“Una conciencia despierta observa incluso sus alegrías
para descubrir qué las mueve.”
Prólogo
Hay momentos que parecen no tener importancia. Suceden
sin anunciarse, duran apenas unos segundos y desaparecen como desaparecen
tantas escenas cotidianas. Sin embargo, algunas poseen la extraña capacidad de
abrir una puerta hacia nuestro interior.
La madurez va enseñando que la verdadera vida no
ocurre solamente en lo que hacemos o en lo que otros provocan en nosotros, sino
en la conversación silenciosa que mantenemos con nuestra propia conciencia.
Cada emoción se convierte entonces en una oportunidad para conocernos mejor.
Quizá el mayor regalo de los años no sea perder el
deseo de agradar, sino adquirir la libertad suficiente para preguntarnos con
honestidad por qué nos alegra aquello que nos alegra. Ahí comienza una forma
distinta de belleza: la que nace de mirarse sin miedo.
Al salir del trabajo, en verano, aún la noche tiene luz, y
también tiene luna.
Anoche, mientras caminaba, ocurrió algo insignificante.
O quizá no tanto.
Cuatro muchachos conversaban animadamente frente a un
portal. Los observaba de lejos. Al ir aproximándome, uno de ellos me vio,
guardó silencio sin apartar la mirada de mí. Los otros tres, entonces,
siguiendo la mirada de su amigo, se volvieron y me descubrieron. También se
quedaron mirándome en silencio. Fueron apenas unos segundos, intensos y
eternos.
Me sonrojé.
Bajé la mirada y seguí caminando como si nada hubiera
pasado.
Y, sin embargo, aquella breve escena me acompañó durante el
resto del camino.
No voy a negar lo evidente: me agradó.
Me hizo sonreír por dentro.
A mi edad, descubrir que mi presencia todavía despierta una
mirada es un regalo maravilloso.
No porque necesite seducir a nadie.
No porque busque aprobación.
Simplemente porque, durante un instante, recordé que sigo
siendo mujer.
Pero inmediatamente apareció otra voz, esa que desde hace
algún tiempo me acompaña en casi todas mis reflexiones: la conciencia.
—¿Eso no será vanidad?
La pregunta no me incomodó. Al contrario. Me alegró poder
hacérmela. Hace años quizá habría disfrutado de aquella sensación sin detenerme
a pensar en ella. Hoy necesito comprender lo que sucede dentro de mí antes de
abrazarlo o rechazarlo.
Mientras seguía caminando —con mi interminable monólogo
mental— comprendí que la vanidad no siempre tiene el mismo rostro.
Existe una vanidad que nos esclaviza: esa que necesita ser
admirada para sentirse valiosa. Pero también existe el legítimo deseo de cuidar
aquello que la vida nos ha confiado. Nos peinamos, elegimos la ropa con esmero,
procuramos una presencia agradable. No para demostrar que somos más que nadie,
sino porque el respeto también comienza por uno mismo.
El cuidado de la propia imagen no siempre nace del orgullo;
muchas veces nace del amor… del amor propio.
Quizá la diferencia sea muy sencilla.
Si me arreglo para que los demás me digan quién soy, la
vanidad gobierna mi vida.
Si me arreglo porque honro la persona que soy, entonces el
cuidado se convierte en gratitud.
Las miradas de aquellos muchachos quedaron atrás. Lo que
permaneció fue la conversación conmigo misma y la agradable sensación de no
haber pasado desapercibida como mujer.
Y descubrí algo más, algo que me dio paz.
No pretendo vivir para que me miren. Pero tampoco voy a
avergonzarme de sentir gozo cuando alguien descubre belleza en mi presencia.
No es falta de humildad, porque la verdadera no consiste en
negar los dones que aún conservamos, sino en recibirlos con gratitud, sin
convertirlos en un pedestal.
Quizá envejecer no sea dejar de ser mujer.
Quizá envejecer sea aprender a gustar de la propia luz sin
necesitar que nadie la encienda; lograr la reconciliación entre la madurez y la
belleza, entendida no como juventud conservada, sino como presencia cultivada.
Seguí caminando. Los muchachos quedaron atrás y la calle
volvió a quedarse en silencio. Sonreí. No porque cuatro jóvenes me hubieran
mirado, sino porque, una vez más, la vida me había puesto un espejo delante.
Ya no era el espejo del escaparate.
Era el espejo del alma.
Y entendí que todavía me queda mucho por conocer…
de la mujer que soy.
Epílogo
Quizá la serenidad llegue cuando dejamos de luchar
contra lo que sentimos y empezamos a escuchar lo que cada sentimiento intenta
enseñarnos.
Las emociones, por sí mismas, no nos hacen mejores ni
peores. Son simplemente mensajeras. Lo decisivo es la respuesta que elegimos
darles. Una conciencia adormecida se limita a vivirlas; una conciencia
despierta las interroga.
Tal vez por eso la madurez resulte tan hermosa. Porque
ya no consiste en apagar el brillo de la juventud, sino en descubrir una luz
distinta: la que no depende de los años, ni de los espejos, ni de los aplausos,
sino de la paz de existir con verdad.
Y cuando esa paz llega, las miradas ajenas dejan de
ser una necesidad para convertirse, simplemente, en una circunstancia más de la
vida.
“Comprendí que no me arreglaba para que el mundo me
dijera quién era. Me arreglaba porque honraba la vida que aún queda en mí. Si
alguna mirada se detiene en mi paso, la recibiré como quien recibe una flor
inesperada: con gratitud, pero sin convertirla en alimento. Porque el día que
necesite que otros me llamen hermosa para creerlo, habré entregado mi espejo a
manos ajenas.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario