo y pólvora; el olor persistente de la carne quemada y del hierro caliente se impregnaba en la memoria de quienes lo habían vivido. Trenes abarrotados de hombres flacos, con los ojos hundidos y la ropa raída, atravesaban paisajes sin árboles, sin colores, sin promesas.

Escenas que se sucedían con una música de fondo: explosiones, gritos y llantos. Esa se oía. Pero había otra —un murmullo interno—, evocador del miedo y de la esperanza, que solo se sentía, flotando entre los cuerpos exhaustos y los silencios que la guerra dejaba atrás. Era un sonido sin forma, un latido que recorría a todos, un susurro que nadie podía nombrar pero que todos entendían: la incertidumbre de sobrevivir, la extraña sensación de que seguir con vida era tanto suerte como condena.

Dos guerras bastaron para partir un continente.

De allí salieron. No buscando riqueza, sino descanso. Se fueron porque quedarse era seguir enterrando hijos, padres, hermanos. Cruzaron el océano con la memoria llena de ruinas y las manos vacías. Llegaron a una tierra nueva donde el sol quemaba distinto y donde algo blanco crecía en los campos como una promesa.

El “oro blanco”.
Algodón.

Decían que era progreso. Y lo fue. Pero también fue sudor constante, espaldas dobladas, manos abiertas por las espinas. Sudor salado que ardía en los ojos y se quedaba pegado a la piel. Así se fue construyendo otra vida, lejos de Europa, pero no tan lejos del sacrificio.

No todas las batallas se libran con armas. Algunas se pelean en cocinas silenciosas, en camas separadas, en miradas que ya no se encuentran. La suya empezó en una casa humilde, cuando el matrimonio de sus padres se quebró sin estruendo.

Un día, su padre vino a buscarlo.

Lo esperaba en el zaguán, sentado bajo una sombra corta. Vestía su mejor camisa, planchada con esmero, como si fuera a misa. A su lado, una maleta vieja guardaba toda la vida del niño. Desde adentro, su madre los observaba sin dejarse ver, conteniendo el llanto para que no se notara.

La llegada fue breve.
La partida, definitiva.

Padre e hijo se fueron tomados de la mano. Caminaron por la calle de tierra levantando una nube fina que se les pegó a los tobillos. Bruno sonreía, contagiado por la firmeza tranquila de su padre, pero de tanto en tanto volteaba. Atrás quedaban su madre y su hermana, quietas, cada vez más pequeñas. Esa imagen se le clavó para siempre: el amor partido en dos, la infancia rasgada sin entender por qué.

El viaje fue largo. Corrientes quedó atrás; luego Resistencia y, más allá aún, Pedro Saénz. El paisaje se volvió más áspero. Tierra rojiza, vegetación rala, un cielo inmenso que parecía aplastar a los hombres.

La vida en el Chaco era dura.
Pero con él, era buena.

Se levantaban antes del amanecer, cuando el aire aún era fresco y olía a rocío. Caminaban hacia los algodonales, filas interminables de plantas bajas cubiertas de copos blancos que brillaban bajo el sol naciente. El calor subía rápido, empapándolos. El sudor corría por la espalda, salado, espeso.

Bruno miraba a su padre trabajar. Menudo, firme. El machete brillaba un segundo antes de caer. El sonido seco del corte se mezclaba con el zumbido de los insectos y el crujir de las plantas. Cada golpe era exacto, aprendido con los años.

Así pasaron los años.
Hasta que el niño dejó de serlo.

El campo empezó a quedarle estrecho. El algodón ya no era promesa, sino límite. Como una vez había dejado atrás a su madre, ahora dejaría a su padre. Volvería a Corrientes, al hogar materno. La despedida fue corta, silenciosa.

El recuerdo se quebró cuando el viejo emitió un último sonido. Un gemido leve, casi un suspiro.

Bruno levantó la vista. Los ojos de su padre estaban abiertos, tranquilos. No había miedo en ellos. Tampoco dolor. Se iba acompañado, sostenido por las manos de su hijo, lejos del sol inclemente y del áspero algodón.

Afuera, el calor seguía.
El mundo continuaba.

Bruno entendió entonces que algunas vidas se construyen enteras con las manos.
Y que cuando esas manos se detienen, dejan al mundo un poco más vacío.


Epílogo

Cuando un padre presente muere, no se va solo un hombre.
Se va una forma de estar en el mundo.
Quedan las manos aprendidas, los gestos heredados, el peso invisible de lo que fue amor sin palabras.
El duelo no es solo pérdida: es memoria que sigue trabajando,
como esas manos que, aun quietas, continúan sosteniendo.


“La historia también se escribe con manos anónimas.”

Dedicado: B. C.

Nota de autora: Este texto fue escrito originalmente el 08/02/2011, editado y publicado en esa fecha.

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

miércoles, 24 de diciembre de 2025

"Un Cuento de Navidad", relato literario sobre el amor incondicional, la fe y la magia de la Navidad. Una historia que inspira gratitud, esperanza y conexión espiritual.

 

Nota de la autora

Este cuento nace del silencio, de la contemplación y de la certeza íntima de que el amor verdadero no siempre se reconoce a primera vista. Es una invitación a mirar la propia vida con gratitud y a descubrir que, incluso en los momentos de aparente vacío, hay una presencia que sostiene.

La Navidad es aquí símbolo y memoria: un recordatorio de que el amor más grande eligió hacerse pequeño para no asustarnos, para enseñarnos a amar desde la humildad y la ternura.


Una mujer, un cielo lleno de estrellas y el amor que la sostuvo antes de nacer.


UN CUENTO DE NAVIDAD

El vacío silencioso

Hubo una vez una mujer que caminaba por la vida con la serenidad de quien ha aprendido a agradecerlo casi todo y, al mismo tiempo, con la callada melancolía de quien siente que algo esencial siempre le ha rozado sin quedarse del todo. No le faltaba nada que pudiera nombrarse: tenía un techo tibio donde refugiarse del frío, pan en la mesa, manos amigas, recuerdos suficientes como para llenar muchas tardes. Y, sin embargo, dentro de ella habitaba un silencio hondo, un hueco suave pero persistente, como el tañido de una campana que hubiera sonado hace años y aún no terminara de apagarse.

Desde joven había sentido que el amor era un don que desbordaba en su pecho. Un manantial inagotable. Amaba con facilidad, con hondura, con una entrega que no pedía garantías. Pero la vida —caprichosa y sabia a su manera— no siempre había sabido corresponderle en la misma medida. Amó a quienes no supieron amarla. Fue amada por quienes ella no pudo abrazar del todo. Y aun en los amores compartidos, había sentido que algo quedaba incompleto, como si el abrazo terminara siempre un segundo antes de lo necesario.

Aun así, no caminaba con amargura. Caminaba con gratitud. Daba las gracias por cada amanecer, por cada rostro que había pasado por su historia, por cada herida que le había enseñado algo. Solo que, en las noches silenciosas, cuando el mundo se aquietaba y las luces se apagaban, ese vacío se sentaba a su lado como un viejo conocido.


La carretera y el cielo

Fue en vísperas de Navidad cuando ocurrió aquello que marcaría su vida para siempre.

Transitaba por una carretera estrecha que se desprendía de la ciudad —bulliciosa, luminosa, vestida de guirnaldas y promesas— y se internaba en un pueblo apartado de la montaña. La ciudad quedaba atrás como un joyero abierto: faroles, escaparates, risas, música. A cada kilómetro, el ruido se hacía más lejano y la oscuridad más profunda. Era una noche sin luna, de esas que parecen creadas para revelar secretos.

Al alzar la vista, el cielo se desplegó ante ella como un milagro jamás soñado. Todas las constelaciones visibles parecían haberse puesto de acuerdo para brillar aquella noche. Un firmamento salpicado de luces: algunas tímidas, otras audaces; unas pequeñas como suspiros, otras enormes como proclamaciones. El cielo titilaba en silencio, tan lleno de destellos como las calles de la ciudad lo estaban de luces navideñas.

Movida por un impulso casi reverencial, detuvo el coche en un pequeño mirador. Bajó despacio, como si temiera romper el hechizo, y se sentó en el banco frío de piedra. El aire le acarició la piel con perfume a pino y tierra húmeda. Arriba, el cielo parecía inclinarse hacia ella.

Sintió que el corazón se le detenía un instante. La brisa de la montaña comenzó a mecer los rizos de su cabello negro, y ella los apartó del rostro con un gesto lento, casi inconsciente, como si quisiera despejar también la mirada para no perderse nada de aquel prodigio.


El juego de las estrellas

Mientras observaba, un pensamiento —envuelto en emociones profundas, temblorosas— atravesó su mente.

Había vivido tanto. Había conocido a tantas personas. Había amado y había sido amada.

¿Serían tantas… como las estrellas que brillaban en el firmamento?

La pregunta le arrancó una sonrisa infantil. Y entonces, llena de curiosidad y entusiasmo, inventó un juego, un juego solo para ella, como los que se inventan los niños para dialogar con el mundo.

Contaría las estrellas.

Y a cada una le pondría un nombre.

Los nombres dependerían de su tamaño y de su brillo. Las más grandes y luminosas llevarían los nombres de quienes más la habían amado y a quienes ella había amado con igual intensidad, en un amor recíproco y pleno. Las más pequeñas guardarían los nombres de los amores fugaces, de los encuentros breves, de los afectos que pasaron como una caricia ligera.

Comenzó el juego.

La estrella más grande, la más poderosa, la más resplandeciente, no le dejó dudas: era para sus padres. Ellos la habían amado desde el primer instante de su existencia, y ella los había amado sin aprender, sin preguntas, sin condiciones.

Pero cuando intentó fijar ese nombre en el cielo, algo extraño ocurrió.

La estrella se escurría.

Cada vez que creía haberla contado, se deslizaba fuera de su mirada, como si no aceptara aquella designación. Pensó que era un efecto óptico, un engaño de la luz demasiado intensa. No le dio importancia. Siguió adelante.

Continuó con sus abuelos, con hermanos, con hijos, con nietos. Luego avanzó cronológicamente, decidida a no olvidar a nadie. Recorrió su infancia con pasos pacientes, volvió a las escuelas, a las calles, a los juegos. Después la juventud, con sus pasiones desbordadas y sus desengaños. La madurez, con sus silencios fértiles y sus lealtades profundas.

A medida que contaba, su corazón se llenaba.

Aparecían rostros que creía olvidados: personas apenas conocidas con las que compartió instantes de ternura; otras que la amaron con fuerza y a las que ella respondió con la misma verdad; algunas a las que amó sin ser correspondida; otras que la amaron y a las que ella no supo —o no pudo— amar.

El cielo comenzó a quedarse pequeño.

Las miles de estrellas parecían insuficientes para contener tanta historia.

Y entonces apreció lo mucho que había amado y había sido amada, más de lo que siempre creyó. El amor que aún sentía brotar en su pecho no era señal de carencia, sino de abundancia.

Se sintió plena.


La estrella innombrable

Con la mente y el alma infladas de una calma desconocida, volvió a notar aquella estrella rebelde. La más grande. La que había rehuido ser nombrada.

Ahora parecía distinta.

¿Era más grande?

¿O se estaba acercando?

Le pareció que podía alcanzarla. Sonrió, divertida por su propia imaginación, pero estiró la mano, siguiendo el juego de su mente como quien intenta atrapar un copo de nieve.

No la tocó.

Rió suavemente.

Pero entonces, la estrella comenzó a alejarse. Lentamente. Y en su retirada dejó una estela de luz inmensa, viva, que descendía hacia ella como una cascada luminosa.

La luz sí llegó.

Y ella la tocó.


El ascenso

En ese instante, sus pies se separaron del suelo. Su cuerpo fue elevado por el haz de luz en un ascenso indescriptible. Por dentro, la luz no brillaba: era cálida, envolvente, protectora. No tenía color ni transparencia, pero estaba llena de presencia. Flotaba envuelta en notas musicales jamás escuchadas, melodías que no se oían con los oídos, sino con el alma.

Sintió una paz tan profunda que creyó dormirse.

O tal vez despertó.


La Madre y el Niño

Cuando recobró la conciencia, se encontró junto a una jovencita envuelta en mantos gastados y humildes. A la vista parecían ásperos, ajados por el polvo de los caminos y la intemperie, pero al rozarlos con la piel eran como una niebla viva: fresca, suave, imposible de apresar, perfumada a sándalo tibio y a miel recién abierta. El aire a su alrededor parecía respirar con ellas, denso de misterio y dulzura.

La joven la miraba con una ternura que no pertenecía a este mundo. No era solo una mirada: era un refugio, un hogar silencioso. Sus ojos tenían la profundidad de los lagos milenarios y la claridad de la primera mañana del mundo. En ellos no había reproche ni temor, solo una aceptación infinita, como si la conociera desde siempre.

Se acercó despacio, y al hacerlo, el tiempo pareció diluirse. Todo latía con un ritmo distinto, más lento, más verdadero. La joven inclinó el rostro y le susurró al oído, con una voz que era a la vez humana y eterna:

—¿Ves a ese niño recién nacido? Es mi hijo. Acabo de traerlo al mundo…

Al pronunciar esas palabras, lo hizo con una dignidad serena, nacida del amor más absoluto. Entonces tomó al niño de una cuna improvisada —paja, madera, humildad— y lo depositó en los brazos de ella.

Al recibirlo, todo cambió.

El peso era mínimo, pero contenía el universo entero. Su piel era tibia, delicada como el pétalo de una flor nocturna. El olor del niño era leche, vida recién estrenada y eternidad. Al respirar, su pequeño pecho se movía con un compás perfecto, como si marcara el pulso secreto del mundo. Ella sintió que ese latido se sincronizaba con el suyo, que algo dentro de su pecho se ordenaba para siempre.

El contacto le atravesó el alma.

No era ella quien sostenía al niño.

Era el niño quien la sostenía a ella.

—Este niño se llama Jesús —dijo la joven, acariciando suavemente la cabeza del recién nacido—. Aunque lo tengas en tus brazos, en realidad Él te sostiene en los suyos. Te ha sostenido incluso antes de que pensaras en nacer. Antes de tus preguntas. Antes de tus heridas. Antes de tu primer suspiro.

En ese instante, ella comprendió. Comprendió sin palabras, sin razonamientos. Comprendió con el cuerpo, con la memoria, con cada lágrima que alguna vez había contenido. Todo amor recibido, todo amor entregado, todo vacío sentido, todo anhelo no colmado… todo había estado envuelto desde siempre en esos brazos invisibles.


La revelación

No supo si aquello fue un sueño, una visión o un instante suspendido fuera del tiempo. No supo si su cuerpo seguía en el mirador o si su alma había cruzado un umbral que no figura en los mapas.

Pero sí supo algo con una certeza más firme que cualquier certeza conocida.

La estrella más grande, la más brillante, la más destellante, aquella que había rehuido ser contada y nombrada, no pertenecía al pasado ni a ningún recuerdo humano.

Era presencia.
Era origen.
Era amor antes del amor.

Y por primera vez en su vida, pronunció su nombre sin temor, sin dudas, sin sentirlo ajeno.

La nombró “Dios”.

Y en ese acto sencillo y sagrado, el vacío que la había acompañado durante años se disolvió como la niebla al amanecer. No porque hubiera sido llenado, sino porque nunca estuvo vacío. Siempre había estado habitado.

Desde aquella noche de Navidad, caminó distinta. No más ligera, sino más verdadera. Sabiendo —con una certeza que no necesitaba explicación— que había sido amada desde antes de existir, y que ese amor no se apaga, no se pierde, no se escapa del conteo.

Brilla.
Eterno.
Como una estrella.


Epílogo

La Navidad pasa.

Se apagan las luces, se guardan los adornos, el mundo retoma su ritmo cotidiano. Pero lo que la Navidad señala permanece.

Permanece el amor que no se cansa.
Permanece el Dios que no se aleja.
Permanece aquel Niño que, naciendo en la humildad más absoluta, recuerda al ser humano que nunca está solo, que nunca llega tarde al amor, que nunca ha sido olvidado.

Este cuento es solo una historia.

Pero la verdad que lo atraviesa no lo es.

Que cada Navidad —más allá de la tradición— sea un recordatorio silencioso de ese amor incondicional que sostiene, acompaña y espera.

Como una estrella que no deja de brillar.

Incluso cuando nadie la está mirando.

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel


domingo, 21 de diciembre de 2025

"La habitación sin latido", relato literario que reflexiona sobre aceptar la pérdida, la fragilidad humana y el silencio que queda tras la muerte.

"La muerte no arrebata: reclama lo que le pertenece".

PRÓLOGO

Amar es aprender a convivir con la fragilidad. Desde el primer instante, la vida se nos ofrece como un préstamo breve e incierto, y aun así la habitamos con la ilusión de lo permanente. Crecemos creyendo que el amor protege, que el vínculo salva, que la cercanía puede detener lo inevitable. Pero amar no nos concede poder sobre el tiempo; apenas nos vuelve conscientes de su paso.

La vida, la muerte y el amor no son acontecimientos extraordinarios: son hechos profundamente humanos. Llegan sin pedir permiso, se instalan, transforman y continúan su curso. No obedecen a la voluntad ni al deseo, ni siquiera a la fe más fervorosa. Suceden. Y en su suceder nos despojan de certezas, obligándonos a mirar de frente aquello que no se puede controlar.

Este relato no pretende explicar la muerte ni suavizar el dolor. Se detiene en un instante suspendido: aquel en que el amor comprende que no puede retener. En el umbral donde la vida se apaga y quienes permanecen aceptan que partir y quedarse forman parte del mismo acto de amar.


CUENTO

La habitación permanecía en penumbras: sobria, solemne, detenida en un silencio tan espeso que parecía haber expulsado hasta el aliento. No se escuchaba la respiración de ninguna de las dos. En las paredes, un Cristo clavado, imágenes de la Virgen, rosarios colgando como cuentas inmóviles. No era un templo. Era su aposento. Su última estancia. El lugar donde se había invocado, una y otra vez, el poder de Dios y la intercesión de su Santísima Madre para que le concedieran un tiempo extra de vida.

Un tiempo breve, quizá mínimo, pero suficiente. No para hazañas ni milagros imposibles, sino para decir lo que nunca se dijo por darlo por sabido. Para abrazarse sin la urgencia que siempre empuja hacia otro lugar. Para detenerse, al fin, y reír por las cosas simples que pasaron inadvertidas por miedo a perderlas. Un tiempo más para vivir lo que sí merecía ser vivido… y que dejaron pasar.

En el aire flotaba aún el perfume de sus cabellos, ese aroma familiar que había acompañado los días de luz. Ahora se mezclaba con otra fragancia más grave: un olor a lirios, a flores de cementerio, que parecía haberse instalado en su piel. Blanca. Inmóvil. Fría como el mármol pulido de la lápida que algún día llevaría su nombre.

La mujer que velaba permanecía sentada junto a la cama. En su mente, el murmullo de las oraciones era incesante. Se sucedían como una letanía gastada que, a fuerza de repetirse, iba perdiendo sentido. Y con las palabras, también se deshilachaba la esperanza que las sostenía.

Contemplaba aquel cuerpo pálido tendido sobre las sábanas blancas, como si ya no perteneciera del todo a este mundo. El cuerpo conservaba apenas el eco de una presencia, pero el alma —esa que había conocido desde siempre— parecía haber emprendido otro camino.

El rostro boquiabierto. La mirada extraviada hacia el techo alto. Aunque la mujer sabía —lo sentía— que no miraba allí, sino más allá: hacia un punto sin coordenadas, donde los límites del tiempo se disuelven.

No dejaba de observarla. En la penumbra, la figura parecía una muñeca sin cuerda, expuesta, aguardando que alguien la tomara entre los brazos. Se preguntaba en qué momento habían cesado las ganas de andar… y con ellas, las de respirar. El cuerpo no luchaba: se entregaba. Como una flor marchitada antes del alba, privada incluso del deseo de sobrevivir.

La sábana de algodón que la cubría guardaba, como un tesoro mínimo, la última calidez de su piel. La mujer lo sabía sin tocarla. Aquel calor había sido suyo primero: lo había sostenido, lo había acunado, lo había protegido del frío del mundo. Ahora apenas quedaba un rastro, una tibieza que se extinguía lentamente.

La mente de la enferma estaba deshabitada. La memoria, arrancada a pedazos por las garras afiladas de aquello que había ido ocupando su cabeza. Un huésped no invitado, cruel, que se instaló sin permiso. Como una bestia ingrata y despiadada, lo devoró todo sin compasión. El pasado, a mordiscos lentos. El presente, de un solo bocado. ¿Y el futuro? A ese lo miró con desprecio… no le dejó nada.

En ese horizonte terrestre ya nada la aguardaba. Solo la muerte, deseada no como castigo, sino como regreso. Como volver a la cuna, al origen. Como un silencio dulce que, por fin, le abriera los brazos para descansar.

La mujer que la velaba no se atrevió a preguntarle cómo se sentía. No creyó que quedara aliento suficiente para tejer una palabra. Y si acaso respondía, ¿serían humanos sus sonidos? ¿Podría entenderlos desde este lado del umbral?

No intentó animarla. ¿Para qué? Toda palabra era ruido. Toda esperanza, un hilo cortado. La contemplaba como se contempla una imagen sagrada en un altar: con el alma arrodillada, los ojos desbordados, el corazón trémulo, implorando un milagro que, en lo más hondo, sabía que no vendría.

Nada se escuchaba en aquel recinto. Sin embargo, podría decirse que las lágrimas que brotaban de sus ojos y caían sobre su falda tenían sonido. Sonaban a plegarias perdidas. A súplicas sin destinatario.

Porque la muerte no entra ni golpea la puerta. Se desliza por debajo. Y cuando llega, ya ha estado antes. Ronda. Se posa. Envuelve. Habita. Como un suspiro sin dueño, entra por la boca y se instala, formando un umbral entre dos respiros.

Allí estaba ella, con las manos atadas por la impotencia, con la voz disuelta en la humedad de la pena. Comprendiendo, sin necesidad de palabras, que aquella —a la que le había dado la vida— ahora se la llevaba consigo. No por crueldad, sino por destino. Porque hay lazos que ni siquiera la muerte corta sin llevárselos.

Nada de lo suyo podía retenerla. Ni el amor. Ni las lágrimas. Ni las oraciones silenciosas repetidas en el altar secreto del pecho.

Entonces lo supo, como se saben las verdades últimas: que hay presencias que se van antes de partir. Y que existen despedidas que solo se entienden con el alma de rodillas.

No dijo nada.
No tocó su mano.
Solo la vio partir,
como se mira un barco que se aleja entre la niebla:
sin saber si volverá,
sin saber si alguna vez estuvo.


EPÍLOGO

Aceptar no es olvidar ni resignarse. Es reconocer que la vida no nos pertenece del todo, que los cuerpos son tránsito y los vínculos dejan huellas aun cuando la presencia se apaga.

La muerte no niega el amor: lo revela en su forma más desnuda, cuando ya no puede proteger ni sostener. Cuando amar consiste únicamente en dejar ir sin romper el hilo invisible que une lo que fue con lo que permanece.

Tal vez ese sea el aprendizaje final: comprender que la vida y la muerte no se oponen, que ambas se necesitan para cumplirse. Y que aceptar no es vencer el dolor, sino aprender a habitarlo en silencio, sabiendo que todo lo que respira, algún día, también aprende a callar.

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel