Posición de resguardo es un texto poético e íntimo que explora el duelo emocional, la vulnerabilidad y el acto de proteger el propio corazón tras la herida. Un texto lírico y corporal sobre aprender a quedarse, escrita desde el silencio, el cuidado y la sanación interior.
“Una historia sobre el amor más difícil: el que aprende a quedarse cuando el corazón solo quiere huir.”
Prólogo
Hay un momento después de la herida en el que todo se vuelve lento. La
luz pesa, el silencio habla y el cuerpo busca un lugar donde no tenga que
fingir fuerza. Este texto nace de ese instante frágil, donde amar deja de
significar resistir para convertirse en cuidar lo que queda. No es un relato de
salvación, sino de intimidad: la de quien recoge sus propios pedazos y descubre
que aún laten. Porque a veces el acto más romántico es no abandonarse.
Despierta despacio, como si la mañana aún no supiera
pronunciar su nombre. La luz entra con suavidad, pero su piel recuerda otros
días y se estremece. Respira, y el aire sabe a sal, a lágrimas secas, a todo lo
que dolió demasiado tiempo.
El cuerpo busca refugio antes que respuestas. Las sábanas
guardan el calor de la noche, ese lugar donde rendirse no significa perder,
sino descansar del peso de sentirse rota. Se recoge sobre sí misma, y en esa
forma pequeña el mundo queda lejos. Solo permanece el latido, insistente,
vulnerable, vivo.
Llora sin prisa. Las lágrimas caen como lluvia tibia,
limpiando lo que ya no puede sostener. Nadie mira. Nadie interrumpe. Y por
primera vez el dolor no es enemigo, sino una voz baja que pide cuidado.
Se abraza. No para esconderse, sino para sostenerse. El
corazón tiembla, y ella le habla en silencio, con una ternura nueva: quédate,
aquí estás a salvo. Afuera todo continúa, pero dentro algo cede, apenas un nudo
que aprende a aflojar.
El aire entra más hondo. El silencio deja de pesar y se
sienta a su lado como una compañía tranquila. La luz ya no hiere; acaricia. No
exige futuro, solo presencia.
Entonces comprende que proteger también es amar sin
encerrar. Dejar espacio entre una herida y la siguiente respiración. El miedo
no desaparece, pero pierde su filo. Y en ese instante sencillo descubre que
quedarse —aun temblando— es una forma de volver a la vida.
Permanece un poco más, sintiendo cómo el pecho se abre
despacio. No hay promesas ni finales perfectos, solo un cuaderno abierto y la
certeza de que escribir ya no es defensa, sino latido.
Epílogo
El dolor no desaparece; cambia de forma. Se vuelve memoria, respiración
más suave, espacio habitable. Y un día, sin darse cuenta, el corazón deja de
defenderse y empieza a abrir las ventanas. No para olvidar, sino para dejar
entrar el aire sin miedo. Entonces quedarse ya no pesa: se parece a la calma.
“Quedarse, incluso temblando, también es una forma de amor.”
Poema:
Abro los ojos.
La luz duele.
Los cierro otra vez
porque he llorado demasiado.
Me siento.
Me levanto.
El desgano me vence
y regreso a la cama,
al lugar donde el cuerpo
todavía puede rendirse.
Cierro los ojos.
Las lágrimas caen solas.
Mi cabello cubre el rostro:
mejor así,
que nadie vea el rojo
sobre la piel blanca.
Recojo las rodillas,
doblo el cuerpo,
me enlazo con los brazos.
Me hago nudo.
Fuerte.
Imposible de desatar.
Contengo el aliento.
Que se haga el silencio.
Que el corazón escuche
lo que voy a decirle.
—Quédate quieto.
Hoy yo te protejo.
Nadie volverá a robarte.
Serás un punto negro
haciendo líneas
en páginas en blanco.
Y así,
como cuaderno vacío,
te guardaré.
No me levanto aún.
El cuerpo sigue recogido,
como si temiera que el mundo
volviera a entrar sin aviso.
Pero algo cambia:
el aliento ya no se quiebra,
se queda,
entra y sale
con cuidado.
El silencio no pesa tanto.
Se sienta conmigo
en el borde de la cama
y no exige nada.
Sigo protegiéndote,
le digo al corazón,
aunque ahora lo hago
sin apretarte.
No para esconderte,
sino para que aprendas
la forma de quedarte.
El nudo afloja apenas,
no para abrirse,
sino para recordar
que fue hecho por mis manos
y que mis manos
también saben soltar.
La luz regresa,
ya no hiere:
toca.
No pide que mire lejos,
solo que mire aquí,
este cuerpo que aún está,
esta respiración
que insiste.
No hay promesas nuevas.
Solo espacio.
Un margen en blanco
entre línea y línea
donde nada duele.
Y aunque el cuaderno
sigue casi vacío,
ya no lo cierro.
Lo dejo abierto,
boca arriba,
esperando
no a alguien,
sino al día
en que escribir
no sea una forma de defensa,
sino de estar viva.
Un poema sobre aprender a quedarse consigo misma después de haber sido herida