viernes, 31 de octubre de 2025

"LA HISTORIA DETRÁS DE LA PUERTA": Explora un relato fascinante sobre puertas, vigas y secretos ocultos en las casas. Una historia de reflexión sobre el misterio que encierra la intimidad de vidas desconocidas detrás de cada umbral.


 Un grupo de personas posando para la cámara con un texto en blanco

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“Cada puerta guarda una historia, y algunas prefieren permanecer cerradas.”


Introducción

Siempre me ha intrigado lo que callan las casas.
Cada puerta, cada muro, cada objeto, guarda un eco de lo vivido; a veces son risas, otras silencios pesados que nadie se atreve a nombrar.
Hay espacios donde el aire parece detenido, donde algo quedó sin resolver, y basta una mirada para sentir que algo —o alguien— aún habita allí, en forma de recuerdo.
Este relato nació de esa sensación: la certeza de que, detrás de cada fachada, existe una historia que se resiste al olvido… una historia que quizá preferiría no ser contada.


La tarde era cálida, con ese sopor apacible que invita a la charla lenta y sin prisa. Las cuatro mujeres estaban reunidas en la cocina, sentadas en el mesón disfrutando de grandes tazones de café con leche, humeante y a pan recién hecho.

El ambiente era agradable. Perfumado por los aromas de lo que allí se degustaba y, también, por la alegría de esas almas cada vez que se juntaban. De repente el silencio se impuso: todas se quedaron mirando la viga que sobresalía en el oscuro techo de madera.

Era un madero extraño, atravesado de pared a pared, pero sin sostener nada; como colgado en el aire, insinuando que allí se esperaba sujetar algo. Algo que no era precisamente una piñata: el espacio era estrecho, apenas suficiente para que cupiera una sombra. ¿Un capricho del arquitecto, o un diseño arquitectónico inconcluso, tal vez?

Las tres generaciones de mujeres —abuela, madre, hija y la tía que había venido de visita— habían hecho la misma pregunta infinidad de veces. Cada tanto, para despojarla de su aire lúgubre, soltaban una broma sobre la dichosa viga. Pero, pese a la risa, siempre acababan volviendo a mirarla con recelo… porque esa viga, en el fondo, daba mala espina.

La más joven fue la primera en romper el silencio:

—Oigan, hablando de vigas funestas, escuchen este chiste que me acaban de mandar —dijo con picardía, mostrando el móvil—: “Mami, ¿podemos mecer a la abuela? —No, todavía no, hasta que sepamos si se colgó o la colgaron—”.

La abuela abrió los ojos desmesuradamente, el chiste no le pareció gracioso.  En principio, obvio, de una abuela colgada trataba. La madre miró a la hija como reprochándole, mientras que la tía apretaba los labios para contener la risa. El chiste era cruel, sin duda, pero las carcajadas —al final— brotaron de todas ellas. Así es la naturaleza humana: se permite reír incluso de lo que asusta. La risa, sin embargo, se cortó de golpe, como si alguien hubiera apagado la luz. El silencio volvió, pesado, cargado de conciencia y el tema regresó a la viga.

La nieta frunció el ceño y, con voz grave, preguntó:

—¿Se acuerdan de esa casa amarilla con la fachada de piedras negras, la que está tres puertas más abajo? Esa misma que siempre les digo que no puedo pasar por delante sin que se me ericen los vellos.

Las tres asintieron en silencio, mirándose entre ellas. Las risas se esfumaron y, en su lugar, quedaron mudas -con las cejas levantadas y los labios tensos-, sus rostros reflejaron expectación e inquietud ante esa pregunta que, como murmullo gélido, les ponía la piel de gallina.

—Pues bien—continuó, bajando un poco la voz—, me enteré el otro día de que la dueña se ahorcó allí, hace ya algunos años. Yo no lo sabía, pero algo malo intuía.

Un estremecimiento recorrió la mesa. Todas conocían al esposo y a la hija de aquella mujer; los saludaban con naturalidad cuando los veían en el jardín de enfrente. Nunca imaginaron lo que se escondía tras esas paredes.

El comentario desató reacciones diversas. Miradas clavadas en el café, dedos inquietos sobre la taza, manos llevadas a la cabeza, también al corazón. Emitieron juicios morales, reflexiones religiosas, lamentos y suspiros de compasión. Palabras y gestos al calor de la conversación, que poco importan ahora. Lo esencial era la certeza que quedaba flotando, no en el aire, en la conciencia: ¿cuánta gente tratamos sin conocer sus honduras? ¿cuántas casas esconden historias invisibles? ¿Qué se esconde tras las puertas ajenas? Tal vez la misma pregunta que evitamos hacernos en la nuestra…

La abuela — visiblemente afectada por la revelación— alzó la mano y, con el dorso, acarició el rostro de su nieta con ternura. Luego, extendiendo sus manos las posó en las manos de sus hijas. Las miró, con la profundidad del océano azul de sus ojos, y les susurró:

—De lo gracioso hemos pasado a lo trágico. Nunca más volveré a ver igual esta viga… hagámosla desaparecer, por favor. —ese susurro no fue una súplica, fue un mandato.

Después de aquello, resultaba imposible volver a pasar frente a una fachada sin preguntarse, en voz muy baja, como pensamiento que se escapa:

¿Cuál será la historia que se oculta tras la puerta? Y, sobre todo, ¿qué puerta se oculta tras cada historia?”


Epílogo

Desde aquel día, miro las puertas con otros ojos.
Pienso en cuántas vidas se desarrollan detrás de ellas, cuántas alegrías y desdichas conviven bajo un mismo techo, ocultas a la mirada de los demás.
Comprendí que las casas no solo guardan cuerpos: guardan almas, gestos suspendidos, palabras no dichas.
Y que, al final, todas las vigas —las reales y las simbólicas— sostienen mucho más que paredes: sostienen lo que callamos, lo que nos duele, lo que somos cuando nadie mira.
Porque ninguna fachada es muda… todas, tarde o temprano, murmuran su verdad.


“Tras cada umbral hay un alma intentando sostener su propio techo.”






lunes, 27 de octubre de 2025

"COINCIDIR": la historia de almas que se reencuentran a lo largo de los siglos para sanar, aprender y elevarse. Una reflexión sobre reencuentros, destino, memoria del alma y amor eterno.


Un dibujo de una persona

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"Un pacto de almas que trasciende el tiempo para sanar, aprender y elevarse hacia la eternidad."


Introducción

Hay almas que no se resignan a la fugacidad de una sola vida.

Regresan, una y otra vez, movidas por una fuerza tan antigua como la creación misma: el anhelo de completarse. No vuelven por castigo ni por azar, sino por un acuerdo silencioso entre ellas y el universo.

Cada existencia es una página del mismo libro. Cada cuerpo, un traje temporal donde el alma ensaya sus lecciones: el amor, la culpa, la pérdida, la entrega. Nada se olvida del todo; lo aprendido se lleva en la memoria invisible del espíritu, que recuerda incluso cuando la mente calla.

A veces, esos pactos antiguos se activan en el momento justo —una mirada, un encuentro, un viaje—, y todo lo vivido antes se asoma entre los pliegues del presente.

Es entonces cuando entendemos que la vida no empieza con el primer aliento ni termina con el último.

Coincidir es la historia de esas almas que, a través de los siglos, se buscan, se reconocen y se sanan. No como castigo, sino como promesa cumplida. Porque cuando dos o más almas deciden encontrarse una y otra vez, lo hacen para recordar que el amor —el verdadero— no muere: solo cambia de forma hasta que alcanza la eternidad.


El pacto

El encuentro estaba escrito desde siempre. No era una simple reunión entre amigas, sino la consumación de un antiguo pacto de almas que habían decidido coincidir, una y otra vez, a lo largo de los siglos, con objetivos muy claros: enseñarse, aprender, reparar, crecer, elevarse… hasta regresar al infinito de los tiempos, el origen de todo.


El llamado del destino

Aquel día señalado no admitía retrasos. El tiempo —esa ilusión que a veces separa y a veces une— había llegado a su punto exacto.

El destino no sería burlado.


El viaje

Ella abordó el avión como quien asume una misión sagrada. Al llegar a Barajas fue directamente a Chamartín y, desde allí, con boleto en mano, inició el trayecto que la llevaría a Avilés. El cansancio la vencía, recordándole su humanidad en el tiempo presente. Pero su conciencia sabía que lo que estaba por ocurrir no era de esta vida solamente.


Memorias del alma

Ya en el tren, miraba los paisajes pasar como ráfagas de recuerdos de tiempos ancestrales incrustados en su memoria. Se dejó llevar por esa oleada sensorial.

 Se relajó.

 Sonrió.


El padre

Era imposible no recordar esos paisajes prístinos del continente austral, donde la pureza del aire unía la visión con las aguas calmas y las riberas encharcadas como un todo. Sentía flotar dentro de una burbuja de líquido mercurio, denso y mágico, al recordarse acompañada de su padre —en absoluto silencio— cuando en su bote pescaba.

Lo tenía en la mente, siempre callado y con la mirada perdida. Recordaba cómo la veía con desdén, incluso con rabia, y cómo, con sus toscas manos, la golpeaba. Jamás le perdonó que su joven y amada esposa muriera por parirla. No la alimentaba. Cuando a su famélico cuerpecito agua le prodigaba, se la tiraba en la cara para que la bebiera del piso como una alimaña.

Así, tirada en el suelo, absorbía el agua y en ella veía reflejada la imagen de ese infeliz hombre: alto, de cabellos rojos, con unos ojos azules tan intimidantes como el cielo tormentoso en alta mar. Allí, tumbada, él la pateaba mientras le reclamaba su extremo parecido con su madre, lo cual juzgaba como una insolencia por no permitirle olvidarla.

Ese hombre, perdido en su impotencia y enojo, le había dado una gran lección de vida: perdonar las villanías del que ama con dolor… está bien.


La infancia de los tilos

También surgía en su mente el recuerdo de su estancia en ese pequeño territorio de la Europa Oriental. Largas calles de tierra negra, alfombradas y perfumadas por flores de tilo. Árboles altos y frondosos las enmarcaban como claras señales de caminos conocidos. Escuchaba su risa, y la de otros niños del vecindario, al corretear a los gatos para colocarles cascabeles que retumbaban en sus oídos.

Las risas no cesaban. Corrían, se encaramaban, rodaban… ¡y por todo se maravillaban! Desde los deditos de sus pies hasta sus cabelleras desprolijas y cundidas de piojos, las flores de tilo y los pelos de gatos los envolvían como regalos, como tesoros. En este pasaje de su vida aprendió que la niñez debe estar rodeada de amigos, despreocupación y alegrías… eso estaba bien.


El amor y la instrucción

Vino a su memoria tardes soleadas de verano, refrescadas por la brisa proveniente del Cantábrico. Ella, sentada en el piso de tierra barrida junto a aquella madre —de ese entonces— que, abnegada y paciente, le enseñaba sus primeras letras. Las dibujaba con un palillo hecho de una rama caída y la madre las borraba y corregía por su constante distracción.

Observaba a su amoroso padre venir cuesta arriba, por el camino empinado, con pesadas vasijas de barro llenas de agua fresca del río, pero con una amplia sonrisa al verla estudiar. Aprendió, entonces, que no valen las posesiones si entre padres e hijos existe amor, dedicación y respeto… y si la instrucción se imparte. Eso estaba bien.


La cosecha del dolor

Y ¿cómo olvidar aquel miserable día en que se le enseñó que cada uno cosecha lo que siembra? Hincada de rodillas en la fangosa tierra fue obligada, por el indignado padre, a poner su cara contra ésta mientras la azotaba sin piedad.

Desde el suelo, con el rostro semicubierto por su cabello lacio y negro empapado de barro y sangre, alcanzaba a ver los cestos llenos de mangos y, al fondo, los platanales. Era tiempo de cosecha. También podía oler la acidez de los frutos que se descomponían en el suelo. Dulces y amargos aromas envolvían su trágico día.

Su pequeña hija —concebida sin unión bendecida por el amor— se había ahogado en el pozo sin auxilio alguno por estar ella en holgazanería. Después de la paliza iracunda de su padre, fue desterrada del fundo familiar. Jamás volvería a ver a su familia vietnamita. Traer hijos al mundo sin amor y sin responsabilizarse por ellos… era un mal asunto. Jamás olvidaría aquella lección. Jamás tal vileza repetiría.


La redención

En cambio, en su siguiente vez, se esforzó por ser útil y valiosa a sus semejantes. Así se reivindicó ante Dios. En una tarde abigarrada de incipiente primavera se lanzó del muelle para ayudar a su hermanita que se ahogaba. La adoraba. Era una bebé dulce y quieta, que solo sonreía.

Oía los gritos de su desesperada madre, suplicándole que la salvara. Impulsada por esa angustia, se despojó del ropaje para lanzarse al agua, pero se detuvo: el miedo la paralizaba. Aquellas aguas, translúcidas por su pureza, eran profundas, traicioneras. Profusas algas verdes y negras emergían como tentáculos deseosos de atrapar todo lo que las rozara.

Vio el cuerpecito agitándose bajo la superficie. Con coraje, se lanzó a las frías aguas. Luchó para alcanzarla y la rescató del follaje marino, entregándosela a su madre. Ésta se fue presurosa para socorrer a la infanta, dejándola a ella olvidada, sumergida. No alcanzaba la superficie. Enredada, luchaba, pero cuanto más se movía más se cansaba.

Se ahogaba. No sentía miedo ni rabia: estaba tranquila. La paz la embargaba. Su deuda con la vida anterior estaba saldada. Amar a los semejantes como a uno mismo está bien. Sacrificar la vida por salvar a un inocente… está muy bien.


La alegría y la unión

Obvio que sus aprendizajes no solo provenían de duras y tristes lecciones, ni de la absoluta pobreza. Siempre la había animado a seguir adelante el recuerdo de los festejos y alianzas. Había aprendido que las personas, al unirse con amor y alegría, se comprometen al respeto y cooperación mutua. Así florecen familias estructuradas, felices y prósperas. Sociedades sanas donde los males no agobian. Y eso… era muy bueno.


El reencuentro

El tren llegó a Avilés. Descendió del vagón y las vio. Allí estaban sus amigas en esta vida. Sus cómplices, en las otras. Eran aquellas almas con las que había pactado para llevar el proceso de aprendizaje, el blanqueo de la conciencia, la elevación última. Habían sido, indistintamente, ¡maestras y alumnas!

El abrazo que se dieron fue eterno. Se fundieron en una sola alma, como quien se reconoce más allá del tiempo, del espacio, de lo corpóreo. Un zumbido silencioso invadió el aire. Los pájaros dejaron de cantar. El cielo, por un segundo, respiró hondo.


La casa y el brindis

Caminaron por las calles antiguas, bajo un cielo que pintaba el mundo de amarillo rancio. Todo era silencio y hojas secas; todo era calma. Los adoquines de las callejuelas parecían susurrar nombres olvidados. Sus pasos resonaban como tambores de un ritual que acababa de comenzar.

Ya en casa, sentadas en la cocina con vino y pan sobre la mesa, brindaron por lo que eran, por el reencuentro. Eran pasajeras del tiempo. Guardianas del alma. Transeúntes de la Tierra, morada efímera donde purgatorio, cielo e infierno coexisten en tiempo y espacio. Escuela estricta que enseña y corrige. Taller donde se forja la esencia —el quién— a golpes de mazo sobre la carne y la conciencia.

—Por nosotras… y por coincidir —dijo ella, la recién llegada. Y el brindis se selló con una alegría mística. La música sonaba baja. Era su himno, el de otras vidas: Coincidir.


La revelación

Cantaban desde el alma: “Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio… y coincidir”.

Y mientras las copas se vaciaban y la noche se fundía con el día, se despojaron de la carne, señal de que el velo entre los mundos se había transparentado. La eternidad quedó al desnudo.

El reloj se detuvo. Afuera, la luna sangraba. Adentro, todo era revelación.


Epílogo

Ahora lo entiendo.

No fue casualidad, ni capricho del destino. Todo lo que dolió, todo lo que amé, todo lo que perdí… tenía un propósito. Cada vida fue un peldaño, cada encuentro, un espejo donde reconocí lo que aún me faltaba aprender.

Durante tanto tiempo busqué respuestas afuera, en otros rostros, en otros mundos, sin saber que la verdad siempre había estado latiendo dentro de mí: somos viajeros del tiempo, almas que regresan a reparar lo inconcluso, a perdonar lo que una vez hirió, a amar sin condiciones.

Hoy sé que nada ni nadie se pierde. Que las almas que una vez me acompañaron siguen aquí, cerca, con otros nombres, con otros cuerpos, pero con la misma luz que reconozco al mirarles los ojos.

Entendí que la muerte no es final, sino tránsito. Que cada partida prepara un regreso, y cada regreso, una nueva oportunidad de ser mejor. El alma nunca olvida. Solo espera el momento perfecto para recordar.

Coincidimos porque así lo pactamos.

Porque, más allá del tiempo, decidimos seguir caminando juntas, aprendiendo, sanando, elevándonos.

Y cuando llegue el instante de volver al origen, lo haremos con la conciencia limpia, la deuda saldada y el amor intacto.

Ahora sé que coincidir…es la manera en que el alma se reconoce eterna.


“Coincidir no es azar: es la memoria del alma que nunca olvida sus pactos.” 

domingo, 26 de octubre de 2025

"LO COTIDIANO": Aprendiendo a reconocer lo extraordinario en lo simple y cotidiano. Reflexión sobre la belleza de los gestos, la naturaleza y los momentos que la vida nos regala cada instante.

 

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“Descubre lo extraordinario en cada instante.”


 Introducción

Hay días en que me descubro corriendo detrás de lo que falta, sin detenerme a mirar lo que ya tengo frente a los ojos.
He vivido así muchas veces, distraída, buscando lo excepcional como si solo lo grandioso mereciera ser recordado.
Pero poco a poco he comprendido que la vida verdadera se esconde en lo simple: en los gestos, en los silencios, en aquello que no presume.
Por eso escribo estas líneas, como una forma de recordarme —y de recordarnos— que lo extraordinario no siempre brilla… a veces apenas respira, pero basta detenerse para sentir su pulso.


A veces tememos hacer el ridículo por deleitarnos en lo simple y habitual. Qué necios somos, como si importara a alguien lo que hacemos, mientras no alteremos su mundo.

Vivimos rodeados de maravillas silenciosas, latentes en lo cotidiano: el afecto constante de quienes nos acompañan, la lealtad silenciosa de los amigos, las miradas y gestos que cruzan nuestro camino; el latir profundo de los mares y ríos, la danza perpetua de los campos y las hojas al compás del viento, el cielo que respira luz y sombra, y la música callada de sol, luna y estrellas.

Todo nos envuelve y, aun así, como ciegos en abundancia, lo damos por sentado.

Somos seres de balance negativo: lloramos lo que falta, anhelamos lo que no llega.

Pero basta un instante de atención para descubrir lo extraordinario en lo pequeño: un “te amo” que resuena como eco en el alma, una risa inesperada que enciende el aire, la ternura silenciosa de un gesto, la sonrisa de un niño como caricia etérea, la advertencia sabia de un anciano que nos alerta como borrasca anunciada, el olor de la ciudad bajo la lluvia, el susurro del mar al acariciar la orilla, el juego travieso de una mascota que nos recuerda la sencillez de existir.

Cada instante merece ser contemplado como si fuese la primera… y última vez. Sentido como lo que es: un regalo vivo, palpitante, del particular mundo que nos habita.

En lo cotidiano vibra lo extraordinario de la existencia. ¿Cursi? Tal vez. Pero feliz y agradecida, también, por este “hoy” que se me ofrece, que recibo como quien sostiene en sus manos un fruto recién caído del árbol, tibio y perfecto, y deja que su esencia penetre en cada poro de la vida.


Epílogo

Hoy no quiero grandes hazañas ni respuestas definitivas.
Solo deseo aprender a mirar con ojos nuevos lo que siempre ha estado ahí: el olor del café, la voz de quien me nombra, el aire que entra y sale sin pedir permiso.
He descubierto que la plenitud no es una meta, sino un estado de atención.
Y que cuando logro detenerme, aunque sea un instante, el mundo entero se revela distinto: más cálido, más cercano, más vivo.
Porque, al final, la felicidad no se busca… se reconoce en lo cotidiano.


“La maravilla vive en lo más cercano, latente en cada gesto.”





viernes, 24 de octubre de 2025

"Las que aman la vida": Un texto poético que reflexiona sobre amar la vida a través de gestos simples, manos anónimas y la belleza silenciosa de lo cotidiano.

 Texto, Carta

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“Amar la vida es sostenerla en lo simple.”


Introducción

Siempre me han conmovido las manos.
Las miro y siento que en ellas se guarda la historia del mundo: la ternura y la fatiga, la entrega y el silencio.
Quizás porque en mis propias manos —y en las de tantas otras— he visto reflejado el pulso invisible de la vida cotidiana, ese que no busca aplausos, pero sin el cual nada se sostiene.
Hoy escribo pensando en esas manos anónimas que aman la vida sin decirlo, que la levantan cada día con gestos simples, con fe, con paciencia, con amor.


Manos que estrujan los ojos
al despuntar el alba,
tapan la boca con pereza
para atrapar un bostezo
antes de que se escape... llevándose con él las ganas de ponerse de pie

Manos que desenredan cabellos,
abrigan el cuerpo
y calzan los pies desnudos de sueños.

Manos que preparan alimentos con amor,
que bendicen,
que se entrelazan
y le dan fuerza a la oración.

Manos que se llevan al pecho
como un refugio,
para espantar los miedos
y calmar el dolor de mil nombres.

Manos arrugadas por el agua,
de tanto fregar trastos,
de enjabonar pieles curtidas
y cabezas nevadas por el tiempo…

Manos que han sostenido el mundo en silencio, sin quejas,
sin hacerlo notar.

¡Qué sé yo!

Manos desgastadas,
agradecidas manos,
¡de tanto la vida amar!


Epílogo

A veces olvido que amar la vida no es un acto grandioso, sino una suma de gestos pequeños: una taza de café compartida, una cama tendida con cuidado, un pan amasado con ternura…
Eso es sostener el mundo.
Y cuando miro mis propias manos —cansadas, quizá, pero llenas de historias— comprendo que también forman parte de esa cadena silenciosa que da sentido a todo.
Porque amar la vida, lo entiendo ahora,
es seguir ofreciéndola en lo simple,
en cada caricia, en cada tarea,
en cada amanecer que aún me invita a comenzar.


“Amar la vida es sostenerla en lo simple.”





viernes, 17 de octubre de 2025

"PERDIDA": Un viaje íntimo entre sueños, pérdida y transformación. Un poema en prosa sobre el desconcierto, la búsqueda interior y el despertar de lo vivo.

 “Entre hilos de sueños, la piel recuerda lo que el alma anhela.”


Prólogo

Hay días en que me desconozco.
Camino entre rostros y lugares familiares, pero todo me parece ajeno, distante, como si el mundo se hubiera desplazado un poco y yo quedara fuera de su centro.
No sé si busco un lugar, una mirada, o una versión de mí que extravié sin darme cuenta.
Solo sé que sigo andando, con los bolsillos llenos de preguntas, y el corazón temblando entre quien fui y quien aún espero ser.
Este es uno de esos días: un intento por entenderme entre los hilos sueltos de mis propios sueños.


Caminando.
A plena luz del día.
Mirándolo todo…
con ansiedad escondida.

Caminando sin brújula,
desnuda de rumbo,
hallándome totalmente perdida.

Mi vida la sostiene
una maraña de sueños;
frágiles hilos que tiemblan,
que se enredan,
que apenas me sostienen.

Me siento como agua estancada:
espejo sin reflejo,
sed que se esconde,
transparencia que se evade,
un sorbo que se escapa…

¿Hacia dónde va
quien siempre espera
el roce de un río vivo
que la penetre, la despierte,
y la haga fluir con la corriente?
Hacia un océano agitado, vivo, en movimiento;
Lejos del lago apacible, donde no azota el viento.


 Epílogo

Quizá perderme era necesario.
Tal vez solo desde el desconcierto podía aprender a escucharme sin ruido, a mirarme sin miedo. He comprendido que no todo vacío es ausencia: algunos son espacio para lo nuevo, para lo que aún no se atreve a nacer.
Sigo caminando, sí, pero ahora con la certeza de que cada paso, incluso los errantes, me acercan a mí.
Ya no temo al silencio ni a la quietud. Porque empiezo a sentir, muy dentro, el rumor de un río que despierta…
y sé que, al fin, volveré a fluir.


“Solo el roce de lo vivo puede hacer fluir lo que permanece estancado.”




viernes, 10 de octubre de 2025

"El inicio del todo": Poema filosófico y espiritual sobre el origen del universo, el Big Bang, la conciencia y lo divino. Una meditación poética sobre el inicio del Todo y la primera vibración de la existencia.

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“El universo nació de un verso primero.”


Introducción

Antes del tiempo, antes del nombre, antes del pensamiento… hubo silencio.
Un silencio tan pleno que contenía todos los sonidos por venir.
En él latía la promesa de la existencia, el germen de la palabra, la primera vibración que más tarde sería universo.
Este poema es una ofrenda a ese instante primordial: el punto donde lo divino se hizo movimiento, donde la nada decidió florecer.
Cantar al origen es recordar que cada átomo de nosotros proviene de una chispa sagrada, que aún arde, que aún crea.


Le canto al Inicio del Todo —y poca ofrenda es—,
a ese instante imposible, anterior al tiempo,
donde nació el universo con el poder de lo infinito, de lo omnipotente… y con él, el asombro.

Antes del antes,
cuando no existía el tiempo para decir “antes”,
el Todo era un punto
sin tamaño, sin principio ni fin.
Sin forma, etéreo, incorpóreo.
Sin destino, pero con propósito.

No había luz
ni oscuridad.
No había adentro ni afuera,
ni siquiera un “dónde” para guardar el misterio.

Solo una semilla
conteniendo todos los jardines posibles.
Una vibración guardada,
como un suspiro suspendido en el pecho de lo eterno,
como un latido sin corazón que lo sostuviera.

Y entonces,
sin razón, con conciencia;
sin permiso, con autoridad;
sin público, con omnipresencia,
ocurrió.

Un estallido sin ruido,
una flor de fuego que se abrió en la nada,
lanzando materia y espacio
como pinceladas de un artista invisible
sobre lienzo sin marco,
tejido con fibras de amor y esperanza.

No fue una explosión.
Fue una expansión.
Un parto cósmico donde el útero era la nada
y el hijo, el Todo.

El tiempo nació con Él,
como un hilo dorado extendiéndose en espiral.
El espacio lo siguió,
con su cuerpo de seda estirada y temblorosa.
Y junto a ellos,
el sonido primero: un murmullo sagrado,
la música del origen.

En esa danza inicial
se tejieron las leyes,
se encendieron las estrellas
y aparecieron las primeras preguntas
—aún sin labios para formularlas—.

Desde ese instante,
toda piedra, todo viento,
toda lágrima y todo verso
llevan en su médula
el eco del principio,
del Creador.

Somos polvo que recuerda.
Materia que canta.
Conciencia que vuelve sobre el origen
y lo nombra…
sin entenderlo del todo,
pero con reverencia,
con amor,
con fe,
con devoción.


Epílogo

El origen no fue un evento que quedó atrás: sigue ocurriendo, en silencio, dentro de todo lo que existe. Cada respiración, cada pensamiento, cada gesto de vida es una réplica minúscula del primer movimiento. El universo no terminó de nacer; continúa expandiéndose, y con él, también nosotros.

Comprender el principio no es tarea de la razón, sino del asombro. El intelecto mide, analiza, busca causas; pero el alma solo contempla y reconoce. En ese reconocimiento está la verdadera sabiduría: saber que provenimos de algo inmenso, que somos parte de una inteligencia que nos desborda.

Y así, entre lo finito y lo eterno, transitamos: materia que piensa, espíritu que recuerda.
Porque en el fondo, toda búsqueda —científica, filosófica o espiritual— es la misma: el intento de volver al punto inicial, al verso primero donde comenzó el Todo.


“Somos fragmentos de la primera luz.”


viernes, 3 de octubre de 2025

"RETIRADA A TIEMPO": Reflexión íntima sobre el valor de retirarse a tiempo, preservar la esencia y proteger el alma del caos emocional y las sombras ajenas.


Dedicatoria

“A todos los que, confundidos entre sombras ajenas, entregan su luz interior. Que sepan que la esencia es un río que no se debe desviar, ni siquiera por el deseo de ser aceptados.”


“Hay momentos en que alejarse no es cobardía, sino salvar el alma.”


Introducción

En un mundo que se agita entre prisas, apariencias y palabras vacías, conservar la calma se ha vuelto un acto de rebeldía. Cada día estamos más expuestos al ruido ajeno —ruido que confunde, que divide, que hiere—, y sin darnos cuenta, terminamos perdiendo un poco de nuestra luz en el intento de encajar o de comprender lo incomprensible.
Este texto es un recordatorio sereno, aunque firme, de que retirarse a tiempo también es una forma de amor propio. No todo vínculo merece nuestra presencia, ni todo silencio es renuncia: a veces, es la más digna afirmación del alma.


En estos tiempos “extraños” en que vivimos, no debemos aislarnos ni excluir a nadie; y, sin embargo, hay momentos en que dar media vuelta es un acto de supervivencia, un gesto de salvaguarda del alma. ¡Es mejor estar solo que mal acompañado!

Cuando estamos cerca de la gente, en lugares públicos o privados, con extraños o conocidos, y sentimos inquietud recorrernos como un viento helado… cuando nos movemos de un lado a otro, inquietos, incómodos, sin hallar sosiego; o bajamos la cabeza por vergüenza, o para ocultar lágrimas que brotan sin permiso, nacidas de la impotencia, la ira o el dolor —por la razón que sea— sin poder frenar aquello que nos hiere… es momento de retirarse, de no formar parte del caos.

Es entonces cuando comprendemos que algo oscuro se ha infiltrado, el “diablo” que nadie invitó: sombra que corroe la empatía, torbellino que revuelve las entrañas, viento que arrastra lo peor de nosotros. La confusión sube, la mente se nubla, la paciencia se quiebra; sentimos la tensión en cada músculo, el corazón palpitando como hojas al viento.

Hay que tomar los bártulos de inmediato y marcharse por otro sendero; o recluirse en casa, cerrando puertas con firmeza, sin rendija alguna. No es cobardía, no es miedo: es sensatez, prudencia, sabiduría.

Se debe hacer sin vacilar, porque si permanecemos, las emociones se desbordan, los principios se desvanecen, y la razón, la paciencia, la tolerancia… incluso la decencia, se evaporan. Se dirá lo que se piensa, se hará lo que se siente, sin vuelta atrás.

Porque el “diablo”, señores, es una mierda… no se combate ¡se evita!


Epílogo

Al final, lo que importa no es cuánto resistimos entre la confusión, sino cuánto supimos preservar nuestra esencia en medio de ella. Retirarse no siempre es cerrar una puerta; a veces es abrir una ventana hacia la claridad, hacia un aire más limpio donde el alma pueda respirar.
Porque quien sabe alejarse cuando la sombra invade no huye: se salva. Y en ese acto silencioso de sabiduría, vuelve a encender su propia luz… lejos del “diablo”, y cerca de sí mismo.


“Sí, el diablo es una mierda, y quien se deja arrastrar también.”