martes, 3 de febrero de 2026

"Trazos de sal y tinta: La Habana, España". Un viaje poético y sensorial por Cuba, y el exilio español, donde la memoria se siente en la piel y el mar


“No es historia, no es ensayo: es la memoria que respira, huele y duele.”


Prólogo

Entre la luz que quema y el olor del mar, este relato reconstruye territorios suspendidos en el tiempo: los que se viven, los que se recuerdan. Cada palabra es sal en la piel, cada frase, viento en la memoria.
Aquí se habita el desarraigo, se escucha la historia en el murmullo del mar.


La Habana brillaba.
Calles adoquinadas que reflejaban la luz eléctrica de los pocos postes que iluminaban edificios oficiales, teatros y clubes privados. Ventiladores, privilegio de algunos hogares acomodados y cafés del centro, giraban con un zumbido constante, mientras desde los salones llegaban notas de óperas y zarzuelas que se escapaban por los balcones abiertos. Fonógrafos reproducían música y canciones populares importadas, llenando los espacios de risas y conversaciones cuidadosamente medidas; el murmullo de voces educadas y el cliquear de tacones sobre el pavimento componían un ritmo propio de la ciudad.

Los tranvías tirados por caballos se cruzaban con coches de alquiler y carruajes particulares, avanzando lentamente por las avenidas principales. Los cafés servían helados, café y cocteles, y la gente caminaba sin prisa, disfrutando de la tarde que se prolongaba hacia la noche con tertulias, fiestas y el olor del mar mezclándose con el aroma de tabacos y frutas maduras. Cada esquina era una promesa de movimiento, de vida, de progreso, un pequeño centro de modernidad que parecía que nada podría frenar.

Pero esa Habana era solo una Habana.
Mientras el centro se iluminaba con la electricidad limitada a teatros, oficinas y casas de élite, la mayoría de la isla trabajaba la tierra, criaba ganado, cultivaba tabaco, producía ron y habanos, lejos de la luz artificial y los ventiladores. La vida se desplegaba en campos y solares con otro ritmo: el del sol, la humedad, el trabajo, la conversación bajo árboles, el canto del río y el mar que todo lo bordeaba.

Aquí, en esta Habana brillante, se podía vislumbrar un reflejo del futuro que España quería proyectar sobre sus colonias: progreso, modernidad, poder, control. Pero la isla entera no era solo luces, ventiladores y música: era también tierra fértil, sudor, paciencia y memoria, y ahí comenzaba la verdadera historia que recorrería generaciones.

Cuba fue España.
No como consigna ni como nostalgia posterior, sino como una forma concreta de habitar el mundo.

Lo fue en los papeles oficiales, en los registros donde el nacimiento no necesitaba aclaraciones. Nacido en La Habana, España, se leía con naturalidad, como quien nombra una calle o una fecha. Lo fue en las escuelas, en las iglesias, en una administración que no se pensaba provisional. La isla no se vivía como borde ni como excepción. Era continuidad.

El mar rodeaba, sí, pero no separaba. El océano era tránsito, no ruptura. Llegaban barcos desde la península cargados de mercancías, de noticias atrasadas, de acentos apenas distintos. Partían otros llenos de azúcar, de tabaco, de cartas escritas con una paciencia que hoy parece imposible. Tardaban semanas, pero llegaban. Esa regularidad sostenía la ilusión de permanencia.

La vida ocurría bajo un clima que lo impregnaba todo. El calor se instalaba temprano y no se iba. Se adhería a la piel, espesaba la respiración, volvía el sudor una segunda capa del cuerpo. Las calles olían a sal, a fruta abierta, a madera calentada por el sol. La luz caía sin permiso, frontal, excesiva, haciendo vibrar los contornos hasta que nada parecía del todo firme.

La Habana se desplegaba como un cuadro trabajado a fuerza de capas. Alguna vez sus casas habían sido de colores vivos —azules insolentes, verdes húmedos, rosados casi festivos—, pero el tiempo y el sol las habían ido apagando. No las borraron: las transformaron. Los muros quedaron cubiertos de tonos pastel, como si alguien los hubiera trabajado con espátula sobre un lienzo demasiado expuesto. Colores quemados, descascarados, suavizados por una luz que quema y acaricia a la vez.

De noche, el calor no cedía: se volvía espeso.
Las lámparas dejaban charcos de luz amarilla detrás de las paredes.
Las voces subían desde patios invisibles, se cruzaban en el aire húmedo,
se apagaban despacio.
Los cuerpos buscaban sombra, aire, descanso.
El mar se filtraba incluso donde no se veía,
en el olor, en la sal pegada a la piel,
en ese rumor constante que no dejaba olvidar su presencia.

La ciudad respiraba lento,
como un cuerpo cansado que no termina de dormirse.

Para el niño, ese paisaje no era pintoresco ni histórico. No distinguía jerarquías ni fronteras. España no era un destino: era el idioma, la autoridad invisible, la continuidad asumida.

El suelo no parecía prestado.
Era casa.

El quiebre no llegó desde la isla. Llegó desde lejos. Desde mesas donde Cuba era un nombre escrito y no un cuerpo bajo el sol. El Tratado de París descendió sin ruido. Las palmas siguieron erguidas. El mar mantuvo su pulso. El calor no dio tregua. Y, sin embargo, algo esencial se desplazó.

De pronto, Cuba dejó de ser España.

La repatriación llegó como pérdida. No como regreso. El puerto se llenó de despedidas sin épica: maletas ligeras, objetos mínimos, raíces que no cabían en ningún equipaje. El niño miró La Habana desde la cubierta mientras la ciudad se deshacía en manchas de color, hasta quedar suspendida entre el azul del mar y el del cielo, como un cuadro que se retira lentamente de la pared.

Durante la travesía, el cuerpo aprendió el ritmo del desplazamiento antes de comprender su sentido.

España apareció como idea heredada. Y Cuba, con los años, dejó de ser un territorio preciso para convertirse en una sensación persistente. El aire húmedo al amanecer. El dulzor espeso de la fruta. El mar filtrándose en todas las horas del día. No como nostalgia consciente, sino como inscripción en la piel, en la respiración, en la memoria del cuerpo.

Esa memoria no se extinguió.
Se transmitió.

Pasó de generación en generación sin fechas ni mapas. Mucho antes de otros exilios, ya estaba ahí el gesto inaugural: haber nacido en un lugar que dejó de ser propio sin dejar de existir.

El tiempo siguió.
La isla volvió a cambiar de manos, de promesas, de relatos.

La Revolución llegó como palabra grande. Como esperanza pronunciada en voz alta. Pero con los años, el movimiento se volvió permanencia. La épica cedió su lugar a la vigilancia. El poder aprendió a administrarse desde la escasez, a gobernar el tiempo, a dosificar la vida.

Décadas después, yo estuve ahí.
No como heredera, sino como testigo.
Caminé esas calles, respiré esa quietud, vi cómo la vida se sostenía entre grietas,
cómo los cuerpos aprendían a moverse al ritmo de la escasez,
cómo las sonrisas sobrevivían detrás de miradas cansadas.

Todo lo que vi tenía raíces mucho más antiguas.
Mucho antes de mí, el siglo se cerraba con la caída del imperio español.
No fue un estruendo. Fue un movimiento casi silencioso, firmado lejos, ejecutado sin épica. Pero tuvo una fuerza suficiente para arrancar el nombre de España de sus tierras insulares: Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Guam. Islas que dejaron de serlo en los mapas, aunque no en los cuerpos.

El imperio se retiró de los territorios,
pero no logró desprenderse de la sangre ni de la memoria.

Eso —y no otra cosa— es lo que siguió viajando.
Lo que cruzó océanos.
Lo que reaparece, generación tras generación,
como sal en la piel
y tinta en la mano.


Epílogo

El hogar puede ser robado, los nombres arrancados, los barcos partir. La memoria no se cierra con mapas ni tratados. Es territorio propio que nadie puede confiscar. Y aunque el tiempo borre nombres, la experiencia permanece, infinita y húmeda como el mar. Se lleva en el cuerpo, en el recuerdo, en la tinta que escribe sin permiso del tiempo.


“Cada isla es un corazón que late lejos del cuerpo que la habitó.”


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