"¿Qué ocurre cuando dos personas que todavía tienen mucho amor para dar llegan tarde a la cita de la vida?"
PRÓLOGO
Hay preguntas que no buscan una respuesta inmediata.
Llegan sin hacer ruido y permanecen con nosotros durante días, obligándonos a
mirar la vida desde un lugar distinto. A veces nos descubren emociones que
creíamos resueltas; otras, iluminan rincones del corazón que seguían esperando
ser comprendidos.
Estas líneas nacen precisamente de una de esas
preguntas. Una invitación a reflexionar sobre el amor cuando la experiencia ya
ha dejado huellas, cuando el tiempo ha cambiado nuestras prioridades y cuando
descubrir a otra persona implica, también, reconciliarnos con nuestra propia
historia.
Hace unos días alguien me hizo una pregunta que, sin
saberlo, me dejó pensando durante mucho tiempo. Y desde entonces no dejo de
darle vueltas.
Siempre había pensado que, cuando dos personas no llegan a
encontrarse, era porque faltaba atracción, decisión o simplemente suerte. Pero
hoy creo que existe algo mucho más profundo: el momento de la vida.
A cierta edad ya no basta con gustarse. También hay que
coincidir en el mismo instante del alma.
Tengo la inmensa fortuna de haber llegado a esta etapa de mi
vida con salud, con ilusión, con curiosidad y con ganas de seguir caminando.
No necesito que nadie me rescate.
Aprendí hace muchos años a sostenerme sola. Quizá por eso,
algunas personas me dicen que transmito seguridad. Otras me hablan de una
energía bonita. Y confieso que, durante mucho tiempo, me pregunté si esa misma
energía que atrae también podría intimidar.
Hoy ya no estoy tan segura de que esa sea toda la respuesta.
Empiezo a pensar que, cuando un hombre y una mujer se
encuentran en su madurez, no solo se encuentran dos personas. También se
encuentran dos historias, dos maneras de sobrevivir a la vida, dos corazones
que han amado, que han perdido y que han aprendido a protegerse.
Pienso en esos hombres que, después de una viudez, de un
divorcio o simplemente de muchos años de soledad, han conseguido construir una
vida tranquila. Quizá no dejaron de creer en el amor. Quizá solo aprendieron a
convivir con el silencio y ahora les da miedo volver a cambiar el equilibrio
que tanto les costó construir.
Y también pienso en algo de lo que casi nunca se habla. Me
pregunto cuántos de mi generación sentirán el temor de no estar a la altura.
Cuántos cargamos —en silencio— con el miedo de que el paso del tiempo haya
cambiado nuestro cuerpo o su forma de amar. Tal vez algunos nos alejemos antes
de intentarlo, no porque no sintamos, sino porque tememos decepcionar, no
cumplir con las expectativas que —imaginamos— pueda tener el otro.
Y entonces sonrío, porque creo que muchas mujeres hemos
cambiado sin hacer ruido. Estoy consciente de que la madurez me ha robado la
tersura de la piel, que mis pechos ya no permanecen donde antes estaban.
Entonces vuelvo a preguntarme:
¿Los hombres maduros buscan mujeres jóvenes por su piel, o
han entendido que la piel madura ha aprendido nuevas formas de amar?
Al menos yo no sueño con un héroe invencible. Sueño con un
caballero. Con un hombre bueno. Con alguien que disfrute una conversación, que
sepa escuchar, que me tome de la mano con ternura y que disfrute de un paseo,
un café compartido o un silencio que no incomoda. Y, sobre todo, que entienda
que la palabra «intimidad» no tiene una única definición; la construyen quienes
deciden vivirla, a su manera.
Quizá por eso también he comprendido otra cosa. Mi
independencia no significa que no necesite amor. Solo significa que, si algún
día vuelvo a compartir mi vida con alguien, será por elección y no por
necesidad.
Y creo que eso cambia por completo la manera de amar.
Tal vez existimos muchas almas solas. No porque hayamos
renunciado al amor, sino porque todos llegamos con un equipaje diferente.
Unos llegan con esperanza.
Otros con miedo.
Unos todavía desean empezar de nuevo.
Otros no saben si les queda el valor para volver a abrir la puerta…
Y quizá esa sea la verdadera pregunta que la vida nos hace
cuando alcanzamos la madurez.
A cierta edad ya no basta con gustarse. También hay que
coincidir en el mismo instante del alma. Porque el amor maduro ya no solo
pregunta: «¿Me atraes?». También pregunta: «¿Estoy dispuesto a volver a abrir
mi mundo?».
Todavía... ¿se puede amar?
Todavía... ¿vale la pena?
Todavía... ¿hay tiempo?
Todavía... ¿queda alguien?
Todavía... ¿puedo volver a empezar?
Vuelvo a sonreír, porque yo…
Todavía me emociono.
Todavía creo.
Todavía espero.
Todavía tengo mucho amor para dar.
EPÍLOGO
Quizá la vida nunca deja de ofrecernos oportunidades;
simplemente cambia la forma en que nos invita a reconocerlas. La madurez no
apaga el deseo de amar, sino que lo vuelve más consciente, más sereno y, al
mismo tiempo, más valiente.
Tal vez el verdadero privilegio no sea llegar a una
etapa sin cicatrices, sino conservar la capacidad de mirar hacia el futuro con
esperanza. Mientras exista esa disposición para compartir, para confiar y para
volver a ilusionarse, siempre habrá una posibilidad de que dos caminos, después
de tantos rodeos, encuentren por fin un lugar donde caminar juntos.
"Porque el verdadero desafío de la madurez no es
encontrar a alguien que todavía pueda enamorarse; es encontrar a alguien que,
después de todo lo vivido, todavía conserve el valor de abrir la puerta de su
corazón."
Publicación en la plataforma de Tiktok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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