“Una persona puede pasar inadvertida para el mundo y, sin embargo, convertirse en inolvidable para quien aprende a mirarla.”
Prólogo
«Nadie juzga la fortaleza de un árbol por el brillo de
sus hojas. Quien sabe mirar comprende que la vida no se sostiene en lo que el
sol ilumina, sino en las raíces, ocultas bajo la tierra. Cuanto más profundas
son, más alto puede crecer el árbol».
La sociedad, en cambio, suele hacer lo contrario.
Confunde la copa con la esencia y olvida que aquello que
permanece escondido suele ser, precisamente, lo que sostiene el mundo.
Pregunto: ¿y si una de las personas más extraordinarias que
existen camina cada día por tus mismos pasillos, en silencio, sin que te
detengas a mirarla?
Una de ellas se llama Manuel. Aunque lo llamamos Manu.
No sé cuál será su historia. Ni necesito conocerla. Solo sé
que, al verlo, me transporta al otro lado del Atlántico, hasta el mar Caribe,
llenando mis espacios con el sonido de las olas reventando contra la orilla y
mis pulmones del fresco aire cargado de salitre.
Siempre que lo veo, mis chakras se ordenan. Sonrío.
Lo que sí sé es que cada mañana Manu llega con una sonrisa.
Y no es una sonrisa cualquiera.
Es una sonrisa dulce, casi infantil; de esas que parecen
conservar intacta una parte luminosa del alma. Una sonrisa sin cálculo y sin
máscaras. Como si cada día trajera todavía una pequeña promesa por descubrir.
Como si la vida, a pesar de los cambios y las pérdidas, siguiera mereciendo ser
celebrada.
Mientras muchos contamos los días que faltan para el
viernes, él suele decir:
—Hoy es un día maravilloso —y añade—: ¡gracias a Dios!
Y, cuando lo dice, sus palabras parecen abrir una ventana.
Dan sosiego.
Su trabajo es tan importante como necesario: recoge los
residuos de un hospital. Recorre pasillos interminables, atraviesa puertas que
se abren y se cierran como mareas y hace posible que aquello que ya cumplió su
función siga el camino correcto, contribuyendo silenciosamente a que todo
continúe funcionando con seguridad. Lo hace solo, turno tras turno, día tras
día.
Y, sin embargo, nunca le he escuchado una palabra amarga.
Antes de hablar suele guardar unos segundos de silencio. Un
silencio sereno, limpio, respetuoso; como si cediera espacio a los demás antes
de ocuparlo él. Y, cuando finalmente habla, sus palabras tienen la tibieza de
la luz que entra por una ventana en invierno.
Con el tiempo he comprendido que una de las virtudes de Manu
tiene nombre.
Es gratitud consciente unida a la dignidad.
Es la capacidad de recibir la vida, con sus luces y sombras,
sin perder la alegría. De honrar el trabajo con respeto, entrega y nobleza.
Existe una grandeza que nace de la manera en que una persona
habita cada día.
Y Manu posee esa rara nobleza de espíritu.
La que no necesita aplausos.
Ni protagonismo.
Por eso hoy quise escribir sobre él.
Porque, en un mundo que admira el ruido y mide a las
personas por lo que poseen, él nos recuerda que la verdadera riqueza está en la
actitud con la que se vive. Hay personas que iluminan los lugares simplemente
por la forma en que agradecen estar vivas.
Ese es Manu.
Epílogo
“Hay personas cuya grandeza pasa inadvertida y que,
sin embargo, son las raíces que sostienen el mundo: invisibles, silenciosas,
imprescindibles. Basta escarbar un poco bajo la superficie para descubrir una
grandeza que nunca necesitó ser vista para existir.”
“Quizá la vida sea eso: aprender a reconocer las
raíces antes de admirar la copa.”
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