"A veces conocemos a una persona durante una hora y sabemos de ella más que de alguien con quien hemos vivido veinte años."
Pascal Mercier
Prólogo
Hay encuentros que no dejan huellas en los calendarios
y, sin embargo, permanecen mucho más tiempo que muchas relaciones construidas
durante años. No porque cambien el rumbo de nuestra vida, sino porque, durante
un instante, nos permiten mirarnos sin el peso de lo que esperan de nosotros.
Quizá la verdadera cercanía no dependa del tiempo compartido, sino del espacio
que alguien es capaz de ofrecer para que podamos ser auténticos.
¿Por qué somos capaces de desnudarnos emocionalmente ante
quien no volveremos a ver, mientras ocultamos partes de nosotros a quienes más
queremos?
Esa pregunta me persigue desde hace unos días.
Tengo hijos. Tengo nietos. Tengo familia. Tengo amigos.
Personas con las que comparto años de vida, cafés, guardias, cumpleaños,
conversaciones cotidianas y hasta silencios.
Conozco los nombres de todos mis compañeros de trabajo; sé
de dónde vienen, qué desayunan, cuándo se jubilan o qué equipo de fútbol
siguen.
Sin embargo, ocurre algo que todavía no sé explicar.
Llevo años sentándome junto a personas distintas en los
autobuses y en los trenes. Pero un día cualquiera se sienta a mi lado un
desconocido. No escucha lo que yo escucho porque uso cascos, pero observa en la
pantalla de mi móvil la imagen de un neurocientífico reconocido. Y, sin más, me
pregunta:
—¿Te gusta la neurociencia?
Le contesto de inmediato:
—Sí, es la parte de la ciencia que explica todo aquello que
me apasiona.
A veces, basta una pregunta sencilla y una respuesta
espontánea para que se inicie una conversación entre extraños y esta tome un
rumbo inesperado.
Veinticinco minutos después, sin saber cómo, ya nos
estábamos contando nuestras vidas, como si el traqueteo del tren hubiera ido
aflojando, estación tras estación, los nudos con los que solemos protegernos.
Hablamos del día en que emigré, del olor de la casa de mi infancia, del miedo
que sentí cuando nació mi primer hijo.
De la belleza en todo.
De la culpa. Del miedo.
De la vida. De la muerte.
Del cuerpo, del alma y de la conciencia.
Al bajar, no intercambiamos teléfonos.
Quizá no volveremos a vernos jamás.
Sin embargo, ese hombre conoció de mí verdades que mis
vecinos y mis compañeros de trabajo desconocen, a pesar de los años rozando
nuestras vidas.
No ocurre porque quiera más al desconocido ni menos a
quienes amo.
Simplemente ocurre.
Me pregunté si sería una forma extraña de relacionarme, si
la psicología tendría un nombre para esa facilidad de abrir mi alma a quien
probablemente nunca volveré a encontrar.
Después supe que no era un trastorno de conducta ni una
enfermedad con diagnóstico.
¡Era libertad!
Con quienes nos conocen desde hace años cargamos una
historia. Somos la madre, la compañera, la amiga, la hija. Cada palabra que
pronunciamos modifica la imagen que los demás tienen de nosotros. A veces
callamos por prudencia. Otras, por miedo a preocupar. O por no romper el
personaje que, sin darnos cuenta, llevamos representando durante tanto tiempo.
Un desconocido no necesita que sigamos siendo quienes fuimos
ayer.
No tiene recuerdos que defender ni decepciones que
confirmar.
Nos escucha sin el peso del pasado ni las expectativas del
futuro.
Y entonces sucede el milagro: dos personas que no volverán a
verse jamás terminan conociendo la parte más verdadera la una de la otra.
Vivimos rodeados de personas que conocen nuestra rutina,
pero desconocen nuestros pensamientos.
Y, de pronto, alguien que ignora hasta nuestro nombre
termina sabiendo cuáles fueron las heridas que nos enseñaron a vivir.
¿Qué es lo que pasa para que me resulte más fácil abrir mi
corazón a un desconocido?
Tal vez los desconocidos sean como un asiento vacío junto a
la ventanilla, donde todavía nadie ha dejado su historia.
Y quizá por eso, cuando dos desconocidos conversan de
verdad, dejan de serlo mucho antes de despedirse, igual que dos viajeros que,
durante unos kilómetros, contemplan el mismo paisaje y sienten que también
comparten la vida.
Epílogo
Tal vez la confianza no siempre nazca de la intimidad,
sino de la ausencia de prejuicios. Hay conversaciones que terminan cuando se
cierran las puertas de un tren y, sin embargo, continúan resonando mucho
después del viaje. Porque, en ocasiones, el mayor regalo que una persona puede
hacernos no es quedarse, sino habernos permitido existir, por un momento,
exactamente como somos.
"Quizá los desconocidos no cargan con la
obligación de recordarnos quién fuimos. Por eso, a veces, son los únicos ante
quienes nos atrevemos a decir quiénes somos. O tal vez un extraño no sea
alguien que no nos conoce, sino alguien que todavía no ha aprendido a
juzgarnos."
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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