“A veces no nos rompe la verdad, sino el final de la fantasía que la vestía.”
Prólogo
“Hay encuentros que no ocurren en la piel, sino en la
imaginación.
Se gestan en silencios largos, en palabras escasas, en
la dulzura peligrosa de lo incompleto. Allí, donde no hay roce que desgaste ni
verdad que interrumpa, nace una forma de amor que no pide pruebas… porque se
alimenta de lo que podría ser.
Idealizar es un acto profundamente creativo. Es vestir
al otro con nuestras propias luces, es proyectar en su sombra todo aquello que
anhelamos sentir. Y en ese gesto, tan humano como inevitable, nos entregamos no
a quien es… sino a quien logramos soñar.
Pero toda fantasía, por más delicada que sea, guarda
en su interior una grieta: la posibilidad de lo real.
Este texto no habla de la pérdida de alguien. Habla
del instante sutil —y a veces dolorosamente bello— en el que lo imaginado se
disuelve, y lo que queda no es vacío… sino verdad.”
No fue amor lo que dolió primero, sino el derrumbe tibio de
lo que imaginé que eras.
Te sostuve en un lugar donde nunca habitaste. Te bordé con
hilos de deseo lento, con silencios densos como la miel, con ausencias que yo
misma perfumaba de sentido. En la distancia, eras perfecto. En la
intermitencia, eras incendio y calma. En el misterio, eras refugio y vértigo.
No había roce que desgastara, no había rutina que empañara la imagen: solo
eras… posibilidad suspendida, intacta, luminosa.
Y yo, devota de lo que aún no se ha probado, me arrodillé
ante una idea.
Te inventé en cada latido que no respondías. En cada espera,
tejía una escena nueva donde tú siempre sabías, siempre sentías, siempre eras.
Mi piel reaccionaba a tu nombre como si fuera cierto. Mi cuerpo aprendió a
reconocerte sin haberte tocado jamás. Así de poderosa es la ilusión cuando se
mezcla con el deseo: crea presencias donde solo hay vacío.
Pero la vida —con su pulso inevitable— decidió acercarte. Y
entonces ocurrió lo irreparable: comenzaste a existir frente a mí, sin filtros,
sin música de fondo, sin la luz cuidadosamente colocada por mi imaginación.
No como yo te había soñado, sino como eras.
Y en ese primer roce con lo real, algo crujió dentro de mí,
como madera fina al doblarse.
Cada gesto tuyo que no coincidía con mi historia tenía un
sabor distinto, más áspero, más humano. Cada palabra que no encajaba en mi
narrativa caía como una gota fría sobre la piel caliente de lo que yo había
construido. Tus silencios ya no eran misterio… eran distancia. Tu presencia ya
no era promesa… era límite.
Y poco a poco, sin ruido, sin violencia, comenzaste a
desdibujarte.
No fue un golpe seco. Fue una caída lenta, casi hipnótica.
Como ver deshacerse una figura de humo entre los dedos. Como un perfume que se
evapora dejando apenas un rastro melancólico en el aire.
La decepción llegó así: suave, precisa, inevitable.
Primero bajé la mirada y sonreí con una ternura herida.
¿Cómo pude habitar tanto tiempo un espejismo?
¿Cómo pude entregarme con tanta intensidad a alguien que, en
realidad, no conocía?
Luego el gesto se tensó.
Cuánto tiempo invertido en una ilusión sin cuerpo.
Cuánta emoción derramada en un reflejo.
Cuánta energía sosteniendo una historia que solo vivía en
mí.
Sentí una punzada, no en el orgullo, sino en el tiempo. En
ese tiempo íntimo que no regresa, que no se negocia, que no se repite.
Pero después… después llegó algo más profundo.
Entendí que la decepción no era un castigo. Era una
revelación.
Fue la grieta por donde la verdad comenzó a respirar. Fue la
mano —firme, casi compasiva— que me desató de una fantasía que ya no podía
sostenerse. Porque no eras tú quien me retenía… era la historia que yo había
escrito con tu nombre.
Y qué delicadamente peligrosa es la imaginación cuando se
enamora de sus propias invenciones.
Hoy ya no te miro con hambre ni con reproche. Te miro con
una calma nueva, casi limpia. Fuiste el lienzo donde proyecté mis anhelos más
secretos, mis vacíos más suaves, mis deseos más callados. Y la decepción… la
maestra silenciosa que vino a enseñarme a volver.
A volver a mí.
A tocar la realidad con las manos abiertas, sin adornos, sin
excusas. A reconocer que lo que duele no siempre es la pérdida del otro, sino
el final de la historia que nos hacía sentir vivos.
Porque hay despedidas que no nacen del desamor, sino del
despertar.
Y en ese despertar, aunque arda un poco, aunque raspe por
dentro como la verdad recién dicha, hay algo profundamente hermoso: el instante
exacto en que dejamos de perseguir una ilusión… y comenzamos, por fin, a
habitarnos.
Epílogo
“Después de la decepción, queda un silencio distinto.
No es el silencio de la espera, ni el de la ausencia
que duele. Es un silencio más limpio, más honesto. Un espacio donde ya no hace
falta inventar, ni sostener, ni completar lo que nunca estuvo.
Ahí, en ese terreno desnudo, algo comienza a
reorganizarse.
La mirada se vuelve más suave. El deseo, más
consciente. Y el corazón —aunque haya sentido el roce áspero del desencanto—
aprende una nueva forma de latir: menos urgente, más verdadera.
Porque soltar una ilusión no es quedarse sin nada.
Es dejar de habitar lo imaginado… para empezar, por
fin, a habitarse.
Y quizá, solo quizá, desde ese lugar más propio, más
encarnado, el amor deje de ser una proyección… y se convierta en un encuentro.”
“La decepción no nos quita a alguien… nos arranca
suavemente de lo imaginado para devolvernos, intactos y lúcidos, a la única
historia que podemos sostener: la nuestra.”
Nota: publicación en la plataforma de TikTok ; cuenta escritosenblancoynegro: @tintasobrepapel
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