sábado, 25 de julio de 2026

"Un extraño en el tren": Una reflexión sobre la confianza, la libertad y los encuentros inesperados.

 

"A veces conocemos a una persona durante una hora y sabemos de ella más que de alguien con quien hemos vivido veinte años."

Pascal Mercier


Prólogo

Hay encuentros que no dejan huellas en los calendarios y, sin embargo, permanecen mucho más tiempo que muchas relaciones construidas durante años. No porque cambien el rumbo de nuestra vida, sino porque, durante un instante, nos permiten mirarnos sin el peso de lo que esperan de nosotros. Quizá la verdadera cercanía no dependa del tiempo compartido, sino del espacio que alguien es capaz de ofrecer para que podamos ser auténticos.


¿Por qué somos capaces de desnudarnos emocionalmente ante quien no volveremos a ver, mientras ocultamos partes de nosotros a quienes más queremos?

Esa pregunta me persigue desde hace unos días.

Tengo hijos. Tengo nietos. Tengo familia. Tengo amigos. Personas con las que comparto años de vida, cafés, guardias, cumpleaños, conversaciones cotidianas y hasta silencios.

Conozco los nombres de todos mis compañeros de trabajo; sé de dónde vienen, qué desayunan, cuándo se jubilan o qué equipo de fútbol siguen.

Sin embargo, ocurre algo que todavía no sé explicar.

Llevo años sentándome junto a personas distintas en los autobuses y en los trenes. Pero un día cualquiera se sienta a mi lado un desconocido. No escucha lo que yo escucho porque uso cascos, pero observa en la pantalla de mi móvil la imagen de un neurocientífico reconocido. Y, sin más, me pregunta:

—¿Te gusta la neurociencia?

Le contesto de inmediato:

—Sí, es la parte de la ciencia que explica todo aquello que me apasiona.

A veces, basta una pregunta sencilla y una respuesta espontánea para que se inicie una conversación entre extraños y esta tome un rumbo inesperado.

Veinticinco minutos después, sin saber cómo, ya nos estábamos contando nuestras vidas, como si el traqueteo del tren hubiera ido aflojando, estación tras estación, los nudos con los que solemos protegernos. Hablamos del día en que emigré, del olor de la casa de mi infancia, del miedo que sentí cuando nació mi primer hijo.

De la belleza en todo.

De la culpa. Del miedo.

De la vida. De la muerte.

Del cuerpo, del alma y de la conciencia.

Al bajar, no intercambiamos teléfonos.

Quizá no volveremos a vernos jamás.

Sin embargo, ese hombre conoció de mí verdades que mis vecinos y mis compañeros de trabajo desconocen, a pesar de los años rozando nuestras vidas.

No ocurre porque quiera más al desconocido ni menos a quienes amo.

Simplemente ocurre.

Me pregunté si sería una forma extraña de relacionarme, si la psicología tendría un nombre para esa facilidad de abrir mi alma a quien probablemente nunca volveré a encontrar.

Después supe que no era un trastorno de conducta ni una enfermedad con diagnóstico.

¡Era libertad!

Con quienes nos conocen desde hace años cargamos una historia. Somos la madre, la compañera, la amiga, la hija. Cada palabra que pronunciamos modifica la imagen que los demás tienen de nosotros. A veces callamos por prudencia. Otras, por miedo a preocupar. O por no romper el personaje que, sin darnos cuenta, llevamos representando durante tanto tiempo.

Un desconocido no necesita que sigamos siendo quienes fuimos ayer.

No tiene recuerdos que defender ni decepciones que confirmar.

Nos escucha sin el peso del pasado ni las expectativas del futuro.

Y entonces sucede el milagro: dos personas que no volverán a verse jamás terminan conociendo la parte más verdadera la una de la otra.

Vivimos rodeados de personas que conocen nuestra rutina, pero desconocen nuestros pensamientos.

Y, de pronto, alguien que ignora hasta nuestro nombre termina sabiendo cuáles fueron las heridas que nos enseñaron a vivir.

¿Qué es lo que pasa para que me resulte más fácil abrir mi corazón a un desconocido?

Tal vez los desconocidos sean como un asiento vacío junto a la ventanilla, donde todavía nadie ha dejado su historia.

Y quizá por eso, cuando dos desconocidos conversan de verdad, dejan de serlo mucho antes de despedirse, igual que dos viajeros que, durante unos kilómetros, contemplan el mismo paisaje y sienten que también comparten la vida.


Epílogo

Tal vez la confianza no siempre nazca de la intimidad, sino de la ausencia de prejuicios. Hay conversaciones que terminan cuando se cierran las puertas de un tren y, sin embargo, continúan resonando mucho después del viaje. Porque, en ocasiones, el mayor regalo que una persona puede hacernos no es quedarse, sino habernos permitido existir, por un momento, exactamente como somos.


"Quizá los desconocidos no cargan con la obligación de recordarnos quién fuimos. Por eso, a veces, son los únicos ante quienes nos atrevemos a decir quiénes somos. O tal vez un extraño no sea alguien que no nos conoce, sino alguien que todavía no ha aprendido a juzgarnos."


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

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