viernes, 24 de octubre de 2025

"Las que aman la vida": Un texto poético que reflexiona sobre amar la vida a través de gestos simples, manos anónimas y la belleza silenciosa de lo cotidiano.

 

“Amar la vida es sostenerla en lo simple.”

Prólogo

“Siempre me han conmovido las manos.
Las miro y siento que en ellas se guarda la historia del mundo: la ternura y la fatiga, la entrega y el silencio.
Quizás porque en mis propias manos —y en las de tantas otras— he visto reflejado el pulso invisible de la vida cotidiana, ese que no busca aplausos, pero sin el cual nada se sostiene.
Hoy escribo pensando en esas manos anónimas que aman la vida sin decirlo, que la levantan cada día con gestos simples, con fe, con paciencia, con amor.”


Manos que estrujan los ojos
al despuntar el alba,
tapan la boca con pereza
para atrapar un bostezo
antes de que se escape… 
llevándose con él las ganas de ponerse de pie.

Manos que desenredan cabellos, abrigan el cuerpo y calzan los pies desnudos de sueños.

Manos que preparan alimentos con amor, que bendicen, que se entrelazan y le dan fuerza a la oración.

Manos que acarician frentes cansadas, que buscan otras manos en mitad de la noche para decir “aquí estoy” sin palabras.

Manos que guían pasos inseguros, que secan lágrimas ajenas y acarician la espalda
como quien acomoda el alma después del cansancio.

Manos que sostienen un rostro entre los dedos para devolverle calma al miedo, para recordarle a alguien que todavía merece ternura.

Manos que se llevan al pecho como un refugio, para espantar los miedosy calmar el dolor de mil nombres.

Manos arrugadas por el agua, de tanto fregar trastos, de enjabonar pieles curtidas y cabezas nevadas por el tiempo…

Manos que han sostenido el mundo en silencio, sin quejas, sin hacerlo notar.

Porque sostener la vida no es solo cargarla sobre los hombros:
también es acariciarla,
abrazarla despacio,
cuidar su fragilidad
como se cuida una llama pequeña para que no se apague.

¡Qué sé yo!

Manos desgastadas,
agradecidas manos,
¡de tanto la vida amar!


Epílogo

A veces olvido que amar la vida no es un acto grandioso, sino una suma de gestos pequeños: una taza de café compartida, una cama tendida con cuidado, un pan amasado con ternura…
Eso es sostener el mundo.

Y cuando miro mis propias manos —cansadas, quizá, pero llenas de historias— comprendo que también forman parte de esa cadena silenciosa que da sentido a todo.
Porque amar la vida, lo entiendo ahora,
es seguir ofreciéndola en lo simple,
en cada caricia, en cada tarea,
en cada abrazo que calma,
en cada amanecer que aún me invita a comenzar.


“Y quizá ahí habite el verdadero amor: en esas manos que, mientras cuidan la vida, también la acarician para que nunca deje de florecer.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

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