“Amar no pide permiso al tiempo; solo coraje para sentirse vivo.”
Prólogo
Antes de este instante hubo ruido.
Expectativas, versiones antiguas de mí misma, miradas que juzgaban más de lo
que comprendían. Durante mucho tiempo creí que amar era llegar a tiempo,
encajar en un molde, sostener una imagen que no se rompiera.
Pero el tiempo —inevitable, paciente— fue deshaciendo
esas certezas.
Me enseñó que el amor no habita en la perfección, sino
en la verdad que permanece cuando todo lo demás cambia.
Este texto nace desde ahí.
Desde el cuerpo que recuerda.
Desde la piel que ya no pide permiso.
Desde la mirada que, por fin, no se esconde.
No es una historia de amor hacia otro.
Es el instante exacto en el que una mujer decide habitarse…
y descubre que, al hacerlo, el amor deja de ser una búsqueda para convertirse
en presencia.
Esa mañana no fue como las otras.
Me levanté despacio, con el cuerpo aún tibio de sueños, y
caminé hasta el espejo sin pensar demasiado… pero al mirarme, algo cambió. No
vi solo mi reflejo.
Vi otros.
El de una mujer amada… que ama.
Y detrás de mí, el tuyo.
No necesitaba girarme para saber que estabas ahí. Tu
presencia tenía esa forma de llenar el espacio sin ruido, como una respiración
que acompasa la mía. Sonreías… y en esa sonrisa había algo más que deseo: era
una llave. Una que abría, sin esfuerzo, las puertas de mi seguridad, de mi
plenitud.
Mis manos se detuvieron sobre la piel, como si quisieran
comprobar que seguía siendo la misma. Pero no lo era. Había en mí una certeza
nueva, una forma distinta de habitarme.
Porque no me mirabas para medir lo que el tiempo había
cambiado.
Me mirabas como si cada huella fuera parte del mapa que querías recorrer.
Y eso… lo transformaba todo.
He amado desde la urgencia y desde la pausa. He deseado con
hambre y con silencio. Pero nunca había sentido esta calma ardiente, este modo
de ser vista sin necesidad de esconder nada.
Porque amar, cuando el tiempo ha dejado huellas, no es
inocente.
Es un acto valiente.
Casi indómito.
Me acerqué un poco más al espejo, como si al hacerlo pudiera
entender lo que estaba ocurriendo. La luz dibujaba mis contornos sin
suavizarlos, sin mentir. Y, por primera vez, no quise corregir nada.
Sentí tu cercanía antes de sentir tu tacto.
Ese calor… lento, contenido, que no invade, pero despierta.
Tu voz, apenas un susurro cerca de mi oído, rozó algo más profundo que la piel.
Y en ese instante suspendido, mi cuerpo recordó:
el deseo no nace de la perfección, sino de la verdad que se
atreve.
Cerré los ojos.
Y dejé de resistirme.
Dejé que mis cicatrices respiraran.
Que mis arrugas se abrieran como mapas.
Que mi piel —imperfecta, viva— dejara de ser juicio para convertirse en
territorio.
Porque sí… amo con la devoción de quien se incendia.
Pero ahora, también me dejo arder.
El tiempo no me ha quitado el amor.
Me ha cambiado la forma de sentirlo.
El tiempo da vida, pero no gratis. Se lleva la tersura, la
ligereza con la que antes cruzábamos el deseo sin pensar. Nos vuelve más
lentos… más conscientes. Pero también nos regala algo que antes no sabíamos
nombrar: la profundidad.
Nos enseña a recorrer sin prisa.
A detenernos donde antes huíamos.
A reconocer el momento exacto en el que el alma se abre.
Nos da otros mapas.
Y en ellos ya no buscamos llegar rápido, sino llegar de
verdad.
Quedarnos.
Habitar.
Dejar una huella que no desaparece cuando el cuerpo cambia.
Por eso, si alguna vez dudaste… si te escondes tras la edad,
tras la forma, tras el miedo a no ser suficiente, escúchame:
no es el tiempo el que limita el amor.
Es el miedo el que lo encierra.
Porque el amor sigue ahí.
Esperando a que lo mires sin vergüenza.
A que lo vivas sin permiso.
Hoy no quiero ser otra versión de mí.
Hoy me quiero en esta.
La que tiembla.
La que siente.
La que se ofrece sin garantías.
Porque el amor no rejuvenece el cuerpo…
pero resucita todo lo que en él parecía dormido.
Y tú… cuando nadie te mira,
¿te atreves a sentir lo que aún vive en ti?
Epílogo
Después de ese momento frente al espejo, nada volvió a
ser exactamente igual.
No porque el mundo cambiara…
sino porque yo dejé de mirarme con los ojos del miedo.
Entendí que el amor no llega para salvarnos, ni para
devolvernos lo que el tiempo transforma.
Llega para enseñarnos a habitar lo que somos ahora.
Y en ese habitar, algo se aquieta.
Ya no hay prisa.
Ya no hay comparación.
Ya no hay versiones que perseguir.
Solo queda esta forma de estar viva,
con todo lo que duele,
con todo lo que arde,
con todo lo que aún late.
Porque al final, el amor más profundo no es el que nos
encuentra…
sino el que decidimos no abandonar.
Y cuando eso ocurre, ya no importa quién nos mire.
Importa que, incluso en silencio,
nos atrevemos a sentir.
“No es el tiempo quien transforma el amor… es el valor de
vivirlo sin esconderse.”
Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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