lunes, 20 de abril de 2026

"En zapatos ajenos": Un texto sobre el dolor silencioso, la pérdida absoluta y la fragilidad humana. Reflexión emocional sobre el duelo, la fe y la lucha por no desaparecer.

 

“Hay pérdidas que no hacen ruido al llegar, pero dejan un retumbar que no se silencia jamás.”


Prólogo

Hay preguntas que no nacen de la curiosidad, sino del temblor.
Este texto no busca respuestas fáciles ni consuelos rápidos. Nace de un instante mínimo —un domingo cualquiera— que se quiebra sin aviso y abre una grieta hacia lo más hondo de la experiencia humana: la pérdida, el vacío, la fragilidad de todo lo que creemos seguro.

A veces basta una historia ajena para confrontarnos con lo impensable. Para obligarnos a mirar ese lugar donde no queremos estar, pero donde, inevitablemente, podríamos encontrarnos algún día.

Lo que sigue no es un relato sobre el dolor, sino una inmersión en su forma más silenciosa. Esa que no grita, que no estalla, pero que transforma todo desde dentro.

Porque hay verdades que solo se revelan cuando dejamos de observar… y empezamos a sentir.


Encendí la televisión como quien abre una ventana sin esperar tormenta. Quería un domingo simple, de esos que no exigen nada, donde el alma descansa y la mente se disuelve en historias ajenas. Pero hay relatos que no se quedan en la pantalla: atraviesan la piel, buscan grietas y se instalan.

Era la historia de un hombre que lo perdió todo en un instante.

No poco, no algo ¡todo!

Y entonces comprendí que la tragedia no siempre grita; a veces se instala en silencio, como una niebla espesa que lo cubre todo, hasta borrar los contornos de la propia vida.

Me atreví a hacer lo que nunca debería hacerse del todo: ponerme en su lugar.

Me calcé sus zapatos.

Fue inmediato. Brutal. Como si alguien hubiese apagado la luz desde dentro. No hubo imágenes, no hubo recuerdos, no hubo siquiera vacío. Fue un negro denso, compacto, casi táctil. Un peso en el pecho, como si el aire se negara a entrar, como si respirar ya no tuviera propósito.

Pensé en ellos. En los míos. En sus voces, en sus gestos, en esa forma invisible en que sostienen mi mundo sin que yo lo note. Y al imaginar su ausencia, no sentí tristeza primero… sentí desaparición. Como si mi existencia dependiera de las suyas, como si el hilo que me ata a la vida estuviera tejido con sus nombres.

Y entonces lo entendí.

Hay dolores que no se piensan, se encarnan.

Hay pérdidas que no se superan, se sobreviven.

Y hay almas que, ante el golpe, no se rompen… se desvanecen.

Quizá por eso no tenemos derecho a juzgar el modo en que otros sostienen su ruina. Porque desde fuera todo parece soportable, pero desde dentro… desde dentro puede ser insoportable.

Cada duelo tiene su propio idioma, su propio ritmo, su forma íntima de respirar entre escombros.

Ese domingo dejó de ser simple. Se volvió un espejo. Uno incómodo, profundo, inevitable. Me recordó que la vida no avisa, que no negocia, que no pide permiso para cambiarlo todo en un segundo.

Y en ese vértigo de oscuridad absoluta hubo algo que me estremeció aún más… ¡no pensé en Dios!

Ni siquiera un instante.

Yo, que vivo con su nombre latiendo en lo cotidiano, no lo busqué en ese abismo. Fue como si la mente, al quebrarse, olvidara hasta la luz que la sostiene.

Y ahora, al volver en mí, al descalzarme de esos zapatos que no eran míos, comprendo que mi mayor plegaria no es evitar el dolor —porque la vida no concede ese privilegio—, sino no quedarme sola dentro de él.

Le pido a Dios que, si algún día la existencia me arranca el aire de ese modo, no me suelte. Que me sostenga incluso cuando yo no sepa nombrarlo. Que, si deseo desaparecer, sea su pulso el que me mantenga apenas, lo suficiente, en un borde respirable.

Porque a veces, lo único que alguien puede hacer… es no desaparecer del todo.


Epílogo

Después de asomarse al abismo, algo cambia. No siempre de forma visible, no siempre con palabras. Pero queda una huella.

Tal vez no podamos prepararnos para el dolor absoluto. Tal vez no exista una forma digna, correcta o suficiente de sostener lo insoportable. Pero sí existe, aunque sea apenas perceptible, una resistencia íntima: la de seguir, incluso cuando no sabemos cómo.

Este texto no pretende cerrar nada. No ofrece finales, porque el duelo no los tiene. Solo deja una puerta entreabierta: la posibilidad de que, incluso en la oscuridad más densa, haya algo —o alguien— que nos sostenga cuando ya no sabemos hacerlo.

Y si algún día el mundo se apaga por dentro, quizá no recordemos qué decir, ni qué creer, ni a quién llamar.
Pero tal vez, en ese borde mínimo donde aún queda aire, baste con no desaparecer del todo.

A veces, sobrevivir ya es una forma de luz.


“Si un solo pensamiento puede vaciarte el mundo, ¿Qué fuerza invisible te sostendría cuando ya no recuerdes ni cómo pedir ayuda?”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro: @tintasobrepapel

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