"Las preguntas de un niño a veces son como puertas que se abren hacia mundos enteros."
Prólogo
“Antes de que las preguntas encuentren respuestas,
existe un instante puro donde todo es asombro. Allí habita la mirada de un
niño, capaz de transformar lo cotidiano en misterio y lo desconocido en un
universo por descubrir.
Este relato nace de ese instante: de la curiosidad que no juzga, de la escucha
que une, y del latido invisible que conecta culturas, creencias y silencios.
Porque a veces, entender el mundo no empieza con certezas, sino con una simple
pregunta.”
Comenzó la vuelta a clases. En el aula, un aire tibio de
tiza y papel, mezclado con risas multicolores, llenaba la habitación. Reinaba
un tierno desorden. Los niños intercambiaban sus experiencias de estas cortas
pero singulares vacaciones: contaban, exaltados, a sus compañeros sobre la
multitud de personas reunidas en las calles para ver pasar gigantes vestidos de
colores brillantes, sin rostros y con las cabezas como conos; tocando tambores
al ritmo de los latidos de sus corazoncitos —unos asustados, otros divertidos—.
Hablaban del calor, del frío, del hambre, del cansancio… del
susto, del dolor al ver al Señor Jesús clavado en una cruz, y a la Virgen María
llorando por la muerte de su Hijo. Y del miedo que ocultaban tras las piernas
de sus padres cuando veían a los soldados romanos llevándose al Hombre de la
cruz. Algunos reían, porque les hacía gracia; otros aún temblaban.
En esa escuela convivían los locales junto a niños
provenientes de tierras lejanas, del otro lado de los mares. Mateo, con sus
ojos grandes y curiosos, levantó la mano y preguntó:
—Señorita… ¿qué son estas vacaciones? ¿Por qué la gente en
la calle lleva túnicas, cruces y vestidos que parecen de fiesta?
La maestra sonrió, y su voz bajita se deslizó como un hilo
de luz cálida:
—Es la Semana Santa, Mateo. Para algunos, es un tiempo de
recordar la historia de Jesús; para otros, un momento de reflexión y
recogimiento. Pero, más allá de eso, es como un cuadro que cobra vida en la
ciudad. Cada procesión, cada cruz que se porta, cada vela encendida tiene un
color, un olor y un ritmo que cuentan historias.
Los niños inclinaron la cabeza, imaginando.
—Miren —continuó—, la calle se convierte en un río de pasos
lentos, de incienso que flota como una nube suave, de tambores que laten como
corazones y de colores que brotan de las túnicas, brillantes y silenciosos a la
vez. Algunos caminan con solemnidad; otros, con el brillo en los ojos de la
tradición familiar. Todo tiene un sentido, aunque no lo veamos de la misma
manera.
Mateo respiró hondo, como si quisiera atrapar en su pecho el
eco lejano de los tambores y el murmullo grave de la multitud avanzando
despacio.
—¿Entonces no es una fiesta como las demás? —preguntó, con
la voz apenas un susurro.
—No, cariño —dijo la maestra—. Es un tiempo para mirar,
escuchar y sentir. Cada familia lo vive de manera distinta: unos rezan, otros
caminan en silencio y algunos simplemente se abrazan y recuerdan lo importante:
la bondad y la compañía.
Los niños compartieron sus propias historias: Sara recordó
la Pascua judía con sus panes redondos y dulces; Linh evocó los pétalos de
flores del Año Nuevo en Vietnam; Diego describió las danzas coloridas que
contaban viejas leyendas en México; y Amir habló de las noches de Ramadán,
cuando la mesa se llena al caer el sol y la familia se reúne en gratitud bajo
una luz serena. Cada relato se mezclaba con el aroma de la tiza y el murmullo
de la lluvia que golpeaba suavemente los cristales.
—¿Ven? —susurró la maestra—. Cada fe tiene su música, sus
colores, sus pasos. Escuchar y respetar es el primer paso para entender los
libros de todos los corazones. Y, si algún día decides acercarte a estas
historias, será porque comprendes su sentido, no por obligación.
Mateo cerró los ojos un instante, sintiendo que la ciudad se volvía un pulso compartido: pasos que marcaban el tiempo, sombras que se alargaban con la luz de las velas y un silencio profundo que parecía decir más que cualquier palabra. Y comprendió que la Semana Santa era más que una celebración: era un río de historias aprendidas con amor, compartidas con devoción, representadas con pasión. Diversas. Respetadas.
Epílogo
“Cuando las voces se apagan y la tiza descansa, quedan
flotando en el aire las historias compartidas. Cada niño guarda en su interior
un pequeño mapa hecho de colores, sonidos y memorias ajenas que ahora también
son suyas.
Y así, en la quietud, germina algo esencial: la certeza de que comprender no
siempre es saber, sino sentir con respeto los caminos de otros. Quizás, al
final, crecer sea aprender a escuchar el mundo como si fuera un susurro
sagrado.”
"Respetar los pasos, los colores y los silencios
de otros corazones es aprender a leer el mundo con los ojos del alma."
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