“Hay decisiones que nos devuelven la calma, pero nos dejan el alma llena de preguntas que un día tendremos que responder.”
PRÓLOGO
A veces, lo que más nos cuesta no es tomar una decisión, sino aceptar que ninguna de las opciones nos dejará completamente a salvo. Elegir también significa renunciar, y hay renuncias que parecen necesarias mientras las hacemos, pero que con el tiempo regresan convertidas en preguntas. Hoy quiero escribir sobre esas decisiones que nos alivian por fuera y nos dejan, por dentro, una conversación pendiente con nosotros mismos.
Querido diario:
Hoy he vuelto a encontrarme ante una bifurcación del camino.
Dos senderos se abren frente a mí.
Ninguno conduce al lugar donde soñaba llegar. Por un instante, quisiera cerrar los ojos y despertar en otro paisaje… ¡donde elegir no duela!
La vida nos deja a solas con esa piedra que pesa en el pecho cuando sabemos que, elijamos lo que elijamos, algo habrá de quedarse atrás.
Quizá por eso hoy he pensado en todas las veces que elegí lo que me resultaba más fácil…
En aquellas conversaciones que interrumpí porque la verdad empezaba a romperme por dentro.
En los silencios que prolongué para no escuchar respuestas que podían desordenarme las verdades.
En las personas de las que me alejé porque su presencia me obligaba a mirar de frente aquello que yo prefería mantener oculto.
No siempre nos marchamos porque alguien nos haya hecho daño.
A veces nos marchamos porque su existencia nos enfrenta a preguntas para las que no tenemos respuestas, o porque indagar la verdad puede ser más doloroso que señalar a quien creemos que la causó.
Hay verdades que, para ser descubiertas, exigen levantar alfombras, abrir cajones olvidados y dejar que entre una luz que ilumine también nuestras propias faltas…
¡Eso asusta!
Escogemos una explicación que nos acomoda.
Una versión de los hechos que nos permite dormir.
Un culpable sobre el que depositar el peso de aquello que no sabemos resolver.
Nos decimos que no merece la pena remover el pasado, que hay que proteger la tranquilidad, que algunas distancias son necesarias.
Y puede que así sea.
No toda herida debe reabrirse, ni toda relación tiene que recuperarse.
Pero ¿Cuántas veces hemos llamado paz a nuestra renuncia a comprender?
Hay decisiones que se parecen a quitarse los zapatos después de una larga caminata: el alivio es inmediato, los pies descansan y hasta parece que el mundo pesa menos.
Sin embargo, el camino continúa, y aquello que dejamos sin resolver viaja con nosotros, aunque no lo veamos.
La vida es también una recolección silenciosa.
Vamos recogiendo pequeñas piedras a lo largo de los años: una palabra que no dijimos, una disculpa que aplazamos, una injusticia que preferimos no examinar, una mano que no tendimos porque hacerlo habría significado reconocer que quizá nuestra razón no era tan limpia como creíamos.
Las guardamos en los bolsillos del alma y seguimos andando.
Algunas son tan pequeñas que apenas las sentimos; otras golpean contra nuestras costillas en las noches de insomnio.
Y así, sin darnos cuenta, llegamos al final de ciertos caminos con las manos vacías y el corazón lleno de aquello que creímos haber dejado atrás.
Entonces nos sentamos.
La tarde derrama su luz dorada sobre las cosas y, por primera vez en mucho tiempo, ya no tenemos prisa por llegar a ninguna parte.
Miramos hacia atrás y nos preguntamos qué quedó de todo aquello que sacrificamos para estar en paz.
Quizá descubramos que algunas decisiones eran necesarias.
Quizá comprendamos que otras nacieron del miedo, del orgullo o de la comodidad de no tener que mirar más allá de nuestras propias razones. Y quizá también entendamos que la vida no nos pedía tener siempre razón, sino aprender a escuchar; no nos exigía juzgar con rapidez, sino comprender.
Las personas somos mucho más que el peor de nuestros errores, y las historias...
¡mucho más que la versión que de ellas nos contamos!
A veces, detrás de una conducta que condenamos, hay una infancia que no supo defenderse; detrás de un silencio, un dolor que nunca encontró palabras; detrás de una separación, dos verdades que jamás se sentaron juntas a la misma mesa.
No siempre podremos reparar lo que rompimos.
El tiempo no devuelve intactas las oportunidades ni borra las cicatrices porque al fin hayamos comprendido.
Pero siempre podemos intentar colocar las cosas en su sitio,
desandar un trecho,
tender una mano,
pedir perdón o, al menos, dejar de alimentar con nuestras verdades aquello que quizá merecía una pregunta.
Y ahora, querido diario, me pregunto si estas páginas son realmente mías.
Si no habrá alguien, en alguna parte, leyendo en silencio y reconociendo en mis palabras una despedida propia, una vieja culpa, un rostro que creía olvidado o una decisión que todavía le pesa.
Tal vez por eso escribo: para descubrir que mi intimidad no es una habitación cerrada, sino una casa con ventanas hacia otras vidas.
EPÍLOGO
Quizá escribir estas páginas no cambie lo ocurrido ni nos permita recuperar lo que dejamos atrás. Pero puede ofrecernos algo que también necesitamos: la oportunidad de mirarnos sin excusas y sin condenarnos antes de comprender. No se trata de vivir prisioneros de cada error, sino de aprender a reconocerlo, reparar lo que aún sea posible y seguir adelante con un poco más de humildad. A veces, la paz verdadera no llega cuando dejamos de hacernos preguntas, sino cuando por fin nos atrevemos a escuchar las respuestas.
“Porque, al final, todos llevamos un diario íntimo escrito con nuestras decisiones; y quizá el verdadero dolor no sea descubrir que nos equivocamos, sino comprender cuántas veces elegimos la comodidad de no saber antes que la valentía de comprender.”
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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