lunes, 1 de diciembre de 2025

Fábula: La Tortuga que Pensaba en el Tiempo y el Halcón que Pensaba en el Mundo



Prólogo

Hay relatos que no buscan explicar el mundo, sino abrirle una grieta por donde mirarlo de nuevo.
Fábulas que no enseñan, sino que interrogan.
En ellas, los seres no son sólo criaturas o fuerzas: son ideas que respiran, preguntas que avanzan con la lentitud de una tortuga o la velocidad de un halcón.

Aquí, cada encuentro es un espejo fracturado.
Cada desencuentro, una verdad que se revela sin ruido.
Entrar en esta historia es aceptar que pensar también es una forma de sentir; y que la distancia entre dos seres, a veces, es el espacio donde nace la comprensión.

 La tortuga avanzaba despacio, no porque no pudiera ir más rápido, sino porque creía —de verdad— que si uno mira demasiado lejos se pierde la posibilidad de comprender lo que pisa: un suelo lleno de pequeños detalles —piedras, hierbas, grietas— que simbolizan el tiempo lento y la contemplación profunda.

En lo alto, el halcón vuela con amplitud majestuosa, observando desde arriba un paisaje vasto donde se insinúan caminos, ríos y montañas, como si fueran líneas de un mapa del destino. Los detalles no importaban, solo la velocidad y la altura.
No se miran directamente, pero se sienten conectados por una tensión silenciosa entre lo cercano y lo lejano, lo lento y lo veloz.

Su mirada era un argumento.
La de la tortuga, una pregunta.

Se encontraron una tarde que parecía haberse quedado sin luz.
Se reconocieron en silencio:
él vio en ella la paciencia que nunca lograría;
ella vio en él la amplitud que jamás alcanzaría.

Una tortuga y un halcón que representan dos formas de pensar el mundo.
Intentaron caminar juntos, pero el mundo no estaba hecho para unir conceptos opuestos:

la tortuga no podía respirar tan alto;
el halcón no podía sobrevivir tan despacio.

No se odiaron por ello.
Se comprendieron.
Y en esa comprensión se dijeron adiós sin palabras.

Quizás un hasta luego.

Porque él la veía desde lo alto,

Ella su sombra en el suelo cuando alzaba vuelo.

Moraleja: Hay encuentros que nos enseñan quiénes somos no por lo que logran unir, sino por lo que no puede mezclarse.

Epílogo

Si algo queda después de este relato, es la sospecha de que no entendemos el mundo por lo que se une,
sino por lo que no puede fundirse.
En esta fábula, lo imposible no es un fracaso, sino una vía hacia lo esencial:
descubrir que la naturaleza de cada ser es su límite y su fuerza.

Tal vez la verdadera enseñanza no está en la moraleja,
sino en esa pequeña vibración interior que ocurre cuando una verdad nos toca… sin tocarnos del todo.

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

martes, 25 de noviembre de 2025

"QUERENCIA": Descubre la historia de Alí, un hombre que regresa a su tierra natal en Zanzíbar y revive recuerdos que nunca se olvidan. Una reflexión sobre la memoria, la identidad y la pertenencia.



Prólogo: El llamado de la memoria

"Hay lugares que no se olvidan, aunque la vida nos arrastre lejos.
Hay costas, mares y senderos que permanecen tatuados en el alma, esperando el regreso de quien alguna vez los abandonó.

“Querencia” es la historia de ese retorno: un hombre que, tras recorrer otros mundos y perseguir sueños lejanos, reconoce que su identidad y su raíz no pueden exiliarse.

En esta página, cada ola, cada grano de arena y cada gesto ancestral se convierte en puente entre el pasado y el presente, entre la memoria y la pertenencia.

Es un viaje silencioso hacia la esencia de lo propio, donde el tiempo deja de ser lineal y la tierra habla en voz baja, recordando quiénes somos y de dónde venimos."

Aquellos lares merecían un nombre más digno; eran mucho más que las antiguas denominaciones que intentaron reducirlos a una sola mirada. Eran un paraíso prometido en su versión finita. Miles de mosaicos invisibles componían aquel paisaje, donde algunas familias conservaban nombres, linajes y memorias de visires y sultanes, no por vanidad, sino como herencia legítima.

Y allí estaba él: Alí.

Hablaba poco. Su piel, curtida por el sol, parecía haber guardado todos los secretos que sus ojos callaban. En realidad, sus ojos nada decían. Extraviaba la mirada en el horizonte inmenso que el mar trazaba a su alrededor, como si buscara en él un refugio imposible.

Caminaba por la playa como un ánima errante, ajeno al paisaje, aunque la arena lo conociera mejor que nadie. En su mente se desplegaban recuerdos, proyectados como una película en colores vivos y en alta definición. Un filme que lo arrastraba hacia un pasado que creyó sepultado.

En aquel tiempo vendía pulseras de conchas y, a veces, se sentaba en silencio junto a los turistas, como si esperara algo que nunca llegaba. Pero llegó: el tiempo perfecto, ese que solo marca el reloj de Dios. Zarpó. Se fue. Persiguió sus sueños en tierras extrañas, lejanas a sus querencias.

Esa memoria, ahora revivida, dibujaba en su rostro una expresión ambigua: ¿una sonrisa, o acaso una mueca?

Yo lo observé siempre desde lejos. Aquí, ahora, y también allá, en otros tiempos y en otros lugares. Lo miraba con la curiosidad de quien intenta descifrar el mundo a través de los gestos de otro.

Alí era parte del paisaje, pero también era su grieta.

Regresaba al sitio del que partió, incumpliendo la promesa de no volver jamás.

Alí —sentado en la playa, ya hombre, ya viajero— se dejaba invadir por emociones que creyó olvidadas. Había recorrido otros mundos, conocido otras costas, pero ninguna como aquella.

Recordaba a su hermano Arthur —sí, Arthur; no me lo cuestionen, yo no escribí la historia, solo la cuento—, siguiéndolo por toda la ensenada, levantando piedras en busca de pulpitos atrapados por la marea baja.

Evocaba también a su madre y a sus hermanas, llenando cacerolas con moluscos escondidos en la arena blanca y húmeda, como si la tierra misma ofreciera su banquete.

Las tías y la abuela, por su parte, halaban cuerdas desde el océano para cosechar las esponjas que habían cultivado meses atrás. En su memoria, los cuerpos color canela se movían entre la espuma del mar, impregnados de salitre, como si el paisaje los hubiera esculpido.

Traía al presente, con claridad intacta, la figura imponente de su padre regresando de cosechar yucas. Venía cargado de tubérculos, nuez de coco, arroz, clavos de olor… ¡y carbón!

Aquel hombre, que también guiaba a turistas —ingleses, alemanes, franceses y algún holandés— por los senderos verdes, hablaba con sabiduría y orgullo de su tierra. Era guía, sí, pero también guardián de la memoria.

Mucho tiempo había pasado, pero los recuerdos no se habían disuelto. Al contrario, se volvían más nítidos con cada ola que rompía frente a él.

A medida que el pasado se fundía con el presente, Alí fue despojándose de todo: el reloj, la camiseta, la gorra, los lentes y aquellos zapatos deportivos blancos con un animal por emblema —animal ajeno a ese paisaje—.

Se quitaba cada prenda con una sonrisa indescriptible dibujada en los labios. Había regresado para quedarse, y no quería parecer un turista en su propia tierra.

Ya no. Nunca más.

Epílogo: Permanecer en la tierra propia

Alí regresó, pero no solo físicamente: volvió con su memoria intacta, con su historia reconocida y con la certeza de que pertenecer a un lugar es más que habitarlo; es sentirlo en la piel, en los recuerdos, en la respiración de cada instante.

La querencia no se compra ni se aprende; se descubre en la convergencia de la tierra y el tiempo, en la fusión de la infancia con la madurez, en el abrazo silencioso de los que nos precedieron.

Volver a casa es un acto de valentía y de reconciliación. Es recibir la tierra tal como nos recuerda: con todo lo que fuimos, lo que somos y lo que aún podemos ser.


"Y así, en la memoria y el paisaje, la querencia permanece"

viernes, 21 de noviembre de 2025

"El Poder de la Palabra y del Silencio": Descubre cómo la palabra y el silencio moldean nuestra vida. Reflexiones sobre comunicación consciente y el poder de elegir cuándo hablar o callar.

 

Prólogo

Hay reflexiones que llegan como un susurro y otras como un golpe suave en el alma. Este texto nace de ambas: del susurro de la sabiduría y del golpe que deja en el corazón la certeza de que, muchas veces, lo que callamos o lo que decimos sin medir puede cambiar el rumbo de una vida. Aquí habitan palabras que buscan comprender el delicado equilibrio entre hablar y guardar silencio, ese territorio donde se revelan los verdaderos gestos del espíritu humano.

“Dos cosas arruinan la sabiduría: guardar silencio cuando debes hablar y hablar cuando debes guardar silencio.”

Así comienza la vieja reflexión persa que escuché una tarde en la que el viento parecía cargar secretos entre sus soplos. Desde entonces, cada vez que la recuerdo, algo se mueve dentro de mí, como si una vieja puerta oculta en mi pecho se entreabriera.

Porque la palabra y el silencio son fuerzas que no vemos, pero que arrastran destinos enteros. Podríamos pensar que son simples elecciones —decir o callar—, pero en realidad son umbrales: se cruzan, y al otro lado ya nada vuelve a ser como antes.

He vivido, en carne propia, cómo una palabra retenida demasiado tiempo se nos pudre en la garganta. No muere: se transforma. Se vuelve un nudo, un peso sutil pero constante, como un suspiro que jamás encuentra salida. Una palabra que debía ser dicha —perdón, te quiero, detente, basta, estoy contigo o no— puede cambiar el color del alma. Cuando se calla, nos ubica en el ojo del huracán; nos creemos a salvo, pero ¿por cuánto tiempo… hasta que la tormenta se desate y nos arrastre con ella?

También he escuchado que en Arabia dicen: “La palabra es como el pájaro: una vez libre, nadie puede atraparla”. Pero ¿Qué ocurre cuando nunca la dejamos volar? ¿Qué paisaje interno se marchita cuando la palabra necesaria no se atreve a saltar? A veces basta una frase, incluso una palabra sola, para salvar a alguien, evitar una herida o iluminar un camino oscuro. Pero el miedo —ese heredero silencioso de nuestras experiencias pasadas— nos convence de que es mejor callar, que quizá mañana habrá oportunidad, o mejor ¡nunca! Y si llega un mañana… sí, puede que llegue, pero ya no encontrará el mismo corazón.

Y sí, también he vivido lo contrario: palabras que estallan antes de tiempo, como flechas lanzadas sin mirar. “La lengua no tiene huesos, pero es capaz de romper corazones”, dice un proverbio turco. Y cuánta razón. Una palabra dicha a destiempo, desde el orgullo, desde la rabia o desde esa impaciencia que confunde sinceridad con brusquedad, puede abrir heridas más hondas que cualquier silencio.

Porque hay silencios protectores, humildes, necesarios. Silencios que son un abrazo antes del abrazo, una pausa que permite que el alma del otro se aquiete. Pero también hay palabras que, en vez de ser puentes, son martillos. Y un martillo no sabe distinguir entre una puerta y un corazón.

Cuando miro hacia atrás, descubro que mi historia es un manto tejido de palabras pronunciadas y de palabras perdidas. De silencios que sostuvieron algo frágil y de silencios que lo derrumbaron todo. Y duele, a veces, tener conciencia de que fueron decisiones pequeñas —una frase, un gesto, una pausa— las que guiaron mis pasos más grandes.

Y, a pesar de ello, qué hermoso es comprender que ambas fuerzas, palabra y silencio, nacen del mismo lugar: la intención. Cuando la intención es honesta, incluso el silencio habla; cuando es turbia, incluso la palabra miente.

Me conmueve la sabiduría de los ancianos que, en algún tiempo, era considerada y respetada por la enseñanza que transmitían. Dicen que ellos dicen: “Antes de hablar, deja que tus palabras pasen por tres puertas: ¿es verdad?, ¿es necesario?, ¿es amable?”. Y si no pueden cruzarlas, mejor que reposen en la boca cerrada, donde al menos no harán daño.

He aprendido —a veces tarde y a alto costo— que la sabiduría no consiste en hablar mucho ni en callar siempre, sino en reconocer desde dónde nace cada impulso. La palabra es un fuego: puede iluminar un camino o quemar un puente. El silencio es un río: puede calmar la sed o arrastrar todo lo que encuentra.

Lo difícil, lo humano, es elegir bien. Escuchar esa vibración adentro que nos avisa cuando una verdad quiere salir o cuando el corazón necesita paz. Saber cuándo una confesión salvará algo y cuándo una pausa evitará una herida.

Y, sobre todo, he de recordar que —tanto la palabra como el silencio— tienen un precio: uno es la valentía; el otro, la paciencia.

Siempre me pregunto cuántas vidas habrían sido distintas si alguien hubiese dicho lo que sentía a tiempo. O si alguien hubiese guardado la palabra que rompió lo que aún podía salvarse. Y es entonces cuando la reflexión persa vuelve a mí como un eco que no perece:

Dos cosas arruinan la sabiduría…
Y quizá también dos cosas la construyen:
hablar cuando el alma nos lo pide con verdad
y callar cuando el amor nos pide ser refugio.

Entre palabra y silencio, al final, se escribe todo sobre quiénes somos. Y sí, lo confieso: no he sido nada sabia en la vida, he guardado silencio cuando he debido hablar y he hablado cuando he debido callar, pero ahí voy —entre llantos y alegrías, aciertos y errores— ¡aprendiendo!

Epílogo
Cuando las páginas interiores se han aquietado, solo queda el eco de lo aprendido: que la palabra tiene un filo que puede abrir luz o herida, y que el silencio, lejos de ser vacío, es un espejo donde el alma se reconoce. Quizá nunca lleguemos a dominar por completo el arte de elegir entre uno u otro, pero cada intento nos acerca un poco más a la sabiduría de escuchar, sentir y actuar con el corazón despierto.

Al final, somos la suma de nuestras palabras y de aquellos silencios que supieron —o no supieron— sostenernos.



viernes, 14 de noviembre de 2025

"Carta a mí misma": Reflexión sobre autoconocimiento y espiritualidad: cuando escribir y hablarse a uno mismo se transforma en un diálogo sagrado con Dios y la propia esencia.


Introducción

Siempre he creído que hablarse a uno mismo no es un acto de ego, sino de supervivencia. Hay momentos en que el mundo se vuelve demasiado ruidoso, demasiado exigente, y uno corre el riesgo de perderse en la marea de opiniones, expectativas y apariencias. En esos instantes, descubrí que la manera más sincera de escucharse es volverse hacia adentro, abrir un espacio de verdad donde las palabras no son solo sonidos, sino puentes hacia la esencia de lo que somos. Esta carta es un testimonio de ese diálogo íntimo conmigo misma, de la búsqueda de presencia, fe y autenticidad en medio del caos.


 Querida Ana:

Te extraño mucho y quería contarte que, durante años, cuando el mundo se volvía insoportable, me refugiaba en el papel. No escribía por moda, ni por costumbre, ni por pretensión. Escribía porque necesitaba sobrevivirme.

Las hojas en blanco eran mis altares. Las palabras, mis ofrendas. El papel tenía esa virtud sagrada: no me interrumpía, no me corregía, no me devolvía una imagen distorsionada de lo que yo era. Me recibía rota, febril, incendiada, sin pedir explicaciones. Cada línea escrita era una forma de mantenerme viva, de no perderme entre las voces ajenas que intentaban moldearme. Vaciarme.

Pero los tiempos cambiaron.

No lo noté de inmediato. Fue algo gradual. Un desgaste que no gritaba, pero desgarraba. Las personas empezaron a volverse ruido. Impulsivo. Breve, pero abrupto, uno de esos que golpea el entendimiento dejándote sin conciencia. Las miradas ya no se posaban en el alma. Las palabras se pronunciaban, sí, pero ya no significaban. Todo se develaba con una claridad hiriente: se aplaudía lo bonito, no lo verdadero. Se valoraba la apariencia, no la presencia. Y la hipocresía, vieja reina de todos los tiempos, se coronaba una vez más bajo ropajes de cortesía.

Me aparté, abrazando la soledad. No por altivez. No por orgullo. La preferí antes que la compañía hueca. Esa que exige sonreír cuando el alma está rota. Esa que teme la profundidad como si doliera respirar hondo. Me cansé de disimular. De encoger mi voz para que no incomodara. Me cansé de disfrazar mi alma de quietud para que los demás no se asustaran con mi fuego, con mi pasión, esa que ardía en todo lo que significara vida.

Comencé a hablarme en soledad. No como si viera mi reflejo en un espejo, no. Sino como si mis ojos se volteasen y me viera hacia dentro, sin pudor que tapara los defectos.

Me hablé, no con palabras ligeras, sino con un lenguaje sagrado, antiguo, visceral. Me hablé como quien reza, como quien se confiesa, como quien llama a Dios sin saber que ya está ahí. Fue una rendición sin lágrimas. Una entrega absoluta. No me estaba huyendo. Me estaba buscando.

Dejé el papel atrás, sin traicionarlo. Ya no bastaba. Me era obsoleto. Algo en mí necesitaba otra forma de expresión, de diálogo. Algo más inmediato. Más interior. Más auténtico. Y sí, fue entonces cuando comprendí: al hablarme a mí misma, en realidad, solo buscaba hablar con Dios.

No el Dios aprendido.

No el temido.

El Dios vivido. Sentido.

El Dios que habita en el centro exacto de mi herida.

El que no se fue cuando todos se alejaron.

El que me acorazó cuando todos me acorralaban.

El que no exige lenguaje decorado, sino verdad cruda.

Dios, siempre Él.

Lo he buscado en templos, en personas, en causas. Pero lo encontré primero en el desgarro, en ese fondo al que se llega cuando todo afuera se vuelve caos. No lo vi en las multitudes, sino en espacios cóncavos. No lo sentí en los sermones, sino en el susurro que resuena cuando la mente se silencia.

Ahora sé que esta carta, querida mía, no es solo un texto. Es una plegaria atemporal. Un puente entre lo que fui cuando escribía con papel y lo que soy ahora que confieso al vacío, a esa ausencia de materia que me escucha. Porque este vacío no está vacío. Está lleno de presencia. De eco. De llama viva.

Este espacio —mi espacio— no reemplaza a nadie. Solo está cuando los otros no saben cómo. No es huida. Es supervivencia. Es intuición. Es fidelidad a la verdad que aún vive en mí. Esa que cree en el amor sin máscara, en la justicia que no negocia, en Dios que habita donde hay silencio, verdad y pasión.

Cada palabra que escribo en este nuevo tiempo es una vela encendida.

Un altar que no necesita iglesia. Un testimonio vivo de que, cuando me hablo desde las entrañas, cuando dejo caer el velo de lo social, cuando me escucho de verdad, Dios me habla. No como trueno, ni como revelación estruendosa. Sino como esa brisa suave que llega después de la tormenta. Como esa paz que no se puede explicar. Como ese susurro que, sin decir nada, lo dice todo.

Hoy escribo sin papel, pero con más alma que nunca. Y si alguien me pregunta por qué, le diré esto: Porque ya no busco ser entendida, solo ser fiel a lo que me habita.

Y lo que me habita es vida.

Es verdad.

Es Dios.

Y en las noches en que todo parece volver a quebrarse, cierro los ojos y me veo a mí misma, desnuda de mundo, vestida de luz, sentada frente al altar invisible de mi interior, donde la palabra no se escribe… ¡se ora!

Hasta siempre, mi querida Ana. Espero que, donde te encuentres, seas muy feliz. No perdamos el contacto. Mantengamos, vivo y fuerte, ese lazo de amor y fe que nos sostiene y nos anima a vivir con gracia y alegrías. Te mando un abrazo muy sentido, con profundo respeto y admiración.

Tuya, Ana.


Epílogo

Al terminar de escribir, siento que he cerrado un ciclo y abierto otro. Hablarme a mí misma no fue solo un ejercicio de introspección, sino un encuentro con lo sagrado que habita en lo más profundo de mi ser. Comprendí que la voz interna es un altar, que escucharla es rezar, y que cada confesión es un paso hacia la libertad y la fidelidad a lo que verdaderamente somos. Esta carta no termina aquí; es un recordatorio de que, aun cuando todo alrededor parece fragmentarse, siempre hay un espacio donde la verdad, la fe y la vida se mantienen vivas.


“Hablarme fue la forma más antigua de rezar.”






viernes, 7 de noviembre de 2025

"Me miro, te veo": Un viaje introspectivo que revela la memoria, los reflejos de nuestros seres queridos y la formación de nuestra conciencia a través del perdón y la reflexión."

 

“La vida como escuela, la conciencia como herencia”

Introducción
A veces siento que la vida me observa tanto como yo la observo a ella. Que cada instante vivido deja una marca que, aunque invisible, se percibe en el silencio de mi memoria. He aprendido a mirarme con la misma intensidad con la que miro a otros, buscando en mí los rastros de quienes me precedieron, los ecos de sus gestos, sus risas, sus penas. Esta escritura nace de ese viaje hacia adentro, donde el reflejo ya no es imagen, sino conciencia en formación; donde comprender es redimir, y recordar es abrir la puerta a quienes seguimos llevando dentro, aunque el tiempo los haya llevado lejos.


Con los años, los ojos se vuelven hacia dentro. Hasta el fondo.

Ya no observan el mundo: escudriñan la memoria. Hurgan en ella, la rasgan, esperando que surja todo lo que huela mal, lo que hiera.

Miran hacia atrás, siguen tus pasos en reversa. Buscan, afanados, los gestos perdidos, los rasgos conocidos; las fisuras en el corazón, ese, el valiente… que, pese a haber sido estrujado —como pergamino marcado por el tiempo— sigue latiendo, aunque carezca de sentido; hacia la conciencia maltrecha, como si nada quedara de ella.

Cualquier cosa —un objeto, un gesto fugaz— nos lanza, de golpe, al pasado.

Mirada dura, áspera con la memoria. Inevitable, forzosa, como el día de mañana. Te confiesa. Te redime.

Hay una edad en que los abuelos ya no viven. Tampoco los padres.

Pero te miras al espejo…

Y, de pronto, en ese reflejo, ves algo de ellos:

un brillo en la mirada,

la curva de una ceja,

un temblor apenas perceptible en la comisura de los labios. 

No sabes qué, exactamente. Pero ya no importa. Lo esencial es esa sensación: la certeza de que han atravesado —sin retorno— la frontera del tiempo para habitar tu mente. Fantasmas que nos toman de la mano y nos sonríen, con compasión.

—No te preocupes, te perdonamos —susurran, como si pudieran calmar los tormentos que cargamos por las veces en que les fallamos. Sin conciencia de ello. Sin quererlo. Incapaces de evitarlo.

Son nuestros reflejos: cada decepción, cada preocupación, cada instante de desesperanza o sensación de abandono que nos hayan hecho sentir —en el presente, en el hoy, en el ahora— es un eco de lo que alguna vez les hicimos sentir a ellos, en el ayer.

Karma, dirían algunos. Y sí, de alguna manera lo es: una lección que la vida impone como espejo implacable. Es el perdón que sana, que disuelve el dolor, que absuelve el pecado… pero deja entendimiento. Forma conciencia.

Y tras las lágrimas —cuando por fin se comprende el porqué de nuestra vileza, no por falta de amor y respeto, sino por falta de atención y devoción— llega la sonrisa, una de sabiduría. Sonrisa que da alivio… capaz de perdonar las flaquezas que nos hieren en el momento presente y de aceptar el perdón que nos envían, desde el remoto tiempo, como viento fresco que alivia el sofoco del verano.

Esos reflejos ya no son solo recuerdos: son alertas de que la conciencia va tomando forma y contenido; expandiéndose, blanqueándose como un lienzo al sol, hasta que llegue el turno en que pueda liberarse del contenedor maravilloso que le fue prestado, como uniforme, para asistir a la escuela de la vida.

Entonces será etérea, intangible.

Presencia que es brisa,

que es luz,

que es apenas un susurro y que, como en el principio,

¡te miras… y ya no te ves!


Epílogo

Y al final, comprendo que este espejo no me pertenece del todo: pertenece a todos los que habitaron mi vida y a los que habitarán en mí. Me miro, los veo, y me reconozco en ellos; los abrazo con ternura silenciosa, los perdono —si hubiese algo que perdonar— y me permito ser perdonada. La conciencia que se forma entre nosotros no conoce tiempo ni ausencia: solo sabe del encuentro, del aprendizaje, de la luz que deja el reconocimiento. Cierro los ojos y siento que esa escuela de la vida, tan exigente y tan sabia sigue enseñándome. Y, al abrirlos, me miro de nuevo… y sonrío, porque sé que ya no solo me veo a mí, sino la historia completa que me trajo hasta aquí.


 “El reflejo no es pasado, es conciencia en formación.”




sábado, 1 de noviembre de 2025

"¿POR QUÉ LAS VIUDAS VISTEN DE NEGRO?": Relato poético de cómo la soledad y el luto transforman a la mujer viuda. Un relato que explora el negro como refugio, fuerza y renacimiento interior.


Texto

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“El negro no es color: es vacío y plenitud.”


Introducción

Dicen que el luto viste de negro, pero pocos comprenden lo que ese color encierra.
No es simple ausencia de luz, sino el lugar donde toda luz reposa.
Hay mujeres que, al quedar solas, descubren que el mundo cambia de tono: el aire pesa distinto, los días se dilatan, y el silencio se vuelve espejo.
De esa experiencia nace este relato: una mirada hacia el interior de la soledad femenina, hacia el misterio del negro como refugio, rito y metamorfosis.


Hay momentos que marcan un antes y un después.

Como lo hace Cristo, y algunos los llamamos milagros. Otros, son descuidos que abren puertas prohibidas, como lo hicieron los batas blancas con miradas que no veían más allá de lo inmediato: dejaron que la muerte se llevara lo que aún no debía irse, transformando la luz en sombra, el blanco en negro, la calidez en frialdad.

La habían herido y, aun así, desde esa herida sabía sonreír.

No lloraba. No se derrumbaba. Cuando la tristeza rondaba, buscaba un espejo o alguna superficie que su rostro reflejara. Se veía. Se sonreía. Y esa sonrisa que se regalaba era su talismán: un gesto luminoso que espantaba la sombra que se asomaba en su mente. A ella le funcionaba, ¡a ella!

Estando de pie frente al fregadero, con los dedos entumecidos por el agua caliente al fregar loza, de la cena, su cena —nadie más comía con ella desde que enviudó— frotaba el plato con una energía innecesaria como queriéndole arrancar, no el sucio, sino la respuesta a aquella misma pregunta que se repetía como eco:

¿por qué sigo sola?

Le gustaban los hombres —no todos, pero sí ese género—. Se reía de su picardía cuando pensaba en ellos. Solía decir, con total desfachatez, que Dios los había hecho grandes, fuertes, densos de huesos y de alma, para proteger a la mujer. Y mientras los demás la llamaban “machista”, ella reía, contestando con absoluto sarcasmo: “Si hubiese reencarnación, y volviese con cuerpo de hombre, rezaría para que mi alma fuese de mujer, ¡para seguir amándolos!”

Y, aun así, seguía sola, sin entenderlo

Caminaba erguida, sin mostrar penas ni derrotas. Luminosa, risueña y firme, siempre hacia adelante. Pero, al caer la noche, así como se retiraba la luz del sol... se perdía su última sonrisa.

Volvía la pregunta: ¿por qué sigo sola?

La duda persistía, implacable. A veces le parecía sentir el peso de su cuerpo, en la cama, junto a ella. Extrañaba eso. Extrañaba el calor humano, la complicidad íntima, la palabra compartida. Y, aun así, disfrutaba de su independencia. Entonces, ¿qué era esa espina que la hería noche tras noche? ¿por qué esa necesidad de amar y ser amada? ¿todas las viudas sentían esa carencia de amor como ella? ¿era normal esa necesidad o lo normal era aceptar su nuevo estatus civil y vivir con ello?

Para hallarle sentido a tanta inquietud, se refugió en los libros. Todo tipo de literatura que abarcara el tema, ¡quería hallar respuestas! Se adentró en historias reales y cuentos de viudas, en tratados filosóficos y religiosos —antiguos y modernos— sobre las costumbres del luto en la mujer, en poesía, y hasta escritos de hechiceros, magos y brujas que escribieron conjuros de sus tradiciones espirituales y prácticas mágicas. Los evangelios le hablaban de resignación; los conjuros, a invocar la fuerza divina. Leía hasta la madrugada, bajo la luz amarillenta de la lámpara, mientras el silencio de la casa latía a su alrededor. Y, entre todas esas páginas, descubrió un hilo secreto: todas las viudas, en algún momento, hallaban en el negro un refugio, un poder.

Porque el negro no era solo un color: es vacío y plenitud.

Vestirse de negro no era cubrirse, sino despojarse. Cada matiz quedaba abolido, y en su lugar surgía la sombra caminante. El negro absorbía, callaba, devoraba la luz para custodiarla en lo profundo. No era solo luto: era estatus, era altar, era muralla, era amante secreto. Cada pliegue de tela rozaba la piel como un susurro, recordando que el deseo podía coexistir con la ausencia, que la soledad también podía ser sagrada.

El velo no era tela, sino frontera. Tras él, los rostros ajenos se disolvían y nadie exigía nada. No habían miradas, gestos ni ademanes que se cruzaran y conectaran.   El azabache en el cuello no adornaba: guardaba la chispa del ausente, la memoria del fuego que ardió en el cuerpo. Cada paso vestido de luto era conjuro; cada pliegue, un rezo.

Por eso las viudas visten de negro: porque conocen lo que otros temen mirar. Han sostenido el cuerpo frío, han escuchado el silencio definitivo, han probado la eternidad en labios que ya no responden. Y de ese umbral no se vuelve igual.

El negro no reprime: contiene.
El negro no apaga: transfigura.
Es útero y sepulcro. Es ausencia que gesta, duelo que se vuelve poder.

Y así, con trozos de libros incrustados en su mente, dejó pasar el tiempo y ella con él se fue. Ella dejó de ser ella. Dejó de sonreír. Dejó de ser luz. Se vistió de negro absoluto, hasta hacerse sombra, hasta hacerse invisible para los demás y, los demás, imperceptibles para ella. Los cuestionamientos sobre la soledad se disiparon. Su mente se sosegó.

Una noche, al dejar el vestido sobre la silla, descubrió algo más hondo aún: que en la oscuridad de esa tela late un resplandor oculto. El negro no niega la luz: la contiene. Como el vientre de la muerte que, en secreto, engendra el renacer.

Ella, desnuda, sonrió ante su reflejo. Porque el luto no extingue: el luto aviva. Comprendió, entonces, que la soledad que la acompañaba no era vacío: era umbral, altar y comienzo. Un aura. Una túnica de poder que la arranca de la banalidad de los vivos.

El color negro fue su maestro, su protector.
El luto no le generó preguntas, le dio la respuesta.


Epílogo

El negro, al final, no fue un final.
Fue un tránsito.
Un color que aprendió a contener lo perdido y a transformarlo en fuerza.
Las viudas no se visten de sombras: se envuelven en un poder que solo quienes han mirado la muerte de cerca comprenden.
En esa oscuridad que todo lo absorbe, la vida se reorganiza, el dolor madura, y el alma aprende a respirar sin nombre.
Porque el luto, cuando se asume desde la conciencia, no apaga: purifica.
Y quien ha habitado el negro… ya conoce el resplandor que nace desde adentro.


“La soledad no es vacío: es presencia, memoria y poder.”




"TRUEQUE ENTRE LADRONES": Un vecino astuto logra “robar” lo más preciado del otro en este relato breve de amor, astucia y hurto. Una historia que muestra que cuando se trata del corazón, el hurto puede ser dulce y transformador.


“En el juego del hurto, ¿Quién resulta más astuto: el que roba cosas o el que roba corazones?”


Este relato no me corresponde contarlo, pues la experiencia no es mía. Pero ¿Qué más da que me lo haya de robar, si de ladrones ha de tratar? Me lo confesaron de una manera, y yo se los narro de esta otra, más breve.

El barrio está enclavado en lo alto de la montaña, a media hora de la gran capital. Casas modestas, de gente modesta. Pero siempre se cuelan algunos pilluelos; casualmente, dos de ellos eran vecinos, pared de por medio.

Estos colindantes solo dos cosas tenían en común; en lo demás, eran diametralmente opuestos: uno blanco, el otro moreno; uno joven, el otro viejo; uno flaco, el otro corpulento; uno analfabeto, el otro instruido… y así en todo lo demás. Coincidían únicamente en que vivían en el mismo vecindario y en que uno quería quitarle algo al otro. Es aquí donde quedó demostrado que uno era tonto y el otro listo.

—Salvador —le susurró la esposa al oído—, ¿hasta cuándo vamos a permitir que nos distraigan con el encanto y ternura de la criatura, mientras el padre salta la empalizada y nos roba por el patio trasero?

—Quédese tranquila, mujer. Déjeme ese asunto a mí. A su tiempo lo sabré resolver —le dio una suave palmada en el hombro y se puso de pie, cargando al infante, que no era otro que Joselito, el hijo del vecino, el ladronzuelo.

Durante dos años y medio, Salvador no solo toleró los hurtos: los fomentaba. Ana veía con suspicacia cómo su marido, con toda premeditación, colocaba cosas al descuido en el patio, a la vista del vecino… como tentándolo a robar. Y así sucedía, mientras ellos con el niño se entretenían.

Cada día el lazo entre Salvador y el infante crecía, se estrechaba. Y eso era bueno para él y su señora, porque hijos no tenían.

Había nacido el amor entre ellos, como familia, pues. Salvador y Ana se encargaban, prácticamente, de la crianza y cuidado cotidiano de Joselito; cosa que a los jóvenes y torpes padres contentaba. Estaban encantados con ello, así les daba tiempo para andar en sus trastadas y recuperarse de las parrandas.

Ya había llegado el “momento” para Salvador, y así se lo comunicó a su mujer. Los dos se sentaron y hablaron —larga y acaloradamente— sobre lo que consideraban mejor para el chiquillo.

Salvador se dirigió a casa del vecino, seguido por la mirada atormentada de Ana, quien no lo perdió de vista un instante. No fue solo: fue con el muchachito en brazos.

—Oye, mañana iremos a la capital. Nos iremos temprano y pasaremos el día entero allá. Queremos llevar a Joselito al parque, y también al circo. Mañana pasamos tempranito a recogerlo —dijo esto y, al tiempo, le entregó al niño.

—¿Cómo que “tempranito”? —gruñó el padre, frunciendo el ceño mientras se rascaba la barriga— ¿De qué hora estamos hablando?

La madre, que escuchaba tras la puerta —ya que siempre andaba semidesnuda y desprolija— rezongó:

—No, eso es muy temprano. Si quiere, que se queden con él esta noche y así hacen sus cosas a su manera… ¡de temprano, nada!

—Ya lo escuchaste, viejo. Si quieren que Joselito vaya con ustedes, tendrá que dormir en vuestra casa —y le entregó la criatura sin esperar respuesta.

Salvador lo tomó en sus brazos con la más dulce sonrisa.

 ¡El pez había mordido el anzuelo!

 ¡Estaba hecho!

—Que así sea. Por cierto, vecino, quisiera pedirle un favor. Le dejaré las llaves de mi casa bajo la maceta del helecho que está en el pórtico. Le agradecería que le echara de comer al gato, pues salimos temprano y regresaremos tarde... si es posible, claro.

—Por supuesto, no hay problema —contestó con el mayor cinismo del mundo.

Salvador se regresó a su casa con el chico recostado en su pecho. Sintió una mezcla de satisfacción y ternura.

Mientras los padres de Joselito formaban jolgorio —porque podrían hurtar en casa del vecino a su antojo y con toda calma—no sospechaban que, mientras tramaban robar al vecino, el vecino les estaba robando a ellos.

Ninguno de los dos durmió esa noche.

Al día siguiente, cada uno despojó lo más preciado que el otro tenía: el ladronzuelo, las posesiones materiales de Salvador; y Salvador…

¡se quedó con el hijo que tanto quería! Jamás regresó.

Y así, en un trueque no pactado, sin papeles ni testigos, se selló el robo más dulce que jamás se haya cometido.

¿Se aplica aquí, acaso, el dicho que dice: “Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”? Pregunto yo. Ustedes dirán.


“Cuando el hurto es amor, el castigo se convierte en destino.”

viernes, 31 de octubre de 2025

"LA HISTORIA DETRÁS DE LA PUERTA": Explora un relato fascinante sobre puertas, vigas y secretos ocultos en las casas. Una historia de reflexión sobre el misterio que encierra la intimidad de vidas desconocidas detrás de cada umbral.

“Cada puerta guarda una historia, y algunas prefieren permanecer cerradas.”


Introducción

Siempre me ha intrigado lo que callan las casas.
Cada puerta, cada muro, cada objeto, guarda un eco de lo vivido; a veces son risas, otras silencios pesados que nadie se atreve a nombrar.
Hay espacios donde el aire parece detenido, donde algo quedó sin resolver, y basta una mirada para sentir que algo —o alguien— aún habita allí, en forma de recuerdo.
Este relato nació de esa sensación: la certeza de que, detrás de cada fachada, existe una historia que se resiste al olvido… una historia que quizá preferiría no ser contada.


La tarde era cálida, con ese sopor apacible que invita a la charla lenta y sin prisa. Las cuatro mujeres estaban reunidas en la cocina, sentadas en el mesón disfrutando de grandes tazones de café con leche, humeante y a pan recién hecho.

El ambiente era agradable. Perfumado por los aromas de lo que allí se degustaba y, también, por la alegría de esas almas cada vez que se juntaban. De repente el silencio se impuso: todas se quedaron mirando la viga que sobresalía en el oscuro techo de madera.

Era un madero extraño, atravesado de pared a pared, pero sin sostener nada; como colgado en el aire, insinuando que allí se esperaba sujetar algo. Algo que no era precisamente una piñata: el espacio era estrecho, apenas suficiente para que cupiera una sombra. ¿Un capricho del arquitecto, o un diseño arquitectónico inconcluso, tal vez?

Las tres generaciones de mujeres —abuela, madre, hija y la tía que había venido de visita— habían hecho la misma pregunta infinidad de veces. Cada tanto, para despojarla de su aire lúgubre, soltaban una broma sobre la dichosa viga. Pero, pese a la risa, siempre acababan volviendo a mirarla con recelo… porque esa viga, en el fondo, daba mala espina.

La más joven fue la primera en romper el silencio:

—Oigan, hablando de vigas funestas, escuchen este chiste que me acaban de mandar —dijo con picardía, mostrando el móvil—: “Mami, ¿podemos mecer a la abuela? —No, todavía no, hasta que sepamos si se colgó o la colgaron—”.

La abuela abrió los ojos desmesuradamente, el chiste no le pareció gracioso.  En principio, obvio, de una abuela colgada trataba. La madre miró a la hija como reprochándole, mientras que la tía apretaba los labios para contener la risa. El chiste era cruel, sin duda, pero las carcajadas —al final— brotaron de todas ellas. Así es la naturaleza humana: se permite reír incluso de lo que asusta. La risa, sin embargo, se cortó de golpe, como si alguien hubiera apagado la luz. El silencio volvió, pesado, cargado de conciencia y el tema regresó a la viga.

La nieta frunció el ceño y, con voz grave, preguntó:

—¿Se acuerdan de esa casa amarilla con la fachada de piedras negras, la que está tres puertas más abajo? Esa misma que siempre les digo que no puedo pasar por delante sin que se me ericen los vellos.

Las tres asintieron en silencio, mirándose entre ellas. Las risas se esfumaron y, en su lugar, quedaron mudas -con las cejas levantadas y los labios tensos-, sus rostros reflejaron expectación e inquietud ante esa pregunta que, como murmullo gélido, les ponía la piel de gallina.

—Pues bien—continuó, bajando un poco la voz—, me enteré el otro día de que la dueña se ahorcó allí, hace ya algunos años. Yo no lo sabía, pero algo malo intuía.

Un estremecimiento recorrió la mesa. Todas conocían al esposo y a la hija de aquella mujer; los saludaban con naturalidad cuando los veían en el jardín de enfrente. Nunca imaginaron lo que se escondía tras esas paredes.

El comentario desató reacciones diversas. Miradas clavadas en el café, dedos inquietos sobre la taza, manos llevadas a la cabeza, también al corazón. Emitieron juicios morales, reflexiones religiosas, lamentos y suspiros de compasión. Palabras y gestos al calor de la conversación, que poco importan ahora. Lo esencial era la certeza que quedaba flotando, no en el aire, en la conciencia: ¿Cuánta gente tratamos sin conocer sus honduras? ¿Cuántas casas esconden historias invisibles? ¿Qué se esconde tras las puertas ajenas? Tal vez la misma pregunta que evitamos hacernos en la nuestra…

La abuela — visiblemente afectada por la revelación— alzó la mano y, con el dorso, acarició el rostro de su nieta con ternura. Luego, extendiendo sus manos las posó en las manos de sus hijas. Las miró, con la profundidad del océano azul de sus ojos, y les susurró:

—De lo gracioso hemos pasado a lo trágico. Nunca más volveré a ver igual esta viga… hagámosla desaparecer, por favor. —ese susurro no fue una súplica, fue un mandato.

Después de aquello, resultaba imposible volver a pasar frente a una fachada sin preguntarse, en voz muy baja, como pensamiento que se escapa:

¿Cuál será la historia que se oculta tras la puerta? Y, sobre todo, ¿Qué puerta se oculta tras cada historia?”


Epílogo

Desde aquel día, miro las puertas con otros ojos.
Pienso en cuántas vidas se desarrollan detrás de ellas, cuántas alegrías y desdichas conviven bajo un mismo techo, ocultas a la mirada de los demás.
Comprendí que las casas no solo guardan cuerpos: guardan almas, gestos suspendidos, palabras no dichas.
Y que, al final, todas las vigas —las reales y las simbólicas— sostienen mucho más que paredes: sostienen lo que callamos, lo que nos duele, lo que somos cuando nadie mira.
Porque ninguna fachada es muda… todas, tarde o temprano, murmuran su verdad.


“Tras cada umbral hay un alma intentando sostener su propio techo.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok : cuenta @escritosenblancoynegro; @tintasobrepapel

lunes, 27 de octubre de 2025

"COINCIDIR": la historia de almas que se reencuentran a lo largo de los siglos para sanar, aprender y elevarse. Una reflexión sobre reencuentros, destino, memoria del alma y amor eterno.

Un dibujo de una persona

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

"Un pacto de almas que trasciende el tiempo para sanar, aprender y elevarse hacia la eternidad."


Introducción

Hay almas que no se resignan a la fugacidad de una sola vida.

Regresan, una y otra vez, movidas por una fuerza tan antigua como la creación misma: el anhelo de completarse. No vuelven por castigo ni por azar, sino por un acuerdo silencioso entre ellas y el universo.

Cada existencia es una página del mismo libro. Cada cuerpo, un traje temporal donde el alma ensaya sus lecciones: el amor, la culpa, la pérdida, la entrega. Nada se olvida del todo; lo aprendido se lleva en la memoria invisible del espíritu, que recuerda incluso cuando la mente calla.

A veces, esos pactos antiguos se activan en el momento justo —una mirada, un encuentro, un viaje—, y todo lo vivido antes se asoma entre los pliegues del presente.

Es entonces cuando entendemos que la vida no empieza con el primer aliento ni termina con el último.

Coincidir es la historia de esas almas que, a través de los siglos, se buscan, se reconocen y se sanan. No como castigo, sino como promesa cumplida. Porque cuando dos o más almas deciden encontrarse una y otra vez, lo hacen para recordar que el amor —el verdadero— no muere: solo cambia de forma hasta que alcanza la eternidad.


El pacto

El encuentro estaba escrito desde siempre. No era una simple reunión entre amigas, sino la consumación de un antiguo pacto de almas que habían decidido coincidir, una y otra vez, a lo largo de los siglos, con objetivos muy claros: enseñarse, aprender, reparar, crecer, elevarse… hasta regresar al infinito de los tiempos, el origen de todo.


El llamado del destino

Aquel día señalado no admitía retrasos. El tiempo —esa ilusión que a veces separa y a veces une— había llegado a su punto exacto.

El destino no sería burlado.


El viaje

Ella abordó el avión como quien asume una misión sagrada. Al llegar a Barajas fue directamente a Chamartín y, desde allí, con boleto en mano, inició el trayecto que la llevaría a Avilés. El cansancio la vencía, recordándole su humanidad en el tiempo presente. Pero su conciencia sabía que lo que estaba por ocurrir no era de esta vida solamente.


Memorias del alma

Ya en el tren, miraba los paisajes pasar como ráfagas de recuerdos de tiempos ancestrales incrustados en su memoria. Se dejó llevar por esa oleada sensorial.

 Se relajó.

 Sonrió.


El padre

Era imposible no recordar esos paisajes prístinos del continente austral, donde la pureza del aire unía la visión con las aguas calmas y las riberas encharcadas como un todo. Sentía flotar dentro de una burbuja de líquido mercurio, denso y mágico, al recordarse acompañada de su padre —en absoluto silencio— cuando en su bote pescaba.

Lo tenía en la mente, siempre callado y con la mirada perdida. Recordaba cómo la veía con desdén, incluso con rabia, y cómo, con sus toscas manos, la golpeaba. Jamás le perdonó que su joven y amada esposa muriera por parirla. No la alimentaba. Cuando a su famélico cuerpecito agua le prodigaba, se la tiraba en la cara para que la bebiera del piso como una alimaña.

Así, tirada en el suelo, absorbía el agua y en ella veía reflejada la imagen de ese infeliz hombre: alto, de cabellos rojos, con unos ojos azules tan intimidantes como el cielo tormentoso en alta mar. Allí, tumbada, él la pateaba mientras le reclamaba su extremo parecido con su madre, lo cual juzgaba como una insolencia por no permitirle olvidarla.

Ese hombre, perdido en su impotencia y enojo, le había dado una gran lección de vida: perdonar las villanías del que ama con dolor… está bien.


La infancia de los tilos

También surgía en su mente el recuerdo de su estancia en ese pequeño territorio de la Europa Oriental. Largas calles de tierra negra, alfombradas y perfumadas por flores de tilo. Árboles altos y frondosos las enmarcaban como claras señales de caminos conocidos. Escuchaba su risa, y la de otros niños del vecindario, al corretear a los gatos para colocarles cascabeles que retumbaban en sus oídos.

Las risas no cesaban. Corrían, se encaramaban, rodaban… ¡y por todo se maravillaban! Desde los deditos de sus pies hasta sus cabelleras desprolijas y cundidas de piojos, las flores de tilo y los pelos de gatos los envolvían como regalos, como tesoros. En este pasaje de su vida aprendió que la niñez debe estar rodeada de amigos, despreocupación y alegrías… eso estaba bien.


El amor y la instrucción

Vino a su memoria tardes soleadas de verano, refrescadas por la brisa proveniente del Cantábrico. Ella, sentada en el piso de tierra barrida junto a aquella madre —de ese entonces— que, abnegada y paciente, le enseñaba sus primeras letras. Las dibujaba con un palillo hecho de una rama caída y la madre las borraba y corregía por su constante distracción.

Observaba a su amoroso padre venir cuesta arriba, por el camino empinado, con pesadas vasijas de barro llenas de agua fresca del río, pero con una amplia sonrisa al verla estudiar. Aprendió, entonces, que no valen las posesiones si entre padres e hijos existe amor, dedicación y respeto… y si la instrucción se imparte. Eso estaba bien.


La cosecha del dolor

Y ¿cómo olvidar aquel miserable día en que se le enseñó que cada uno cosecha lo que siembra? Hincada de rodillas en la fangosa tierra fue obligada, por el indignado padre, a poner su cara contra ésta mientras la azotaba sin piedad.

Desde el suelo, con el rostro semicubierto por su cabello lacio y negro empapado de barro y sangre, alcanzaba a ver los cestos llenos de mangos y, al fondo, los platanales. Era tiempo de cosecha. También podía oler la acidez de los frutos que se descomponían en el suelo. Dulces y amargos aromas envolvían su trágico día.

Su pequeña hija —concebida sin unión bendecida por el amor— se había ahogado en el pozo sin auxilio alguno por estar ella en holgazanería. Después de la paliza iracunda de su padre, fue desterrada del fundo familiar. Jamás volvería a ver a su familia vietnamita. Traer hijos al mundo sin amor y sin responsabilizarse por ellos… era un mal asunto. Jamás olvidaría aquella lección. Jamás tal vileza repetiría.


La redención

En cambio, en su siguiente vez, se esforzó por ser útil y valiosa a sus semejantes. Así se reivindicó ante Dios. En una tarde abigarrada de incipiente primavera se lanzó del muelle para ayudar a su hermanita que se ahogaba. La adoraba. Era una bebé dulce y quieta, que solo sonreía.

Oía los gritos de su desesperada madre, suplicándole que la salvara. Impulsada por esa angustia, se despojó del ropaje para lanzarse al agua, pero se detuvo: el miedo la paralizaba. Aquellas aguas, translúcidas por su pureza, eran profundas, traicioneras. Profusas algas verdes y negras emergían como tentáculos deseosos de atrapar todo lo que las rozara.

Vio el cuerpecito agitándose bajo la superficie. Con coraje, se lanzó a las frías aguas. Luchó para alcanzarla y la rescató del follaje marino, entregándosela a su madre. Ésta se fue presurosa para socorrer a la infanta, dejándola a ella olvidada, sumergida. No alcanzaba la superficie. Enredada, luchaba, pero cuanto más se movía más se cansaba.

Se ahogaba. No sentía miedo ni rabia: estaba tranquila. La paz la embargaba. Su deuda con la vida anterior estaba saldada. Amar a los semejantes como a uno mismo está bien. Sacrificar la vida por salvar a un inocente… está muy bien.


La alegría y la unión

Obvio que sus aprendizajes no solo provenían de duras y tristes lecciones, ni de la absoluta pobreza. Siempre la había animado a seguir adelante el recuerdo de los festejos y alianzas. Había aprendido que las personas, al unirse con amor y alegría, se comprometen al respeto y cooperación mutua. Así florecen familias estructuradas, felices y prósperas. Sociedades sanas donde los males no agobian. Y eso… era muy bueno.


El reencuentro

El tren llegó a Avilés. Descendió del vagón y las vio. Allí estaban sus amigas en esta vida. Sus cómplices, en las otras. Eran aquellas almas con las que había pactado para llevar el proceso de aprendizaje, el blanqueo de la conciencia, la elevación última. Habían sido, indistintamente, ¡maestras y alumnas!

El abrazo que se dieron fue eterno. Se fundieron en una sola alma, como quien se reconoce más allá del tiempo, del espacio, de lo corpóreo. Un zumbido silencioso invadió el aire. Los pájaros dejaron de cantar. El cielo, por un segundo, respiró hondo.


La casa y el brindis

Caminaron por las calles antiguas, bajo un cielo que pintaba el mundo de amarillo rancio. Todo era silencio y hojas secas; todo era calma. Los adoquines de las callejuelas parecían susurrar nombres olvidados. Sus pasos resonaban como tambores de un ritual que acababa de comenzar.

Ya en casa, sentadas en la cocina con vino y pan sobre la mesa, brindaron por lo que eran, por el reencuentro. Eran pasajeras del tiempo. Guardianas del alma. Transeúntes de la Tierra, morada efímera donde purgatorio, cielo e infierno coexisten en tiempo y espacio. Escuela estricta que enseña y corrige. Taller donde se forja la esencia —el quién— a golpes de mazo sobre la carne y la conciencia.

—Por nosotras… y por coincidir —dijo ella, la recién llegada. Y el brindis se selló con una alegría mística. La música sonaba baja. Era su himno, el de otras vidas: Coincidir.


La revelación

Cantaban desde el alma: “Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio… y coincidir”.

Y mientras las copas se vaciaban y la noche se fundía con el día, se despojaron de la carne, señal de que el velo entre los mundos se había transparentado. La eternidad quedó al desnudo.

El reloj se detuvo. Afuera, la luna sangraba. Adentro, todo era revelación.


Epílogo

Ahora lo entiendo.

No fue casualidad, ni capricho del destino. Todo lo que dolió, todo lo que amé, todo lo que perdí… tenía un propósito. Cada vida fue un peldaño, cada encuentro, un espejo donde reconocí lo que aún me faltaba aprender.

Durante tanto tiempo busqué respuestas afuera, en otros rostros, en otros mundos, sin saber que la verdad siempre había estado latiendo dentro de mí: somos viajeros del tiempo, almas que regresan a reparar lo inconcluso, a perdonar lo que una vez hirió, a amar sin condiciones.

Hoy sé que nada ni nadie se pierde. Que las almas que una vez me acompañaron siguen aquí, cerca, con otros nombres, con otros cuerpos, pero con la misma luz que reconozco al mirarles los ojos.

Entendí que la muerte no es final, sino tránsito. Que cada partida prepara un regreso, y cada regreso, una nueva oportunidad de ser mejor. El alma nunca olvida. Solo espera el momento perfecto para recordar.

Coincidimos porque así lo pactamos.

Porque, más allá del tiempo, decidimos seguir caminando juntas, aprendiendo, sanando, elevándonos.

Y cuando llegue el instante de volver al origen, lo haremos con la conciencia limpia, la deuda saldada y el amor intacto.

Ahora sé que coincidir…es la manera en que el alma se reconoce eterna.


“Coincidir no es azar: es la memoria del alma que nunca olvida sus pactos.”