sábado, 6 de noviembre de 2010

"LA CENA": Un relato íntimo y entrañable sobre el hogar, el amor de madre y esos malentendidos familiares que, con el tiempo, se vuelven recuerdos inolvidables.

—Un relato donde el amor cotidiano se vuelve memoria eterna—


Reflexión inicial

El hogar es, para muchos, el primer territorio donde aprendemos el significado del amor. Allí descubrimos que el respeto, la entrega y la devoción no son actos grandiosos, sino gestos pequeños repetidos día tras día. El calor de una palabra, la atención a un detalle, la constancia de un cariño que sostiene: todo eso construye un refugio donde uno desea estar, un lugar seguro, un lugar amado. Y cuando ese amor se vive con naturalidad, hasta las escenas más simples —o más disparatadas— se convierten en parte de la historia que nos define.


La Cena

Todos cargamos historias que merecen ser contadas; ninguna vida pasa sin dejar huellas. La de mi madre, por supuesto, no es la excepción. Ella amó a mi padre con una devoción tan intensa que el aire de la casa parecía siempre tibio, como si en cada rincón hubiera un suspiro suyo convertido en calor. Para ella, el hogar era un altar, y cada olla hirviendo, cada mesa servida y cada sábana recién doblada, era un acto de amor. Vivía pendiente de que todo brillara, de que nada fallara… porque él lo merecía. Y él, encantado, le correspondía con la misma ternura.

Cuando mi padre murió, la casa perdió sonido: el eco de sus pasos, el murmullo de su risa, el crujido de los muebles cuando él se sentaba. Mi madre quedó flotando en un silencio extraño, como si el mundo se hubiera apagado de golpe. Aun así, mantuvo intacta su visión romántica, antigua y deliciosamente testaruda: para ella, el hombre es un ser esencial, encantador y digno de cuidados de reina. O de rey, mejor dicho.

Al faltar el suyo, volcó esa energía en mi hermano menor, que para ese entonces vivía con ella. Pero él… él es un personaje aparte. No se parece a nadie que yo haya conocido. Es lento y apacible, como si estuviera hecho de domingo. Camina arrastrando los pies, produciendo un shhh… shhh… suave sobre el piso, con los hombros ligeramente caídos —como si temiera molestar al aire— y la mirada siempre un poquito lejos, más allá del lugar y tiempo presentes. Si le preguntas algo, primero deja que la pregunta caiga dentro de su cabeza, donde parece deslizarse lentamente como una hoja seca sobre agua quieta. Cuando por fin responde, ya uno ha olvidado que le había preguntado.

Eso sí: tiene una paz interior que parece colgarle del cuello como un escapulario invisible. Nada lo altera, nada lo apura, nada le quita el sueño. Para él, todo tiene su tiempo… y si no lo tiene, pues simplemente no era para pensarlo tanto. De una nobleza y bondad que recuerdan a un monje zen con camisa a cuadros.

Mi madre, en cambio, a sus 83 años sigue siendo pura vida. Coqueta, despierta, moderna al punto de dejarnos congelados. Si no fuera por esa rodilla que le da punzadas como agujetas rebeldes, estaría por encima de todos nosotros en energía y ¡tres pueblos por delante!

Un viernes fui a visitarla. La casa olía a café recién hecho —nuestro aroma favorito, el que mantiene despierto al corazón— y la brisa fresca entraba por la ventana de la sala, moviendo levemente las cortinas. Nos sentamos a ver su novela brasileña en la televisión. El sonido era alto, porque su oído izquierdo anda como televisor viejo: o suena demasiado o no suena nada.

Ella estaba hipnotizada por la pantalla. Los colores saturados de la novela iluminaban su rostro, y el dramatismo musical llenaba la sala como si fuese un teatro improvisado. Era uno de esos capítulos cruciales, donde la historia se retuerce y uno siente el cosquilleo de lo inevitable.

A las nueve y tanto de la noche, cuando todo estaba al borde del clímax, se escuchó el chirrido de la reja del portal; luego, la puerta principal. Mi hermano entró. La puerta emitió ese clic seco que anuncia la llegada de alguien que no tiene prisa ni para entrar. Lo saludé, hablamos un poco, y mi madre, sin apartar la mirada del televisor, subió el volumen con un pip-pip-pip desesperado, intentando escapar del sonido de nuestras voces para no perder el hilo de su telenovela.

Entonces, sin dejar de mirar la pantalla, preguntó:

—¿Cenaste?

—¡Un coño! —respondió él, ya cansado del día.

Ella asintió, convencida:

—Ah, un pollo…

—No, nada… —intentaba corregir él.

—Ah, con ensalada —remató ella, segurísima.

Mi hermano me lanzó esa mirada suya, tranquila pero confundida, como quien oye su nombre en un idioma que no conoce. Era una mezcla de sorpresa pacífica y desconcierto; una expresión muda que decía claramente: ¿De dónde salió el pollo? ¿Quién sirvió la ensalada?

Antes de que él pudiera desenredar el malentendido, mi madre apagó el televisor con un clic tajante —justo cuando la protagonista lloraba bajo la lluvia—. Se levantó del sillón; su caminar cojeante marcaba un ritmo marcado y digno. Y entonces ocurrió esa imagen que todavía guardo con cariño: mi madre, erguida como siempre había sido, avanzó con paso firme, y la bata ligera que llevaba sobre el pijama se elevó levemente detrás de ella, flotando con un movimiento majestuoso, como si fuera el manto solemne de una reina española cruzando un salón real. Una mezcla perfecta de orgullo, tradición y carácter.

Al pasar junto a mi hermano, lo rodeó con sus brazos pequeños pero firmes y, antes de soltarlo, le descargó su reprimenda:

—¡Qué vaina contigo! Eres un desconsiderado con tu vieja madre. Debiste llamar para decirme que estabas cenando. Yo aquí preocupada… ¡y tú dándote tremenda cena!

—Madre, deja que te explique…

—¡Nada de excusas! Mal hijo… desconsiderado. Que descansen. Hasta mañana.

Y siguió su camino, con su bata ondeando detrás de ella como una bandera familiar —completamente tranquila porque el hombre de la casa ya había cenado—.

Mi hermano y yo nos quedamos en silencio, mirando el pasillo por donde desapareció. A lo lejos, alcanzamos a oír el rechinar delicado de su puerta al cerrarse. Y por unos segundos, no supimos si reír, suspirar, o aceptar —una vez más— que así es vivir con ella: un espectáculo encantador, mitad drama, mitad comedia… ¡totalmente inolvidable!


Reflexión final

Los malentendidos son huéspedes frecuentes en la vida familiar: llegan sin aviso, levantan revuelo, arrancan risas o regaños, y después se disipan. Pero con el tiempo —cuando los días se vuelven memoria— esos enredos cotidianos adquieren un brillo especial. Se transforman en historias que repetimos con cariño, en anécdotas que nos unen, en recuerdos que sacan sonrisas incluso cuando el protagonista ya no está. Porque, al final, la vida familiar está hecha de eso: momentos imperfectos que se vuelven, para siempre, entrañables

"Nacidos del choque": La conquista de América fue un proceso violento y traumático. Este texto reflexiona sobre sus consecuencias: mestizaje, lengua, cultura e identidad latinoamericana.





“No celebramos la conquista, sí sus consecuencias.”


No fue un descubrimiento. Fue un estruendo.
Un cruce violento de mares, de lenguas que no se entendían, de cuerpos que no se pidieron permiso. La historia no llegó caminando: llegó a golpes, con hierro, con fiebre, con rezos y pólvora. Y la tierra —esta tierra— cambió para siempre su respiración.

La conquista de América fue una herida abierta. Hubo ciudades saqueadas hasta quedar mudas, pueblos reducidos al polvo del olvido, cuerpos marcados por la esclavitud, nombres arrancados de raíz. La dignidad humana fue pisoteada sin pudor: indígenas sometidos, africanos encadenados, vidas convertidas en mercancía. Negar esa violencia sería traicionar la memoria.

Pero la historia no retrocede. No pide disculpas ni concede revancha. Simplemente sigue, dejando sedimentos. Y en ese sedimento —oscuro, espeso, contradictorio— comenzó a formarse algo nuevo.

Ninguna civilización se ha construido sin sangre en las manos. El mundo entero es un mapa de conquistas, desplazamientos y dominios. Eso no absuelve el horror, pero nos obliga a mirar la historia sin ingenuidad, sin el consuelo fácil de los relatos puros.

Tras el estruendo vino la mezcla.
Cambió el olor de las cocinas, el color de los campos, el ritmo de los cuerpos. El maíz cruzó océanos, los caballos aprendieron otras tierras, los frutos se volvieron extranjeros y cotidianos al mismo tiempo. Las mesas se transformaron; también las palabras. La lengua se impuso, sí, pero al hacerlo se contaminó de otros sonidos, de otras respiraciones.

Nada quedó intacto.

Los cuerpos tampoco.
De encuentros forzados, desiguales, muchas veces crueles, nació el mestizaje. No como una postal armónica, sino como una realidad humana compleja, atravesada por dolor y por supervivencia. Con el paso del tiempo, esas mezclas se volvieron linaje, cultura, identidad. Sangres distintas aprendiendo a convivir en un mismo pulso.

No se borraron las costumbres: se superpusieron.
Los dioses cambiaron de nombre, las fiestas de forma, los cantos de cadencia. El folklore no murió; se volvió híbrido. Se mezcló el tambor con la guitarra, el mito con el evangelio, la oralidad con la escritura. Y de esa fricción surgió una riqueza cultural imposible de reducir a un solo origen.

La lengua común nos permitió hablarnos, pero no nos volvió iguales. Al contrario: nos dio un espacio compartido para decir la diferencia. En esa lengua escribimos dolores, celebraciones, novelas, poemas; en ella pintamos, cantamos, investigamos, competimos, creamos. Desde este barro mestizo hemos aportado al mundo belleza, pensamiento, ciencia, arte y resistencia.

No celebramos la violencia.
No romantizamos la conquista.
Reconocemos, simplemente, que somos el resultado de ese proceso irreversible.

Nuestra identidad no nació del acuerdo, sino del choque.
No del respeto, sino de la imposición.
Y aun así —o tal vez por eso mismo— aprendió a decirse, a cantarse, a pensarse.

Hoy, cuando miramos hacia atrás, no lo hacemos para justificar ni para flagelarnos eternamente. Lo hacemos para comprender. Porque solo desde una memoria adulta, crítica y sensible podemos entender que nuestra mayor riqueza no está en la pureza de origen, sino en la diversidad que nos habita.

Somos hijos de una herida que aprendió a hablar.
Y seguimos escribiendo, con cada gesto, con cada palabra, la historia de esa voz.


No venimos de un origen limpio ni de un acuerdo justo. Venimos del choque, de la fractura y del cruce forzado de mundos. Y, sin embargo, de ese quiebre nació una identidad diversa, creativa y profundamente humana que aún seguimos construyendo.”


"La Pesadilla": Relato sobre cómo el poder arbitrario puede destruir incluso los sueños más perfectos. Una reflexión literaria sobre libertad, opresión y dignidad humana.



“Porque incluso los sueños más perfectos pueden ser arrebatados por la mano invisible del poder”.


El Desvelo

Se acostó aquella noche con el corazón acelerado y la cabeza martillando sin tregua. Cada pensamiento era un martillo invisible: las leyes que prometen justicia y acaban en saqueo, los gobiernos que expropian y humillan, la corrupción que devora lo que queda de dignidad, los poderosos que manipulan vidas sin mirar atrás.

El aire en la habitación estaba cargado, pesado, como si respirarlo fuera un esfuerzo. Su piel sentía el frío de la noche y al mismo tiempo un calor insidioso que le recorría el cuerpo. Tomó medicación por miedo a perder el control, a que un desmayo interrumpiera sus pensamientos, a que el miedo le robara la razón mientras dormía. Cada latido era un tambor insistente en sus oídos.

Y finalmente, al cerrar los ojos, la conciencia cedió.


El Paraíso Fugaz

Despertó en otro mundo. Caminaba por calles amplias, iluminadas por la luz suave de un sol que parecía acariciar la piel. El aire olía a tierra húmeda, pan recién horneado, hierba fresca. La ciudad bullía en un murmullo distante: la gente corría, gesticulaba, preocupada, pero sus palabras se le escapaban como viento entre los dedos. Hablaban de hijos que podrían perderse, de hogares robados, de trabajos insuficientes, de alimentos inalcanzables. Ella escuchaba y no comprendía; no la alcanzaban.

Tenía todo. Compraba sin medida, sin pensar en el costo: ropa suave bajo sus manos, zapatos que olían a cuero nuevo, electrodomésticos relucientes, alimentos que al tacto y al gusto eran un deleite. Saludaba a conocidos que, como ella, reían con la ligereza de quienes no esperan el desastre. La felicidad era un manto cálido, envolvente, que se sentía en cada respiración.

Al volver a su hogar, la luz filtrada por las cortinas iluminaba paredes cálidas, muebles que conservaban el aroma de la madera y de los aceites naturales. Allí la esperaba su familia: seis personas que compartían risas y abrazos. La piel se rozaba con suavidad, el tacto de las manos cálidas transmitía seguridad. Cada gesto estaba lleno de cuidado y amor. El hogar olía a pan horneado, a flores frescas y a humo de leña; el viento movía las cortinas, llevándose consigo un murmullo de libertad. Todo parecía perfecto. La felicidad no era un deseo, era tangible, un estado físico y emocional.


El Asalto de la Realidad

Pero la armonía se quebró de repente. La luz se tornó fría y artificial; sombras se movían entre los árboles del jardín. Hombres de uniforme rodeaban la casa, con armas que irradiaban poder y amenaza.

—¡Al suelo! —ordenó uno, iluminando sus rostros con linternas que cortaban la noche.

Intentó explicar que eran personas de bien, que vivían en paz. Sus palabras fueron respondidas con risas crueles, con burlas y amenazas veladas. El tacto cálido de su hogar se deshizo en frío metálico. El perfume de la leña y de las flores fue reemplazado por olor a humo y polvo. La risa de los suyos, antes música, se transformó en un murmullo tembloroso. El miedo se impregnó en la piel, en los músculos, en los huesos. La libertad, antes palpable, se volvió frágil y distante.

La realidad había irrumpido, impune, y el paraíso se desmoronaba como un castillo de arena barrido por la marea.


El Despertar

Despertó bruscamente, sentada en la cama, el sudor pegado a la piel, temblando. La seguridad y la armonía del sueño se habían evaporado, dejando el vacío de la certeza: la vida real es un territorio donde el poder arbitrario decide quién vive tranquilo y quién se inclina ante la injusticia.

Y sin embargo, en la memoria del sueño persistía un refugio imposible: el calor de las manos de su familia, el olor de la tierra y del pan, la luz suave que acariciaba la piel, el murmullo de la libertad. Era un recuerdo tan pleno que dolía, un paraíso que existía solo en la fragilidad de los sueños, un testimonio de lo que la opresión intenta arrebatar.

La pesadilla había terminado, pero su sombra permanecía: un recordatorio de que la libertad es frágil, la felicidad un acto de resistencia y que, en cualquier lugar del mundo, millones viven bajo gobiernos que expropian no solo bienes, sino la serenidad y la dignidad de sus ciudadanos


“La libertad es frágil; la felicidad, un acto de coraje que la opresión busca destruir.”

miércoles, 3 de noviembre de 2010

"Mientras no sueltes mi mano": Texto poético sobre el amor y los sueños, contado a través de los sentidos. Una invitación a cerrar los ojos y sentir sin miedo


"Tomar la mano de alguien es tocar su mundo; no soltarla es quedarse para siempre."


Prólogo

Este relato es un abrazo en palabras. Cierra los ojos, siente la mano que te guía y déjate llevar. Cada aroma, cada sonido, cada movimiento es un hilo que conecta el corazón del lector con el corazón de quien sueña.


No te aflijas por mí.
Es verdad: no habito la alegría
y a veces me pesa la sonrisa.
Pero está bien… todo está bien.

Me preguntas si tengo un sueño.
Ven. Toma mi mano.
No te rías de mí.
Sabes bien que en el Cielo,
como en los sueños,
todo es posible
y todo es perfecto.

Siéntate a mi lado,
aquí, muy cerca de mí.
Abrázame con cariño,
porque solo con cariño
puedo contarte mi sueño.
Cierra los ojos…
no me sueltes la mano.
Déjate llevar
y entra en él
mientras lo nombro.

Descalza tus pasos.
Desnuda tus pies.
Siente el agua, el barro,
la tierra viva.
Aprieta mi mano.

Respira.
Huele las rosas y los jazmines,
los pinos, los abedules.
Huele las frutas
que flotan dulces en el aire.

Quédate en silencio.
Escucha.
El canto de las aves
borda el silencio.
Y por lo que más quieras,
no abras aún los ojos,
no me sueltes la mano.

¿Oyes a las abejas?
No temas…
no picarán tus orejas.

Abre la boca.
La miel de la reina
mojará tus labios.
Es dulce.
Es buena.
Nace aquí,
en este campo,
en esta colmena.

Ahora sí…
abre los ojos.
Dime, ¿Qué ves?
¿Ves el Cielo
o me ves a mí?

Porque yo, en mi sueño,
solo puedo ver una cosa:
el amor que siento por ti.


"Un texto para leer despacio, con los ojos cerrados; hay sueños que se toman de la mano."


martes, 21 de septiembre de 2010

"Coincidir": Un relato espiritual sobre pactos de almas, reencarnación, memoria del espíritu y encuentros destinados que sanan a través del tiempo hacia la eternidad.

Un dibujo de una persona

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

"Un pacto de almas que trasciende el tiempo para sanar, aprender y elevarse hacia la eternidad."

Introducción

Hay almas que no se resignan a la fugacidad de una sola vida.

Regresan, una y otra vez, movidas por una fuerza tan antigua como la creación misma: el anhelo de completarse. No vuelven por castigo ni por azar, sino por un acuerdo silencioso entre ellas y el universo.

Cada existencia es una página del mismo libro. Cada cuerpo, un traje temporal donde el alma ensaya sus lecciones: el amor, la culpa, la pérdida, la entrega. Nada se olvida del todo; lo aprendido se lleva en la memoria invisible del espíritu, que recuerda incluso cuando la mente calla.

A veces, esos pactos antiguos se activan en el momento justo —una mirada, un encuentro, un viaje—, y todo lo vivido antes se asoma entre los pliegues del presente.

Es entonces cuando entendemos que la vida no empieza con el primer aliento ni termina con el último.

Coincidir es la historia de esas almas que, a través de los siglos, se buscan, se reconocen y se sanan. No como castigo, sino como promesa cumplida. Porque cuando dos o más almas deciden encontrarse una y otra vez, lo hacen para recordar que el amor —el verdadero— no muere: solo cambia de forma hasta que alcanza la eternidad.


El pacto

El encuentro estaba escrito desde siempre. No era una simple reunión entre amigas, sino la consumación de un antiguo pacto de almas que habían decidido coincidir, una y otra vez, a lo largo de los siglos, con objetivos muy claros: enseñarse, aprender, reparar, crecer, elevarse… hasta regresar al infinito de los tiempos, el origen de todo.


El llamado del destino

Aquel día señalado no admitía retrasos. El tiempo —esa ilusión que a veces separa y a veces une— había llegado a su punto exacto.

El destino no sería burlado.


El viaje

Ella abordó el avión como quien asume una misión sagrada. Al llegar a Barajas fue directamente a Chamartín y, desde allí, con boleto en mano, inició el trayecto que la llevaría a Avilés. El cansancio la vencía, recordándole su humanidad en el tiempo presente. Pero su conciencia sabía que lo que estaba por ocurrir no era de esta vida solamente.


Memorias del alma

Ya en el tren, miraba los paisajes pasar como ráfagas de recuerdos de tiempos ancestrales incrustados en su memoria. Se dejó llevar por esa oleada sensorial.

 Se relajó.

 Sonrió.


El padre

Era imposible no recordar esos paisajes prístinos del continente austral, donde la pureza del aire unía la visión con las aguas calmas y las riberas encharcadas como un todo. Sentía flotar dentro de una burbuja de líquido mercurio, denso y mágico, al recordarse acompañada de su padre —en absoluto silencio— cuando en su bote pescaba.

Lo tenía en la mente, siempre callado y con la mirada perdida. Recordaba cómo la veía con desdén, incluso con rabia, y cómo, con sus toscas manos, la golpeaba. Jamás le perdonó que su joven y amada esposa muriera por parirla. No la alimentaba. Cuando a su famélico cuerpecito agua le prodigaba, se la tiraba en la cara para que la bebiera del piso como una alimaña.

Así, tirada en el suelo, absorbía el agua y en ella veía reflejada la imagen de ese infeliz hombre: alto, de cabellos rojos, con unos ojos azules tan intimidantes como el cielo tormentoso en alta mar. Allí, tumbada, él la pateaba mientras le reclamaba su extremo parecido con su madre, lo cual juzgaba como una insolencia por no permitirle olvidarla.

Ese hombre, perdido en su impotencia y enojo, le había dado una gran lección de vida: perdonar las villanías del que ama con dolor… está bien.


La infancia de los tilos

También surgía en su mente el recuerdo de su estancia en ese pequeño territorio de la Europa Oriental. Largas calles de tierra negra, alfombradas y perfumadas por flores de tilo. Árboles altos y frondosos las enmarcaban como claras señales de caminos conocidos. Escuchaba su risa, y la de otros niños del vecindario, al corretear a los gatos para colocarles cascabeles que retumbaban en sus oídos.

Las risas no cesaban. Corrían, se encaramaban, rodaban… ¡y por todo se maravillaban! Desde los deditos de sus pies hasta sus cabelleras desprolijas y cundidas de piojos, las flores de tilo y los pelos de gatos los envolvían como regalos, como tesoros. En este pasaje de su vida aprendió que la niñez debe estar rodeada de amigos, despreocupación y alegrías… eso estaba bien.


El amor y la instrucción

Vino a su memoria tardes soleadas de verano, refrescadas por la brisa proveniente del Cantábrico. Ella, sentada en el piso de tierra barrida junto a aquella madre —de ese entonces— que, abnegada y paciente, le enseñaba sus primeras letras. Las dibujaba con un palillo hecho de una rama caída y la madre las borraba y corregía por su constante distracción.

Observaba a su amoroso padre venir cuesta arriba, por el camino empinado, con pesadas vasijas de barro llenas de agua fresca del río, pero con una amplia sonrisa al verla estudiar. Aprendió, entonces, que no valen las posesiones si entre padres e hijos existe amor, dedicación y respeto… y si la instrucción se imparte. Eso estaba bien.


La cosecha del dolor

Y ¿cómo olvidar aquel miserable día en que se le enseñó que cada uno cosecha lo que siembra? Hincada de rodillas en la fangosa tierra fue obligada, por el indignado padre, a poner su cara contra ésta mientras la azotaba sin piedad.

Desde el suelo, con el rostro semicubierto por su cabello lacio y negro empapado de barro y sangre, alcanzaba a ver los cestos llenos de mangos y, al fondo, los platanales. Era tiempo de cosecha. También podía oler la acidez de los frutos que se descomponían en el suelo. Dulces y amargos aromas envolvían su trágico día.

Su pequeña hija —concebida sin unión bendecida por el amor— se había ahogado en el pozo sin auxilio alguno por estar ella en holgazanería. Después de la paliza iracunda de su padre, fue desterrada del fundo familiar. Jamás volvería a ver a su familia vietnamita. Traer hijos al mundo sin amor y sin responsabilizarse por ellos… era un mal asunto. Jamás olvidaría aquella lección. Jamás tal vileza repetiría.


La redención

En cambio, en su siguiente vez, se esforzó por ser útil y valiosa a sus semejantes. Así se reivindicó ante Dios. En una tarde abigarrada de incipiente primavera se lanzó del muelle para ayudar a su hermanita que se ahogaba. La adoraba. Era una bebé dulce y quieta, que solo sonreía.

Oía los gritos de su desesperada madre, suplicándole que la salvara. Impulsada por esa angustia, se despojó del ropaje para lanzarse al agua, pero se detuvo: el miedo la paralizaba. Aquellas aguas, translúcidas por su pureza, eran profundas, traicioneras. Profusas algas verdes y negras emergían como tentáculos deseosos de atrapar todo lo que las rozara.

Vio el cuerpecito agitándose bajo la superficie. Con coraje, se lanzó a las frías aguas. Luchó para alcanzarla y la rescató del follaje marino, entregándosela a su madre. Ésta se fue presurosa para socorrer a la infanta, dejándola a ella olvidada, sumergida. No alcanzaba la superficie. Enredada, luchaba, pero cuanto más se movía más se cansaba.

Se ahogaba. No sentía miedo ni rabia: estaba tranquila. La paz la embargaba. Su deuda con la vida anterior estaba saldada. Amar a los semejantes como a uno mismo está bien. Sacrificar la vida por salvar a un inocente… está muy bien.


La alegría y la unión

Obvio que sus aprendizajes no solo provenían de duras y tristes lecciones, ni de la absoluta pobreza. Siempre la había animado a seguir adelante el recuerdo de los festejos y alianzas. Había aprendido que las personas, al unirse con amor y alegría, se comprometen al respeto y cooperación mutua. Así florecen familias estructuradas, felices y prósperas. Sociedades sanas donde los males no agobian. Y eso… era muy bueno.


El reencuentro

El tren llegó a Avilés. Descendió del vagón y las vio. Allí estaban sus amigas en esta vida. Sus cómplices, en las otras. Eran aquellas almas con las que había pactado para llevar el proceso de aprendizaje, el blanqueo de la conciencia, la elevación última. Habían sido, indistintamente, ¡maestras y alumnas!

El abrazo que se dieron fue eterno. Se fundieron en una sola alma, como quien se reconoce más allá del tiempo, del espacio, de lo corpóreo. Un zumbido silencioso invadió el aire. Los pájaros dejaron de cantar. El cielo, por un segundo, respiró hondo.


La casa y el brindis

Caminaron por las calles antiguas, bajo un cielo que pintaba el mundo de amarillo rancio. Todo era silencio y hojas secas; todo era calma. Los adoquines de las callejuelas parecían susurrar nombres olvidados. Sus pasos resonaban como tambores de un ritual que acababa de comenzar.

Ya en casa, sentadas en la cocina con vino y pan sobre la mesa, brindaron por lo que eran, por el reencuentro. Eran pasajeras del tiempo. Guardianas del alma. Transeúntes de la Tierra, morada efímera donde purgatorio, cielo e infierno coexisten en tiempo y espacio. Escuela estricta que enseña y corrige. Taller donde se forja la esencia —el quién— a golpes de mazo sobre la carne y la conciencia.

—Por nosotras… y por coincidir —dijo ella, la recién llegada. Y el brindis se selló con una alegría mística. La música sonaba baja. Era su himno, el de otras vidas: Coincidir.


La revelación

Cantaban desde el alma: “Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio… y coincidir”.

Y mientras las copas se vaciaban y la noche se fundía con el día, se despojaron de la carne, señal de que el velo entre los mundos se había transparentado. La eternidad quedó al desnudo.

El reloj se detuvo. Afuera, la luna sangraba. Adentro, todo era revelación.


Epílogo

Ahora lo entiendo.

No fue casualidad, ni capricho del destino. Todo lo que dolió, todo lo que amé, todo lo que perdí… tenía un propósito. Cada vida fue un peldaño, cada encuentro, un espejo donde reconocí lo que aún me faltaba aprender.

Durante tanto tiempo busqué respuestas afuera, en otros rostros, en otros mundos, sin saber que la verdad siempre había estado latiendo dentro de mí: somos viajeros del tiempo, almas que regresan a reparar lo inconcluso, a perdonar lo que una vez hirió, a amar sin condiciones.

Hoy sé que nada ni nadie se pierde. Que las almas que una vez me acompañaron siguen aquí, cerca, con otros nombres, con otros cuerpos, pero con la misma luz que reconozco al mirarles los ojos.

Entendí que la muerte no es final, sino tránsito. Que cada partida prepara un regreso, y cada regreso, una nueva oportunidad de ser mejor. El alma nunca olvida. Solo espera el momento perfecto para recordar.

Coincidimos porque así lo pactamos.

Porque, más allá del tiempo, decidimos seguir caminando juntas, aprendiendo, sanando, elevándonos.

Y cuando llegue el instante de volver al origen, lo haremos con la conciencia limpia, la deuda saldada y el amor intacto.

Ahora sé que coincidir…es la manera en que el alma se reconoce eterna.

“Coincidir no es azar: es la memoria del alma que nunca olvida sus pactos.”

martes, 31 de agosto de 2010

"El silencio que grita": No hay victoria en la partida: exilio, memoria y el silencio de un país herido

“No hay victoria en la partida, ni consuelo en la permanencia.”

Introducción

A veces creo que el silencio tiene un lenguaje propio, uno que solo se aprende cuando el dolor se hace demasiado grande para pronunciarlo. Yo lo escucho en cada esquina vacía, en los rostros que evitan mirarse, en el eco de las voces que ya no pueden hablar. Es un silencio que grita, que ruge desde las entrañas de un país que sangra por dentro.
He visto partir a los míos, y he sentido la ausencia como un golpe seco, como una cuerda que se tensa hasta romperse. No sé si es peor irse o quedarse; ambos caminos duelen igual. En medio del ruido del mundo, intento rescatar ese silencio —mi propio grito ahogado— para que no se pierda entre los escombros de la costumbre y el olvido.

Tanta bulla, tanta palabrería sin virtud, se impone sobre el silencio que grita:

las voces de los amordazados,
el pedido de auxilio de los secuestrados,
el sonido metálico de las cadenas que se arrastran en cada paso,
el gemido de los torturados al crujir sus huesos, al ser desollados;
el llanto de los testigos de la infamia,
las protestas de un pueblo enardecido.

Familias desmembradas por el simple acto de pensar distinto,
por atreverse a soñar,
por no callar.
Querencias aniquiladas, arrancadas de raíz,
robadas u olvidadas en el infame marchar de los días sin justicia.
Un país saqueado, una quiebra moral que no aparece en los balances,
sino en las miradas vacías,
en las casas desiertas,
en las calles que aprendieron a olvidar nombres…
escritos con la sangre de valientes justos e inocentes.

Tanta bulla ha sofocado:
el rugido de los potentes motores que desgarran el aire,
alzando las naves hacia un infinito celeste que nunca responde,
que se oculta tras el incomprensible “libre albedrío”.

Y entonces, la pregunta queda flotando en el aire:
un “me quedo” o un “me voy”, ¿qué diferencia hace?
Porque ya nunca será lo mismo,
no será la misma forma de amar,
ni de reunirnos bajo un mismo techo,
cuando la mesa está incompleta
y cada abrazo lleva la sombra de quien falta.

Tristeza sienten los que se quedan,
y también los que parten con los bolsillos cargados de ausencias.
Se marchan dejando una estela de vacío,
y en los que permanecen queda la herida abierta del despojo.

No hay victoria en la partida,
ni consuelo en la permanencia:
solo fragmentos dispersos de un mismo corazón,
golpeando contra un destino
que no sabe devolver lo perdido.

Epílogo

Aún escucho el silencio. Ya no como un lamento, sino como un testigo. Él me recuerda lo que fuimos, lo que seguimos siendo pese a todo. Me habla de los que partieron con la esperanza doblada en la maleta y de los que se quedaron, sosteniendo la ruina con las manos desnudas.
He aprendido que no hay distancia capaz de exiliar la memoria. Que mientras recuerde, mientras nombre, mientras duela, sigo perteneciendo. El silencio, aunque grite, es mi patria; una patria invisible, hecha de fragmentos, de amor y de duelo.
Camino con él dentro, sabiendo que no hay victoria en la partida ni consuelo en la permanencia… solo la certeza de que recordar es resistir, y que resistir —aunque duela— sigue siendo una forma de amor.

“La memoria es la única patria que no se exilia.”

martes, 24 de agosto de 2010

"La orilla del caos": Relato intenso donde una tormenta, un control policial y una abuela con sus nietos revelan cómo la incertidumbre cotidiana expone quiénes somos cuando todo se desborda.


“Un relato donde la lluvia no es solo agua, sino espejo de la incertidumbre de la vida cotidiana.”


No sé si a otros les ocurre, pero hay días que se anuncian antes de empezar.
Uno abre los ojos y el cuerpo lo sabe: algo no encaja. El aire pesa distinto. El silencio no es el mismo. Ese día no era el día.

Me levanté antes del amanecer, como siempre, pero no me puse de pie enseguida. Me quedé sentada en el borde de la cama, con los pies tocando el suelo frío, como si necesitara comprobar que aún estaba allí. No era cansancio. Era otra cosa. Una cautela sin nombre. Pensé que el presentimiento era mío. Más tarde entendería que no.

La tarde se agotó bajo un cielo cada vez más bajo, más oscuro, hasta que la lluvia cayó sin aviso, brutal, cerrada, como si alguien hubiera abierto una compuerta sobre la ciudad. El agua golpeaba los techos, las ventanas, las calles, con la furia de un animal herido. No era lluvia: era una advertencia.

Los niños ya habían comido. Los había vestido para dormir cuando llegó la llamada. La voz al otro lado traía urgencia y espera acumulada. El transporte se había detenido. La lluvia había vencido a la ciudad. No había manera de volver por cuenta propia.

Miré a los niños. Miré el reloj. No había alternativa.

Los abrigué con cuidado, como si el gesto pudiera protegerlos de todo lo que venía después. Acomodé al más pequeño en su asiento, ajusté correas, revisé cierres. Al rodear el vehículo advertí el desorden en la parte trasera: objetos apilados, mal acomodados, tensos contra la puerta. Si abría, caerían todos. Lo dejé así. No era el momento de ordenar nada.

Antes de arrancar noté las marcas en los vidrios: palabras escritas, consignas, frases e improperios contra el gobierno —que no eran mías pero que tampoco me eran ajenas—. Dudé un instante. Afuera, la noche y la lluvia parecían borrarlo todo. Pensé que nadie miraría. Me equivoqué.

La lluvia no empezó: cayó.
Cayó de una vez, cerrada, espesa, como si hubiera estado aguardando el instante exacto en que el motor despertara. El primer golpe contra el techo fue sordo, grave; después vinieron miles, todos juntos, hasta convertir el vehículo en una caja de resonancia. El ruido no dejaba pensar. O quizá pensaba por mí.

Ajusté el cinturón. Enderecé el retrovisor. Miré a los niños antes de arrancar, con esa mirada rápida y precisa con la que una mide si todo está, si todo respira.
—Ya… ya —dije—, tranquilos.

La calle había dejado de ser calle. Era una superficie inestable, viva. El agua corría sin obedecer pendientes ni bordes, se acumulaba donde quería, avanzaba y retrocedía como si dudara si era agua de lluvia u olas en el mar. Algunos autos habían quedado varados, atravesados, con las luces encendidas todavía, inútiles, iluminando nada. Pasé junto a uno y vi al conductor inmóvil, con las manos apoyadas en el volante, esperando algo que no llegaría.

No frené. No podía. Sabía que detenerse era hundirse. El motor respondió con un sonido bajo, constante, y el vehículo abrió camino como pudo. El agua golpeaba los costados, subía, se cerraba detrás, pesada, turbia, insistente, como si quisiera treparse conmigo.

El parabrisas luchaba. Las luces de la ciudad se estiraban en el vidrio, largas, líquidas, deformadas. Por momentos veía sombras; por momentos, destellos. Nada era firme.

Detrás, los niños empezaron a moverse. Primero fue inquietud: un cambio de peso, un murmullo. Luego vinieron las risas breves, tensas, ese juego que no es juego, sino descarga.
—No… no empiecen —murmuré, sin voltear.

El trayecto no se alargaba en distancia, sino en espesor. Cada metro exigía atención. Cada cruce era una negociación precaria entre el agua y el asfalto. Sentía las manos húmedas en el volante y no sabía si era la filtración de la lluvia o yo.

Fue entonces cuando los vi.
Dos figuras oscuras, plantadas en medio del flujo. No en la orilla: en la vía. Uniformes empapados, cuerpos rígidos, una mano alzada con gesto imperativo. La otra, cerca del arma. La luz de los faros los recortó apenas un segundo.

No hubo tiempo para calcular.
No hubo espacio para frenar.
El vehículo siguió. El agua también.
Y con ella, la ola.

El gesto fue seco.
La mano bajó con violencia y los pitidos del silbato cortaron el ruido de la lluvia como una herida breve. Busqué la orilla como se busca un lugar firme en medio de un temblor. Detuve el vehículo una vez montado sobre la acera, y aun así seguían las ruedas sumergidas en el agua. Me detuve, sí, pero no apagué el motor. Estar allí fue como estar sobre una lancha atada al muelle: se sentía el choque de las olas contra el casco. La sensación de moverse —sin estar yendo a ningún lado— era escalofriante: de inestabilidad, de inseguridad. El silencio no llegó. La lluvia siguió golpeando el techo, los vidrios, el mundo entero.

Al mirar por el retrovisor, vi que uno de los policías se acercaba por mi lado. El otro quedó atrás, caminando despacio, mirando. Sentí su presencia como se siente a alguien parado a espaldas de una, sin tocarla. Bajé el cristal de la ventana.
—¿Usted no sabe que hay un control?
—No pude frenar —dije—. Si frenaba, me quedaba ahí mismo.
—Documentos.

Los busqué despacio. Detrás, los niños se movían otra vez. El pequeño se quejaba, cansado, húmedo, fuera de horario.
—¿Sabe que nos empapó? —preguntó con sarcasmo el policía.
—Está lloviendo —respondí, con la misma ironía.

El segundo agente golpeó el vidrio trasero con los nudillos. No miraba a los niños. Miraba las palabras escritas, las letras corridas por el agua.
—Ajá… ya entiendo.
—Bájese del vehículo.
—No puedo. Los niños…
—¡Bájese!

El grito hizo que el pequeño soltara un alarido. Me giré apenas para calmarlo, una mano atrás, sin soltar del todo el volante.

No pasó.
El niño mayor se movió de más. El pequeño reaccionó como reaccionan los cuerpos pequeños: sin cálculo. Mordió. El otro gritó y le pegó. Y entonces ocurrió.

El niño lanzó —con todo su enojo— el biberón que tenía en la mano. El objeto salió disparado desde el asiento trasero con una fuerza que no le correspondía. Golpeó el espejo retrovisor. El impacto fue seco. La tapa se desprendió y siguió su propio camino, breve, directo. Le dio en la cara… ¡al policía!

No fue fuerte. Fue inesperado.
El agente retrocedió, confundido. Abrió la puerta de golpe.
—¡Salga ahora mismo!
—No —dije—. No dejo solos a los niños.
—¿Qué lleva atrás?
—Lo que llevo no es suyo.
—Abra.
—No.

Sentí el arma antes de verla. Un peso nuevo en el aire.
Abrí.
Los objetos cayeron de golpe: vidrio, metal, estruendo. El susto que se llevaron los policías no fue por la caída de los objetos en sí, sino lo inesperado del suceso —otra vez—. Por un segundo nadie se movió. Luego reí. No fue burla. Fue descarga. Eso los enfureció más.

Entonces otro ruido llegó desde atrás. Dos motores grandes. Rápidos. Indiferentes. Las camionetas atravesaron el agua levantando olas altas, pesadas. Los agentes no quedaron empapados de nuevo: ¡cayeron al agua! Esta vez no hubo control. Corrieron detrás de ellas. Gritaron. Nadie los escuchó. Nadie les hizo caso.
—¡Espere ahí! —gritaron, ya lejos.

No esperé.
Borré las palabras de los vidrios con la manga mojada. Subí. Arranqué. Tomé otra calle. Luego otra. La ciudad volvió a ser laberinto. Llegué.
—¡Llegas tarde! ¿Pasó algo? —reclamaron—.
Miré a los niños. Dormían.
—No —dije—. Nada.
—¿Limpiaste la camioneta? Ya no están los grafitis ni los trastos atrás…
—Todo en orden.

El camino de regreso fue distinto. La lluvia seguía cayendo, pero ya no pesaba igual. Pensé en los hombres empapados, en la escena rota. No sentí triunfo. Sentí compasión por aquellos hombres.

El día no había sido un buen día.
Pero no para mí. Para ellos.

Seguí conduciendo, con los niños dormidos detrás y la noche, por fin, retrocediendo.


“Hay días que no esperan: solo nos muestran quiénes somos cuando todo se desborda.”

miércoles, 7 de julio de 2010

"EMBRUJO DE AMOR": Relato íntimo ambientado en Madrid sobre una madre que se enfrenta a lo desconocido y un hijo que protege en silencio. Amor, valentía y cuidado invertido.


Prólogo

Hay espíritus que no aceptan el mundo solo por lo que otros les cuentan. Son caracteres hechos de audacia y autonomía, para quienes la vida debe ser tocada, atravesada, incluso cuando duele o asusta. A esas personas, lo desconocido no las repele: las llama. Y aunque el riesgo las roce, avanzan, convencidas de que ciertas verdades solo se revelan cuando se caminan en soledad.


Ella se preparaba con cuidado, ajustando sus botas sobre calcetines gruesos y acomodando capa tras capa de ropa que la protegiera del frío desconocido. El abrigo pesado limitaba sus movimientos, la bufanda enrollada hasta la cabeza apenas le dejaba ver, y los guantes rígidos dificultaban cada gesto. Cada paso era un acto consciente de equilibrio y resistencia, como si avanzara por un mundo que aún no había aprendido a descifrar.

—¿Qué haces, madre? ¿A dónde vas? —preguntó él, preocupado, mientras la observaba terminar de abrocharse. Él la había estado observando desde el inicio, camuflado en las penumbras del pasillo, en absoluto silencio.

—Voy a echar una caminata —respondió ella con firmeza, ajustando la capucha de su abrigo.

—¿Tan tarde y con este clima? —insistió él, evaluando el frío que se intuía en el aire.

Ella lo miró con la calma obstinada de quien ha aprendido a ser dueña de sus decisiones.

—Hijo, déjame hacer esto a mi manera. He aprendido a valerme por mí misma.

Él permaneció en silencio, aceptando la decisión

Al salir por el portal, quedó paralizada: la Avenida de Europa no era la que conocía a la luz del día. Ahora, estaba oculta tras una niebla densa, como un lienzo gris que absorbía la realidad. Las veladas luces del alumbrado público apenas delineaban el pavimento, y ella avanzaba con cautela, cada paso calculado, como un barco a la deriva que busca desesperado la luz del faro para encontrar orilla.

El frío era un filo que atravesaba la ropa, se colaba por los guantes, por la bufanda, por la cabeza cubierta por la capucha del abrigo. La humedad de la lluvia fina hacía que el abrigo pesado se pegara a su cuerpo, limitando cada movimiento y transformando la caminata en un acto de equilibrio constante. La sensación de torpeza era completa: sus piernas rígidas, los brazos inmóviles, los pies que apenas sentían el contacto con el suelo helado. Avanzaba como una figura detenida en el tiempo, con cada músculo consciente del riesgo de resbalar, de caer, de perderse en aquel invierno desconocido.

El olor de los pinos, intensificado por la humedad, llenaba sus pulmones con un aroma extraño y fascinante. Respiraba profundo, y el aire frío quemaba su garganta, pero había en esa sensación un asombro que la mantenía despierta, alerta, viva. Cada charco helado que esquivaba, cada hoja cubierta de escarcha, cada reflejo de la luz en el pavimento húmedo parecía decirle: “Nunca has estado aquí; nunca has sentido esto”.

Todo parecía nuevo, todo parecía posible y a la vez amenazante, como si caminara en un sueño del que no podía —ni quería— despertar.

Al pasar frente al teatro MIRA, le pareció escuchar pasos detrás de sí; viró, pero no vio a nadie. Alerta, continuó su camino; esta vez sintió como si algo se moviese entre los arbustos de los espacios abiertos del teatro. Una corriente le subió por las piernas hacia la columna vertebral: la atravesó, la paralizó. Era miedo, ya lo había sentido antes. Un miedo profundo, semejante al de un niño que se ha soltado de la mano del padre y se enfrenta solo a lo inimaginable. Tomó conciencia de su vulnerabilidad. Respiró hondo y exhaló despacio: cálmate -pensó- eres valiente no por no sentir miedo, sino por enfrentarlo. Con este pensamiento en mente, volvió a virar… y nada, no vio a nadie.

El corazón le palpitaba con fuerza y la cabeza se le llenó de imágenes de un pasado —que aún era presente— al otro lado del Atlántico.

Recordó entonces las palabras de su hijo al momento de ella salir. “Estate atenta solo a tus pasos. Cuida de no resbalar ni caer. Nada más por lo que preocuparte: aquí es como allá era antes.” Respiró tranquila, decidiéndose a regresar. La aventura de explorar había perdido su encanto.

Fue entonces cuando vio, a cierta distancia, una silueta avanzaba hacia ella. Por un instante, el miedo intentó apoderarse de ella: la figura emergía de la niebla, segura y silenciosa, pero no le resultaba amenazante. La noche la ocultaba, hasta que el poste la nombró con su luz… ¡era su hijo!

. Allí estaba, vigilante, constante, invisible hasta ahora, protegiéndola sin interferir en su experiencia.

El alivio y la emoción la inundaron, mezclándose con una profunda gratitud. Caminó hacia él y, al encontrarse frente a frente, sus voces temblaron con emoción:

—Te dejé ir… como tú me dejabas a mí —dijo él, con una sonrisa cálida—. Siempre me decías: “Hay cosas que solo aprenderás por experiencia propia… ¿te acuerdas?”

Ella lo miró, con los ojos brillantes por la sorpresa y el amor. —Sí… me acuerdo —susurró—. Nunca imaginé que tu cuidado sería tan silencioso, tan absoluto…

—Hijo, hubo dos momentos en los que sentí miedo: sentí pasos detrás de mí, primero; luego, algo moviéndose entre los arbustos… acaso ¿serías tú? —le preguntó con los ojos atentos, como si fuera a escuchar la respuesta a través de la mirada; y así fue, la expresión de la cara le dijo todo lo que tenía que saber.

—Casi me matas de un susto… ¡lo sabes!

—Es que casi me pillas, tuve que esconderme, y por la prisa me resbalé entre los arbustos— dijo esto soltando una carcajada.

Y así, juntos, abrazados —entre reproches y risas— volvieron a casa.

En ese instante, la ciudad, la niebla y la lluvia parecieron desvanecerse. Solo quedaban ellos. Después de todo, la aventura de explorar una noche, fría y oscura de invierno, en Madrid ¡tuvo su encanto!


Epílogo

Con el tiempo, ocurre un giro silencioso y profundo: los hijos crecen y, sin anunciarlo, se convierten en amigos y custodios de quienes los guiaron. No es una decisión consciente ni un acto heroico; es una devolución natural, casi instintiva, del amor recibido. Así, la protección cambia de manos, y los cuidados —antes ofrecidos con ternura— regresan convertidos en presencia discreta, en vigilancia amorosa, en ese gesto invisible que acompaña sin invadir. Porque el amor verdadero no siempre se muestra: a veces, simplemente, vela.

domingo, 4 de julio de 2010

"MALAS COMPAÑÍAS": Poema reflexivo sobre el esfuerzo, la fe, la caída, las malas compañías y las decisiones personales.



“A veces caer es la única forma de soltarlos.”


Prólogo
A veces creemos que avanzar siempre es subir. Que compartir el camino garantiza la llegada. Este texto nace del cansancio, de la fe puesta a prueba y del momento exacto en que el cuerpo cae, pero la conciencia despierta. “Malas compañías” no habla solo de otros, sino de las decisiones que tomamos cuando confundimos compañía con dirección.


La vida es áspera,
una cuesta de piedra viva,
pero paga —dicen—
con monedas de luz al final.

La cima se alza, altiva y distante,
y yo voy tras ella
con la fe prendida al pecho
como una lámpara temblorosa.

Camino.
Paso tras paso.
El suelo muerde las plantas de mis pies,
el aire se espesa,
y aun así… sigo.

El sudor me corre como un río salado,
el cansancio se me cuelga de los hombros,
pero no me concedo tregua:
sigo avanzando,
aunque el cuerpo proteste
y el alma jadee.

Alzo la mirada.
Allá arriba,
la cima me guiña un destello,
tan cerca a los ojos
y tan lejos de las manos.
Por más que avanzo,
ella se me escapa,
como un sueño que retrocede.

Me falta el aire.
El pecho se me vuelve jaula.
Me canso.
Me rindo un instante.
Me detengo…
solo para respirar.

Y entonces—
plum…
cataplum…
plum, plum—
la gravedad me reclama.

Caigo.
Con estruendo,
hasta el fondo oscuro del valle,
donde el resonar se burla
y la esperanza se golpea en pedazos.

Quise subir con ellos,
pero olvidé a tiempo
que hay quienes no conocen la altura:
su único oficio,
su destino aprendido,
es arrastrar hacia abajo
a todo el que sueña con subir.

Allí entendí,
con el cuerpo magullado y el alma despierta,
que no toda compañía es camino
ni todo paso compartido
conduce a la meta.

Hay manos que no sostienen:
empujan.


Epílogo
La caída no fue el final del camino, sino la corrección del rumbo. Hay descensos que duelen porque arrancan raíces mal plantadas. Y solo cuando el silencio reemplaza al ruido ajeno, la cima vuelve a mostrarse como lo que siempre fue: un destino personal e intransferible.


“El camino se aclara cuando dejamos de caminar con quien no quiere llegar.”




La vida es dura... aunque bien paga.

Alta está la cima, voy tras ella... como buena cristiana.
Camino, camino, con mucho esfuerzo... pero sigo.
Estoy sudando... me mata el cansancio;
Pero sigo caminando, sin darme descanso.
Levanto la mirada... la veo en lo alto;
Por más que camino... nada que la alcanzo!
No puedo más... me asfixio, me canso.
Me detengo... me doy un alto.
Plum... cataplum... plum plum
con estruendo al fondo fui a dar...
Intentaba subir con ellos... que lo único que saben hacer... es bajar!

viernes, 2 de julio de 2010

"La medida exacta del amor": Un relato poético y espiritual sobre el reencuentro entre una hija y su padre más allá del tiempo. Amor, memoria, herencia y presencia eterna.


“Hay padres que enseñan a vivir solo con su forma de amar.”

PRÓLOGO

Hay encuentros que no obedecen al calendario ni a la lógica.
Suceden cuando el alma está lista y el amor insiste.
No se anuncian con señales visibles, pero algo dentro se acomoda,
como si el corazón recordara un camino que nunca olvidó del todo.

A veces basta una canción, una mañana quieta,
un giro inesperado del volante,
para que el pasado deje de ser recuerdo
y se vuelva presencia.

Este no es un texto sobre la muerte.
Es un texto sobre el amor que no se interrumpe.
Sobre los vínculos que aprenden a vivir
en otra forma del tiempo.


RELATO

La mañana se abre como un umbral.
La radio suena baja, respetuosa, y la música venezolana se derrama en el aire como una ofrenda. No entra por los oídos solamente: se desliza por la piel, baja al pecho, se asienta en el alma. La siento viva dentro de mí, palpitando. A veces me arranca una sonrisa, ligera, cómplice; otras veces convoca las lágrimas, no por tristeza, sino por la intensidad del recuerdo. Porque hay amores que no se recuerdan sin temblar.

La voz que anuncia el festejo repetido insiste desde hace días. Sé que es comercio, calendario, costumbre; pero el espíritu no distingue entre lo programado y lo verdadero. El espíritu escucha lo que resuena. Y en mí, todo resuena con él.

Giro el volante. Cambio de dirección. El camino hacia el camposanto se vuelve tránsito interior. No conduzco solo un vehículo: conduzco la memoria, la herencia, el amor intacto. Cada metro recorrido es una invocación silenciosa. Al llegar, permanezco dentro del carro, inmóvil. El aire parece distinto aquí, más denso, más consciente. Callo. Escucho. Dudo si debo ir hacia él o permitir que sea él quien cruce los velos y venga a mí.

Desciendo.

Me siento en el banco, ese lugar humilde que se convierte en altar. Él no está aún. Como hombre de honor, de principios claros, de espíritu libre, siempre estuvo ocupado en asuntos grandes, incluso cuando parecían pequeños. Aprendí de él la paciencia, y ahora la ejerzo. Espero. Sé que llegará.

Mientras tanto, contemplo. El camposanto no es ausencia: es reposo. La mañana es magnífica. El sol cae como bendición, acaricia la tierra, despierta los verdes, hace brillar el rocío como diminutas almas que aún no se desprenden del mundo. Todo respira. Todo parece estar de acuerdo.

Me pongo de pie. No lo veo, pero algo se ordena dentro de mí. El aire se vuelve más tibio, más íntimo. Siento su cercanía como se siente una oración antes de pronunciarla. Se acerca.

Y allí está.

No como sombra, no como recuerdo: como presencia. Erguido, sereno, con ese porte suyo de guerrero del bien, de hombre íntegro que caminó siempre del lado de la verdad, de lo honesto. Su sonrisa —esa que alcanzaba a todos los que amaba— vuelve a tocarme. Es una sonrisa que no pertenece al tiempo.

El amor que siento por él despierta todo mi cuerpo. Es un temblor suave y poderoso a la vez. Las piernas se rinden. El corazón golpea fuerte, como si reconociera a su origen. No deseo hablar. No deseo preguntar. Abrazarlo es lo único que existe.

Abro los brazos. Él abre los suyos. Y nos encontramos. El abrazo es total, sin bordes, sin antes ni después. Nos fundimos como dos fuegos que se reconocen. No hay palabras. Nunca las hubo entre nosotros cuando el amor hablaba primero.

Permanecemos así, respirándonos, habitándonos, hasta que el silencio se vuelve mensaje.

—Ten paciencia, hija —dice, y su voz no viene del aire, sino de adentro—. Todo volverá a su cauce. La paz volverá a morar en ti.

Mientras habla, aparta de mi rostro el cabello que la brisa insiste en mover. Ese gesto suyo, tan humano, tan eterno, me atraviesa. Siempre cuidando, siempre presente.

—Lo sé, padre —respondo—, pero duele… ¿Cuándo vendrás a buscarme? Ya quiero estar contigo. Ya quiero irme de aquí.

No hay miedo en mis palabras. Hay anhelo. Hay cansancio del mundo.

Me mira con infinita ternura. En sus ojos no hay prisa, solo verdad.

—No es aún el tiempo. Cuida a tu madre. Cuida a los que vienen de ti. Hay amor que aún debes sembrar. Cuando sea permitido, vendré.

Asiento. Comprendo. Su enseñanza continúa incluso ahora: amar también es quedarse.

—Así será…

Nada más necesita ser dicho. Nos sabemos completamente. Sin secretos, sin ruido, sin gestos innecesarios. Las manos unidas sellan el pacto silencioso. Un último abrazo, más profundo aún, como una bendición.

Luego, la separación.

Yo regreso al carro. Él se aleja caminando, cada paso más ligero. Antes de partir, miro atrás. Ya no está. En su lugar, una luz viva, amplia, serena, lo ocupa todo. No enceguece: abraza.

Seco mis lágrimas. Ya no pesan. En su lugar florece una sonrisa que no me pertenece del todo: es la suya, dejada en mí como herencia sagrada.

Te amo, padre,
porque fuiste raíz y horizonte;
porque tu palabra me enseñó a caminar recta cuando el mundo se inclinaba,
porque tu silencio supo cuidarme más que mil consejos.
Te amo por la paciencia heredada, por la fuerza que no gritaba,
por la ternura firme con que me mostraste que el bien también sabe luchar.
Te amo por haberme mirado siempre como promesa cumplida,
por haberme amado sin condiciones, sin apuros, sin medida.
Te amo porque sigues siendo casa aun en la distancia,
guía aun cuando no te nombro,
protector aun cuando no te veo.
Te amo por lo que fui contigo y por lo que soy gracias a ti.
Y te llevo conmigo —no como ausencia—
sino como luz aprendida que me acompaña cada vez que elijo amar.


EPÍLOGO

Hay despedidas que no cierran puertas,
las abren hacia adentro.
Desde entonces, cada vez que la vida pesa,
sé dónde encontrar reposo.

No camino sola.
Nunca lo hice.
Hay amores que, una vez sembrados,
aprenden a florecer en todas las dimensiones.

Y así sigo:
viviendo, cuidando, amando,
hasta que el tiempo vuelva a plegarse
y el abrazo sea nuevamente eterno.


“El amor paterno verdadero no protege del mundo: prepara para él.”


Dedicado: Juan Luis Pérez Díaz
Y con esas palabras honro al hombre extraordinario que fue, al padre luminoso que sigue siendo, al espíritu noble que camina conmigo, más allá del tiempo, más allá de la muerte, más allá de toda despedida.