Prólogo
Hay preguntas que no nacen de la curiosidad, sino del
temblor.
Este texto no busca respuestas fáciles ni consuelos rápidos. Nace de un
instante mínimo —un domingo cualquiera— que se quiebra sin aviso y abre una
grieta hacia lo más hondo de la experiencia humana: la pérdida, el vacío, la
fragilidad de todo lo que creemos seguro.
A veces basta una historia ajena para confrontarnos
con lo impensable. Para obligarnos a mirar ese lugar donde no queremos estar,
pero donde, inevitablemente, podríamos encontrarnos algún día.
Lo que sigue no es un relato sobre el dolor, sino una
inmersión en su forma más silenciosa. Esa que no grita, que no estalla, pero
que transforma todo desde dentro.
Porque hay verdades que solo se revelan cuando dejamos
de observar… y empezamos a sentir.
Encendí la televisión como quien abre una ventana sin
esperar tormenta. Quería un domingo simple, de esos que no exigen nada, donde
el alma descansa y la mente se disuelve en historias ajenas. Pero hay relatos
que no se quedan en la pantalla: atraviesan la piel, buscan grietas y se
instalan.
Era la historia de un hombre que lo perdió todo en un
instante.
No poco, no algo ¡todo!
Y entonces comprendí que la tragedia no siempre grita; a
veces se instala en silencio, como una niebla espesa que lo cubre todo, hasta
borrar los contornos de la propia vida.
Me atreví a hacer lo que nunca debería hacerse del todo:
ponerme en su lugar.
Me calcé sus zapatos.
Fue inmediato. Brutal. Como si alguien hubiese apagado la
luz desde dentro. No hubo imágenes, no hubo recuerdos, no hubo siquiera vacío.
Fue un negro denso, compacto, casi táctil. Un peso en el pecho, como si el aire
se negara a entrar, como si respirar ya no tuviera propósito.
Pensé en ellos. En los míos. En sus voces, en sus gestos, en
esa forma invisible en que sostienen mi mundo sin que yo lo note. Y al imaginar
su ausencia, no sentí tristeza primero… sentí desaparición. Como si mi
existencia dependiera de las suyas, como si el hilo que me ata a la vida
estuviera tejido con sus nombres.
Y entonces lo entendí.
Hay dolores que no se piensan, se encarnan.
Hay pérdidas que no se superan, se sobreviven.
Y hay almas que, ante el golpe, no se rompen… se desvanecen.
Quizá por eso no tenemos derecho a juzgar el modo en que
otros sostienen su ruina. Porque desde fuera todo parece soportable, pero desde
dentro… desde dentro puede ser insoportable.
Cada duelo tiene su propio idioma, su propio ritmo, su forma
íntima de respirar entre escombros.
Ese domingo dejó de ser simple. Se volvió un espejo. Uno
incómodo, profundo, inevitable. Me recordó que la vida no avisa, que no
negocia, que no pide permiso para cambiarlo todo en un segundo.
Y en ese vértigo de oscuridad absoluta hubo algo que me
estremeció aún más… ¡no pensé en Dios!
Ni siquiera un instante.
Yo, que vivo con su nombre latiendo en lo cotidiano, no lo
busqué en ese abismo. Fue como si la mente, al quebrarse, olvidara hasta la luz
que la sostiene.
Y ahora, al volver en mí, al descalzarme de esos zapatos que
no eran míos, comprendo que mi mayor plegaria no es evitar el dolor —porque la
vida no concede ese privilegio—, sino no quedarme sola dentro de él.
Le pido a Dios que, si algún día la existencia me arranca el
aire de ese modo, no me suelte. Que me sostenga incluso cuando yo no sepa
nombrarlo. Que, si deseo desaparecer, sea su pulso el que me mantenga apenas,
lo suficiente, en un borde respirable.
Porque a veces, lo único que alguien puede hacer… es no
desaparecer del todo.
Epílogo
Después de asomarse al abismo, algo cambia. No siempre
de forma visible, no siempre con palabras. Pero queda una huella.
Tal vez no podamos prepararnos para el dolor absoluto.
Tal vez no exista una forma digna, correcta o suficiente de sostener lo
insoportable. Pero sí existe, aunque sea apenas perceptible, una resistencia
íntima: la de seguir, incluso cuando no sabemos cómo.
Este texto no pretende cerrar nada. No ofrece finales,
porque el duelo no los tiene. Solo deja una puerta entreabierta: la posibilidad
de que, incluso en la oscuridad más densa, haya algo —o alguien— que nos
sostenga cuando ya no sabemos hacerlo.
Y si algún día el mundo se apaga por dentro, quizá no
recordemos qué decir, ni qué creer, ni a quién llamar.
Pero tal vez, en ese borde mínimo donde aún queda aire, baste con no
desaparecer del todo.
A veces, sobrevivir ya es una forma de luz.
“Si un solo pensamiento puede vaciarte el mundo, ¿Qué
fuerza invisible te sostendría cuando ya no recuerdes ni cómo pedir ayuda?”
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